Carta de un joven millennial del siglo XIX, Carlos Marx, a su padre.
Berlín, a 10 de noviembre de 1837
¡Querido padre!, Hay momentos en la vida que se sitúan como señales fronterizas ante una etapa recorrida, pero que al mismo tiempo señalan con determinación en una nueva dirección.
 
En tales momentos de transición, nos sentimos apremiados a contemplar el pasado y el presente con la mirada de águila del pensamiento para llegar a la conciencia de nuestra posición real… Pero en tales momentos, el individuo se hace lírico, ya que toda metamorfosis es, en parte, un canto de cisne, en parte la obertura de un gran y nuevo poema que busca forma en colores todavía borrosos o espléndidos. Y sin embargo, quisiéramos erigir un monumento a lo ya vivido, de manera que recupere en el sentimiento el lugar que perdió para la acción. Y ¿dónde encontraría un asilo más santo que en el corazón del padre, dónde el más benévolo de los jueces, el más íntimo de los amigos, el sol del amor, cuyo fuego calienta lo más íntimo de los esfuerzos?…
 
Una vez llegado a Berlín, rompí todos los vínculos que hasta entonces persistían, hice con desagrado escasas visitas y busqué adentrarme en las ciencias y el arte.
 
Pero, en adelante, la poesía sólo podría y debería ser compañía; tenía que estudiar jurisprudencia y sentía sobre todo el impulso a emprenderlas con la filosofía. Ambas cosas resultaron tan ligadas, que trabajé de manera puramente acrítica, sólo escolarmente… traduciendo por ejemplo al alemán los dos primeros libros de Pandectas, pues en parte buscaba introducir una filosofía del derecho a través del dominio del derecho. Como introducción adelanté algunas frases metafísicas y llevé esta obra desgraciada hasta el derecho público, un trabajo de cerca de 300 cuartillas.
 
Sobre todo destacaba aquí, de la manera más perturbadora, la misma contraposición entre lo real y lo que debe ser, que es propia del idealismo, y que era el origen de la torpe e incorrecta división. En primer lugar venía la «metafísica del derecho», bautizada así tan piadosamente por mí; ello significaba los principios, las reflexiones, las definiciones, separados de todos los derechos reales y de toda forma real del derecho, tal y como acontece en Fichte, sólo que en mi caso parecía más moderno y con menos contenido. Además, la forma no científica del dogmatismo matemático, en el cual el sujeto merodea alrededor de la cosa, razona aquí y allá, sin que la cosa misma se conforme a sí misma, desplegándose en toda su riqueza y como algo viviente, era de antemano el primer obstáculo para llegar a comprender lo verdadero. El triángulo permite al matemático construir y probar que permanece siendo pura representación en el espacio, que no se desarrolla hacia algo nuevo; se lo debe colocar al lado de otras cosas y entonces tomará una posición diferente y esto diferente que se añade a lo mismo le da a él relaciones y verdades diferentes. Por lo contrario, en la expresión concreta del mundo viviente del pensamiento, como lo es el derecho, el Estado, la naturaleza, como los es toda la filosofía, aquí el objeto mismo debe ser espiado, debe ser acechado; clasificaciones arbitrarias no deben ser impuestas desde fuera, la razón (Vernunft) de la cosa misma debe continuar rodando como algo en pugna consigo mismo y encontrar en sí su unidad.
(…)Pero, ¿por qué debo llenar las hojas con asuntos que yo mismo he desechado? Clasificaciones tricotómicas traspasan toda la obra, está escrita en un estilo que no se cansa de la amplitud y se ha abusado de la manera más bárbara de las representaciones romanas para integrarlas, forzándolas, en mi sistema. Por otra parte, de esta manera gané amor y perspectiva sobre la materia, por lo menos en cierto sentido.
 
(…)Además, me había hecho a la costumbre de hacer extractos de todos los libros que leía, como del Lacoonte de Lessing, el Edwin de Solger, la Historia del Arte de Winckelmann, la Historia de Alemania de Luden y, al lado de esto, hacer anotaciones y reflexiones. Al mismo tiempo traduje la Germania de Tácito, los Libri tristium de Ovidio y comencé a estudiar en privado, esto es, con textos de gramática, inglés e italiano, en lo que poco he progresado; leí Derecho Criminal de Klein y su Anales y lo más reciente de literatura, pero sobre todo lo último.
 
(…)Que en medio de ocupaciones tan diversas hubieran de pasarse muchas noches en vela, que muchos combates hubieran tenido que ser luchados, que toda esta excitación exterior e interior tuvo que ser soportada, que al final no salí muy enriquecido y además había descuidado la naturaleza, el arte, el mundo, me había separado de amigos, mi propio cuerpo parecía hacerse esta reflexión. Un médico me aconsejó el campo y así atravesé la gran ciudad en dirección a Stralow. No sospechaba que allí me transformaría de un flacuchento y paliducho mozalbete en un hombre de cuerpo robusto.
 
Se cerró el telón, lo que me era más sagrado cayó hecho añicos y nuevos dioses tuvieron que ser introducidos.
 
Del idealismo, que yo, dicho sea de paso, comparaba y alimentaba de ideas kantianas y fichteanas, pasé a considerar el buscar la idea en la realidad misma. Si vivieron los dioses alguna vez por encima de la tierra, ahora se habían convertido en su centro. Había leído fragmentos de la filosofía de Hegel, cuya grotesca y pétrea melodía no me placía. De nuevo quise sumergirme en el mar, pero con el firme propósito de encontrar a la naturaleza espiritual tan necesaria, concreta y terminada como la corporal y de no ejercitarme más en el arte de la esgrima sino sostener la perla pura a la luz del sol.
 
Escribí un diálogo de aproximadamente 24 pliegos: Kleantes o sobre el punto de partida y el necesario progreso de la filosofía. Aquí se integraban en cierta medida arte y saber, que se habían separado por completo.
 
(…)Poco después me consagré a los estudios positivos, el estudio de la propiedad de Savigny, el Derecho criminal de Feuerbach, De verborum signficatione de Cramer, el Sistema de Pandectas de Wenig-Ingenheim y Mühlendof…
 
Luego traduje la Retórica de Aristóteles, leí el famoso Baco de Verulamio: De augmentis scientiarum; me ocupé bastante con Reimarus, cuyo libro Sobre los instintos artísticos de los animales leí con verdadero placer; me adentré también en el derecho alemán, pero en lo principal sólo en la medida en que me puse a estudiar los capitulares de los reyes francos y las cartas de los Papas a ellos.
 
De tristeza por la enfermedad de Jenny y mis presuntos ensayos espirituales en decadencia, de disgusto corrosivo al tener que hacer de una opinión odiosa un ídolo, me enfermé, como te lo escribía desde antes, querido padre. De nuevo sano, quemé todas las poesías y todos los borradores para cuentos, etc., en la locura de pensar que podía olvidarme por completo de ello, de lo cual en todo caso hasta ahora no he tenido ninguna prueba en contrario.
 
Durante mi enfermedad había tenido oportunidad de conocer a Hegel, desde el principio hasta el fin, así como a la totalidad de sus discípulos…
 
(…)El librero Wigand ha enviado mi plan al doctor Schmidt, editor de la miscelánea de la casa Wunder, de buen queso y mala literatura.
 
(…)Pero, querido padre, el mejor de los padres, ¿no sería posible que conversáramos estos asuntos personalmente? La situación de Eduardo, los padecimientos de la querida mamacita, tus achaques, aunque espero ya que no sea nada grave, todo eso me hace desear y hace necesario que me apresure a volver hacia vosotros…
 
Créeme querido padre, que ningún propósito egoísta me impulsa (aunque estaría feliz de ver de nuevo a Jenny), pero es un pensamiento el que me empuja y no lo debo contradecir. Sería para mí incluso un paso duro en muchos aspectos, pero como me escribe mi única, mi dulce Jenny, estas consideraciones no tienen ningún peso ante el cumplimiento de deberes que nos son sagrados.
 
Te pido querido padre, sea cual sea tu decisión, no mostrar esta carta o por lo menos esta hoja a la mamá. Mi llegada intempestiva podría quizá consolar y hacer erguir a una mujer tan maravillosa y grande.
 
Tu hijo que te ama eternamente,
 
Karl
 
P. S. Disculpa, querido padre, la grafía ilegible y el mal estilo. Ya son aproximadamente las cuatro de la madrugada, la vela se ha consumido casi por completo y los ojos están turbios. Una verdadera intranquilidad se ha apoderado de mí, no podré apaciguar los fantasmas excitados hasta que me encuentre en vuestra querida compañía.
 
Saluda por favor a mi querida Jenny. He leído ya doce veces su carta, en la que siempre encuentro nuevos encantos. Es en todo aspecto, también en el estilístico, la más bella carta de una dama que yo me pueda imaginar.
 

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