Raro es el día en que en las páginas culturales no se hable de Van Gogh, muchas veces por el precio por el que está pagando sus cuadros, y mucho menos por sus inquietudes morales y sociales de su iniciación.

Recuerdo que me quedé muy impresionado la primera vez encontré con un cuadro de Van Gogh sin saber quien era el tal Van Gogh, y la misma sensación ha seguido teniendo después, cuando he accedido a conocer la vida y la obra de Van Gogh, un nombre “maldito” en vida que actualmente recorre todos cuatro rincones del mundo a través de innumerables ediciones de biografías y ensayos, de reediciones de sus cartas escritas a amigos y familiares, particularmente a su hermano Theo, de una exposición antológica en Holanda Actualmente la obra de Van Gogh conoce cotizaciones millonarias, escandalosas, algo que también contrasta con el sentir más profundo del artista que “había estudiado los cursos gratuitos de la Universidad de la Gran Miseria”.

Pero más allá de toda estas sospechosas celebraciones, lo cierto es que durante su breve e intensa existencia -37 años- Vincent van Gogh fue una de las más vivas representaciones del genio indomesticable, del luchador contra las convenciones e intereses que configuran, como dijo Nietzsche, “el ciego poder de lo actual”, afirmando: “Si quieres una biografía no busques una con la leyenda ‘Fulano de tal y su época’; sino aquella en cuya portada pueda escribirse ‘un luchador contra su tiempo’… Afortunadamente la historia también mantiene vivo para nosotros el recuerdo de los grandes ‘luchadores contra la historia’, es decir, contra el ciego poder de lo actual”. Su historia es la de un “fracasado”, la de un perdedor nato en casi todos los terrenos de la vida, con excepción, claro está, de lo que más le importaba: su realización como artista. Pero incluso en este sentido su arte sólo consiguió el reconocimiento inmediato de su hermano, de algunos amigos artistas -Gauguin, Toulouse-Lautrec, el anarquista Pissarro…


Y de muy pocos críticos, casi exclusivamente de G. Albert Aurier, que escribió en “Le Mercure de France” a la muerte del artista: “Es un hiperestésico (hipersensible) de clara sintomatología, que percibe con una intensidad anormal, quizás hasta dolorosa, los imperceptibles y secretos caracteres de las líneas y las formas, pero aún más los colores, la luz, los matices invisibles en las pupilas sanas, las mágicas irisaciones de las formas. He aquí la razón de su particular realismo, propio de un neurótico, y por qué su sinceridad y su verdad son tan diferentes del realismo, de la sinceridad y de la verdad de estos grandes pequeños burgueses de Holanda, tan sanos de cuerpo, también equilibrados de espíritu, que fueron sus antepasados y sus maestros”.


De temperamento inestable y atormentado -algunos especialistas ven el origen de esta actitud en el hecho de que sus padres tuvieron otro Vincent van Gogh que falleció un año antes de nacer él, y como en el caso de Dalí, su ausencia siempre estuvo presente-, inconformista y extremadamente sensible, Van Gogh es eI paradigma de romántico marginal, de personaje “maldito” del tipo de Lautremont, Arthur Rimbaud o Baudelaire, que tanto fascinaron a los surrealistas.


Sin embargo, siendo esto en buena medida cierto, no es más que una semiverdad, no deja de ser un estereotipo. Van Gogh no buscó deliberadamente su “maldición”: lo que sufrió -y sufrió mucho- fue producto de unas circunstancias, de una época y de una búsqueda personal y artística… Su arte fue el instrumento regulador, su Estrella del Norte, en una realidad social en la que el artista que caminaba contra la burguesía con la que no encajaba ni podía encajar. Representaba un sentimiento y una actitud vital contraria a las normas burguesas y convencionales que siempre consideró como horribles -por ejemplo, en su última carta, halaga a su hermano Theo diciéndole: “Pero tú que no te encuentras entre los comerciantes de hombres, que yo sepa, y puedes tomar partido, me parece, actuando, realmente, con humanidad…”.


Solamente años después de su muerte el despreciado se convirtió en “mártir” y “héroe”, y el pintor que apenas si consiguió vender unos cuadros.:pocos, pero mas que uno o ninguno como han dicho algunos de sus biógrafos. y empieza a ser cotizado como un clásico. Toda la trayectoria vital de Van Gogh, con sus arrebatos místicos y humanistas, su “socialismo” natural, espontáneo, profundo y latente, una voluntad que se encauza por una irresistible vocación artística, por una voluntad de aislarse de la hipocresía religiosa y social, de la banalidad del mundo para “volver del exilio… al mundo de la pintura”.
Esta vocación tiene una naturaleza liberadora y se desarrolla plenamente en los últimos diez años de su vida, significativamente cuando muere su padre, un pastor protestante adocenado. Le sigue una escalada de duras conquistas espirituales y de adquisiciones artísticas que le llevarán, finalmente, a un auténtico “impasse” del que fue enteramente consciente como se desprende de la ya citada última carta a Theo, en la que dice: “Bueno, mi trabajo: arriesgo en él mi vida, y mi razón se ha hundido en él hasta la mitad…”.


Van Gogh es uno de los artistas clave de la historia. Aparte de ser un gran pintor, notable en sus primeras obras, genial en su última fase creadora, incontenible, es también uno de los grandes del impresionismo y ejerció una influencia decisoria en el arte moderno, ya que el expresionismo comienza con él, a partir de la ruptura que supuso su trabajo, planteado como una búsqueda que no sigue un programa establecido por una escuela sino la misma pasión subjetiva. Su aportación subyuga incluso a loS que saben poco más que su nombre, sus cuadros tienen un impacto sobre la mirada difícil de explicar y cuentan como una referencia básica para muchos de los grandes artistas que le continuaron.


Vincent van Gogh (1853-1890), hijo primogénito de un pastor protestante, nació en Grot Zunder (Brabante septentrional), y comenzó a trabajar a los 16 años con uno de sus tíos, socio de la Goupil&Cie, una de las firmas más conocidas del mercado artístico de la época. Durante tres años trabajó en Ámsterdam, hasta que se traslada a Londres, donde permanece hasta 1875. Amante apasionado de la pintura, estudia a los clásicos, y al no sentir ninguna inclinación por el comercio abandona su empleo en 1876.


No sabe lo que quiere y lleva una vida de errabundo, angustiado por una poderosa necesidad en ser útil y por una intensa vocación religiosa. Enseña lengua en Ramsgate, en Kent, luego hace de ayudante de predicador en Isleworth, en las proximidades de Londres. Sigue con otros trabajos hasta que estudia Teología en Bruselas, donde ingresa en una escuela evangelista. En junio de 1879 consigue una misión evangelizadora en la cuenca minera de Borinage, en Bélgica. Allí conoce el “foso social”, a una condición proletaria que todavía no ha logrado las conquistas parciales que vendrán luego con el socialismo y el sindicalismo. Esta experiencia será determinante en su crisis religiosa y en su sensibilidad personal. Será en medio de aquel infierno donde Van Gogh toma la decisión de convertirse en pintor. En esta época comienza también su extensa correspondencia con Theo.


La formación artística de Van Gogh es tan irregular y atormentada como su compromiso como “cura obrero”. En Borinage ha llenado sus carpetas de dibujos inspirados en la vida de los mineros y sus familiares, luego estudia anatomía y perspectiva en Bruselas, yen el invierno de 1881 pinta en La Haya sus primeras telas, ayudado por su primo, Mauve, un pintor educado en la tradición acadérnica. Allí comparte su techo y su pan Con una prostituta, Christine, que se convierte en su primer modelo; anteriormente había sufrido los desaires de su prima viuda. Mantenido por su padre trabajará intensamente y realiza 250 dibujos, que reflejan los grandes progresos de un artista que va desarrollando con fuerza su universo creativo.


La muerte de su padre y la exigencia de dinero le llevan a Amberes, donde vive un periodo difícil pero exultante en el ámbito artístico. En marzo de 1886 se reúne con Theo en París, y desde entonces vivirá bajo la protección de éste. París es entonces la capital cultural del mundo y el impresionismo se está imponiendo en medio del escándalo. Van Gogh estudia en el taller del pintor Cormon, conoce a numerosos artistas jóvenes y participa en sus controversias y en las propuestas renovadoras que siguen a la crisis del impresionismo. No se adhiere a ninguna de las nuevas propuestas (como las del “puntiIlismo” de Seurac y Signac, o al “sintetismo” de Bemard y Gauguin, sus mejores amigos), sino que inicia un camino personal que toma de otros artistas, clásicos y modernos, elementos que integra en su propio proyecto. Se encuentra ávido por experimentar y por contrastar su búsqueda con otros artistas. París se le hará insoportable y busca su África o su Japón en el Midi, en Arlés.
En esta ciudad Van Gogh tendrá escasas amistades y la población siente una profunda desconfianza hacia su carácter y su arte. Consigue a través de Theo la compañía de Gauguin, que convivirá con él dos meses de intensa y febril creatividad, pero también de conflictos personales que concluirán el 23 de diciembre cuando Van Gogh se castiga amputándose con una navaja una oreja que, envuelta, regala a una chica de un burdel. Esta es la primera de una serie de crisis violentas, que le llevarán finalmente al suicidio.


En mayo de 1889 entra en el hospicio psiquiátrico de Saint-Rhémy de Provenza para intentar curarse. Mientras descansa conoce su primer éxito oficial: su participación en la exposición del Salón de los Veinte de Bruselas. Durante la permanencia en el asilo pintará 150 telas y numerosos dibujos, fruto de un esfuerzo titánico que se desenvuelve en medio de largas crisis y dolorosas postraciones. Al cabo de un año abandona la clínica, y cuando todo parece ir mejor, se dispara un tiro en el corazón en pleno campo.

Un “cura obrero” en el Borinage


Aunque nunca tuvo ningún compromiso político preciso, Van Gogh fue un inconformista social y religioso, un “republicano” adversario de la monarquía y del bonapartismo, un “bohemio” que durante mucho tiempo pensó que se podía trasladar a su arte los ideales que no veía realizables en la política. Estas concepciones (animadas y fecundadas por las lecturas de obras de Víctor Hugo como Los miserables, o como La tierra y Germinal, las dos novelas más radicales de Emite Zola), están mezcladas con un intenso sentimiento religioso en una orientación muy familiar con lo que hoy se llama Teología de la Liberación. En uno de sus cuadros, Naturaleza muerta con Biblia (1885) aparece el libro sagrado del cristianismo junto con La joie de vivre, de Emile Zola, ambos colocados al mismo nivel.


En esta dimensión de su vida hay un capítulo decisivo de Borinage, la cuenca carbonífera belga cerca de la frontera francesa donde llega Van Gogh para convertirse en lo que hoy llamaríamos un “cura obrero”, en un sacerdote laico que trata primero de dar a conocer la palabra de Dios a los mineros y acaba descendiendo al mismo infierno en un afán incontenible por ser consecuente con dicha palabra y con su acusada sensibilidad, siempre perturbada ante la presencia del dolor y de la opresión. Una de sus primeras obras maestras es el retrato de Sien, Sorrow (Tristeza). En su primera versión Van Gogh añade una cita de Jules Michelet que dice: “¿Cómo puede ser que haya en la Tierra una mujer sola y abandonada?”.
Mientras, baja a las minas, cuida a los niños ya los inválidos y se desvive cuando suena la sirena de los accidentes: “… Sus ojos de artista captaron el efecto pictórico de los mineros ennegrecidos por el carbón sobre el paisaje nevado; al tiempo, las espantosas condiciones en que vivían los mineros conmovieron su piedad y su conciencia social. Sus cartas evocan el paisaje sucio y desolado, las chabolas pequeñas y humildes de los trabajadores, unos hombres de corta estatura, pálidos y flacos, casados con unas mujeres estropeadas, envejecidas antes de tiempo. Después de bajar a una mina dejó una descripción especialmente intensa de las estrechas celdas en las que trabajaban los hombres en el tajo del carbón, mientras que los chicos pequeños realizaban la mayor parte de la carga, y los viejos caballos arrastraban vagonetas. Las minas de Borinage eran escandalosamente inseguras, incluso para las negligentes normas de la época, y se producían frecuentes desastres ocasionados por el grisú, las inundaciones, el aire viciado y los derrumbamientos. La descripción de Van Gogh es similar, en esencia, a la que hará siete años más tarde uno de sus personajes más admirados, el novelista francés Zola en su obra maestra, Germinal” (Nathaniel Harris, El arte de Van Gogh, Ed. Polígrafa, Barcelona, 1982, p. 16).


Desde su experiencia en Borinage, Van Gogh abominó la religión convencional y las diferentes iglesias, y aunque siguió siendo, a su manera, un creyente, su verdadera religión fue la pintura.


Tal como lo documenta claramente su pintura, sentía una intensa aversión hacia la industrialización y el mundo de las máquinas, hacia los “comerciantes de hombres”, y compartía con los teóricos del “socialismo artístico” (William Morris, John Ruskin, Oscar Wilde) el ideal de una sociedad libre de dominadores y se unía a un himno radical de alabanza hacia la dignidad del trabajo oscuro, hacia el esfuerzo de los campesinos y campesinas que había conocido y estimado a lo largo de su vida, y hacia el trabajo artesanal hecho con amor. No obstante, estas inquietudes nunca llevaron a Van Gogh hacia el naturalismo o hacia el realismo social. Pensaba que pintaba para el pueblo y que los trabajadores tenían que ser su autentico público, pero entendió esta convicción en el sentido de que tenían que ser éstos los que se elevaran hacia el arte y no el arte el que tenía que descender “didácticamente” hacia ellos.


Desde que comenzó su actividad artística, Van Gogh fue sostenido por su hermano Theo, sin el cual jamás podría haber realizado su obra. Theo falleció un año después, y fue enterrado junto con su hermano. En esta relación Theo fue algo así como el alter ego del artista, su otra cara, la que le dio para el sustento, le ayudó siempre y al que pudo confiar sus pensamientos más íntimos y secretos. Vincent escribió 650 cartas a su hermano. Son cartas que sorprenden por la sinceridad de sus sentimientos y por la claridad teórica con que expone su evolución artística; también son una vívida descripción de su sufrimiento y de sus inquietudes. Resultan una lectura apasionante, un testimonio desgarradamente objetivo de los acontecimientos que jalonaron su vida artística, de los lazos que unen sus diferentes etapas personales, y dan en su conjunto una viva imagen de las luchas que un individuo, aparentemente desfavorecido, libró contra la fuerzas internas que le impulsaban, un hombre que en medio de la adversidad, capaz de labrar su destino.


A título de ejemplo citaremos algunos de sus fragmentos: “Se dice -y yo así lo creo- que es difícil conocerse a uno mismo; pero tampoco es fácil pintarse a uno mismo. En este momento trabajo en dos autorretratos; a falta de otro modelo me pinto a mí mismo.”; “Pero tengo que atenerme al camino que he elegido. Si no hago nada, si no estudio ni busco, estoy perdido. Y entonces pobre de mí!”; “Prefiero disponer de cien francos al mes y tener la libertad de hacer con ellos lo que quiera, que de doscientos sin esa libertad. “; “Esto es lo que llaman un ‘café de noche’… Los ‘vagabundos nocturnos’ pueden encontrar asilo aquí cuando no pueden pagarse un alojamiento o cuanto están demasiado borrachos para que los admitan en otro lugar… En mi cuadro (…) he intentado expresar que el café es un lugar en el que uno puede arruinarse, volverse loco, cometer un crimen…”…

“Y no me extrañaría que dentro de un tiempo los impresionistas se pusieran a criticar mi manera de trabajar, más bien fecundada por las ideas de Delacroix que por las suyas. Pues en lugar de reproducir con exactitud lo que delante prefiero servirme arbitrariamente del color para expresarme con más fuerza.”; “La cuestión de pintar las escenas o los efectos de noche al aire libre, y la noche misma, me interesa enormemente. Esta semana no he hecho absolutamente nada más que pintar, dormir y comer. Esto quiere decir sesiones de doce horas, de seis horas como mínimo, y luego un sueño de doce horas sin interrupción también:”; ” Ahora que he visto el mar aquí, experimento de pronto la importancia que tiene permanecer en el Sur y sentir que falta todavía llevar el color hasta su último extremo -África no está muy lejana.”; “Cuando uno goza de buena salud, es preciso poder vivir de un trozo de pan, trabajando toda la jornada y teniendo todavía la fuerza de fumar y beberse unas copas; esto es necesario en esas condiciones. Y al mismo tiempo, sentir claramente en lo alto las estrellas y el infinito. Entonces la vida puede llegar a ser a pesar de todo casi fabulosa. ¡Ay!, el que no crea aquí en el sol es un descreído.”…

” Ahora tenemos por aquí un calor espléndido y fuerte sin viento, lo que me viene muy bien. Un sol, una luz que a falta de mejor cosa no puedo llamar más que amarilla; amarillo de azufre pálido, limón pálido oro. ¡Qué hermoso es el amarillo!”

“Tanto en la vida como en la pintura puedo muy bien prescindir de Dios, pero sin embargo soy una persona que sufre y no puedo prescindir de algo superior a mí mismo y que representa toda mi vida -la fuerza creadora…Quisiera pintar a hombres y mujeres con un algo de eternidad, lo que en otro tiempo estaba simbolizado por la aureola de los santos y que nosotros tratamos de representar con la luminosidad y el movimiento oscilante de nuestros colores…”;”Cuanto más feo, más viejo, más maligno, más enfermo y pobre me vuelvo, tanto más intento recuperar lo perdido dotando a mis colores de una luminosidad y un resplandor equilibrado. “


“Es una verdad como un templo que muchos pintores se vuelven locos, y es que es una vida que, por decirlo de una manera discreta, le aparta a uno de la realidad. Está bien sumergirse de golpe en el trabajo una y otra vez, pero mi corazón se resiente y se quedará medio perturbada para siempre.”


“Quisiera pintar cuadros que dentro de cien años aparezcan como una revelación. Pero no me gustaría conseguirlo con fidelidad fotográfica, sino a través de mi manera apasionada de ver las cosas, con ayuda de nuestros conocimientos y de nuestro gusto actual del color como medio de expresión y de profundización del carácter.”; “Yo no tengo la culpa de que mis cuadros no se vendan. Pero llegará el día en que la gente reconozca que valen más que el dinero que costaron para pintarlos.”


“Pobre muchacho, no ha disfrutado de mucha felicidad y no le queda ninguna esperanza; la soledad pesa tanto… Me ha dicho que nunca ha sospechado toda la tristeza de su vida. ¡Ah! ¡Sí pudiéramos darle ánimos! Pero no te inquietes demasiado, porque ha estado ya en situación desesperada y su fuerte constitución le ha ayudado a recuperarse.” (Theo a su mujer el día antes del suicidio de Vincent van Gogh.)


Gauguin y Van Gogh se conocieron en el otoño de 1866, seguramente en el establecimiento de “tío Tanguy” y se causan mutuamente una fuerte impresión. Tenían bastantes similitudes, ambos habían comenzado tardíamente su vocación, habían sufrido y compartían la misma obsesión, también eran inquietos renovadores, aunque no por el mismo terreno.
Pero igualmente existían disonancias: Gauguin tenía una familia, era fornido y gustaba a las mujeres, no tenía la sensibilidad social de Van Gogh -a pegar de ser el nieto de la extraordinaria Flora Tristán, la famosa feminista y socialista – y aborrecía el desorden que rodeaban la vida de éste. En su soledad de Arlés, Van Gogh sintió la apremiante necesidad de tener a su lado a un artista y amigo que le sacara del abismo, y encontró en Theo al aliado idóneo para obligar a Gauguin a trasladarse a vivir con él. Este no apreció la invitación y desconfiaba tanto de Vincent -al que consideraba extravagante y artísticamente dudoso- como de Theo. “Por mucho que me aprecie, no creo que Theo se preste a mantenerme en el Midi solamente por mi cara bonita. Con su frío carácter holandés ha estudiado el terreno y proyecta llevar la cosa lo más lejos posible”, escribió a su común amigo Bernard en octubre de 1888.


Gauguin llegó a Arlés la mañana del 23 de octubre del mismo año y se encontró con un Van Gogh alborozado que hacía todo lo posible para acomodar a su nuevo amigo. Tenía un alto concepto de él: “Todo lo que hace tiene algo de delicado, de conmovedor, de asombroso. La gente todavía no lo entiende, y él sufre porque no vende riada -al igual que otros poetas auténtico”.


No compartía Gauguin el mismo entusiasmo por su compañero, y en diciembre dice de él: “El es el más romántico, yo en cambio me siento más inclinado a lo primitivo. En la aplicación del color a él le gusta lo casual de la mezcla pastosa, mientras que yo odio la ejecución desordenada”. Durante un tiempo Van Gogh pareció someterse a la superioridad del pintor francés, y siguió con gran interés su rumbo artístico, hasta llegó a imitarle, pero al final terminó por restituir su propia estimación: “En esa época la abstracción me pareció un camino seductor. ¡Pero es un terreno embrujado, querido amigo!”, le escribe a Theo.
Esta evolución artística tiene su traducción en las relaciones personales. En un principio existió cierta armonía, una división del trabajo relativamente equilibrada, y ambos artistas intercambiaron diferentes cuadros como señal de amistad. Después vino la desilusión. Gauguin se irritaba con la tendencia de Van Gogh a lanzarse a borracheras desenfrenadas, Vincent envidiaba la solidez de Gauguin, su éxito con las mujeres. Este consigue al fin despegar, Theo organiza una exposición de sus obras y vende algunos cuadros. Las discusiones entre ambos sobre la historia y la práctica de la pintura son cada vez más crispadas. Partían de supuestos muy diferentes. Van Gogh admiraba el colorismo de Delacroix y la conciencia social de Millet, y por su lado.


Gauguin se sentía mas próximo al arte distanciado, a Ingres y Degas. Las discusiones no fueron obstáculo para la creatividad de ambos, pero mientras que Van Gogh buscaba un motivo, Gauguin no soportaba las condiciones en que tenían que trabajar. Llegó un momento en que se ponían mutuamente los nervios de punta. Gauguin pinta un retrato de su amigo en el que éste aparece pintando girasoles, con una larga mandíbula y una mirada inequívoca de loco… Una noche de diciembre Gauguin tiene que esquivar un vaso de absenta que Vincent lanza contra su cabeza. Desde entonces duda entre dejarlo o quedarse, siente que su amigo “está enfermo, sufre y me necesita”. Cuando en otra ocasión Van Gogh teme que su amigo lo va a dejar le entrega un recorte de prensa en el que se lee: “El asesino ha huido”. La situación límite llegó el 23 de diciembre. Gauguin ha dado dos versiones de los hechos. Van Gogh lo amenazó con una navaja y luego se cortó la oreja izquierda. A continuación se apresuró a volver a París.


La influencia de Gauguin sobre Van Gogh fue efímera, menor de lo que en ocasiones se ha dicho.


Desde hace cierto tiempo, que el cine mantiene diversas citas con Van Gogh, en el momento de su centenario ya se citaban las 75 películas que se habían hecho sobre el pintor, más las que se siguieron haciendo como Un desgraciado vestido de negro, producción del holandés Jan Van Vlijmen, Vincent, del finlandés Einojuhani Rautavaara, o A letter lo Tale que tiene como protagonista a un a veces soberbio Ruger Hauer, sin olvidar Dreams que fue lo último de Akira Kurosawa en la que el rostro de Vincent lo pone otro director famoso, Martin Scorsese, sin olvidar la impresionante Van Gog de Maurice Pialat, o Vincent y Paul, de Robert Altman, entre otras. Ninguna de ellas alcanzó el éxito de público que llegó a tener la obra maestra de Vincente Minnelli, Lust for Life (1956), aquí conocida un tanto tontamente como El loco del pelo rojo, e interpretada magníficamente por Kirk Douglas (candidato al Oscar), Antony Quinn (Oscar al mejor actor secundario), Pamela Brown y James Donald, que prestan sus rostros a Van Gogh, Gauguin, Sien y Theo Van Gogh, respectivamente.
Lust for Life parte de un guión basado en la conocida novela de Irving Stone (Anhelo de vivir, de la que hay una edición en castellano de 1956 en la Ed. Continente), autor de numerosas vidas noveladas (Jack London, Miguel Ángel, Víctor Eugene Debs, etcétera), que en manos del alquimista del color, Minnelli, resultó una obra que supera el original literario y que combina la experimentación con un sólido producto comercial. Artista refinado, gran amante de la pintura -como demostró en otras obras suyas como Un americano en París-, Minnelli había dado ya en su filmografía probadas muestras de pasión por el esmero. En este terreno quizá sea ésta su obra más ambiciosa y posiblemente la más conseguida, aunque sobre esto es imposible encontrar un consenso.


Con la ayuda inapreciable de un productor tan abierto y arriesgado como John Houseman, de dos fotógrafos dela talla de Frederic Young y Russell Harlam, y con unos actores que estaban convencidos de que difícilmente iban a encontrar otra oportunidad como ésta para hacer historia, Minnelli nos ofreció un retrato de la patética vida de Van Goghen la que a diferencia de lo que suele ocurrir muy a menudo en Hollywood, donde por lo general las biografías se dulcifican, véase si no la de Toulouse Lautrec en Moulin Rouge, de John Huston, aunque también está la excepción de Rembrant, que hicieron entre Alexander Korda y Charles Laughton-, no se oculta ni sus inclinaciones sociales radica¡,es ni lo terrible y mugriento de su mundo, aunque todo se enfoca con un contrapunto, justo y adecuado, en el que también son visibles lo delicado, lo sublime y lo esperanzador. La tragedia no es obstáculo para que al final prevalezca también el logro optimista del artista, cuyo arte va más allá de su vida.


Con las limitaciones propias de un tiempo cinematográfico, Lust for Life alcanza a ofrecer una completa panorámica de los momentos clave en la vida del pintor, el significado de sus relaciones con el impresionismo, con Seurat y sobre todo con Gauguin, su búsqueda de Dios, su ira social y sobre todo la fiebre subjetiva del color, aunque es difícil de apreciar aquí hasta qué punto Minnelli consiguió sobrepasar lo didáctico y descubrir ese amarillo Único que Van Gogh lograba después de uno de sus descensos por los infiernos de la locura y el alcohol. Hay un momento de debilidad en la película que refleja la dificultad de Minnelli de arribar a la cumbre del artista. Es la secuencia de su despertar bajo la cegadora luz sureña de Arlés, que contrasta con la oscuridad y la opacidacf del plano anterior, el de la llegada. Es un deslumbramiento místico súbito cuando en realidad se trató de algo mucho más complejo, de un descubrimiento haciendo camino, trabajando en aquellas jornadas agotadoras.


Reestrenada en abril de 1987, El loco del pelo rojo (de la que se puede encontrar una magnífica edición en DVD), demostró que el tiempo no la había desplazado de su categoría de obra maestra por más que la perspectiva nos permita apreciar mejor su desequilibrio, sus planos de gran altura cuando describe al artista luchando contra su tiempo, haciéndose a través de los abismos sociales -aquí Minnelli demuestra su dominio del melodrama-, con las interpretaciones, todas ellas con el timbre de lo “insuperable”. También manifiesta la tentación por la gran pincelada, los ejercicios de explicación total, las trivializaciones tan usuales en este tipo de película.


Van Gogh es, junto con Gauguin, uno de -si no el que más- los más importantes pioneros de la corriente .expresionista que tendrá su apogeo al principio del siglo.


El expresionismo hace suya “la idea que Van Gogh expresa a Theo en una de sus cartas -cartas que son, digámoslo de paso, verdaderos tratados de teoría sobre su arte-: “Me sirvo de los colores arbitrariamente para expresarme de modo más intenso”. En sus memorias -Antes y después- Gauguin dice en él: “…la caja de colores apenas era suficiente para contener todos sus tubos apretados, que nunca cierra, ya pesar de todo este desorden y todo este embrollo, un todo brillaba en su tela; en sus palabras también. En su cerebro holandés ardían Daudet, Goncourt, la Biblia. En Arlés, los muelles, los puentes y las barcas se convertían para él en Holanda. Se olvidó incluso de escribir en holandés…”.


Lo que cuenta del color es su valor expresivo, su propio mundo interior, el reflejo en sus cuadros de su estado psíquico a través de los objetos, los paisajes, las personas y en particular de sus impresionantes autorretratos. Esto le distingue claramente de “nabis” y “fauves”. En Van Gogh el lenguaje no se independiza de la naturaleza para evocar una idea más o menos etérea, o para formar una magistral combinación de colores, sino que tienden a expresar toda su intensidad interior, todo su ansia de vida. Como hijo de su tiempo y como individuo que busca su yo interior a través del arte, acusa internamente las nuevas condiciones sociales, la polarización social, el aburguesamiento de la vida, una realidad de que alguien con su sensibilidad sólo le queda huir hacia la pintura, ya que la utopía -la colectividad de artistas- no parece de momento posible.
Van Gogh fue un luchador nato. Busca siempre más allá de la línea del horizonte: “Siempre tengo la esperanza de encontrar algo nuevo. El amor entre dos amantes hay que expresarlo mediante la unión de dos colores complementarios, su mezcla y sus contrastes y mediante la secreta vibración de tonos afines. El pensamiento de una frente mediante el brillo de un tono claro sobre un fondo oscuro, la esperanza mediante alguna estrella, el ardor de un ser mediante el resplandor del ocaso del sol. Eso no es una técnica ilusionista, pero ¿acaso no es algo totalmente existente?”


Sus pinturas están siempre marcadas por sus sentimientos, por su dolor ante la miseria y la incomunicación humana, como lo están por su potente fuerza interior, su potencial creativo y por su necesidad como artista de ir más allá. Hay una unidad interior en sus diferentes composiciones. “He intentado poner el mismo sentimiento en el paisaje que en la figura; el mismo intento de arraigarse apasionada y enérgicamente en la tierra, ya la vez, sin embargo, procuro estar a merced de las tormentas.” En sus cuadros hay una comunión con la naturaleza, una naturaleza animada, viva, como lo hay en todos sus retratos. De esta manera, unos girasoles, un dormitorio o unas sillas adquieren un significado excepcional.


Van Gogh es igualmente un innovador en la técnica pictórica, es un simplificador de los colores en beneficio de una mayor acentuación en las líneas. Sus pinturas denotan una resolución armónica, rotundamente personal, “a su manera”, de tal manera que la clásica dinámica de colores del impresionismo es ampliada por una estética lineal que alcanza -algo que le costó entender a muchos de sus contemporáneos- una profunda capacidad de vibración cromática. Los cuadros de Van Gogh impresionan a los que miran y perturban a los que lo leen.


El entorno está lleno de animación, tiene una vida propia, una llamada sentimental, un grito, una expresión de miedo y de esperanza como ese Campo de trigo con vuelo de cuervos en el que lo sombrío no excluye otras connotaciones. El sentimiento de soledad interior, de desamparo social, de desesperación ante lo que la vida está planteando detrás de la Belle Epoque es una llama que Van Gogh transmite a los expresionistas de las generaciones siguientes.

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