Nunca, en ninguna parte la burguesía ha cedido graciosamente la llave de su “linajudo” poder. ¿Por qué lo haría ? ¿Por qué permitiría la destrucción de la sociedad capitalista que está hecha a su imagen y semejanza ? En todas las latitudes, y en todo momento, la burguesía tiene siempre el mismo rostro desfigurado por el odio y el mismo frenesí por disparar contra la multitud ( como lo mostró al mundo entero la cámara de Patricio Guzmán, en las calles de Santiago de 1973).

Y si no toda la “burguesía” al menos su fracción más importante es consciente de sus intereses de clase. A través de todas las fibras de su ser social, esta burguesía, siempre y en todas partes, es «Versalles». De hecho fue en Francia, en 1871, donde se dio cuenta de su existencia y, en el mismo momento histórico, inventó todo lo que había que saber sobre la democracia burguesa.

La democracia burguesa es ese régimen en el que se puede hablar de todo menos de cambiar el poder social de la burguesía; a saber, la propiedad privada de los medios de producción y una forma particular de la expoliación de la población asalariada. Cualquiera que se proponga cambiar sus reglas encontrará que la burguesía se interpondrá violentamente en su camino.

El meollo de la “cuestión”

Entre 1970 a 1973 Salvador Allende se arriesgó. El resultado fue una gran lección política, al menos para aquellos que quieren empezar de nuevo. Pero, ¿por qué regresar al Chile – de la década de los setenta del siglo pasado- en medio de la primera pandemia del siglo XXI? ( yahora que está de moda el “nada volverá a ser igual que antes”).

Si la experiencia chilena es útil es porque es reciente. En 1973 su patrón social era más cercano al europeo que el de Rusia en 1917 y que el de China durante la Gran Marcha. Por lo tanto las comparaciones son más fáciles y reveladoras.

Los problemas que tuvo que afrontar Allende no son tan diferentes a las dificultades que tendría que enfrentar hoy un proyecto inspirado en llegar al socialismo por medio de una “vía democrática y pacífica ”. En última instancia este es el meollo de la “cuestión”.

¿Cómo sería hoy una «vía democrática al socialismo”? Veamos: un gobierno de izquierda para nada anticapitalista, pero humanitario y socialdemócrata . Es decir un gobierno que espera modificar las relaciones de fuerza entre el capital y el trabajo, y por tanto, se debería oponer a la globalización financiera y comercial.

Ahora, incluso si este gobierno se apegara estrictamente a un programa muy moderado sería derrotado por la burguesía en poco tiempo. Desde el primer día el poder financiero utilizaría toda la fuerza del mercado de capitales (vía tasas de interés) para a continuación desplegar la colosal capacidad de sabotaje de la clase empresarial.

El Chile de Allende vivió una pesadilla de este tipo: su gobierno fue desestabilizado desde la misma Casa Blanca. Está probada y documentada la conspiración organizada por la CIA y las multinacionales.

Puede que estas cosas no sean normales – dirán los europeos- pero ocurren. Extraordinario, es como la oligarquía chilena calificó una situación política en la que el orden capitalista se encontraba seriamente cuestionado.

Financiada por Estados Unidos, la huelga de los patronos camioneros hundió la distribución de alimentos en Chile. La escasez organizada por la oposición (nacional e internacional) hizo proliferar el mercado negro, disparó los precios y finalmente generó una hiperinflación. Con el embargo – al que fue sometida la economía chilena-  se privó al país de sus exportaciones de materias primas (cobre en particular) y de sus importaciones estratégicas (maquinaria y repuestos). Y, para cerrar el círculo el FMI y el Banco Mundial negó todo tipo de asistencia financiera.

Ningún proyecto socialista democrático se sostiene si la población tiene hambre. ¡Y sin embargo la clase obrera chilena aguantó ! Hizo frente a los patronos y al ejército. Se conoce el fin de esta historia; » fue para defender la democracia» toda una retórica para justificar el  bombardeo de La Moneda. En realidad, la burguesía había elegido su camino: usar la fuerza.

Y aquí está un «punto de crueldad» de la lección chilena: hasta el último momento, Allende creyó en los procedimientos «democráticos» y rechazó la opción de una clase obrera en armas. Como resultado, las armas estaban de un sólo lado y, lógicamente ese bando salió victorioso. Drama clásico de la teoría de juegos: quien juega a la cooperación en un juego no cooperativo termina siendo irremediablemente derrotado.

No hay nada de democrático en lo que llamamos «democracia  «

De partida, hay que decir que es una lección muy antigua; fácilmente podríamos rastrearla hasta la Comuna o hasta 1848. No obstante, es útil volver a visitarla ahora. La relativa proximidad del Chile del 73 nos dice que no hay nada de democrático en lo que llamamos democracia. Que este tipo de régimen está atado a ciertos intereses que se quitan la careta tan pronto sus privilegios se ponen en peligro.

La «Democracia» es una pantomima cuyo campo está circunscrito con mucha precisión. Pero, claro hoy funciona cada vez con menos votantes mientras los ganancias de una minoría aumentan sin parar.

Sin embargo, la desposesión de las mayorías, además de indefinida, es el sentido mismo del neoliberalismo. Las carencias en la Europa opulenta se han endurecido visiblemente: desde la desamortización impuesta por los tratados europeos hasta el estado de emergencia permanente declarado ante la irrupción de los «Chalecos amarillos «.

Ataquemos al núcleo duro, y veremos inmediatamente lo que queda de “la – democracia-en-la-que-podemos-hablar-de-todo”. En los últimos dos años, hemos escuchado repetidamente a personas violentas que «la democracia es lo opuesto a la violencia” , esto debería ser suficiente para darnos por informados al respecto; cuando los peores violentos siguen coreando que «la  democracia es debate”, su idea de «debate» es obviamente una gran estafa.

Filosofías de servicio

Como siempre, el lugar del asombro no está tanto en el lado de los carniceros como en el de los intelectuales del servicio de posventa. Porque el colosal sinsentido de “la- democracia-en-la-que podemos-hablar-de-todo» es el artículo de fe de toda la empresa privada, en especial la periodística.

De esta manera, el periodismo con pretensiones intelectuales no ha dejado de mostrar su enajenación al elegir durante décadas a Jürgen Habermas como “el pensador de referencia” (aquel hombre que sale del armario justo cuando los tiempos dan cobijo).

Así que Habermas nos acaba de  golpear con una página completa en Le Monde para repetir que Europa es nuestra salvación y que la «democracia” es nuestra posesión más preciada.

Como era de esperar, el principal liquidador del marxismo en la Escuela de Frankfurt (y por tanto de la Escuela de Frankfurt) se ha convertido en el bardo todo terreno del «debate democrático», debidamente regulado por los estándares de la «racionalidad dialógica» y de «la  fuerza del mejor argumento». En resumen, la política como un seminario académico entre personas de buena voluntad .¿ Acaso no es todo solucionable con un buen debate?.

Chile no tuvo esa suerte. Parece que Jürgen Habermas nunca llegó a vivir un golpe como el de Chile 73, ni ha vivido ninguno de sus equivalentes (que como vemos siguen ocurriendo en otras partes del mundo). Para Habermas, la política real, las fuerzas sociales reales, sus agendas y sus medios reales, no son factores a considerar, ¿por qué la vida política debería diferir de la vida universitaria?

En el prodigioso malentendido llamado «democracia», elaborado como un santo sacramento por la clase de los millonarios y sus ilotas intelectuales, el filósofo alemán tiene ¡ todos los honores reservados por su concepción de la “vida”!. En cuanto a Allende – que para su desgracia había puesto su fe en esas ideas – perdió la vida un 11 se septiembre… y con él  muchos de sus compañeros

Los procedimientos electorales en el capitalismo

A las experiencias políticas pasadas hay que sumar un ejercicio intelectual para medir lo que se puede esperar de los procedimientos electorales en el capitalismo.

Sin embargo, la confusión ideológica que ha introducido “la religión de la democracia» es tan profunda que nada parece ser capaz de superar su manifestación formal. Porque para “los Habermas” la democracia pareciera ser sólo un debate entre personas de buena fe, donde las disputas (menores) se resuelven mediante un discurso racional.

Pero, si la política bajo el capitalismo alguna vez hubiera respondido a este tipo de definición debería, por lo menos, haberse notado. Sorprende, el hecho que nunca se hayan observado algo así. Esto no impide que algunos intelectuales regresen al santo mantra de la «democracia» con una loca esperanza: si la discusión que se lleva a cabo es en forma racional se podría terminar con el capitalismo.

Por un lado, no existe la menor posibilidad de que el orden capitalista tolere una organización (constitucional, electoral y mediática) donde la discusión pueda conducir a tal resultado. Y por el otro; si algún milagro condujera algún tipo de cambio, veríamos rápidamente cómo se manifiesta la violencia «en defensa de la democracia”: lo mismo que en Chile en 1973, lo mismo que en todas las épocas de la historia.

Por supuesto, este es el tipo de consideración será objeto de una inmediata negación por parte de los «demócratas». Y también será condenada al infierno. Está claro; en el universo mental de un «demócrata» hay sólo dos campos: los «demócratas», por supuesto, y los violentos que no quieren el “debate».

Por ejemplo, los «chalecos amarillos» son violentos porque no quisieron el “Gran Debate” propuesto por Macron. Esta actitud sería la prueba irrefutable que “son violentos”. No querer el “Gran Debate” era estar en contra de la democracia…dado que la democracia es debate. Entonces ¿deberíamos haber concluido que el “Gran Debate” fue acerca de la “democracia”. (Pero, si incluso hasta el gurú político llamado Thomas Legrand no se atrevió a llegar tan lejos).

Como todo el resto de la justificación neoliberal del mundo, este argumento empieza a desmoronarse, y se mantiene salvo sólo con la repetición de unos pocos editoriales machacones. La “democracia” y el “debate” (bajo custodia del circo mediático) empiezan hundirse. Ya no son creíbles para la población. La gente hoy ve cada vez con mayor claridad la violencia social, la violencia simbólica, la violencia del lenguaje y la violencia policial. En nuestra sociedad esta es la verdadera violencia.

Podemos apostar que, pronto, mucha más gente no se dejará detener por este tipo de engañifas. Incluso la burguesía «educada» puede darse cuenta del fraude cuando vea que la crisis no se desvía ni un ápice con el tipo de economía que nos ha llevado a un desastre climático y pandémico. Es decir, con el desempeño habitual del capitalismo.

En ese momento, los últimos perros guardianes del sistema, una vez más, gruñirán contra los violentos. Lo harán para hacernos olvidar una frase del «mejor de ellos” ; el venerado JFK, quien, sin ajustarse al modelo del bolchevique sabía sin embargo que: «los que hacen imposible una revolución pacífica, harán inevitable una revolución violenta».  La verdad es que la historia no conoce a otro responsable de la violencia que la clase dominante.

Conclusiones provisionales

Hay dos conclusiones que no se pueden sacar de todo esto. Sin embargo, hay una tercera deducción que vale la pena considerar .

La primera conclusión considera que, si «la vía democrática”, como la de Allende es impracticable, sólo nos queda aceptar el statu quo o entregarnos al “reinado” poco democrático de las vanguardias revolucionarias.

Como siempre, las antinomias que pretenden agotar lo posible hacen imposible un término intermedio. Pero ese corset ideológico se abre apenas se deja de sustentar la idea de la «democracia» que nos han impuesto. Por lo tanto, esta primera conclusión es falsa porque la «democracia» es solo una terrible homonimia que, por el momento, atrapa aparentemente a una mayoría.

La «democracia” no tiene nada que ver con la democracia, es sólo un pálido simulacro en tiempos ordinarios. Y, como sabemos, el poder la revierte en dictadura tan pronto como el pueblo se acerca a un punto crítico para el capital. A uno que no se le escapó este asunto fue a Bertolt  Brecht: «El  fascismo no es lo contrario de la democracia sino su evolución natural en tiempos de crisis”. Es un eufemismo decir que en estos últimos años la burguesía está dando contenido de sobra a esta idea, en Francia y en muchos otros países.

Brecht no pone comillas en «democracia», pues las auténticas experiencias democráticas no se limitan al parlamentarismo burgués. El verdadero nombre de la democracia es: Chiapas, Rojava, Cataluña 1936.

Que existan estas experiencias no nos exime de preguntarnos la cuestión de sus condicionamientos: condiciones de formación, de viabilidad, de resistencia a la adversidad externa, etc. Y menos aún, plantearnos la cuestión subsidiaria de una posible transposición, o no, de esas condiciones a nuestra propia situación política . Pero estas experiencias existen… y aunque la política no actúe nunca copiando, estas prácticas democráticas proporcionan energía y sentido de dirección.

La segunda conclusión errónea parte del supuesto: “en este momento nadie quiere tomar las armas”, y por tanto «no pasará nada».

Aquí es necesario sopesar argumentos contradictorios. El primero enfatiza que las sociedades se están moviendo, sus sensibilidades están cambiando, las cosas que fueron posibles en un momento dejan de serlo en otro. Por ejemplo, se afirma con falsedad, que un golpe de las fuerzas armadas o la policía disparando contra la multitud sería imposible ahora.

De ello se desprende – que como no es hoy posible un golpe de estado – una transición al «socialismo” (comunismo) provendrá estrictamente de la vía parlamentaria. Porque hoy existirían condiciones menos trágicas que la que vivió Chile 73.

El segundo argumento es que la historia siempre es capaz de sorprendernos. Recordamos la persistente pregunta de cómo un pueblo de una cultura tan alta como Alemania fue capaz de ejecutar la Shoah (el exterminio de los  judíos). Hasta Philip Roth, imaginó a Estados Unidos con un fascista en la presidencia: “un Charles Lindbergh con abiertas simpatías por los nazis”. ¿Esto es sólo ficción? ¿Quién puede garantizar que algo así vuelva a ocurrir ?

Como siempre, son las circunstancias concretas las que decidirán entre estas dos conclusiones opuestas .

Con la esperanza que las armas no tengan nada que ver con un proceso de cambio real , antecedentes históricos como estos deben formar parte de un análisis realista ¿Y entonces que? ¿ Cual es el camino, la vía?

Entonces, están las masa populares. Las masas y sus estallidos contra el orden jurídico del capitalismo. Revoluciones que serán más factibles de ganar cuanto más numerosos sean los estallidos populares. Ésta es la tercera conclusión.

También, la tercera conclusión es la que, basada en experiencias reales, calcula exactamente lo que se puede esperar de la «vía democrática» (que de hecho se ha asimilado erróneamente a la vía electoral-parlamentaria del capitalismo).

Esta conclusión, deberá evaluar – recordando la historia – hasta dónde puede llegar la burguesía cuando siente que su poder está amenazado.

En el actual incierto período, no debemos olvidar en el poder “caótico” del choque social que se avecina. El caos no tiene de por sí ninguna virtud progresista. Pero, tanto ayer como hoy, lo que verdaderamente cuenta serán los números, serán las multitudes que salgan a la calle.

por Frédéric Lordon, filósofo y economista francés 

Fuente

 

Suscríbete para recibir las últimas noticias y novedades

Por favor, habilite el javascript para enviar este formulario