La producción acelerada de alimentos a escala global ha disparado las emisiones de óxido nitroso (N2O), el tercer gas que provoca más cambio climático por su efecto invernadero. El ritmo y la cantidad de N2O que la agricultura y la ganadería liberan a la atmósfera hace muy difícil que se pueda cumplir el Acuerdo de París de lucha contra el cambio climático:

"Es incompatible con sus objetivos", según concluye la primera evaluación mundial sobre este gas publicada este miércoles en la revista Nature.

La utilización masiva de fertilizantes y abono de estiércol para multiplicar la producción de cereales y otros cultivos para el consumo humano o la fabricación de piensos ganaderos lanza unos 1.500 millones de toneladas de N2O. Su concentración en el aire ha aumentado un 20% desde las épocas preindustriales. Las emisiones provocadas por la acción humana han crecido un 30% en las últimas cuatro décadas, recoge esta cuantificación global. En España, el año pasado se lanzaron 18 millones de toneladas de óxido nitroso, de los que 13 se adjudican a la agricultura, según el Inventario Nacional del Ministerio de Transición Ecológica. La potencia de efecto invernadero de este compuesto y su larga duración en la atmósfera (superior a los cien años) le convierten en el tercer agente responsable del calentamiento global y, por tanto, del cambio climático en la Tierra. La concentración que está alcanzando este gas empieza a superar los niveles calculados para satisfacer el Acuerdo de París y detener el calentamiento global en bastante menos de 2ºC, asegura la investigación.

"Hay un conflicto entre la forma en que estamos alimentando a la gente y la estabilización del clima", explica el investigador principal de esta evaluación, Hanqin Tian. Solo la producción mundial de cereales ha crecido un 240% desde 1961, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En 2011 se cosecharon unos 2.300 millones de toneladas de cereales y se espera superar los 2.700 millones este año (más del 30% de los granos se destinan alimentación animal). Mientras, la soja ha pasado de una producción global de 242 millones toneladas en 2012 a 362 millones en 2019, según el Departamento de Agricultura de EEUU.

1.300 millones de toneladas de comida se desechan

Sin embargo, a pesar de este ritmo creciente en la producción, que impone una alta factura en términos de calentamiento global y crisis climática, se certifican dos hechos: un 32% de toda la producción de alimentos destinados a humanos se pierde o desperdicia cada año: 1.300 millones de toneladas, según la FAO. En España, el desperdicio de alimentos también va en aumento. El último recuento del Ministerio de Agricultura calculó que se desecharon 1.339 millones de kilos en 2018. Un 8,9% más que el año anterior. Al mismo tiempo, en los últimos tres años no ha parado de crecer el número de personas que pasan hambre. La misma FAO calculó que, al acabar 2018, eran 820 millones personas, diez millones más que un año antes. 77 países vieron cómo creció su nivel de desnutrición entre 2011 y 2017 al mismo tiempo que se obtenían más alimentos que nunca.

Detrás del incremento en la producción de comida están los fertilizantes agrícolas. De hecho, la patronal europea de fertilizantes, Fertilizers Europe, analiza que la hectárea cultivada que proporcionaba alimentos para dos personas en 1960, consigue productos para satisfacer las necesidades de cinco actualmente. Una gran proporción de los fertilizantes utilizados en los campos son a base de nitrógeno, ya sean sintéticos o mediante el estiércol.

Cada año se aplican a los campos de cultivo unos 100 millones de toneladas de abonos sintéticos nitrogenados, según las estadísticas de Fertilizers Europe, a los que se suman otros cien millones de estiércol. En España, al menos desde el año 2000, se consume anualmente un millón de toneladas de fertilizante con nitrógeno para uso agrícola, según los informes del Ministerio de Agricultura. En 2019 bajaron un 3% las emisiones españolas de N2O por el uso de abono, explica Transición Ecológica.

La efectividad de los fertilizantes es evidente, lo que pone de manifiesto esta última investigación (junto con otras) es el precio climático que impone la aceleración agrícola –que además no ha conseguido llegar a alimentar a toda la población mundial–. Tanto los fertilizantes industriales como los abonos con estiércol son causantes, a la larga, de las emisiones de N2O que recalientan el planeta. El Panel Internacional de Expertos en Cambio Climático (IPCC) recordaba en su último informe sobre Cambio Climático y uso del suelo que las emisiones de N2O "se deben principalmente a las actividades humanas, concretamente la agricultura y a los cambios asociados al uso de la tierra". Hace ahora diez meses, un equipo internacional que incluía al Norwegian AIre Research Institute, el Instituto Tecnológico de Massachusets y la Universidad Politécnica de Madrid comprobó que la emisión de óxido nitroso estaba acelerándose desde 2009 a una velocidad "significativamente mayor a la prevista". Y también hablaban de que este fenómeno está "directamente relacionado con el uso de fertilizantes agrícolas, con el aumento de la superficie dedicada a los cultivos fijadores como la soja y con la quema de combustibles fósiles".

"La creciente demanda de alimentos y piensos para los animales aumentará aún más las emisiones mundiales de óxido nitroso", analiza Hanqin Tian. El codirector de la investigación, Josep Canadell añade que estas cifras exigen "un replanteamiento a gran escala de las formas en que utilizamos y abusamos de los fertilizantes de nitrógeno a nivel mundial y nos insta a adoptar prácticas más sostenibles en la forma en que producimos alimentos, incluida la reducción de los desechos de alimentos".

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