Para concluir el año, Trump tiene planeados algunos fuegos artificiales contra los ayatolas.

En este contexto, hemos leído acerca de la “pistola humeante” en el New York Times, que informa de que, en Agosto, agentes israelíes mataron en Teherán a Al Masri, líder histórico de Al Qaeda y arquitecto de los atentados de 1998 contra las embajadas norteamericanas de Nairobi y Dar es- Salam, una información que fue contundentemente negada por Teherán, y a la que Haaretz, el diario israelí, tampoco concede mucho crédito.

Iran está categorizado como un estado que alberga organizaciones terroristas, y no importa, por ejemplo, que Al Qaeda sea suní y que Irán sea chií, una diferencia religiosa e ideológica fundamental. En esta categorización estribará la inmediata justificación de una nueva oleada de sanciones contra Teherán, y quizás incluso de nuevos ataques contra objetivos iraníes en Oriente Medio, una habilidad especial en la que, sobre todo, se ha distinguido Israel en Siria, en sus incursions contra los pasdarán.

El presidente norteamericano comenzó el año el 3 de enero con el asesinato del general Qassem Soleimani en el aeropuerto de Bagdad, y tiene toda la intención de convertir en tierra quemada todo lo que rodea a la República Islámica al final de su mandato. Evidentemente, goza del pleno apoyo de Israel, los Emiratos y Arabia Saudí, que están muy preocupados de que Joe Biden pueda volver a la mesa de negociaciones con Teherán, por contraposición a la decision de Trump de abandonar el acuerdo nuclear convenido por Obama en 2015, cuando Biden era vicepresidente suyo.

Los movimientos de los Estados Unidos tendrán consecuencias desde luego nada insignificantes en Afganistán. El asesinato, ya sea real o pretendido de Al Masri junto a su mujer, Miriam, viuda de Hamza Bin Laden, uno de los hijos de Osama, acompañado de los habituales rumores de que el líder de Al Qaeda, Al Zawahiri está ya muerto, es una piedra angular para concluir las negociaciones con los talibán y proceder a la retirada de las tropas de una guerra que ha durado diecisiete años.

A la opinion pública se le presenta, así pues, la aniquilación de la vieja dirección de Al Qaeda, que dirigió los ataques del 11 de septiembre. Con la ventaja añadida de tomar como diana a Irán para distraer la atención de las monarquías del Golfo, que durante mucho tiempo han financiado los grupos islámicos radicales para desestabilizar la región y el régimen de Irán.

Poco importa que también tomaran como blanco el Islam politico de los Hermanos Musulmanes, financiando el golpe de Estado del egipcio Al Sisi y clausurando intencionadamente el espacio de una evolución que podría haber sido una alternativa a la vía de la violencia. Estos estados son clientes principales de la industria armamentista norteamericana y occidental, amigos nuevos de Israel atraídos a los Acuerdos de Abraham; y debe recalcarse claramente que el príncipe saudí, Mohamed Bin Salmán, fue quien ordenó el asesinato del periodista Khashoggi.

También en esto las licencias para matar gente, y pueblos enteros, las distribuyen los Estados Unidos, como siempre: hay que tenerlo en mente ahora que Biden se hace con la Casa Blanca.

En resumen, es cosa de reescribir la historia reciente y hacer que sobre Irán recaiga la mayor responsabilidad de la desintegración de Oriente Medio, minimizando la Guerra norteamericana de 2003 contra Sadam Husein, que, con la caída del régimen baazista, llevó primero a la expansion de Al Qaeda, y luego, en 2014, al ascenso del Califato, contra el que no luchó nadie salvo los kurdos y los iraníes, que tuvieron que defender al gobierno pro-chií de Bagdad y al regimen de su histórico aliado Asad en Damasco.

Este relato también ignora, sin pizca de reparo, el hecho de que los EE.UU. dieron luz verde a Erdogan para recurrir a los yijadistas, Al Qaeda y el Daesh contra el regimen sirio alauita y masacrar a los kurdos. No es ninguna coincidencia que Trump ordenara asesinar a Soleimani, el general que organizó la defensa chií de Bagdad al inicio del año, cuando el ejército iraquí, quedó completamente disuelto. 

Para reescribir la historia, se necesita gente que pueda manipularla. Por lo tanto, Trump se ha deshecho del jefe del Pentágono, Mark Esper, mientras un portavoz de Defensa expresaba su inquietud de que Trump pudiera “iniciar operaciones, abiertas o secretas”, una expresión orwelliana que da a entender que podría atacar a Irán.

En un paso más, la administración de Trump ha enviado a Oriente Medio a Elliott Abrams. Abrams es el hombre que antaño acudía a apoyar gobiernos asesinos en El Salvador, al dictador Ríos Montt de Guatemala, que cometió genocidio contra los indígenas, así como a las juntas militares de Argentina y Chile; también fue protagonista del asunto Irán-Contra en Nicaragua, donde apoyó a los “contras” con la venta de armas a Irán, en colaboración con el coronel Oliver North. Fue a él a quien se le encomendó la tarea de derrocar a Maduro en Venezuela.

Elliott se encuentra hoy en Israel para discutir las sanciones contra Teherán con la cúspide del gobierno, y con los emiratos y saudíes, sanciones que están ligadas al programa de misiles balísticos iraní y que se proponen supuestamente golpear el apoyo de Teherán al terrorismo. Esta visita tendrá lugar justo después de la visita del secretario de Estado, Pompeo, al Estado judío. Él es el especialista de Trump en fuegos artificiales, encargado de apañar el dispositivo anti-iraní para que explote al final del año.

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