Podía verse reflejada en ella. Amina tenía más o menos su misma edad, pero estaba llena de quemaduras y cicatrices. Marcas de las innumerables torturas y vejaciones a las que había sido sometida por no pagar más dinero a los mafiosos.

La golpearon con una barra de hierro hasta que perdió al bebé del que estaba embarazada. Intentó marcharse, pero la patera fue interceptada por los barcos de los guardacostas libios y la devolvieron al lugar en el que la habían maltratado. Allí, entre una oscuridad que lo teñía todo, mantas por el suelo y condiciones insalubres, la encontró Paula Palacios, directora de Cartas mojadas (2020), un documental sobre la crisis migratoria desde todas sus perspectivas, que acaba de recibir una nominación a los Premios Forqué. 

Llegar a la casa de conexión —campamentos en los que las mafias retienen a los migrantes antes de huir a Europa— en la que la esperaba Amina no fue fácil. Paula tuvo que atravesar el desierto en medio de un país en guerra y esconderse de los tiros entre las calles de Beni Walid, una de las ciudades más peligrosas de Libia. Fue sola. Al resto de su equipo no le concedieron el visado: "Yo quería que mi película reflejase muy bien de dónde huyen los migrantes y denunciar que, desde Europa, pagamos a los militares libios para que les traigan de vuelta a esos lugares horribles a los que nadie querría volver". 

Su filmografía está formada por casi una treintena de documentales sociales que empezó a hacer desde que París, ciudad a la que se mudó con 21 años cuando estudiaba Arte dramático en Cristina Rota, le abrió la puerta a África y al mundo árabe. Este largometraje ha sido su gran producción. Tras cinco años trabajando en el proyecto y tres de rodaje, sigue manteniendo contacto con la mujer migrante. Mientras rodaba en Libia, Paula estaba embarazada —sin saberlo— de su hija Zoe, y ahora Amina ha vuelto a tener otro bebé. "Nos intercambiamos fotos y hablamos. Me da mucha rabia porque está en un punto imposible… Gastó todos sus recursos para salir del país y ahora está atrapada", reconoce con tristeza. 

Unos meses antes de conocerla, la directora, que hoy vive a medio camino entre París y Madrid, había tenido la oportunidad de ser testigo de una de las misiones más duras y dramáticas que ha sufrido el Open Arms: el rescate de 551 personas en el Mediterráneo central, que ocupa gran parte del documental. "Hubo una patera que no encontramos", recuerda. "Ahí decidí que quería darle voz a las personas que no llegan. Por eso se titula Cartas mojadas, por todas esas cartas que no van a llegar nunca". Sin embargo, para ella viajar a Libia fue "la mayor aventura" del rodaje, por todos los peligros que entrañaba y por tener acceso inédito a una embarcación de guardacostas libios, financiados por Europa para interceptar barcas de migrantes, y a una de las casas de conexión en Beni Walid.

El lugar al que nadie querría volver

"Beni Walid es una especie de ‘no man’s land’, un sitio en el que si se trafica con personas, os podéis imaginar con qué no se trafica", explica. Tras meses y meses esperando un visado que no llegaba, aterrizó sola en Trípoli y contrató a un equipo local para que la ayudase con la grabación. "Ellos nunca habían estado allí y no querían ir", pero les acabó convenciendo. Cruzaron el último checkpoint y se adentraron en el desierto: "Ahí realmente es cuando más miedo pasamos porque podría haber venido cualquiera, secuestrarnos y no se hubiese enterado nadie. Una hora después de que pasáramos por esa carretera, estalló un coche bomba". 

Con una sensibilidad social que heredó de su padre —médico ginecólogo que la llevó de pequeña a misiones humanitarias en Perú—, Paula iba documentando y grabando todo lo que podía, aunque fuese peligroso y frustrante: "No podía sacar la cámara como estoy acostumbrada a hacer porque, desde lejos, podían confundirla con un arma". Un contacto local les llevó a una de las casa de conexión cuando no había nadie vigilando y pudieron hablar con Amina y escuchar su historia: "Me decían todo el rato: ‘Paula, por favor, nos tenemos que ir, que se van a enterar’. Ahí eres un poco inconsciente porque yo tenía que tirar hacia lo mío y quería seguir grabando". 

Luchar por un pacto migratorio justo

A ella, que ha visto de cerca la realidad y el drama de los migrantes, le gustaría que España se opusiera a la propuesta del nuevo Pacto sobre Migración y Asilo que plantea la Unión Europea. Esa es su lucha: que la realidad que muestra en el documental no vuelva a repetirse. Desde la página web del documental, han lanzado una petición para hacer presión. "La propuesta sigue recogiendo más acuerdos con Libia y no deja claro si las ONG pueden operar en el Mediterráneo... No me puedo creer que esto sea lo único a lo que podemos llegar desde Europa. Que España se oponga sería un símbolo increíble", explica esperanzada. 

Aunque, a veces, es pesimista, Paula es consciente del impacto que ha tenido Cartas mojadas y de su importancia a la hora de concienciar, visibilizar la cuestión migratoria y poder cambiar las cosas: "Al final de la película lanzo un mensaje a los bebés, a mi hija Zoe, que nació mientras la grababa. Son ellos los que en un futuro tomarán las decisiones que harán que podamos ser mejores personas". Y evitar que más vidas, como la del bebé de Amina, se queden por el camino. 

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