¿Qué parezco si no “llevo los pantalones” en mi relación? ¿En qué posición me deja no controlar que mi novia no ligue con otros? La ‘media naranja’ nos llena, pero a la vez nos vulnera.

Y es que hay pocas respuestas sobre el amor y ninguna forma correcta de amar, pero podemos atender a la práctica del amor. Hoy, en esta sección quincenal a dos voces, prestamos atención al cómo amamos. Estos son diálogos sobre encuentros, el eterno femenino resistente y las masculinidades errantes. A cargo de Analía Iglesias y Lionel S. Delgado, que abordan el amor o su imposibilidad en tiempos de turbocapitalismo.

¿Existe el amor que no se demuestra? Parece una pregunta estúpida, pero esta pregunta define en gran medida mi forma de querer… Deriva de una forma insegura y dependiente de querer que integré en mi infancia. Así que pregunto: ¿Existe el amor que no se demuestra?

Esto lo aprendí de mi madre: lo que no se demuestra no existe. Si bien esta idea no parece tan descabellada, guarda en su vientre una trampa perversa: si el amor se tiene que demostrar, las inseguridades acechan cuando esa demostración no se recibe. Rápidamente, pasamos a una comprobación ansiosa del amor: si no recibimos lo que leemos como amor, ¿somos amados? Lo mismo, al revés: en el momento que no demuestro mi amor, ¿estaré amando poco? Eso me termina llevando a la ansiedad de la expresión permanente.

Y en todo esto: ¿cómo se integra mi experiencia de hombre en ese sentimiento del amor? Creo que existen dos direcciones para pensar el amor: desde lo social a lo individual (cómo el amor está culturalmente construido desde el amor romántico) o desde lo individual a lo social (cómo el amor está psicológica, e incluso químicamente, construido). En este artículo intentaré enlazar ambas perspectivas.

Apegos en el amor

Llevo una época dándole muchas vueltas al apego. La teoría del apego (definida por John Bowlby en los cincuenta, ampliada por Mary Ainsworth en los sesenta y aplicada a adultos por Cindy Hazan, Phillip Shaver y Kim Bartholomew en los ochenta) viene a decir que, durante la infancia, la forma en que hemos integrado la presencia (o ausencia) de las figuras de referencia emocional (maternas, paternas y hermanos) serán definitivos en las formas en las que luego vivimos la dependencia, el miedo al abandono, la seguridad y el miedo en la vida adulta. El reconocimiento y cuidado de nuestras necesidades tempranas nos marcan emocionalmente.

Esta mochila que crea la imagen que tenemos de nosotros (la autoestima) y de los demás (la confianza), la llevaremos a las relaciones cuando adultos (mirad las investigaciones de Javier Gómez-Zapiain, que son brutales). Las de pareja principalmente, pero se aplica a todo vínculo afectivo.

Decía Analía en su último artículo que pocas respuestas hay sobre el amor, y demasiadas preguntas. Posiblemente no haya una definición clara, ni unos elementos básicos que lo estructuran, ni una esencia, ni una correcta forma de amar. Pero, si nada puede decirse del amor, habrá que atender a la práctica del amor. Al cómo amamos.

Posiciones en el amor

Para entender eso, podemos mirar a la mochila emocional que cargamos. Pero no quiero psicologizar el amor: también me gustaría darle peso a la posición que ocupamos amando. Es decir, el amor, además de una experiencia atravesada de traumas, anhelos, expectativas, proyecciones y deseo, también es una práctica social. Y en esa posición, el género tiene un papel importante.

Mi posición social como hombre interactúa con las inseguridades o miedos, dándole una forma determinada a la expresión de ese tipo de apego. El género va de posiciones de poder. Los hombres ostentamos posiciones sociales que nos permiten realizar muchísimas cosas sin pagar coste alguno. Incluso en las inseguridades. Al inscribirnos en la posición masculina, tenemos facilidades o dificultades para expresar determinados elementos emocionales.

De esta forma, los hombres ansiosos pueden expresar la ira más fácilmente que las mujeres debido a la normalización cultural de una masculinidad irascible. Lo mismo pasa con el control para evitar el miedo al abandono: puede ser ejecutado por hombres con coacción o control directo, cosa que es más difícil para la mujer, que tendrá otros recursos para lidiar con ese miedo ligados al género femenino.

El amor masculino. Mercado y virilidad

No quiero irme por las ramas. ¿Cómo amamos entonces? Como podemos. Y, normalmente, podemos mal. La ausencia bochornosa de enseñanzas ligadas a la gestión emocional en épocas juveniles nos obliga a que aprendamos a tener parejas/amigos y a amar viendo películas, series y viendo a los matrimonios de alrededor (cosa que puede salir muy mal, como sabéis).

La bibliografía feminista se ha hecho mucho eco de la crítica del amor romántico. Mari Luz Esteban (Crítica al pensamiento amoroso), Brigitte Vasallo (Pensamiento Monógamo. Terror Poliamoroso), entre otras muchas, han llenado cientos de páginas sobre el tema. Pero ¿qué impacto tiene este amor sobre los hombres?

El mito del amor romántico (y heterosexual) en nuestras sociedades ha individualizado el amor y lo mete a funcionar en un circuito de mercado. Pensadlo: cuando el matrimonio ya no depende de negociaciones entre familias, el amor y la pareja pasan a ser una cuestión de (supuestas) libertades y de éxitos individuales. Como consecuencia, el amor ya no es un arreglo estratégico y económico entre familias, sino el cumplimiento individual de un sueño. Ahora, buscar el amor y conseguirlo depende única y exclusivamente de nosotros. Y no conseguirlo supone fracasar como persona ya que, o no resultamos lo suficientemente atractivos, o no sabemos amar.

A nadie le sorprende que diga que “tener chica” forma parte fundamental de la construcción identitaria de la masculinidad. La pareja es uno de esos momentos clave de la socialización de género. Pero no es una experiencia totalmente placentera: la validación constante de lo masculino genera un miedo atroz a detalles que puedan hacer que nuestra condición de potencia quede en entredicho. ¿Qué dirán si no sé darle a mi novia lo que quiere? ¿Qué dirán si no follo tanto como debería? ¿Qué parezco si no “llevo los pantalones” en mi relación? ¿En qué posición me deja no controlar que mi novia no ligue con otros?

Apego y posición

Como decía al principio, tan incompleta como una teoría puramente política del amor es una teoría puramente psicológica. Somos cuerpos definidos emocionalmente que operan en un mundo social. Así, nuestras biografías de traumas, heridas y miedos se entrelazan con posiciones de poder.

¿Es la inseguridad constitutiva de la masculinidad? Eso de la masculinidad frágil no se aplica a todos los hombres. El género per se no es condición suficiente para hablar de violencia (o, como comentaba Laura Macaya en el podcast de Clara Serra, ni siquiera ser machista es sinónimo de violencia). Hay hombres mucho más seguros de sí que otros, hombres que se permiten vulnerabilidad y emoción. Otros, con mayor presencia de miedo y ansiedad, responderán de manera distinta. ¿Es casualidad que en varias investigaciones (como estaesta esta) aparezca relación entre el apego inseguro ansioso con la violencia en pareja? ¿Es casualidad que también exista predominancia de apegos inseguros en víctimas de violencia, como se explica en esta investigación?

Evidentemente, no hay explicaciones simples sobre cómo interactúan emoción y poder. Ni toda posición insegura genera violencia, ni toda persona violenta tiene los mismos rasgos. Tampoco se puede decir que amor, inseguridad y ansiedad generen obsesión y acoso, ni que miedo, rechazo y victimización imposibiliten cualquier relación.

Sin embargo, en el amor se ve perfectamente a qué me refiero cuando digo que el género es complejo y consiste en una intersección de imperativos distintos. Aplicado al tema de las masculinidades, no hay un solo modelo de masculinidad y nadie se guía únicamente por una única forma de ser hombre. Constantemente nos vemos tironeados por varios ideales distintos.

El vínculo de pareja se percibe, a la vez, como un oasis de vulnerabilidad y emoción (en relaciones hetero no es difícil ver a hombres que solo nos abrimos con parejas mujeres). Sin embargo, esto choca con imperativos sociales de fortaleza viril. Así, sentimos en el amor una sensación ambivalente de completitud y miedo. La media naranja nos llena, pero a la vez nos vulnera.

El amor, atravesado por la biografía y la posición social, se convierte en un juego de ambivalencias y contradicciones que difícilmente puede resolverse de manera satisfactoria. No hay respuesta posible sobre cómo amamos, en general. Solamente nos queda por delante la posición ética de intentar deconstruir (en el sentido de analizar) cómo se entrecruzan en nuestro cuerpo, posición, biografía y deseo. Y responsabilizarnos cuanto podamos de lo que somos y hacemos.

Fuente

 

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