La guillotina se está afilando. Los chirridos de la piedra contra el filo llegan desde las tribunas y soflamas monárquicas. Resulta cruel hasta para un republicano observar cómo la corte que antes salivaba y se mostraba genuflexa ante Juan Carlos I ha iniciado una campaña de descuartizamiento del emérito para poder salvar la monarquía.

El abandono de las huestes palaciegas empieza a esparcir el olor de putrefacción del antes héroe de la democracia para proteger a Felipe VI. 

Sálvese de los cortesanos, Majestad. Paradójicamente, escuchar a los republicanos es lo único que podrá salvar su reinado y la monarquía para su descendencia. Nos importan más los valores que se desprenden de ese modo de ver la vida que la institucionalidad en sí misma, así que defenderemos nuestros valores republicanos aunque eso signifique que haciéndonos caso salve usted a su monarquía. Transparencia y rendición de cuentas, quizás así sobreviva.

Del campechano al preparado, pero siempre ejemplares. Ahora el emérito es un blanco fácil, un árbol caído del que poder hacer leña para que la casa madre no se quede sin calor. Por eso la corte ha virado y ha abandonado la protección del huido para hacerse fuerte en Zarzuela. La consigna ahora es establecer un cortafuegos alrededor de Felipe VI a pesar de que los hechos ya conocidos se alejan de la pretendida ejemplaridad que el vasallaje quiere construir.

Un rey ejemplar. El mismo relato que durante cuarenta años nos han contado sobre Juan Carlos I se cierne ahora sobre la opinión pública para proteger al jefe del Estado. Todo para evitar la transparencia y la rendición de cuentas de la Casa Real. Pero lo que ya sabemos sobre el comportamiento de Felipe VI dista de ser ejemplar y, al menos, merece explicaciones. Las mismas que exigimos a los cargos públicos.

Felipe VI tuvo conocimiento de que su padre tenía las fundaciones Lucum y Zagatka el 5 de marzo de 2019, después de que un despacho de abogados le informara por carta de que él y la princesa de Asturias eran beneficiarios del dinero y patrimonio de esas fundaciones. El 12 de abril de 2019 el rey Felipe VI envió una carta a Juan Carlos I para indicarle que no aceptaría ningún beneficio o rédito del patrimonio de dichas fundaciones. Pese a conocer ya en marzo de 2019 estos hechos y actuar en relación a ellos, esperó hasta el 15 de marzo de 2020 para hacer pública mediante un comunicado la renuncia a esta herencia y la eliminación de la asignación del emérito.

La ejemplaridad de Felipe VI le llevó a callar durante un año unos hechos repudiables por parte de Juan Carlos I. Un silencio que solo se quebró después de que se iniciaran acciones judiciales y de que los hechos fueran conocidos por publicaciones en la prensa. Una ejemplaridad que le movió para mandar un comunicado el domingo 15 de marzo, cuando España acababa de comenzar un confinamiento total por la mayor pandemia en un siglo. Felipe VI consideró adecuado utilizar la muerte y el sufrimiento de los españoles como cortina de humo para que el escándalo por las actuaciones del emérito no fueran parte del debate público. La actuación del monarca podrá calificarse de muchas maneras, pero desde luego no es "ejemplar" uno de los epítetos adecuados, por mucho que Pedro Sánchez, Carmen Calvo y la prensa cortesana se empeñen en repetirlo.

La retórica vasalla tiene un problema con el relato que quiere imponer con Felipe VI. Es añejo, repetitivo, como el ajo. Sabemos a qué sabe y cómo acaba la estrategia porque son incapaces de crear una nueva manera de engañar a la plebe. Esos mismos vasallos repiten ahora que el error de la prensa y la política es haber callado todo lo que se sabía del rey emérito, pero para solucionarlo están haciendo lo mismo con Felipe VI.

Un plan sin fisuras. No le auguro buen final a la causa monárquica cuando lo único que saben hacer para protegerla es pretender que sea efectivo el mismo juego de tahúres que inventaron durante la Transición. Los mismos que antes explicaban la ejemplaridad de Juan Carlos I nos contaron la importancia del papel del emérito para la democracia. Ahora ya conocemos que su reinado solo sirvió para engordar sus cuentas en Suiza y tenemos permitido dudar de ese papel para democratizar nuestro país. El cuento de la Transición sirvió para disciplinar a una generación, pero ha quedado tan caduco que insistir en él para salvar a Felipe VI solo acelerará su degeneración. Espero que insistan.

Antonio Maestre

Fuente

 

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