Martillo de independentistas, irreverentemente mordaz, entre bromas y veras Albert Soler cuenta verdades como copas de pinos. Sus columnas tienen virtudes desintoxicantes al tiempo que nos alegran el día. 

Ex de El Punt, Nou Diari y La Vanguardia, Soler es periodista del Diari de Girona y autor de Estàvem cansats de viure bé (Estábamos cansados de vivir bien). La entrevista, travestido de independentista hiperventilado, la ha llevado a cabo López Arnal.

***

—Miro la portada de su libro y le observo: descalzo, con gorro playero, con no sé cuantos bultos y con una camiseta con las iniciales de Союз Советских Социалистических Республик (Soyuz Soviétskikh Sotsialistícheskikh Respúblik), es decir, de la afortunadamente extinta Unión de República Socialistas Soviéticas, un país (o lo que fuera) que, como afirma toda la gente sensata y prudente del mundo,  jamás debería haber existido ¿No será usted un comunista de la vieja escuela, o un putinista de nuevo cuño, o un agente de la KGB o como sea que se llame ahora esa organización leninista-estalinista?

Hay mucho mito respecto a eso, y mucha leyenda. La auténtica realidad la sabemos solamente yo y unos cuantos iniciados en kremlinología. En el mundial de fútbol Chile 62, la Unión Soviética, por entonces una potencia futbolística de primer orden, se enfrentó a Colombia, que en aquel tiempo apenas podía reunir a 11 jugadores en todo el país. Para sorpresa de todo el mundo, los soviéticos no pudieron pasar del empate (¡a 4!). Fue tal la humillación, que Stalin, enfadado, consideró que el gulag era poco castigo para aquellos futbolistas, y ordenó que por siempre jamás los deportistas soviéticos lucieran en sus camisetas la ignominiosas iniciales CCCP: Con Colombia Casi Perdimos. A mí me sirve para recordar que existimos Catalanes Contra el Clan de Puigdemont. 

—¡Contra el clan de Puigdemont! ¡Ya empezamos! ¡No me esperaba menos (es decir, más) de usted!

Me sorprendió el título de su libro y leí lo que cuentan los del CLAS (¡Club de lectors Albert Soler! ¡Menuda publicidad!). Lo cuento ahora para nuestros lectores. En una conversación entre dos pescadores de 80 años, en la que reflexionaban sobre las causas de la situación en .Cat, la conclusión a la que llegaron fue que los catalanes “estábamos cansados de vivir bien”. ¡Cómo que cansados de vivir bien! Yo no soy abuelo pero soy un jubilado entrado en años y de vivir bien nada de nada. Ni ahora ni antes. ¿Cómo vamos a vivir bien si estamos bajo el dominio de Madrid, del opresivo, sanguinario, arcaico, trasnochado y explotador Estado español? ¿Cómo vamos a vivir bien en Cataluña si nos consideran una comunidad de tercera o, incluso más, una colonia del glorioso Imperio español? ¡Usted y esos abuelitos “tan simpáticos” no son capaces de ver ni lo más elemental, lo más obvio! ¿Están ciegos?

Eso es cierto, cuando me doy un garbeo por los pueblos vecinos de mi ciudad, antaño zonas rurales y hoy residenciales, veo unos casoplones de miedo, con su césped, su piscina, su terraza y sus tres coches en el garaje, y sin embargo nunca falta un gran lazo amarillo, signo de vivir oprimidos. Me da pena esa pobre gente que no tiene libertad, no como los trabajadores de mi barrio que como no llegan a fin de mes, no tienen tiempo de estar oprimidos. Los pobres somos totalmente libres: podemos elegir qué banco nos embarga, y algunos incluso eligen qué comida diaria dejan de hacer, si el almuerzo o la cena. Los ricos, en cambio, con sus lacitos amarillos, qué vida mas triste, oprimida y esclava deben llevar. Obligados a pasar las vacaciones en la casa de la costa, obligados a comer tres veces al día, obligados a comprarle un utilitario a la niña en cuanto cumple los 18… Realmente no tienen libertad alguna. 

Pues claro que no. Veo además que usted no tiene ningún respeto por nuestras autoridades. Al molt més que honorable Carles Puigdemont le llama “el Vivales” o “el Marqués de Waterloo”, y a la ANC, nuestra admirada y querida organización de acción, dirección y cumplimiento nacional, la Asociación Nacional del Rifle (o “lo que sea que signifiquen esas siglas” añade). Ja està bé, home, ja està bé! ¿Cómo le sentaría a usted que yo le llamara, por ejemplo, el “defensa central” de Diari de Girona? ¿A que le toca?

—Lo de llamarle Vivales es cosa de mi padre, que a sus 86 años las caza todas al vuelo. Un día hablábamos de la situación política y me dijo sobre Puigdemont: “ese es un vivales”. Me encantó recordar la palabra, hacía muchos años que no la escuchaba. Además, la busqué en el diccionario de la RAE y pone “Persona vividora y desaprensiva”. ¡Joder, pero si no falta más que una foto de Puigdemont al lado! Un tipo que vive del cuento, sin pegar palo al agua, gracias a timar a sus creyentes, hacia los cuales no tiene miramiento alguno! Curiosamente, la palabra no existe en catalán. De momento, porque espero que el Institut d’Estudis Catalans solvente eso, habida cuenta de que es catalán el máximo exponente de tal definición. Respecto a lo de llamarme “defensa central del Diari de Girona”, creo que me lo voy a apropiar. En mi época de defensa central en categoría regional, me insultaban en todos los campos, y cuanto más me insultaban, con más saña atizaba a las espinillas y rótulos de los delanteros rivales. Es lo mismo que hago ahora cuando me insultan por mis artículos. 

—¿Le insultan por sus artículos? ¡No me lo puedo creer! ¿En la Cataluña tolerante, en la Dinamarca (o Alemania o Austria) del Mediterráneo? No deben ser catalanes, seguro que son xarnegos (charnegos, txarnegos) o variantes afines. ¿Lo ha comprobado?

—Me insultan muy poco, la verdad sea dicha. Creo que hago méritos para ser mucho más insultado. El insulto es el baremo por el cual un periodista sabe si está haciendo bien su trabajo. Yo me esmero todo lo que puedo, y a cambio recibo más alabanzas que insultos. Eso me está deprimiendo, de verdad que no sé que más puedo hacer para ser considerado como merezco. 

Otra cosa que me deja medio aturdido es que usted sea gironí. ¡Pero cómo es posible! ¡Si Girona, nunca Gerona, es la futura capital de la República de las sonrisas, la amistad, el buen rollo, el cooperativismo y la fraternidad! ¡Usted, con perdón y hablando claro, es un botifler! ¡No solo traiciona los ideales de nuestro país sino que, y es casi peor, no recoge, no es capaz de entender, la esencia del ser gerundense!

—Gerona es la ciudad más carca y casposa del mundo, la Vetusta de Clarín sería Sodoma, en comparación. Supongo que es por ello que Presidentorra la proclamó capital de la auténtica Cataluña: la republiquita que nos querían endosar sería también así, pero de mayor tamaño. Y sí, claro que soy botifler. Ser botifler es lo más digno que se puede ser, en la Cataluña actual. 

¡Qué barbaridad, dónde hemos llegado! Me ha recordado las palabras de Paco Frutos, un comunista catalán de muy largo recorrido y temibles prácticas, cuando habló en aquella concentración españolista-imperial en octubre de 2017. ¡También él reivindicó el botiflerismo)! ¿Se conocen? Seguro que son parientes. ¡Dios los creó y ustedes se han juntado!

—Los botiflers constituimos en Cataluña una hermandad. Como los masones antaño, pero sin ritos de iniciación ni reuniones en sitios recónditos. Paco Frutos sería el gran maestre, pero el no ser catalán de pura cepa y 18 apellidos, le penaliza, seguramente se queda en charnego, no tiene la pureza de sangre que se le reclama a un gran botifler. O sea que el título debe estar entre Borrell y yo. 

—Tampoco es fácilmente digerible que se meta con don Ramón Cotarelo, todo un señor catedrático, uno de los pocos españoles –ahora ya catalán de primera– que nos entiende, que es capaz de ponerse en nuestra piel, y comprender el menosprecio y explotación que sufrimos todos los catalanes, todos… menos los que no lo son aunque digan serlo como el señor (que no es un señor propiamente sino un español de m.) Josep Borrell. Perdón José Borrell; de Josep, res de res.

Ramón Cotarelo es un vividor, y a su edad pocas opciones le quedaban de vivir del cuento, como no fuera echando pisto al independentismo. El independentismo se pirra por los españoles que le ríen las gracias, llámense Cotarelo, Talegón o como quieran. Da igual lo que piensen, o que directamente no piensen, como es el caso. Lo único que importa es que les sigan la corriente. Cotarelo, lo tengo dicho, es un señor de 70 años que se viste y peina como un niño de 15, lo cual no sería malo de no ser que piensa también como un niño de 15. Quizás por eso es el intelectual de referencia del procés. 

Lo peor en todo caso no es que se meta con don Ramón. Lo más incomprensible es que se ría, que se cachondee más bien, de nuestra gran comunicadora, de nuestra gran intelectual, de Pilar Rahola. ¡No respeta nada! ¿No es capaz de ver la grandeza periodística de doña Pilar? ¿No es capaz de disfrutar de su inmensa cultura y, sobre todo, de su gran humanidad, de su modestia, de su defensa de las buenas formas?

—Esa buena mujer vive en su propio mundo. Por eso considera que los que cobran 90.000 euros anuales son “clase media apurada”. De todas formas, yo ya sabía que vive en un mundo de ilusión hecho a su medida, desde que se calificó a si misma como “escritora”. Yo no sé como alguien pudo creer que el procés llegaría a buen fin, con esta banda como intelectuales de cabecera. Esa mujer, para hacer paellas y arrimarse al poder, tiene un pase. Pero para absolutamente nada más. 

—Pero además, y aunque parezca imposible, hay cosas peores. Le dedica una columna a Mònica Terribas (¡qué inmensa objetividad y grandeza la suya describiendo el 27-O, los primeros compases de nuestra gran República pujolista-masista-torrista!) y la finaliza con una cita de Julio Camba: “si uno puede enriquecerse con el periodismo, es únicamente a condición de que abandone el periodismo”. Y añade, con toda la mala leche del mundo: “Terribas ha seguido tan sabio consejo”. Per favor, per favor… ¡Qué envidia le tiene! Claro, ¡a usted le gustaría ser presentador de Catalunya-Ràdio, la radio de todos los catalanes que somos realmente catalanes, pero no puede, no está al nivel dels presentadors de casa nostra, de los que no son botiflers como usted!

—Cómo no recordar su “Buenos días, ciudadanos de la república catalana”. Y sin un atisbo de vergüenza. Terribas es un buen ejemplo del triste papel que han hecho tantos periodistas catalanes, que se han tragado todo lo tragable –con perdón– si venía del poder. En definitiva, han renunciado a ejercer de periodistas, la principal función de los cuales es dudar, para ejercer de propagandistas y de palanganeros. Imagino que el saludo de aquel día a los “ciudadanos de la república catalana” tenía como objetivo pasar a la posteridad en el improbable caso de que aquello fuera cierto. Ha conseguido pasar a la posteridad, sí, pero por el ridículo más espantoso que se recuerda en las ondas. Pero es digno de admiración que ni siquiera haya sido capaz de reconocer ese “pequeño” error, en realidad esa gran mentira. Eso sí se lo envidio, el tener tan poca vergüenza. Porque yo habría dimitido y me habría retirado a un monasterio, 

—A las pocas personas que respeta y trata adecuadamente en su libro es a Manuel Vázquez Montalbán. ¿Por qué? ¿Porque era comunista como usted? ¿Porque era un xarnego y a usted, en el fondo, es eso lo que le gustaría ser, un murciano-andaluz, un hombre a medio hacer como escribió nuestro gran dirigente perseguido, siempre añorado, por la injusta justicia española? A usted, si me permite, lo que realmente le gustaría sería pegarse la gran vida en los bares de Girona y alrededores, como hacen todos (o casi todos) los trabajadores andaluces, murcianos, extremeños o de donde sea.

—No se confunda, que yo la gran vida por los bares ya me la pego, mi ventaja –en contraste con todos esos personajes de los que me hablaba antes– es que necesito bien poco para pegarme una gran vida, me basta con una caña –o dos– y una conversación. A MVM lo trato con respeto y diría que veneración, no por comunista, sino por inteligente. Es una cualidad tan rara entre la intelectualidad catalana, que a los pocos que hay no puedo sino idolatrarlos. Además, una vez coincidí con él un avión, y fue tanta mi vehemencia al levantarme a saludarle, que creo que el pobre se asustó, ponía cara de haber saltado por la ventanilla si no hubiéramos estado a 10.000 pies de altura. Y aún así, dudó si hacerlo. Lo mínimo que le debo es tratarle como merece, que igual me está escuchando desde el más allá. ¡Hola Manolo! 

—Me he olvidado antes: ¡se cachondea incluso del mayor Trapero! ¡Pero cómo es posible! ¡No respeta usted a nadie, se ríe del mort i del que el vetlla! ¿No tiene usted admiración por un policía insigne, como muy pocos en la historia de nuestro país, un policía que se comportó heroicamente el 1-O y en los dolorosos hechos de finales de agosto en Barcelona?

—Si por policía insigne se refiere a que lleva la pechera llena de insignias cuando viste de gala, estoy de acuerdo, aunque me malicio que las insignias van tan baratas como la Creu de Sant Jordi, en Cataluña. ¿Sabe qué sucede? Que cualquiera que comparta una paella con el Vivales y la Rahola no puede ser trigo limpio. A esos sitios no va nadie con la conciencia tranquila, hágame caso. 

—Tomo nota pero no sé si le haré caso. Veo, además, que usted vindica la figura antiobrera del esquirol, y que no ha seguido ninguna de las gloriosas huelgas patrióticas, de país i de germanor, que se han convocado estos últimos años. Una pregunta directa, cara a cara: ¿usted se considera realmente catalán? ¿Es consciente de sus apellidos y de lo que significa llevarlos con dignidad?

Como dijo alguien, mi patria son mis zapatos. Le diría lo de Brassens, que mi patria es el hueco que ha dejado mi última amante en las sábanas, pero igual lee esta entrevista mi mujer y me meto en un lío. Dejémoslo en los zapatos. Mis apellidos –como mínimo ocho catalanes, aunque seguro que son muchos más, puesto que no sé de ningún ancestro nacido fuera de Cataluña– me sirven para tocar los cojones, que es mi deporte favorito desde que dejé el fútbol. No hay nada que ponga más de los nervios a los lacistas que un catalán de pura cepa negándose a comulgar con sus ruedas de molino. Eso explica, dicho sea de paso, la ojeriza que le tienen a Borrell, otro que tal. Soy más catalán que todos ellos, hablo y escribo el catalán mejor que ellos, y en cambio me importa un bledo no solo la independencia de Cataluña, sino la propia Cataluña. En fin, he tenido suerte: los apellidos no sirven casi nunca de nada, pero a mí me sirven para joder a esta tropa. 

—Hablando de apellidos: en una de sus últimas columnas, no está recogida en el libro (¡menos mal!), es de diciembre de 2019, critica a un catedrático de secundaria jubilado por decir lo que todo el mundo piensa aunque sea políticamente incorrecto: que a día de hoy solo son catalanes los independentistas. Los otros, aunque viven en Cataluña y lleven 200 años entre nosotros, serán lo que serán pero no son catalanes. Els catalans som el que som, que quedi clar!

Virgili se apellida el tío. Como le decía antes, los apellidos no sirven de nada, porque ya manda huevos que tamaño analfabeto se llame como el gran poeta. Esas manifestaciones darían miedo, porque son evidentemente filofascistas. Recuerde quien era el que en los años 30 en Alemania negaba a los judíos la nacionalidad. Pero como suceden en Cataluña, donde toda la fuerza se les va por la boquita, porque –no nos engañemos– vivimos demasiado bien como para arriesgarnos a perder tantas libertades y comodidades, a mí me da la risa. No puedo evitarlo. Sé que hay gente que vive esta situación como un drama, pero yo hace cuatro años que no paro de reír. ¿No sabrá usted por casualidad la dirección del Vivales en Waterloo? Quisiera mandarle un jamón como agradecimiento a tantos buenos ratos. 

No la sé ni por causalidad. ¡Pero es buen detalle que envíe a nuestro presidente-en-jefe un jamón como agradecimiento! Otra cosa que me ha molestado como lector es su pitorreo ininterrumpido sobre el sagrado –digo sagrado, y digo bien– principio-derecho de autodeterminación (lo que antes llamábamos derecho a decidir, para que no se nos viera tanto el plumero, para ser “más pedagógicos”). ¿Qué problema tiene usted con este principio indiscutible y con la secesión? Millones y millones de ciudadanos catalanes tenemos nuestros orígenes en otras tierras (en el fondo, todos somos africanos). ¡Pero eso qué importa! A mí, y como a mí, a millones de catalanes, nos importa un higo (o un comino, ¿le suena?) la situación de las gentes trabajadores de Andalucía, Aragón, Extremadura o Castilla (Vieja o Nueva, nos es igual). ¡Que se lo monten como puedan, que se espabilen! Nosotros a lo nuestro, a vivir en una República chula, rica, guapa, con todo a nuestro alcance. Como Dinamarca o más, pero sin Monarquía y con el Mediterráneo al lado. A los demás, que les zurzan; los de casa en primer lugar. ¿No ha oído usted nunca este mensaje elemental, tan justo y, sobre todo, tan de izquierdas? Por si tiene alguna duda, hay miles y miles de estudios científicos reconocidos internacionalmente que demuestran que más del 80% de la población catalana están por el derecho de autodeterminación. Hablan de él todo el día, noches también. Es su sueño, nuestro sueño, nuestra máxima aspiración. Después, felicidad plena, un orgasmo existencial-nacional ininterrumpido.

—Lo malo es que a los lacistas no solo les importa un pimiento la situación de los trabajadores extremeños y andaluces, es que les importa otro pimiento la situación de los trabajadores catalanes. No les importa nada que no sea su propio bienestar, a poder ser a costa de los demás, sean o no catalanes. No sé de dónde han sacado esa patraña del “derecho a la autodeterminación”, pero más les valdría a tantos tontos útiles espabilar en defender otros derechos más tangibles e importantes, que mientras tanto se les están hurtando.

—Me da cosa meterme en cosas personales pero doy un paso adelante: ¿qué ejemplo está dando usted a sus hijos? ¿Lo ha pensado alguna vez? Yo tengo un hijo de 27 años. Le puedo asegurar que desde que tenía 2 años… ¡qué digo!, 1 año, o menos aún, desde sus 5 meses, no he parado de hablarle de Cataluña, de nuestra gloriosa historia, de nuestros más de mil años de existencia, de nuestras conquistas, de los Países Catalanes, de todos ellos, de la infamia e indignidad españolas, de nuestra unidad (catalana) de destino en lo universal, etc. Y eso va calando poco a poco. Es cierto que mi hijo ahora pasa todo lo que puede y un poco más, pero yo lo he intentado, lo he intentado de debò, como buen catalán. En cambio, usted, ¿qué enseña usted a sus hijos? ¿Que Cataluña es una m. y debemos estar subordinados a España para siempre jamás como si fuera una cadena perpetua? Catalonia is not Spain! ¿No lo ha visto escrito nunca? ¿No se ha explicado a sus hijos?

—A los hijos mejor no enseñarles nada, porque igualmente van a hacer lo que les dé la gana. Mejor dejar que se equivoquen y se den cuenta de sus errores. Jamás les he dicho ni qué votar ni nada parecido. Pero de los cuatro que tengo, los tres mayores eran abiertamente independentistas. Ahora, no queda más que uno. Y es que para mostrar la luz a los jóvenes, mucho mejor un Vivales o un Presidentorra haciendo de las suyas. Incluso los más fanáticos acaban viendo que este par de payasos no merecen que nadie les haga caso.

—Otra cosa que me ha ofendido profundamente son sus “bromitas”, sus sarcasmos contra el Barça. ¿No sabe usted que, como dijo su admirado Vázquez Montalbán, el Barça es el brazo armado o desarmado (no me acuerdo) de Cataluña? ¿No ve usted que cuando nuestros jugadores –Messi, Suárez, Griezmann, Dembelé, De Jong, Arturo Vidal, Ter Stegen, todos catalanes de soca-rel– marcan un gol a cualquier equipo, en el fondo, estamos ganando al Madrid y a Madrid, a España, al Estado opresor y explotador? ¿Cómo se puede ser un buen catalán sin ser culé? ¿En qué cabeza cabe pensar lo contrario?

—Con el Barça soy intransigente. No en el sentido de no ser crítico, que por supuesto lo soy cuando se tercia. Sino en permanecer fiel a sus colores, haga lo que haga la junta directiva. Los que dicen “dejo de ser del Barça porque la directiva es independentista”, además de ser mentirosos –porque nadie puede dejar de ser de un equipo– son cobardes. Son como los que dicen “como no me gusta lo que hace España, soy independentista”. Pues no, señores, huir es de cobardes. Si no te gusta lo que hacen los que mandan en el Barça o en España, en lugar de huir como una rata, debes quedarte y luchar para cambiar las cosas.

Hay otra arista que quiero destacar. También usted habla de ello en su libro pero desde una perspectiva equivocada. Le hablo de nuestro talante. No sé si oyó o vio la intervención de la representante de ERC el día en que Pedro Sánchez fue investido presidente (¡gracias a nosotros!, ¡que no lo olviden!). Dijo con claridad lo que todos pensamos: ¡nos importa un comino la gobernabilidad de España! ¡Un comino, un higo, un pito! ¿Recuerda lo que pasó? ¡Todo el mundo, y digo bien, todo el mundo, se lanzó a la yugular de doña Montserrat Bassa! Le sugiero un experimento mental: ¿qué hubiera pasado si alguien en el parlamento de Cataluña, de algunos de esos partidos españolistas que tenemos en nuestras sagradas instituciones, hubiera dicho que le importaba una fava la gobernabilidad de Cataluña? Pues nada, ni una crítica, nada de gritar, todo tranquilo, todos tranquilos, que digan lo que les dé la gana. Aquí respetamos a la gente, a todas las opiniones, no como allí, en Madrid, en la España rancia. ¿Por qué no destaca ese punto en sus escritos, nuestro buen hacer, nuestro talante democrático, nuestro encaje a todas las críticas e incluso a los insultos?

—Porque es mentira. Todo lo que se quiere destacar del talante catalán es falso, de ahí que crean necesario destacarlo. La revolución de las sonrisas fue un camelo, en realidad sonreían sólo mientras nadie les llevaba la contraria. Cuando empezaron a salir voces discordantes, empezaron también los escraches, los boicots a actos no afines al régimen, las pintadas e insultos a la sedes de partidos no lacistas, las listas de periodistas o empresarios desafectos al régimen, etc. Filofascismo, sin más, como en todas partes desde que el mundo es mundo.

Por cierto: ¿ve cómo la racionalidad y la prudencia se imponen finalmente? Mire lo que ha hecho el PSOE-PSC, este representante (también) de la España negra: ¡acordar una mesa de diálogo con el gobierno de la Generalitat, de tú a tú, como tiene que ser! Allí vamos a hablar de lo que hay que hablar y vamos a poner a España de rodillas, como debe ser. La independència està a tocar! ¿Por qué se mete usted tanto con los líderes del nacional-secesionismo, con Junqueras, con Raül Romeva, con nuestra heroína, Carme Forcadell, y con tantos otros?

—Porque son unos memos, y los han condenado por sedición porque no existe el delito de gilipollas. Por supuesto que han mostrado un poco más de dignidad que los que salieron por patas, como el Vivales y su pianista, pero tampoco exageremos. Dignidad es ir al juicio y, como Fidel Castro, aceptar todos los hechos y apechugar con la condena. Dignidad no es ir a juicio a decir que todo fue una broma, un simulacro, una manera de pasar el rato. ¿Dignidad? Anda ya!

—Otra cosa que tampoco le perdonaré (¡nunca!) son sus críticas al molt honorable Jordi Pujol y a la más que honorable doña Marta Ferrusola. Se casaron, como usted debe saber, en el Monasterio de Montserrat. ¡Eso es un matrimonio! ¿No le parece razonable que sigamos admirando la obra del gran President (nada que ver con los casos de Rato o Bárcenas por ejemplo)? Sus problemas fiscales son cosa menor, asuntos sin importancia. Muchos pueblos y ciudades de nuestro país, así debe ser, siguen homenajeando su figura. ¿No le parece lógico?

—Pujol fue un precursor. Mucho antes que el Vivales y Junqueras, ya se presentó a las elecciones para quedar inimputable de sus delitos, en su caso el pufo de Banca Catalana. Lo de después era lo que en buena lógica debía suceder: si tu pones un banquero corrupto de presidente de un gobierno, lo normal es que siga haciendo lo que mejor sabe, que no es otra cosa que sisar dinero de los demás en provecho suyo y de su familia. Quizás pensó que si pese a su historial los catalanes lo elegían, era porque éstos querían que siguiera con sus chanchullos. Y a lo mejor tenía razón. 

—No es que me importe, pero ¿no ha pensado en una edición castellana de su libro? ¡Seguro que los españoles resentidos y cotillas (sobre todo, los de raza) se lo pasarían en grande! ¡Verían confirmados todos sus prejuicios, todas sus tonterías y barbaridades!

—Oiga usted, que mi libro acaba de salir en castellano! Se llama “Nos cansamos de vivir bien”. Diría que es mejor en castellano que en catalán, porque además de sustituir un artículo que no me terminaba de convencer, por otro más reciente, cuenta con un epílogo del gran Ramón de España. Si  a eso le suma el prólogo de otro grande del periodismo, Víctor M. Amela, el resultado es el primer libro de la historia en el cual lo mejor está al principio y al final. Me gusta que haya salido en castellano, porque tengo la impresión que por España hay mucha gente que de buena fe se ha tragado el relato lacista de los catalanes oprimidos. Quiero contribuir modestamente a contarles la verdad: todo el procés no ha sido solo una gigantesca farsa, sino sobre todo lo que se ha inventado una clase burguesa y tacaña para salir de su vida aburrida y, sobre todo, cómoda. Estaban cansados de vivir bien.

—¿Qué editorial lo ha publicado?

—Sagesse.

Sagesse, sagesse… ¡Lo que faltaba: un afrancesado!

—¡Y a mucha honra! ¿Pasa algo? Tengo alma de botifler, ya lo sabe. En la Cataluña actual soy antilacista, y en la España de allá por 1800 hubiera sido un antimonárquico y afrancesado. Por supuesto. Yo siempre estoy contra la caspa.

Fuente

 

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