Por iniciativa de la Fundación 1º de Mayo de CCOO se ha publicado un libro con el sugerente título de Conciencia de Clase. Historias de las Comisiones Obreras, que reúne una selección de relatos sobre movilizaciones y huelgas durante el franquismo y los primeros años de la transición. Han sido recreados por escritores e historiadores como Manuel Rivas, Isaac Rosa, Benjamín Prado, Elvira Lindo, José Babiano, Ana Fernández Asperilla y Javier Tébar, entre otros.

En sus páginas reviven numerosos episodios de combatividad y solidaridad, heroicos acontecimientos que dieron fuerza y carácter a la lucha obrera y democrática, como la huelga más larga en el franquismo, la de Bandas de Echévarri (Vizcaya), la huelga de SEAT de 1971, el papel de las mujeres en las luchas campesinas en el Marco de Jerez o en el textil madrileño, los sucesos de Vitoria en 1976, la resistencia de luchadores obreros frente a la represión y la tortura o la huelga general del 14-D de 1988. Una selección que reivindica el papel central de la clase trabajadora en la lucha antifranquista, que sirve para recordar luchas pasadas, para conservarlas en la memoria porque fueron referencia para miles de luchadores y la semilla de buena parte de las conquistas y derechos que se lograron arrancar. Por eso es muy acertado, y valiente para estos tiempos que corren, situar la conciencia de clase como uno de los elementos definitorios del libro.

Clases y conciencia

Puede parecer extraño hablar de conciencia de clase. Algunos dicen que las clases sociales han sido superadas por el desarrollo del capitalismo; servirían para el siglo XIX y parte del XX, pero no ahora. Es fácil desmentirles, solo hay recordar el comentario del magnate norteamericano Warren Buffet: “Hay una guerra de clases, de acuerdo, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo esa guerra, y vamos ganando”. Parece que los capitalistas saben cultivar bien su conciencia de clase. Si reconocemos la existencia de las clases necesariamente hay que llegar a la conclusión de que, al menos, tiene que haber una determinada conciencia. La burguesía se conformó como clase en su lucha para liquidar el feudalismo, y desde entonces ha hecho todo lo posible para evitar que una nueva clase social ocupara su lugar. 

Existe una generalizada construcción social que tiene por objeto diluir las clases sociales en el imaginario colectivo. La ideología dominante quiere evitar que la profunda desigualdad económica aparezca como expresión de las diferentes clases en la sociedad, y también, claro está, quiere desprestigiar los discursos de las organizaciones obreras que luchan contra esa desigualdad. Por eso, en vez de hablar de clase trabajadora o clase capitalista, o definir las clases intermedias, se oculta la definición en conceptos como clase alta, media o baja, como si existiera un ascensor social que permitiera pasar de una a otra, cosa que solo ocurre en contadas excepciones. Al contrario, vivimos una época en la que la desigualdad es cada vez mayor. Desde la crisis del 2008 y con la actual pandemia se ha acelerado la concentración económica capitalista y el abismo de la desigualdad se está haciendo insoportable. Se calcula que los más ricos han ganado durante 2020 un 24% más. La pobreza se ha instalado en amplias capas de la clase trabajadora, incluso aunque tengan empleo, y ese empobrecimiento alcanza también a sectores de las clases medias.

Las clases sociales no se explican por su lugar en la escala social ni por el poder adquisitivo de algunos individuos, sino por su lugar en el sistema de producción. Eso es lo determinante: poseer los medios de producción o no tener otra alternativa que vender la fuerza de trabajo propia para poder subsistir. Y eso será intrínseco a la existencia del sistema capitalista hasta que desaparezca.

Otra cosa bien diferente son las dificultades para que sectores de las clases trabajadoras se reconozcan a sí mismos. Las clases sociales no son uniformes, ni en la burguesía ni en la clase trabajadora; tienen sus diferentes estratos, y no siempre sus intereses son coincidentes. Por ejemplo, hoy existe un enfrentamiento entre sectores de la burguesía catalana con los del Estado español; en el seno de la clase trabajadora a veces hay enfrentamiento entre los precarios y quienes tienen un empleo fijo, o entre los inmigrantes y los autóctonos, o por las diferencias salariales de unos sectores u otros. La conciencia de clase es lo que permite resolver esos conflictos, defenderse y luchar para mejorar y cambiar la situación.  

Pero, ¿en qué consiste la conciencia de clase? Podríamos convenir en que es el proceso de experiencias individuales o colectivas en las que se toma conciencia de la pertenencia a una clase social cuyo objetivo es transformar, o revolucionar, la sociedad. Pero la conciencia no es una idea estática que una vez se tiene dura para siempre, como aprender a nadar o ir en bicicleta; está sujeta y determinada por las condiciones sociales e históricas y las experiencias de los individuos y las clases sociales. Por ejemplo, una victoria en una huelga anima, extiende y refuerza la conciencia de clase (como se puede apreciar en los numerosos ejemplos del libro que comentamos), pero una derrota puede significar un paso atrás. Por eso, la conciencia de clase hay que trabajarla y educarla, y necesita una organización que le dé continuidad, que asimile sus experiencias, que aprenda de los aciertos y errores: un sindicato como expresión básica de lucha contra la explotación, una organización política para cambiar la sociedad u otras organizaciones sectoriales, de mujeres, de jóvenes, etc. “Las ideas no viven sin organización”, como escribió Gramsci.

Cambios en la clase trabajadora

Los procesos de formación de una conciencia de clase trabajadora son diversos y siempre complejos. En las experiencias relatadas en el libro se aprecia el inmenso esfuerzo que tuvo que realizar la clase trabajadora para volver a ser una clase para sí. Tuvo que superar la derrota de la guerra civil, incorporar a cientos de miles de personas que emigraron del campo a la ciudad, tuvo que enfrentarse a la represión franquista y, a pesar de todo ello, logró avanzar, organizarse, construir sus propias organizaciones sindicales y políticas combinando los pocos resquicios que dejaba el franquismo con la clandestinidad, utilizando los medios legales e ilegales para llegar a ser el factor determinante en el final del franquismo y durante los primeros años de la transición.

La historia modifica la composición concreta de las clases trabajadoras, pero no cambia su lugar en la sociedad capitalista. Para aproximarse a la clase trabajadora actual y su nivel de conciencia es importante analizar su composición, estudiar los cambios productivos, el peso de los diferentes sectores -una clase trabajadora compuesta por inmigrantes en casi el 14%- la importante incorporación de la mujer, la precariedad que supera el 20% del empleo y roza el 50% entre los jóvenes o los nuevos fenómenos como los riders. A estos cambios objetivos habría que incorporar los subjetivos, los retrocesos sufridos en las diferentes reconversiones industriales, las reformas laborales y el debilitamiento del papel de los sindicatos en la sociedad y el de las organizaciones políticas clasistas. Esa suma de factores, y otros que se escapan a este artículo, han debilitado la conciencia de clase y, por lo tanto, la idea de que una nueva clase social podría suplantar a la actual clase capitalista.

Pero, una vez dicho esto, también se puede afirmar que las condiciones para revertir esa situación son, aunque diferentes, mejores que las que tuvo que afrontar la clase trabajadora durante el franquismo. Ahora puede parecer muy difícil, pero solo hay que contrastar con lo que se hizo entonces. Existen unos derechos, las organizaciones obreras -aunque debilitadas- siguen en pie, pervive la capacidad de transmisión generacional de experiencias; movimientos como el 15-M, los movimientos municipalistas, el movimiento de las mujeres o la conciencia de defensa de la naturaleza deben formar parte, deben confluir, en la nueva conciencia de clase que hay que construir. Falta un nuevo ciclo de movilizaciones y luchas masivas para defenderse y mejorar las condiciones de vida, algunas victorias que den confianza y, en el terreno subjetivo, la convicción de que se necesita un salto en la conciencia y en la organización si queremos enfrentar y derrotar al capitalismo.

La conciencia de clase no es el resultado automático de la explotación capitalista. Las condiciones materiales, la educación, la influencia de la ideología dominante son una pesada carga. La conciencia es necesaria para desembarazarse de ella, se puede lograr a través de la experiencia de lucha en el terreno económico, en el de los derechos y libertades y en el conflicto con la clase capitalista y el Estado.

En la formación del movimiento obrero

En la historia de las ideas políticas la conciencia de clase ha sido un debate recurrente. Cuando a mediados del siglo XIX el incipiente movimiento obrero empezaba a tomar conciencia de sí mismo, Marx escribía en 1847: “En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma. En la lucha […] esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase” (Miseria de la Filosofía). Por el simple hecho de tener que vender la fuerza de trabajo se forma parte de la clase trabajadora, pero eso no significa tener conciencia de la clase social a la que se pertenece.

En el Manifiesto Comunista es aún más preciso: “El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y consolidarse. Pero su lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia […] las colisiones entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones […]. Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera […]. Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa”. 

Si se repasan los textos de Marx dedicados al análisis de los acontecimientos históricos (La lucha de clases en Francia, El 18 Brumario y La Guerra Civil en Francia) o de Engels (La situación de la clase obrera en Inglaterra), uno de los hilos conductores es la reflexión sobre el lugar de la clase trabajadora, su maduración y experiencias, la manera de definir sus propios objetivos diferenciados de la burguesía o la pequeña burguesía, de lograr la conciencia necesaria para combatir a la burguesía. Lo hicieron en la lucha política contra las ideas de los socialistas utópicos, que desdeñaban que la clase obrera entrara en la lucha política, así como contra las ideas anarquistas de que la lucha por una nueva sociedad era incompatible con la política. 

Ese debate tuvo su continuidad a inicios del siglo XX, tanto en la socialdemocracia alemana como entre los revolucionarios rusos. Estamos en otra etapa, es el momento de la II Internacional, en el que se están construyendo sindicatos y partidos obreros y la clase trabajadora empieza a expresarse de una manera independiente frente a la burguesía. El libro de Lenin ¿Qué hacer? está en buena parte dedicado a los problemas de la formación de la conciencia de clase. “La conciencia política de clase -escribe- no se le puede aportar al obrero más que desde el exterior, esto es, desde fuera de la lucha económica, desde fuera de la esfera de las relaciones entre obreros y patronos. La única esfera en que se pueden encontrar estos conocimientos es la esfera de las relaciones de todas las clases y capas con el Estado y el Gobierno, la esfera de las relaciones de todas las clases entre sí”. [1]

Huyamos de las interpretaciones peregrinas de que la conciencia de clase se aporte desde fuera. No se trata de ciencia infusa ni de personas ajenas al movimiento obrero, sino de comprender que la conciencia no es un proceso espontaneo ni un simple añadido o continuidad de la lucha económica, sino que necesita del conflicto con el Estado y las otras clases y de la interpretación, aportación y colaboración de individuos o sectores sociales, aunque no procedan directamente de la clase trabajadora.

La mayoría de los teóricos de tradición marxista se ocuparon del problema. Lo encontramos en Rosa Luxemburgo en el debate sobre espontaneísmo y organización política; en Gramsci sobre la construcción de la hegemonía o en Historia y conciencia de clase del filósofo húngaro Georges Lukács, aunque tuviera que autocriticarse sobre su contenido; larga fue la sombra del estalinismo. Sería de mucha utilidad volver a esos debates. Que la conciencia de clase no esté de moda no quiere decir que no sean necesarios; al contrario, habría que actualizarlos para prepararse y estar en mejores condiciones para responder a las crisis actuales.

O todos o ninguno

Las historias del libro que comentamos nos retan a tales reflexiones. Son relatos de duras luchas -la mayoría durante el franquismo-, de solidaridad, de esfuerzo colectivo, de cómo se fue reconstruyendo el movimiento obrero y socavando los cimientos del franquismo. No se trata solo de memoria histórica sino de situar el problema de la conciencia de clase como uno de los elementos de defensa de los derechos obreros y democráticos y de avance social contra el sistema capitalista. Como la historia de Petra, fundadora del Sindicato de la Aguja, que sufrió la represión y la cárcel y que solía decir: “Si luchas puedes perder, si no luchas estás perdida”. O la de María la Perraquilla, que rememora las luchas en el Marco de Jerez para exigir que hagan fijos a todos los jornaleros o a ninguno. O la historia de Gloria, de la fábrica Rok de Madrid, que aprende en la lucha con sus compañeras y también tiene que afrontar el machismo, aunque se oculte detrás de la militancia política. 

O todos o ninguno -reclamaban en la huelga de Bandas-, y los viejos luchadores recuerdan que tras 162 días de huelga “no pudieron con nosotros más que usando la fuerza, las amenazas, el chantaje. Desnudamos al régimen, y eso lo entendieron los que vinieron después”. O en la fábrica Laforsa de Cornellá (Barcelona), que mantuvieron 102 días de huelga en 1975 y lograron desencadenar una huelga general en la comarca, establecieron una estrecha relación solidaria con los barrios, combinaron la lucha por la amnistía, la laboral y la política, y entendieron la necesidad de estrechar identidades, como “la de un trabajador con el mono azul ondeando la senyera y con el clavel rojo en la solapa”. Se hacía sindicalismo y se hacía política, lo favorecía la represión franquista, y quizás una de las debilidades de la actual conciencia de clase esté en la división de ambos términos.

Así se fue construyendo el orgullo de pertenecer a la clase obrera, de formar parte de la clase que encabezaba la lucha contra el franquismo, que arrastraba a otras clases y que, de una forma u otra, aspiraba no solo a un cambio político sino también social. Lo sufrió duramente, tanto en las condiciones de vida como en la represión, en detenciones y torturas, o pagando con la vida, como en los asesinatos en Vitoria, en la construcción de Granada y Madrid o en El Ferrol.

Las circunstancias son diferentes, pero las leyes generales del funcionamiento del capitalismo siguen siendo las mismas, con lo que eso representa de explotación, de desigualdad social, de falta de derechos. Para dar un vuelco radical al capitalismo -vale la pena decir revolucionario-, tendrá que volver al primer plano el espíritu de clase, la conciencia y organización de una clase social dispuesta a encabezar el cambio para una sociedad solidaria, democrática, socialista. Los relatos de este libro nos lo recuerdan.

Nota:

[1] Como en muchos otros temas políticos Lenin fue, hasta la I Guerra Mundial, un alumno aventajado de Karl Kaustky, dirigente socialista alemán. Esta es la cita que utiliza Lenin para desarrollar el debate sobre la aportación externa a la conciencia obrera: “Por supuesto, el socialismo, como doctrina, tiene sus raíces en las relaciones económicas actuales, exactamente igual que la lucha de clase del proletariado; y lo mismo que esta última, dimana de la lucha contra la pobreza y la miseria de las masas, pobreza y miseria que el capitalismo engendra. Pero el socialismo y la lucha de clases surgen juntos, aunque de premisas diferentes; no se derivan el uno de la otra. La conciencia socialista moderna sólo puede surgir de profundos conocimientos científicos. En efecto, la ciencia económica contemporánea es premisa de la producción socialista en el mismo grado que, pongamos por caso, la técnica moderna; y el proletariado, por mucho que lo desee, no puede crear ni la una ni la otra; de la ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad burguesa (subrayado por K. K.): es del cerebro de algunos miembros de este sector de donde ha surgido el socialismo moderno, y han sido ellos quienes lo han transmitido a los proletarios destacados por su desarrollo intelectual, los cuales lo introducen luego en la lucha de clase del proletariado, allí donde las condiciones lo permiten. De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera (von auBen Hineingetragenes) en la lucha de clase del proletariado, y no algo que ha surgido espontáneamente (urwüchsig) dentro de ella. De acuerdo con esto, ya el viejo programa de Heinfeld decía, con toda razón, que es tarea de la socialdemocracia introducir en el proletariado la conciencia (literalmente: llenar al proletariado de ella) de su situación y de su misión. No habría necesidad de hacerlo si esta conciencia derivara automáticamente de la lucha de clases…”.

Fuente

 

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