El 26 de enero, el Día de la República de India, miles de campesinxs y trabajadorxs agrícolas conducirán sus tractores y caminarán hacia el centro de la capital, Nueva Delhi, para llevar su lucha a las puertas del gobierno.

Durante dos meses, campesinxs y trabajadorxs agrícolas han sido parte de una revuelta nacional contra una política del gobierno que busca entregar todos los frutos de su trabajo a los grandes conglomerados empresariales, cuyas ganancias se han disparado durante la pandemia. A pesar del frío y la pandemia, lxs campesinxs y trabajadorxs agrícolas han creado una cultura socialista en sus campamentos, con cocinas y lavanderías comunitarias, puntos de distribución gratuita de productos esenciales, actividades recreativas y lugares de discusión. Tienen muy claro que quieren que se deroguen tres leyes y exigen que se establezca su derecho a obtener una mayor parte de sus cosechas.

Las tres leyes que impulsa el gobierno indio del primer ministro Narendra Modi podrían, según lxs campesinxs, debilitar profundamente su poder de negociación en la cadena nacional y mundial de productos básicos (alimentos). Sin ninguna protección del Estado —incluyendo el apoyo a los precios y un sistema público de distribución de alimentos— lxs campesinxs y trabajadorxs agrícolas estarían forzadxs a pagar precios fijados por las grandes empresas. Las leyes del gobierno piden a lxs campesinxs y trabajadorxs agrícolas que se entreguen al poder de las corporaciones, imponiéndoles una posición maximalista que hace imposible la negociación.

La Corte Suprema de India entró en un callejón sin salida al ordenar crear un comité para evaluar la situación, mientras la presidencia de la Corte comentaba que lxs campesinxs —especialmente las mujeres y lxs mayores— debieran abandonar los sitios de protesta. Con todo derecho, lxs campesinxs y trabajadorxs agrícolas se indignaron por las declaraciones irrespetuosas (Satarupa Chakraborty, investigadora del Instituto Tricontinental de Investigación Social rechazó dichos comentarios). Las mujeres también son campesinas y trabajadoras agrícolas, y también están liderando esta revuelta, lo que se demostró con la masiva asistencia al Mahila Kisan Diwas (Día de la Mujer Campesina), celebrado el 18 de enero en todos los campamentos. “Cuando las mujeres campesinas hablen, las fronteras de Delhi temblarán”, decía su lienzo. “Las mujeres serán las que más van a sufrir con las nuevas leyes campesinas. Aunque están muy involucradas en la agricultura, no tienen el poder de tomar decisiones. Los cambios en la Ley de Productos Básicos [por ejemplo] generarán escasez de alimentos y las mujeres tendrán que cargar con ese peso”, dice Mariam Dhawale, secretaria general de la Asociación de Mujeres Democráticas de Toda India (AIDWA por su sigla en inglés). 

Es más, el comité creado por la Corte está compuesto por figuras conocidas que se han posicionado públicamente en apoyo de las leyes del gobierno. Ningún dirigente de las organizaciones campesinas y de trabajadorxs agrícolas está en el comité, lo que significa, una vez más, que las leyes y reglamentos serán creados para ellxs en vez de por ellxs o consultándoles.

Este reciente ataque a campesinxs y trabajadorxs agrícolas es parte de una serie más larga. El 10 de enero, P. Sainath, fundador del Archivo Popular de la India Rural (People’s Archive for Rural India) y miembro principal del Instituto Tricontinental de Investigación Social, intervino en una reunión en Chandigarh en la que se refirió al contexto más amplio. “No se trata solo de las leyes, que ciertamente se deben derogar. Esta lucha no es solo sobre Punjab y Haryana, va mucho más allá. ¿Qué queremos, una agricultura dirigida por las comunidades o por las grandes empresas? Lxs campesinxs están confrontando directamente el modelo empresarial. Actualmente India es un Estado dirigido por las grandes empresas, el fundamentalismo socio-religioso y de mercado gobierna nuestras vidas. Esta protesta es en defensa de la democracia. Estamos recuperando la república”, dijo Sainath.

Las protestas llegan al mismo tiempo que hay una gran preocupación internacional por parte de las agencias multilaterales por la situación de hambre y la producción de alimentos. Ismahane Elouafi, científica jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), dijo recientemente a Reuters que lxs campesinxs y residentes urbanxs pobres han sido las personas más afectadas por esta pandemia. “Alejadxs de los mercados y con una caída en la demanda de consumo, lxs campesinxs han luchado por vender sus productos, mientras lxs trabajadorxs informales en áreas urbanas viven al día, desempleadxs y en confinamiento”, señaló. Bien podría estar hablando de India, donde tanto campesinxs como pobres de la ciudad luchan por igual para llegar a fin de mes. Elouafi apunta a una crisis general en el sistema internacional de alimentos que requiere un abordaje serio a nivel global, pero también al interior de cada país. Una de cada cinco calorías consumidas por personas ha cruzado fronteras internacionales, un 50% más que en las últimas cuatro décadas. Esto significa que el comercio internacional de alimentos ha aumentado drásticamente, aunque todavía cuatro de cada cinco calorías se consumen dentro de los límites nacionales. Son necesarias políticas adecuadas de producción de alimentos, tanto a nivel nacional como internacional. Sin embargo, durante las últimas décadas, no ha habido un verdadero debate internacional sobre estos asuntos, en gran medida debido al dominio impuesto por los grandes conglomerados empresariales para definir los términos de las políticas.

La lógica de las ganancias ha impulsado al sistema de alimentos a privilegiar la producción de productos que puedan producirse relativamente a bajo costo y que sean de fácil transporte. El mejor ejemplo de esto es en la producción de cereal, donde la industria impulsa granos de “calorías baratas” (como arroz, maíz y trigo) por sobre cultivos más nutritivos (como el maní africano Bambara, fonio y quínoa), ya que los primeros son más fáciles de cultivar a mayor escala y son mas fáciles de transportar. La “carrera de calorías” que genera este proceso hace que unos pocos países dominen la producción de alimentos y que el resto del mundo se vuelvan importadores de alimentos.

Lo anterior tiene diversos efectos negativos: el crecimiento de estas calorías baratas depende del uso extensivo de agua dulce, altas emisiones de gases de efecto invernadero debido al transporte (30% del total de dichas emisiones), la deforestación de ecosistemas complejos, y un régimen de subsidio estatal de 601.000 millones de dólares en Europa y Norteamérica (mientras, los gobiernos del Sur Global se ven forzados a recortar sus subsidios). Todo este sistema de producción de alimentos va en contra tanto del trabajo de lxs campesinxs y trabajadorxs agrícolas como de la salud y las prácticas de sustentabilidad, ya que el consumo excesivo de estos carbohidratos simples produce efectos negativos en la salud.

No hay ninguna escasez en la producción de alimentos, hay suficiente. Pero los alimentos que se producen no son necesariamente el mejor tipo de comida con la diversidad nutricional requerida para una dieta saludable, e incluso la comida que hay no llega a quienes simplemente no tienen los ingresos para alimentarse. Las tasas de hambre habían aumentado dramáticamente  antes de la pandemia y ahora están disparándose a las nubes. Entre las personas que sufren de hambre están lxs campesinxs y trabajadorxs agrícolas que cultivan los alimentos pero no pueden costear comerlos.

Un estudio reciente publicado en The Lancet tiene cifras impactantes sobre los niveles de hambre entre lxs jóvenes. El equipo investigador estudió la altura y el peso de 65 millones de niñxs y adolescentes de todo el mundo antes de la pandemia y encontró una brecha promedio de 20 centímetros de altura debido a la falta de una nutrición saludable. El Programa Mundial de Alimentos dice que durante la pandemia 320 millones de niñxs están perdiendo el acceso a alimentos que normalmente eran proveídos en sus escuelas. UNICEF señala que como resultado de esto, otros 6,7 millones de niñxs menores de cinco años están en riesgo de sufrir emaciación. El escaso apoyo a los ingresos proporcionado en la mayoría de los países no frenarán esta marea. La reducción de alimentos que llega a los hogares tiene un impacto catastrófico en términos de género, ya que es común que la mayoría de las madres coma menos o deje de comer para asegurar que el resto de la familia se pueda alimentar.

Las innovaciones en el suministro público de alimentos son esenciales. En 1988, el gobierno de China estableció el “programa de canasta de verduras”, en el que la alcaldía debía dar cuenta cada dos años de la disponibilidad de alimentos asequibles y seguros que no sean cereales (los productos frescos son clave aquí). Los alrededores de las ciudades y pueblos debían proteger sus tierras para que los alimentos frescos pudieran cultivarse en las cercanías. Por ejemplo, con una población de ocho millones, Nanjing se autoabastecía de verduras en un 90% en 2012. La existencia del “programa de canasta de verduras” permitió a las ciudades y pueblos chinos asegurar que la población siguiera comiendo productos frescos durante el confinamiento por covid-19. Programas como ese deben desarrollarse en otros países, donde la industria alimentaria se rige por las ganancias a través de la venta de calorías baratas, calorías que tienen un impacto muy caro y negativo para la sociedad.

La revuelta del campesinado indio es ciertamente una lucha por derogar las tres leyes agrarias que los perjudican. Pero su lucha es por mucho más que eso. Es una lucha por lxs trabajadorxs agrícolas —a nivel mundial, un cuarto de ellxs son migrantes—, quienes tienen muy poca seguridad de la tenencia y ganan salarios extraordinariamente bajos. Es también una lucha por la humanidad, por una política alimentaria racional que beneficie tanto a lxs campesinxs como a quienes necesitan alimentarse.

Los lugares de protesta alrededor de Delhi —desde donde lxs campesinxs y trabajadorxs agrícolas marcharán a la ciudad el 26 de enero— son espacios alegres y llenos de cultura. Reciben a poetas que van a recitar sus versos al pueblo. Uno de los poetas más famosos de Punjab, Surjit Patar, escribió un poema antes de decidir devolver un premio (Padma Shri) que recibió del gobierno. Su poema resuena en todo el territorio, capturando la amplitud de la protesta con su melodía:

Esto es un festival
Hasta donde puedo ver
Más allá de lo que puedo ver
Hay personas reunidas.
Esto es un festival,
de la gente y la tierra, los árboles, el agua y el aire.
Incluye nuestra risa, nuestras lágrimas y canciones.
Y ustedes no saben quiénes son parte de esto.

El poema describe la interacción de una joven con campesinxs. La chica dice que cuando lxs campesinxs se vayan no habrá más felicidad en el mundo. “¿Qué haremos entonces?”, se pregunta, y mientras lxs campesinxs lloran, ella dice: “Mi deseo es que ganen esta lucha por la verdad”.

Ese es nuestro deseo también.

Fuente

 

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