Como consecuencia de los acontecimientos ocurridos durante la pandemia en 2020 se ha producido una gran confusión en la sociedad. Las personas no entienden qué sucede y los marcos de referencia tradicionales resultan cada vez menos creíbles.

Este nuevo contexto ha sido una gran oportunidad para que el fermento del conspiracionismo, que ya estaba presente en la sociedad aunque de un modo latente, se haya propagado más allá de sus canales tradicionales de difusión y haya logrado viralizarse en diferentes sectores de la población. Los promotores de las teorías de la conspiración han conseguido así colocar sus productos en un mercado emergente muy receptivo a toda clase de fábulas, pues tal y como dice el refrán: en río revuelto, ganancia de pescadores.

La tremenda confusión que ya había al inicio de la pandemia ha sido agravada por los máximos exponentes del conspiracionismo con sus narrativas “alternativas”, lo que está teniendo unas consecuencias que sobrepasan con creces el mero oportunismo de quienes persiguen llenarse los bolsillos de dinero con la venta de conspiraciones. Por esta razón es imprescindible poner algo de claridad en todo esto.

En primer lugar hay que constatar que estamos ante un fenómeno, el del conspiracionismo, que no se limita únicamente a enriquecer a sus promotores. Es obvio que tiene una dimensión comercial, sobre todo cuando comprobamos que esta tendencia está inserta en una serie de redes dedicadas a producir contenidos que toman la forma de libros, videos monetizados, páginas web con anuncios de Google Adsense, etc. Sin embargo, no podemos obviar que el conspiracionismo tiene una muy evidente faceta política que refleja su carácter instrumental al servicio de determinadas agendas.

Debido a lo amplio que es el conspiracionismo vamos a limitarnos únicamente al modo en el que los relatos conspiracionistas funcionan en relación al fenómeno de la pandemia. En lo que a esto se refiere debemos constatar antes que nada un hecho muy obvio que, sin embargo, es pasado por alto en repetidas ocasiones, y este es que el epicentro de la pandemia es China. Y debido a este hecho incontrovertible, la imagen del país y de su deplorable y sanginario régimen totalitario se ha visto claramente dañada a nivel internacional. Tal es así que no han sido pocos los países que han manifestado una abierta hostilidad hacia China y sus gobernantes del Partido Comunista. Como consecuencia de esta mala prensa que el Estado chino se ha granjeado a nivel mundial, los jerarcas comunistas desencadenaron una campaña mediática para lavar la cara de su despreciable régimen y sus recientes actuaciones en relación a la gestión de la epidemia. Esta campaña propagandística tiene dos dimensiones. La primera fue la de presentarse al mundo como un país que presta ayuda humanitaria a los demás países afectados por el coronavirus con asistencia sanitaria y abastecimiento de material de uso médico. Lo cierto es que China aprovechó para hacer negocio de la situación mediante la venta de estos suministros, y esto es algo de dominio público y de sobra denunciado a nivel internacional. La otra dimensión, igual de clara que la anterior, es la creación de teorías de la conspiración y la utilización de teorías ya existentes que ubican el origen de la pandemia y de los procesos asociados a esta fuera del territorio chino.

Si examinamos las teorías de la conspiración sobre la pandemia descubrimos que casi la totalidad de las mismas ubican el origen último del problema fuera de China. Los responsables de la situación que hoy vive el mundo son George Soros, Bill Gates, las familias de diferentes dinastías financieras y empresariales como los Rothschild y los Rockefeller, laboratorios situados en Francia, Alemania, Reino Unido o Norteamérica, las industrias farmacéuticas occidentales, la elite globalista radicada en EEUU y en la UE, corporaciones transnacionales como Amazon, Google, Facebook, etc., el ejército de EEUU, fondos financieros estadounidenses, el Foro de Davos, la universidad Johns Hopkins, la fundación Rockefeller, los satanistas, la masonería, los judíos, la ONU, la OMS, la OTAN, etc. Nunca es mencionada China. No por casualidad los servicios secretos chinos, junto al cuerpo diplomático de este país, han contribuido en sobremanera a difundir estas teorías que hoy son instrumentalizadas. Todas ellas son utilizadas como parte de una estrategia dirigida a desviar la atención de China y de sus responsabilidades.

Nada de lo anterior significa necesariamente que los jefes del conspiracionismo en el mundo occidental, y más concretamente en el Estado español, sean colaboradores conscientes y activos del régimen chino, sino que sus productos resultan políticamente convenientes en un contexto como el actual, de forma que desempeñan el papel de peones en el marco de una estrategia de comunicación más amplia. Así, la tendencia social que representa el conspiracionismo comprende un importante ejército de tontos útiles muy funcionales para el Partido Comunista de China. Sin embargo, no puede negarse la complicidad que existe en todo esto por parte de las autoridades de la mayoría de los países occidentales. Esto es debido a dos razones que pasamos a exponer a continuación.

Primero, los países occidentales, sobre todo los europeos, tienen una gran dependencia comercial y económica con China, de manera que no desean inoportunar a este país con noticias o mensajes que lo señalen como origen último de la pandemia. Por esta razón las teorías de la conspiración alejan la atención del público de China y de cualquier demanda social de represalias contra el régimen totalitario imperante en aquel país. No hay que olvidar, por ejemplo, que la UE acaba de firmar recientemente un importante acuerdo comercial con China con el que esta potencia abre su mercado interno al permitir a las compañías europeas vender sus productos que antes únicamente podían fabricarse en suelo chino.

Y segundo, estas teorías operan como cortina de humo que oculta un hecho inquietante que es la imitación del modelo chino con la adopción de todo tipo de medidas dirigidas a implantar un sistema totalitario semejante al de China. En la medida en que las teorías de la conspiración dirigen su atención a actores secundarios, a veces irrelevantes, y en otras ocasiones a meros hombres de paja, distraen al público de la magnitud política, económica y social de las medidas que están siendo tomadas y que son el equivalente de las adoptadas por China (consultar el Informe Coronavirus). No por casualidad los medios de comunicación más importantes en el Estado español han lanzado una campaña mediática de noticias, artículos, etc., que presentan al modelo chino como un referente válido y un modelo a imitar en la gestión de la pandemia, lo que oculta los enormes abusos contra la libertad y derechos de las personas que dicho modelo implica, así como los cambios irreversibles que entraña su adopción y que hoy empezamos a vislumbrar en medio de un estado de excepción encubierto que va camino de perpetuarse.

Ligado a lo anterior debemos destacar un aspecto más del conspiracionismo. Este cúmulo de teorías no sólo desvía la atención de China, sino que también la desvía de otros actores que lideran los cambios hoy en curso a todos los niveles. El Estado, como institución, así como todos sus instrumentos de dominación (policía, ejército, servicios secretos, tribunales, cárceles, burocracia, leyes, etc.), está completamente ausente en su narrativa. Y cuando aparece es sólo para presentarlo como víctima de otro tipo de actores a los que culpabilizan de lo que ocurre, tales como los antes señalados (Bill Gates, George Soros, satanistas, extraterrestres, etc.). El Estado, entonces, no es nunca responsable de lo que ocurre, y es exculpado de esta forma por el relato conspiracionista.

Lo anterior nos conduce a abordar una pregunta fundamental ¿cuál es la propuesta política del conspiracionismo? La respuesta es que no la tiene. El modelo de sociedad que defiende es justamente el tipo de sociedad hoy imperante, que es, también, el que nos ha conducido a la situación actual en la que nos encontramos, donde el Estado lo domina todo y extiende sus controles a todas las esferas de la vida humana en nombre de la salud pública. El sistema de leyes, instituciones, organismos oficiales, estructuras de dominación, etc., que ha desencadenado los procesos que nos han conducido a una creciente pérdida de derechos y libertades no son cuestionados por el conspiracionismo. El problema se reduce a unas elites perversas que deben ser sustituidas por otras elites que, por el contrario, sean buenas. Ese es todo el discurso político del conspiracionismo basado en fábulas infantiles para personas infantilizadas que no desean pensar por sí mismas, sino que por el contrario prefieren comprar historias prefabricadas fáciles de digerir y para las que no es necesario pensar.

No es casualidad que uno de los principales propagadores del conspiracionismo en el Estado español, y que mejor controla el mercado de los consumidores de contenidos conspiracionistas, sea el carca, retrógrado y reaccionario Grupo Planeta. La misma entidad que ha hecho populares teorías que presentan la denominada pandemia como un plan premeditado que desarrolla toda una agenda preestablecida. Todo esto es llevado a cabo con total desfachatez, a pesar de la enorme improvisación que ha imperado a todos los niveles: político, económico, sanitario, etc. En este sentido no es sorprendente comprobar que desde las páginas editadas por este grupo empresarial, uno de los máximos exponentes del capitalismo mediático en el Estado español, se dirija la atención del público hacia masones, familias de financieros internacionales, entidades supranacionales, etc., y que los poderes fácticos, encarnados por el Estado y sus instituciones (ministerios, policía, servicios secretos, ejército, tribunales, etc.) salgan siempre libres de polvo y paja a pesar de ser los principales responsables de las decisiones que nos han conducido hasta la situación presente de pérdida de libertades.

Asimismo, el caos y la confusión hoy reinantes han facilitado la intervención de actores oportunistas que se valen de las teorías conspiracionistas para, como suele decirse, arrimar el ascua a su sardina. Por esta razón tampoco es sorprendente que grupos neonazis y populistas se valgan de la retórica conspiracionista, lo que en muchos aspectos se ajusta a la ubicación ideológica natural del discurso de los jefes del conspiracionismo y sus seguidores acérrimos. Son de sobra conocidas las conexiones de estos grupos con la policía, los servicios secretos y el ejército al operar como intermediarios en sus procesos de manipulación ideológica y política de sectores sociales descontentos que son reconvertidos en disidencia controlada. De esta forma la contestación social es reorientada y canalizada dentro de la ley y el orden, además de encuadrada en un marco político-ideológico que impide cualquier tipo de propuesta de carácter rupturista y revolucionaria. En síntesis puede afirmarse que todo ello forma parte de una estrategia de contrainsurgencia dirigida a impedir el surgimiento de cualquier tipo de oposición popular contra el sistema establecido, y que por ello desborde los límites que establecen la ley y el orden constituido.

Debido a la propagación de este tipo de teorías en los últimos meses, y la considerable cantidad de incautos que han decidido consumir estos contenidos tan altamente aditivos pero tan nefastos para la salud mental de las personas, ha sido inevitable que la enorme capa de narrativas conspiracionistas haya traspasado sus límites naturales y hecho acto de presencia en ambientes del radicalismo político. Por esta razón es fundamental exponer el carácter reaccionario y paralizante de estas teorías que sirven al poder, y que, además, constituyen un importante instrumento de la estrategia de contrainsurgencia hoy en marcha. Esto convierte al conspiracionismo en un grave impedimento para la lucha revolucionaria y la materialización de cualquier proyecto emancipatorio. Así pues, hoy es esencial denunciar y exponer públicamente al conspiracionismo y a los conspiracionistas, para acto seguido combatirlos en todos los ámbitos y finalmente destruirlos.

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