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Los resultados electorales pueden leerse de muchas formas. A veces, las lecturas son tan sesgadas que ofenden a la realidad. Especialmente las de los líderes políticos obsesionados en justificar sus resultados ante sus bases.

O las de algunos medios de comunicación, interesados en crear un determinado estado de opinión. En una situación tan polarizada como la catalana, predominan dos balances contradictorios: el de la victoria del PSC gracias al efecto Illa, por un lado, y el de la mayoría absoluta independista, por otro. Los dos son compatibles con los resultados, pero dejan fuera elementos esenciales. 

Si nos concentramos en lo que ha hecho el conjunto del electorado, ha ganado la abstención. La mayor en mucho tiempo. A este hecho habría que sumar un aumento no despreciable del voto nulo (un 1,4%). Esta abstención debe interpretarse como la combinación de tres efectos complementarios: en primer lugar, el efecto covid —la gente que no ha ido a votar por miedo al contagio o por el hartazgo que genera la pandemia—. En segundo lugar, el efecto autonómicas —en Catalunya, tradicionalmente, una parte de la población no se siente llamada a participar, excepto en las convocatorias de 2015 y 2017, donde su carácter más o menos plebiscitario provocó una movilización inaudita en sectores que nunca antes votaban—. Finalmente, el efecto estructural que genera una baja participación en las capas más pobres de la población. Las repetidas victorias de los partidos nacionalistas catalanes se han sustentado tradicionalmente sobre los dos últimos efectos (además de la ley electoral que les concede un plus en el proceso de transformación de votos en escaños). Quedaba por ver si el efecto covid iba a cambiar las cosas, pero vistos los resultados se ha cumplido lo previsible: los nacionalistas están mejor organizados, tienen un electorado más fiel y movilizado y ello les ha permitido alcanzar la mayoría absoluta de escaños en el parlamento (sumando ERC, Junts per Catalunya y la CUP) y la de votos (si se tienen en cuenta los del PDCat y el PNC). Si la batalla en Junts se hubiera decantado de otra forma, sin romper con sus antiguos mentores, posiblemente hubiera sido, una vez más, la fuerza vencedora. 

El PSC ha sido el claro vencedor de las elecciones; de hecho, ha sido el único partido que ha obtenido más votos que en 2017. Viendo cómo se han movido los porcentajes electorales, parece obvio que su mayor crecimiento ha tenido lugar a cuenta de Ciudadanos, un partido que creció con el calentón del referéndum pero que tenía poco que ofrecer a gran parte de un electorado que sigue prefiriendo políticas socialdemócratas (por rebajadas que estén) que aventuras ultraliberales. La tensión en Catalunya ha disminuido notablemente, tanto por el talante del Gobierno español como porque los independentistas saben que su estrategia no tiene salida (sobre todo por ausencia de apoyos internacionales) y ello ha dejado sin espacio a un partido cuyo único banderín de enganche era la confrontación. Es posible que Illa haya pescado algún voto de los Comuns, de votantes que siguen viendo a este partido demasiado cercano a los independentistas, pero vistos los resultados el corrimiento ha sido pequeño. Especialmente en unas elecciones donde una parte importante de los votantes indecisos, los que generan vuelcos electorales, han optado por la abstención. Los Comuns cuenta con una base fiel, bastante parecida a la de la fenecida ICV, que le ha permitido salir sin graves daños de estas elecciones en tiempos de pandemia. 

En un análisis de bloques, queda claro que el bloque independentista se ha mantenido (y, de hecho, ha crecido si se suman los votos “perdidos” en términos de escaños del PDCat). El bloque de izquierdas ha crecido por el empuje del PSC. Y el bloque de la derecha españolista se ha descalabrado y se ha producido un deslizamiento en favor de su ala más radical. En términos de votos, el alza de Vox no resulta preocupante. Se trata de un porcentaje de voto reaccionario que siempre ha estado ahí, y que ya estaba presente en los discursos que estaban desarrollando, especialmente en los barrios obreros, PP y Ciudadanos (éstos con más fuerza) en los últimos años. Sí es preocupante, sin embargo, en términos de que este discurso pase a ser totalmente hegemónico en la derecha y pueda calar más allá de sus espacios habituales al calor de la crisis y el desconcierto de la situación. Que los mejores resultados de Vox se hayan producido en pueblos como Roses o Salou, paradigmas del turismo de masas, de la desigualdad y la pobreza en Catalunya, indica que ahí puede generarse un problema. Curiosamente, este discurso no ha calado en los barrios de Ciutat Vella de Barcelona, los más afectados por el desempleado generado por la crisis turística, porque allí predomina una mano de obra de origen foráneo que sabe la amenaza que para ellos representa Vox. 

II

En teoría, hay dos posibilidades abiertas: la repetición de un gobierno independentista —pero con hegemonía de ERC— o la configuración de un nuevo tripartito de izquierdas. Pero esto se basa sólo en los números abstractos, no en las dinámicas reales. La segunda opción no parece factible en tanto ERC no opte por aplazar sine die la opción de la independencia. Y esta es una tarea casi imposible. ERC fue el partido que lanzó a finales de los 1990s la cuestión de la independencia, cuando el nacionalismo hegemónico era autonomista. Su base social es muy permeable respecto a las otras fuerzas de su espacio, y sabe que un giro incomprendido por sus bases le puede acarrear un grave problema electoral (ya le ocurrió cuando apoyó un gobierno de coalición —el tripartit— presidido por una persona nacida en Andalucía y representante del electorado “charnego”). Para ellos quizás sería más cómodo un Gobierno sólo con los Comuns y apoyo implícito del PSC. Pero esto no privaría a ERC de ser objeto de una brutal presión por parte del mundo independentista, y pondría en grave peligro a los Comuns, pues deberían afrontar a la vez la desafección de una parte de su gente y la de corresponsabilizarse de una gestión en la que ERC se ha caracterizado por una gran incompetencia.

La opción que tiene más visos de ocurrir finalmente es la renovación del pacto independentista bajo la presidencia de ERC. Es un desastre para el país. No sólo porque presupone la continuidad de la retórica independentista, sino por lo que presupone de continuidad en una gestión lamentable, socialmente reaccionaria (tras el escándalo de la subcontratación del rastreo de la covid a Ferrovial ahora llega el anuncio de una financiación extraordinaria a la escuela concertada), donde la retórica sustituye a la acción y donde los problemas nunca tienen un abordaje adecuado. Pero tampoco está claro que esa aventura vaya a ser estable. Para la vieja derecha catalana (la que ahora se parapeta en Junts) el país es “su” propiedad (aunque esto posiblemente no sea un tema exclusivamente local). Y no están dispuestos a ceder fácilmente la gran cantidad de poder y cargos que han detentado tan largo tiempo. Junts, además, hace cálculos y sabe que, en una repetición electoral, sin un PDCat que ha quedado fuera de juego, podría recuperar su posición hegemónica. Cuenta además con el apoyo inconsistente de la CUP. Un partido con una retórica izquierdista que atrae a gente joven, que desarrolla una gestión socialdemócrata en el mundo local y que al mismo tiempo prioriza lo nacional en cualquier situación compleja (incluso en la defensa de los procesos por corrupción a dirigentes nacionalistas) lo que le acaba convirtiendo en una especie de marca blanca de Junts para captar electorado radical. 

En el discurso de los medios e intelectuales independentistas es recurrente la afirmación de que el independentismo ha virado a la izquierda. Esta afirmación se desmonta si se atiende a los resultados que Junts ha cosechado en los distritos burgueses de Barcelona. Sin embargo, esa retórica sirve de banderín de enganche para sectores de izquierdas desnortados, que siguen adheridos la hipótesis del carácter rupturista del independentismo. Junts y su constelación tienen aún un enorme poder real, y van a jugar todas sus bazas para conseguir que el nuevo Gobierno sea de su agrado. Y, entre ellas, puede estar la de impedir la formación de un nuevo Govern si el pacto no es de su agrado, y forzar así nuevas elecciones. Aunque ello le suponga arrostrar un peligro mayor, pues si esas nuevas elecciones llegaran a celebrarse en un nuevo escenario de la pandemia, la movilización electoral podría mayor y el hartazgo de su incompetencia podría definitivamente pasarles factura. Las empresas demoscópicas seguro que van a tener en Junts un buen cliente los próximos meses. 

III

Estamos subidos a una noria de la que no podemos apearnos. La hegemonía política del nacionalismo catalán, al traducirse en una demanda de independencia o nada, genera un conflicto que no tiene solución. Eterniza una situación de bloqueo (en términos bélicos algo parecido a los frentes estáticos de la Primera Guerra Mundial). Tiene además la capacidad de impedir que se desarrollen alternativas como la propuesta de los Comuns de un Gobierno tripartito de izquierdas, que ya fue difícil de engendrar en otra coyuntura más favorable (y que pasó factura a ERC). La propuesta de Comuns es lógica, pero olvida el contexto y no cuenta con un viento social favorable. Tampoco es viable la demanda socialista de formar gobierno con los Comuns, pues requiere de unos apoyos que no va encontrar (además, los socialistas saben que un pacto con la derecha antes era peligroso, y con el ascenso de Vox es directamente inviable). 

Una situación en la que se combina un Gobierno incompetente, ausente de un proyecto real (más allá de seguir esgrimiendo su lista de agravios y su etéreo proyecto republicano) con una grave crisis multidimensional corre todo el peligro de degradarse hasta niveles insoportables. Alguna de las cosas que se han visto esta última semana en las manifestaciones por el encarcelamiento de Pablo Hasél son un síntoma de lo que puede venir. El peligro de Vox no son sus 11 diputados, es el espacio que les puede abrir la crisis y el marasmo político. 

Salir indemnes de esta situación va a ser complicado. La propuesta de un bloque de izquierdas que rompa la dinámica actual es justa pero poco viable. Sólo se sostiene durante el tiempo en que está pendiente la negociación del nuevo Gobierno, pero tiene poco recorrido. Aunque es cierto que en el Ayuntamiento de Barcelona funciona actualmente un pacto implícito entre el gobierno municipal Comuns-PSC y ERC que pacta con ellos muchas cosas, la Generalitat es otra cosa. Para el nacionalismo catalán tiene un papel simbólico que no tienen los gobiernos locales. Para cambiar la situación hace falta que haya movimientos más allá de los partidos. Que se genere un clima de opinión favorable al cambio que aunque sea modesto cambie los equilibrios de fuerzas. Y visto el reparto de espacios en Catalunya este equilibrio puede alterarse en dos sentidos: en conseguir que parte del electorado independentista apoye propuestas más sensatas y el de movilizar a una parte del electorado potencial de izquierdas que ahora opta por no participar. 

Provocar este cambio no es tarea fácil. Ni puede asumirse solo desde una formación política. Exige una movilización social en la que participen muchos actores. Aunque en el campo político, el grupo de los Comuns debería ser un actor principal. Su propia composición interna y su ausencia de una elaboración política le ha impedido hacerlo. No fue capaz de hacer frente al “procés” y ofrecer un relato que se enfrentara al mismo y, al mismo tiempo, no cayera en la respuesta centralista, nacionalista española. Desmontar el” procés” exigía precisamente explicar a las propias bases del independentismo la falacia del proyecto. Y propugnar al mismo tiempo una reforma del Estado en clave federal. Ahora lo que hace falta es, además, canalizar esfuerzos sociales en hacer frente a la crisis social. En exigir un Govern que asuma una responsabilidad real y una acción eficiente. En abrir un debate social sobre las necesidades de cambio que exigen las diferentes crisis que nos afectan (y las que presumiblemente seguirán viniendo). 

No es tarea fácil. Ni sobran los medios ni la gente activa. Ni las alternativas son sencillas. Los Comuns, además han minusvalorado o no han sabido articular una red de apoyos, diálogo y cooperación con una parte importante del tejido organizado que sostiene muchas movilizaciones y propuestas de cambio. Ni tiene una estructura orgánica adecuada. Pero si en este momento no son capaces de impulsar un mínimo cambio, seguiremos en la noria que rueda y rueda, condenados a ver como la situación se degrada a nuestro alrededor. Es un momento peligroso. Que exige que todas las personas, organizaciones que entendemos la necesidad de cambio estemos a la altura de la situación, sepamos buscar dinámicas transformadoras y dejemos de perdernos en las falsas pistas en las que tantas veces nos metemos la gente de izquierdas. 

Albert Recio Andreu

Fuente

 

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