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Se considera que La Internacional nace con la Commune. Lo que es una verdad a medias. Literalmente. Sólo nació en ella su mitad. La letra. Un poema escrito por Eugène Pottier en 1871, dedicado a la AIT, que no fue publicado y, en cierta manera, conocido, hasta 1884.

Cuatro años después, en 1888, fue musicado por Gustave Delory para un coro obrero. Es posible que, en su momento fundacional, en la Commune, fuera una goguette. Esto es, media canción, una canción sin música propia, compuesta para ser cantada sobre una melodía ya conocida. La Internacional, en todo caso, es una goguette en la actualidad. Posee, sobre la misma música, tantas letras –en ocasiones distantes– como traducciones y lenguas. Más incluso. Mi padre, de muy niño, en la guerra, cantaba una Internacional que no era otra cosa que una goguette, tal vez anarquista. Sus primeros versos –los únicos que recordaba– eran así: “Arriba los de la cuchara / Abajo los del tenedor”, y ofrecía, por tanto, la belleza de hablar de la realidad a través de sus objetos. La goguette, en la época en la que fue escrita La Internacional, era un género muy popular, propio del café-concierto, un modo de vida, precario, muy frecuentado por el primer republicanismo francés y español del siglo XIX. En castellano, el café-concert se llamaba teatro por horas, lo que explica la brutalidad del asunto. Un trabajo mal pagado y por horas y horas y horas. A destajo. Que aun así posibilitó la subsistencia, y poco más, de jóvenes de perfil popular y bohemio, afiliados a un republicanismo, a un socialismo, a un anarquismo también joven. El teatro por horas, en Madrid, fue todo un fenómeno, que puso en peligro, incluso, al teatro a secas. A esa forma de teatro, divertida, muy ideológica, se dedicó, por ejemplo, el joven José Nakens. Hoy olvidado, fue un periodista y símbolo republicano absoluto en los inicios del siglo XX.

Por su elaboración dilatada –iniciada en 1871, culminada en 1888, transformada en diversas goguettes a lo largo del siglo XX–, La Internacional no pudo ser una gran canción de la Commune. Por lo que no pudo ser su himno ni su banda sonora. Carecía de la entidad –una música propia, un mundo anterior– para ser cantada como una canción mítica y referencial. Por lo que sabemos, ese himno, esa canción de la Commune, que se cantaba en las barricadas y en los cafés y en las casas, fue otra. Y procedía de otro itinerario. No era una canción obrera ni revolucionaria. Procedía de la cultura popular, de algo parecido a la cultura de masas. Era una canción ya existente en 1871. Algo que ya estaba ahí pero que, de pronto, como todo, cambió de significado. Una suerte de canción del verano, que por lo que sea se amoldó a aquel momento hasta ser su símbolo. Era Le temps des cerisesUna maravilla. Un objeto perplejo.

La letra es de 1866 y de Jean-Baptiste Clément, un marxista pionero, encarcelado por Napoleón III y liberado por el motín republicano. Huido a Londres tras el fin de la Commune, que le supuso una condena de muerte, volvió a Paris en 1880, con la famosa amnistía que posibilitó también la vuelta de Louise Michel. La música –otra joya, de la misma y altísima calidad que la letra– es de 1868 y de Antoine Renard. Amigo personal de Clément, pero en sus antípodas ideológicas, era un músico sutil, formado en la Opéra, que acabó trabajando, como Clément, para el café-concert –otra vez el teatro por horas–. La canción, tanto en su letra como en su música, lleva a cuestas, y sin esfuerzo aparente, otras. Como la bella e incomprensible hasta la locura Plaisir d’amour. ¿Qué explica Le temps des cerises? ¿Por qué posee un mundo propio? ¿Por qué se decidió esa canción para explicar un mundo nuevo?

La canción son cuatro estrofas. En la primera alude a un momento mágico y por venir. Una espera. La primavera avanzada, el tiempo de las cerezas, cuando el ruiseñor y el mirlo cantarán mejor, y cuando –y con estos versos se nos anuncia que entramos en un universo incalculable– “las bellas tendrán la locura en su frente, y los enamorados el sol en su corazón”. En la segunda se advierte de que el tiempo de las cerezas es corto, muy corto. Explica ese tiempo de cosecha a través de las imágenes más turbadoras de la canción. Es el tiempo en el que “las parejas recogen, mientras sueñan, pendientes para sus orejas”. El par de cerezas como pendientes es el chiste más viejo de la humanidad. Siempre funciona, de manera que todos los niños lo vuelven a repetir por primera vez, momento en el que se sella su inteligencia y carnalidad. La canción habla de esos pendientes alegres e inmortales, cuando dejan de ser un juego infantil y pasan a ser algo propio del Gran Juego: “Cerezas de amor, rojas como los vestidos, que caen entre las hojas como gotas de sangre”. Insuperable. Esto va en serio: primavera, pendientes de cerezas, vestidos sobre la hierba, sangre. En verdad, el tiempo de las cerezas es profundo y breve. En la tercera estrofa se habla de la valentía necesaria para afrontar el breve tiempo de las cerezas: “Cuando os llegue el tiempo de las cerezas, si os dan miedo las penas de amor, evitad a las bellas”. El narrador por fin habla aquí de sí mismo, al aludir al precio a pagar por la valentía. “Yo, que no temo las penas más crueles, tendré que sufrir todos los días de la vida”. En la cuarta, el narrador prosigue sobre su posicionamiento ante el conmovedor tiempo de las cerezas, y concreta el precio pagado por asistir a ese fiesta de calor, certeza y fuego: “Siempre amaré el tiempo de las cerezas, pues es de ese tiempo del que guardo en el corazón una herida abierta. Incluso si se me ofreciera la Dama Fortuna, no podría nunca jamás cerrar mi dolor. Siempre amaré el tiempo de cerezas”. 

El primer himno obrero, que explica la primera revolución obrera, democrática y antiautoritaria, no es más que una canción de amor. Pero no una canción de amor más. Explica que la vida es breve, que es preciso el valor, si bien el valor, por sí solo, no garantiza nada. Explica que todo sucede en muy poco tiempo, o no sucede jamás. Que no hay otra vida. El himno no habla de hombres y mujeres de hierro, insensibles a la muerte. Habla de hombres y mujeres frágiles y de un compromiso sencillo y opuesto al acero:  la fragilidad. Dos cerezas en la oreja, un vestido caído al suelo, la lucha por la felicidad más certera y desconcertante y breve, de repente son otra cosa. La revolución. Siempre lo es. 

Guillem Martínez 

Fuente

 

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