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2021 comenzó con el gobierno de Kyriakos Mitsotakis a la ofensiva. Una nueva ley aceleraba la reforma neoliberal de la Educación Superior y establecía la presencia permanente de fuerzas policiales dentro de los campus. El derecho a protestar ha estado bajo constante presión, ya sea por diversas leyes y decretos o de facto por la represión policial contra los manifestantes.

El huelguista de hambre Dimitris Koufontinas se enfrentaba a una negativa cínica (y criminal) de sus derechos mínimos y legítimos en la cárcel. El hilo conductor ha sido el esfuerzo del gobierno por gobernar por la fuerza y ​​emprender una «guerra» contra la izquierda radical. La campaña autoritaria provocó un serio contraataque en todos estos frentes, que culminó en un asombroso estallido de sentimiento antigubernamental durante el fin de semana del 13 al 14 de marzo en muchas ciudades de Grecia y en la mayoría de los barrios y distritos de Atenas. Un resurgimiento de la acción de masas en las calles está configurando un nuevo escenario. Ofrecemos una mirada retrospectiva para conocerel trasfondo de estos hechos al tiempo que proporcionamos un relato de las luchas recientes.

Una semana antes de las elecciones de enero de 2015, el político derechista Makis Voridis estaba hablando en una pequeña reunión local en apoyo del partido derechista Nueva Democracia. Declaró: “Nunca entregaremos el país a la izquierda … Lo que nuestros abuelos defendieron con sus armas [una referencia a la Guerra Civil de 1946-49, cuando los ejércitos nacionalistas impusieron un régimen de Terror Blanco contra la guerrilla comunista] lo defenderemos con nuestros votos el próximo domingo. No se engañen. El próximo domingo no se trata simplemente de elegir un partido o de elegir un programa económico. Se trata de un enorme enfrentamiento ideológico entre dos mundos diferentes”.

Su bando perdió entonces esa batalla y SYRIZA logró finalmente formar un gobierno. Lo que siguió se conoce. El esfuerzo por buscar un compromiso con la troika y la clase dominante griega llevó a la capitulación de Tsipras y a la firma del Tercer Memorando de austeridad. La derrota desmoralizadora de 2015 allanó el camino para el retorno de la derecha al poder.

En las elecciones de 2019 Nueva Democracia obtuvo una importante victoria electoral que también fue una victoria política. Las encuestas pronosticaban un giro a la derecha de la opinión pública. La capitulación de SYRIZA y el subsiguiente cambio ideológico orientado a justificar esta traición y defender las políticas de austeridad que implementó el gobierno de Tsipras reforzaron la doctrina TINA (No Hay Alternativa). El neoliberalismo (también conocido como “crear un ambiente favorable para los inversores”) fue rehabilitado como la única medida para salir de la crisis, mientras que Nueva Democracia había encendido los sentimientos de conservadurismo social como un medio para construir su fuerza desde la oposición.

Makis Voridis se encontraba ahora provisto de un estado de ánimo revanchista: «Haremos todas las intervenciones necesarias para asegurarnos de que la izquierda jamás vuelva al poder». No estaba tan preocupado por las perspectivas electorales de SYRIZA. Como dijo en 2015, «no se trata de un partido». Voridis es uno de los representantes más sofisticados de la extrema derecha contemporánea de Grecia. Pasó su juventud entre grupos neofascistas, cediendo su hacha contra los manifestantes antifascistas en las calles de Atenas. Luego se alistó a LAOS, el partido de extrema derecha más «parlamentario», antes de pasarse a Nueva Democracia. En sus intervenciones le gustabamencionar a Antonio Gramsci y su concepto de “hegemonía” a fin de explicar su proyecto a largo plazo de “imponer una derrota estratégica a las ideas de la izquierda -algo más trascendente que un porcentaje electoral- que afloran en las universidades, en las artes, en los sindicatos, en la mente de la gente”. Por supuesto, mientras enfatizaba la «hegemonía» y las «ideas» Voridis también estaba familiarizado con la importancia de la fuerza y ​​la violencia para gobernar. Pero sus días de ceder el hacha habían terminado y, en estos días, lo encontramos enamorado de “nuestra democracia liberal”. Defenderá a las fuerzas represivas de “nuestra democracia liberal” contra las huelgas sindicales, contra las movilizaciones de izquierda, contra los okupas anarquistas, contra las protestas que bloquean las calles. Se podría decir que mientras Voridis se alejaba de sus pasadas tácticas neofascistas extremas, “nuestra democracia liberal” se movía en su dirección, por lo que se encontraron a mitad de camino. Desde enero de 2021Makis Voridis es el ministro del Interior. Y su «guerra contra la izquierda» de décadas es ahora el proyecto real del actual gobierno de derechas bajo un supuesto «centrista» como Kyriakos Mitsotakis.

Mitsotsakis esperaba utilizar la derrota política de la izquierda para imponer una derrota estratégica. La desmoralización posterior a 2015 parecía una oportunidad de oro para materializar la consigna de los sucesivos gobiernos de las últimas décadas: “Debemos acabar con Metapolitefsi”. “Metapolitefsi” significa literalmente “un cambio de régimen político” que describe la transición a la democracia tras la caída en 1974 de la dictadura militar. Pero es un término políticamente cargado que se usa para referirse a las tradiciones militantes de los años 70, las conquistas del movimiento obrero y la “hegemonía de izquierdas” que asalta al pensamiento de Voridis.

Al principio el gobierno pasó a la ofensiva con el objetivo de implementar políticas ultraneoliberales y revisar la correlación de fuerzas entre trabajadores y empresarios. Dio un paso más siguiendo los trágicos precedentes establecidos por el gobierno de SYRIZA y trató de acelerar esa dirección sin las “reservas ideológicas” que pudieran haber quedado al silenciado partido de Alexis Tsipras.

Desde el pasado marzo, el estallido de la pandemia fue un factor nuevo.

Por un lado fue un desastre cómo se gestionó la pandemia. El gobierno se negó a implementar cualquier tipo de política que ayudara a manejar la situación. Los bares y restaurantes podían estar cerrados durante meses, mientras que el comercio minorista se abría y cerraba, pero nunca hubo un cierre real en la mayor parte de la economía (fábricas, construcción, oficinas, etc.), ni ningún esfuerzo por imponer medidas de seguridad a los empresarios. El Servicio Nacional de Salud, que ya estaba en ruinas, se dejó que fuera a esta «guerra» sin nuevos soldados (médicos) o armas (unidades de UCI, capacidad de realizar pruebas masivas, etc.). El sistema de los medios de transporte, también en mal estado, no se reforzó para evitar las imágenes de sobrecarga en horas punta, ya que la mayoría de los trabajadores todavía se ven obligados a ir a trabajar como de costumbre (para luego soportar toques de queda y restricciones que sólo afectan a su tiempo de ocio). La demanda de los estudiantes de clases de menor tamaño que pudieran permitir una reapertura segura de las escuelas quedó sin respuesta, ya que habría significado contratar más profesores y / o construir más escuelas.

Cualquier esfuerzo por abordar estos problemas habría significado un alejamiento del neoliberalismo. Nuevos médicos y nuevas unidades hospitalarias y camas para el Servicio Nacional de la Salud, nuevos conductores y flota para el transporte público, nuevos profesores y escuelas, nuevo personal para la agencia que inspecciona los lugares de trabajo por violar los derechos de los trabajadores, serían soluciones «permanentes» y permanecerían en vigor tras la pandemia, todo ello es algo que los neoliberales no podían tolerar.

Todo esto contribuyó a que no se hiciera frente a la pandemia. Si bien siguen vigentes variasrestricciones a la movilidad y toques de queda nocturnos de forma ininterrumpida desde el pasado noviembre, los casos siguen aumentando y en este momento las unidades de UCI de Atenas están llenas y los médicos argumentan que los hospitales de la capital de Grecia están a punto de enfrentarse a una situación tipo “Bérgamo” (elegir qué pacientes salvar).

Mientras tanto el apoyo financiero a los trabajadores de los sectores que están realmente clausurados o que se vieron afectados principalmente por la desaceleración de la actividad es el mínimo indispensable. La mayor parte del dinero público se envía para «apoyar» a los propietarios, mientras que las migajas se dejan para los empleados.

El gobierno no falló simplemente en manejar tanto la crisis económica como la sanitaria. Instrumentalizó la pandemia para impulsar su visión neoliberal. Si bien las protestas, las reuniones sindicales, las asambleas de estudiantes y todo tipo de actividad se volvieron más difíciles o imposibles debido a la pandemia, el gobierno se negó a dejar de emprender nuevos ataques y comenzó a votar una ley tras otra en el parlamento con la esperanza de eludir la resistencia social. También instrumentalizó la pandemia para reforzar la represión. Una parte del Estado disfrutó de un aumento del gasto público para nuevo personal y equipos de última generación: la policía.

Tras la sorprendente manifestación antifascista del pasado octubre, durante el juicio a Golden Dawn, el gobierno emprendió una contraofensiva preventiva. El artículo 11, que salvaguarda el derecho a la protesta, fue suspendido dos veces, con un decreto del jefe de policía (!) para prohibir las manifestaciones masivas del 17 de noviembre (aniversario del levantamiento estudiantil contra la Junta Militar en 1973) y el 6 de diciembre (aniversario del asesinato por la policía de Alexis Grigoropoulos, de 15 años, que provocó la revuelta juvenil de diciembre de 2008). Entremedias una docena de activistas feministas de izquierda fueron arrestadas simplemente por llevar el25 denoviembre una pancarta en la Plaza Syntagma para protestar contra la violencia hacia las mujeres. La ley que se votó el verano pasado para «regular» las manifestaciones, en esencia confiere a la policía luz verde para decidir arbitrariamente sobre el “grado de la amenaza estimada” y prohibir o restringir las reuniones públicas.

Durante ese tiempo el miedo a la propia pandemia y a la represión estatal nos obligó a organizar una especie de “resistencia delegada”. Pequeñas actividades simbólicas, organizadas en un entorno “semiclandestino” por minorías militantes, expresaban el estado de ánimo de una capa más amplia de la población que no estaba dispuesta o no podía tomar las calles.

Dado el débil estado de los movimientos sociales, estimamos que tanto la nueva ley como el uso desproporcionado de la fuerza policial contra pequeñas movilizaciones simbólicas, tendrían un carácter preventivo. El gobierno, entendiendo que la ira bullía bajo la superficie y que el impacto de la crisis económica empeoraría con el tiempo, trató de imponer una «nueva normalidad» donde las protestas venían a ser un acto peligroso, donde las minorías militantes serían aisladas enfrentándose a duras condiciones de represión antes de que apelaran y lograran movilizar a una parte más amplia de la población.

El principal problema para Nueva Democracia fue que un pilar de su “contrarrevolución” quedó destrozado. El neoliberalismo se encuentra en un estado de crisis permanente a partir de 2007. Mitsotakis quiso seguir los pasos de su ídolo, Margaret Thatcher, olvidando que la «Dama de Hierro» surgió en una época en que el neoliberalismo estaba en auge y el crecimiento económico podía sostener la falsa promesa de “los efectos del flujo” durante algún tiempo.

En la Grecia contemporánea el idolatrado sector privado quedó muy desacreditado durante la pandemia. La crisis económica golpeó duramente incluso a sectores del electorado afines al gobierno: pequeños empresarios y algunos profesionales, una parte de la pequeña burguesía que esperaba que un gobierno «favorable a las empresas» fuera también la solución a sus problemas y que ahora se enfrentan a un desastre. Los trabajadores han estado sometidos a una presión extrema desde 2010 (por no señalar que incluso los “felices tiempos” anteriores a la crisis no fueron tan buenos para muchos). La restauración de la ortodoxia neoliberal como un «sentido común» y la transformación de la sociedad griega en un entorno «favorable a los negocios» se enfrentaron en esta situación a una lucha que se hacía cuesta arriba. De manera que el gobierno dobló esfuerzos en el segundo pilar de su “guerra contra la izquierda”: el autoritarismo y el conservadurismo. Mientras la policía tomaba medidas enérgicas, una ofensiva ideológica intentó desacreditar a la izquierda radical como «el enemigo interno» que merecía ser tratado salvajemente. La “ley y orden” se convirtió en el único relato que Nueva Democracia podía ofrecer a sus bases conservadoras que se estaban resquebrajando por el peso de la crisis financiera.

Esta mentalidad guía desde entonces al gobierno. Un pequeño pero llamativo ejemplo: en medio de una versión griega de #MeToo, donde las mujeres sobre todo en las artes y los deportes rompían su silencio y contaban sus historias de haber sufrido acoso sexual, se reveló que Dimitris Lignadis, designado por el gobierno como Director Artístico del Teatro Nacional, había violado sistemáticamente a adolescentes. Después de que fracasaron los esfuerzos iniciales para taparlo, finalmente fue sacrificado. Pero la ministra de Cultura permaneció en su cargo a pesar de los llamamientos generalizados para su dimisión. Normalmente reemplazarla habría sido un gesto fácil y barato en cuestión de «control de daños». Pero aquí es donde prevaleció la mentalidad de un “gabinete de guerra”. Mitsotakis protegió a su ministra, y los medios de la derecha la presentaron como víctima de la propaganda de izquierda que la atacaba por promover políticas “favorables a la inversión” en el ámbito de la cultura. El abogado de Lignadis decidió aprovechar esta narrativa, ya que ahora intenta presentar a su cliente como víctima de una especie de conspiración de la izquierda, que paga el precio por intentar reconectar el Teatro Nacional con el «antiguo espíritu tradicional griego» y acabar con la “decadente influencia izquierdista en las artes» …

Fue en esta situación que el preso Dimitris Koufontinas, ex integrante del disuelto grupo armado “17 de noviembre” (17N), se declaró en huelga de hambre para protestar contra un trato (otro más) injusto. Koufontinas ha sido tratado con dureza vengativa durante todo su tiempo en prisión, y las burocracias estatales le han denegado constantemente los derechos que se otorgan a todos los demás presos con sentencias similares. Tanto Nueva Democracia como la Embajada de EE.UU. han sido tradicionalmente muy explícitos en su oposición a cualquier trato humano para el prisionero de 63 años. El último caso fue indignante. El gobierno votó una ley que prohibía el traslado de una determinada categoría de presos a las cárceles rurales y con un efecto retroactivo. El único preso que encajaba en el perfil de esta nueva disposición y que ya estaba en una prisión rural era Koufontinas, por lo que en esencia se trataba de una ley diseñada específicamente para sacarlo de allí. La ley disponía que los reclusos debían ser trasladados de nuevo a la prisión de la que procedían. Pero el gobierno pasó por alto su propia ley y trasladó a Koufontinas a la prisión de Alta Seguridad de Domokos, y no a la prisión de Korydallos, donde había pasado la mayor parte de su condena (y donde sería más fácil para su familia visitarlo). Koufontinas se vio obligado a declararse en huelga de hambre para exigir … ¡la correcta implementación de una ley penal que fue ante todo votada en su contra!

El gobierno trató la huelga de hambre con un brutal cinismo. La venganza contra Koufontinas se combinaba con la «mentalidad de guerra» de Nueva Democracia. Mitsotakis dejó meridianamente claro que el gobierno no se echaría atrás y que estaba dispuesto a llevar a Koufontinas a la muerte. Fue otra imitación de Margaret Thatcher que había dejado morir a Bobby Sands y a sus compañeros en la cárcel para demostrar que “la dama no estaba para echarse atrás”. También conllevaba un fuerte simbolismo. Koufontinas se formó durante los años militantes posteriores a la Junta Militar, y el “17N” fue un producto de esa época. Demostrando tolerancia cero y negando los derechos mínimos a este singular preso encajaba con la narrativa de “acabemos con el espíritu de Metapolitefsi”. Para algunos analistas fue una imitación de la “estrategia de tensión”. La estrategia original se implementó en Italia durante los años 70 en un momento en el que existían grupos armados activos de izquierda. En ausencia de tales grupos la versión griega contemporánea planteó el espectro de la «violencia armada», veinte años después de la disolución del 17N y el cierre de ese ciclo, mediante un escandaloso esfuerzo por cambiar la narrativa: el tema de los derechos humanos y la democracia fue dibujado como una «lucha contra el terrorismo» y todos aquellos que apoyaran la huelga de hambre y exigieran respeto a los derechos de Koufontinas fueron retratados como «simpatizantes del terrorismo».Los medios de comunicación actuaron como si el problema fuera sobre laspasadss actividades de Koufontinas (por las cuales había estado en prisión durante 17 años) y no sobre su trato como prisionero. Los comentaristas de derecha insinuaron que este «asesino en serie que no tiene remordimientos» no debería gozar de ningún derecho (o incluso que estaría bien si se le dejara morir). Se eliminaron las entradas en Facebook en apoyo de estas demandas y se eliminaron los perfiles de usuario por “apoyar las acciones de un grupo terrorista”. La policía estableció una nueva dimensión represiva: las manifestaciones de unas pocas decenas de personas para apoyar la huelga de hambre fueron violentamente dispersadas ​​por todo un ejército de unidades de la policía antidisturbios, incluso antes de que tuvieran el tiempo mínimo para reunirse y desplegar su pancarta.

El manejo cínico de la huelga de hambre que implicaba buscar o al menos tolerar la posible muerte de Koufontinas fue el punto culminante de la campaña para destruir a la izquierda radical, apelando a los instintos de «ley y orden» de los conservadores y radicalizándolos a una nivel superior (el de adaptarse a la idea de imponer una sentencia de muerte a un «extremista» y tratar salvajemente a cualquiera que objetara como simpatizante de un terrorista). Esto tenía como objetivo sentar un precedente para todas las luchas futuras. El plan de esta estrategia podría describirse a grandes rasgos así: una pequeña minoría que persiste en la resistencia activa sufrirá una represión brutal en tanto que una parte de la población tiene demasiado miedo para movilizarse mientras la otra parte aplaude a la policía por ajustar cuentas a los odiados “extremistas”.

Pero las cosas cambiaron.

A lo largo de enero los universitarios habían organizado una resistencia masiva contra la nueva ley que aceleraba la transformación neoliberal de la enseñanza superior y establecía la presencia permanente de fuerzas policiales dentro de los campus. Las manifestaciones semanales contra esta nueva ley contaron con la asistencia de miles de estudiantes marcando así el final del período de la “resistencia delegada”.

El “asunto Koufontinas” tomó un rumbo diferente. Semana tras semana su salud se deterioró y quedó patente que Grecia estaba a punto de convertirse en el país con un huelguista de hambre muerto por primera vez en Europa desde 1981. Académicos, artistas, médicos, abogados, miembros del Parlamento Europeo hicieron llamamientos para que se respetaran sus derechos. El Defensor del Pueblo griego, la sección griega de Amnistía Internacional, la Asociación Griega de Derechos Humanos y Ciudadanos e incluso la Asociación de Jueces y Abogados culparon al gobierno. Toda la oposición parlamentaria (excepto la extrema derecha) pidió su traslado a Korydallos. Las protestas en apoyo de la huelga de hambre se hicieron cotidianas y eran cada vez más masivas. Una parte importante de la sociedad con diferentes puntos de vista sobre Koufontinas (desde la simpatía hasta la hostilidad así como las posiciones intermedias) expresó su rechazo al comportamiento brutal del Estado contra él. La única intervención pública en claro apoyo al gobierno fue por parte de funcionarios de EE.UU., responsables de la bahía de Guantánamo y de los centros de detención secretos de la CIA en todo el mundo…

Mientras tanto algo distinto estaba en ebullición bajo la superficie. La policía no solo estaba tratando salvajemente a los manifestantes. Instruidos con la tarea de imponer los toques de queda y las restricciones de movimiento, enseñados a tratar a la «juventud indisciplinada» como un enemigo, impulsados ​​por la estrategia gubernamental de «ley y orden», se han destacado policías en los barrios, parques y plazas públicas de Atenas. La gente iba acumulando amargas experiencias de encuentros diarios con una fuerza policial que operaba con la arrogancia y la brutalidad de un “ejército de ocupación”.

De forma soterrada se estaba desarrollando la “paradoja de la represión”. Según este esquema la represión se utiliza constantemente como un medio para pacificar a una población que no puede ser conquistada mediante la persuasión. Pero, en algún momento, el uso constante de la represión deja de aterrorizar a la población y termina enfureciéndola más. Los acontecimientos de Nea Smyrni, un municipio de Ática, sirvieron de catalizador.

En la plaza pública de Nea Smyrni la policía amenazó a una familia por sentarse en un banco (por lo tanto no estaba «haciendo ejercicio activo», que es la razón oficialmente permitida para dar un paseo). La juventud local apoyó a la familia y pronto llegaron refuerzos policiales para «pacificar a la multitud hostil». Un joven fue maltratado, pero otros ciudadanos lo captaron con sus teléfonos móviles y se difundió por Internet. La versión inicial de la policía, que fue reproducida voluntariamente por todos los principales medios de comunicación (los agentes de policía se enfrentaron a una «emboscada violenta», etc.), fue ridiculizada por la población local que describió lo que realmente había sucedido. Esa misma noche, más de mil vecinos marcharon desde la plaza hasta la comisaría local de policía, donde fueron atacados con gases lacrimógenos y dispersados.

El video estaba en todas partes, y el grito del joven «¡Me duele!» mientras era golpeado se convirtió en un grito de guerra para miles de personas, similar al impactante «No puedo respirar» de George Floyd para la sociedad estadounidense. Incluso los medios de comunicación se vieron obligados a cambiar su retórica por un día, mostrar cierta simpatía por las víctimas de la violencia policial y ejercer cierta presión sobre los representantes de la policía que apoyaron descaradamente a su colega que “había cometido un error” que “lamentablemente fue captado por una cámara ”(!) y que “ no debe usarse para desacreditar a la valiente fuerza policial de acuerdo con los usuales sospechosos del sentimiento antipolicial ”.

El día siguiente fue todo un terremoto. Más de 10.000 personas se manifestaron en la plaza central de NeaSmyrni. En los tiempos difíciles quenos ha tocado pasar una protesta de esta magnitud se celebraría como un gran éxito, incluso si fuera una movilización central para todos los atenienses en la Plaza Syntagma. Pero esto solo fue una protesta local. Todos estaban ahí. Los sindicatos afiliados al Partido Comunista, las fuerzas de la izquierda radical, colectivos anarquistas, los lugareños que nunca antes habían protestado, incluso los aficionados al fútbol decidieron dejar de lado sus diferencias por un día y marchar juntos contra la brutalidad policial.

Más tarde, ese mismo día, estallaron refriegas entre algunos manifestantes y la policía. Una unidad policial motorizada, conocida por su brutalidad y su habitual táctica de atacar a grupos de manifestantes en bicicleta, entró enacción. Esto sucedió muchas veces en el pasado, pero esta vez algunos manifestantes contraatacaron y un miembro de la unidad fue golpeado y terminó en el hospital.

En ese momento se desató un contraataque ideológico. Los medios de comunicación inmediatamente cambiaron el debate de la brutalidad policial por «matones violentos que casi asesinan a un oficial de policía». El primer ministro hizo una transmisión urgente y no anunciada para denunciar el incidente (sin mencionar nunca a la víctima de la brutalidad policial). De repente se suponía que todo el mundo debía olvidar todo lo que provocó este estallido de ira y simpatizaría con la policía. Mientras tanto, en las calles de Nea Smyrni, la policía buscaba venganza. Todo un municipio sufrió esa noche su frenética actividad porlas calles aledañas, dentro de las tiendas y los bloques de apartamentos. La policía difundióun video que resumía su estado de ánimo tras el ataque a su colega. Su unidad fue sorprendida al grito de “¡Están acabados! ¡Les mataremos! ¡Vamos y follémoslos!». Los residentes locales registraron muchos incidentes de violencia policial y los enviaron por las redes.

Era como si se tratara de dos universos paralelos. Para los principales medios de comunicación, la «historia del día» era el drama del oficial de policía herido, mientras que las redes sociales estaban llenas de varios videos de la salvaje violencia policial en las calles adyacientes de NeaSmyrni y con los residentes locales gritando desde sus balcones ¡Fuera de aquí! » o “¡dejad a los niños en paz!”. La distancia entre la realidad y la cobertura mediática fue otro factor que enfureció a la gente a niveles similares a los días cercanos al Referéndum de 2015, cuando los medios de comunicación estaban muy desacreditados por su papel de apoyo al “Sí” a las medidas de la troika. KyriakosMitsotakis no favoreció su causa cuando advirtió a los jóvenes que “las redes sociales son una amenaza para la democracia ya que brindan una visión distorsionada de la realidad”, en un tiempo en que eran los medios de comunicación “respetables” los que constantemente distorsionaban la realidad para proteger al gobierno y la policía.

La contraofensiva ideológica fracasó estrepitosamente. La primera encuesta nacional sobre el tema mostró que una mayoría tenía una opinión negativa sobre la policía (por ser excesivamente violenta) y culpaba a la policía por la pequeña revuelta en NeaSmyrni. Pero lo que es mucho más importante que las encuestas de opinión son las calles. El fin de semana posterior a los acontecimientos en NeaSmyrni todos los barrios de Atenas y muchas ciudades de Grecia se llenaron de manifestantes. Es difícil estimar las cifras globales. Pero muchos municipios o distritos fueron testigos de las mayores protestas locales en años. Hubo docenas de protestas locales simultáneas que involucraron cada una de éstas a unos cuantos miles. La “descentralización” de la protesta fue una estrategia debatida por la izquierda radical como un medio para afrontar los problemas gemelos de la pandemia y las prohibiciones estatales. Algunos grupos trataron de dar ese enfoque el 6 de diciembre cuando muchos actos locales conmemoraban a Alexis Grigoropoulos y la revuelta de 2008 en lugar de hacer el esfuerzo de convocar de nuevo, de forma tradicional, en el centro de Atenas donde decenas de unidades policiales ya estarían “esperándonos”. Fue un éxito, pero nada parecido a lo que sucedió el 13 y 14 de marzo. Esta vez la estrategia de “descentralización” se encontró con la necesidad real de una masa crítica de personas para protestar en sus barrios para reclamar de la policía su derecho a un espacio público. La policía ni siquiera se presentó para intentar detener lo que se puede describir como una «revuelta pacífica» compuesta por múltiples protestas «tipo guerrilla».

Las protestas locales fueron diversas: grupos anarquistas locales, organizaciones de izquierda, algunos sindicatos obreros y colectivos de solidaridad social activos las organizaban en función de su fuerza en cada distrito o barrio.

Estaban henchidos de ira. Por la policía, por la gestión de la pandemia, por las prioridades del gasto público, etc. Un grito unió todos los agravios, “¡Mitsotakis, bastardo!”. Era un eco del pasado: esta consigna se inició en 1965 contra el padre del actual primer ministro, Konstantinos Mitsotakis, durante la “Iouliana” (los “hechos de julio”), una revuelta contra la monarquía que se desató cuando la Casa Real derrocó a un gobierno centrista con la ayuda de Mitsotakis que orquestó la deserción de un número crucial de parlamentarios centristas. El lema vuelve a ser popular en 2020 para expresar desdén hacia el hijo de una de las familias más poderosas de la política griega. Michalis Chrysochoides, el ministro encargado de la policía, fue el otro objetivo de los cánticos de los manifestantes. Este ex-socialdemócrata, que se convirtió en el favorito de la CIA y en un modelo de «antiterrorismo» tras desmantelar el «17N», es ahora el ampliamente despreciado «sheriff» que es ridiculizado por su pasada declaración de que » los barrios con gente de bajos ingresos aplaude cuando ven a nuestras fuerzas policiales marchando por sus calles”.

Las protestas locales fueron sorprendentemente juveniles. Por supuesto, asistieron personas de todas las edades, pero la presencia masiva de jóvenes fue distinta. Es un desarrollo interesante. Hay generaciones de personas para quienes por ahora su breve vida consiste en dos grandes crisis económicas y una pandemia. Se enfrentan a perspectivas sombrías en el mercado laboral, su vida social está bajo presión constante, son los que generalmente se enfrentan al hostigamiento diario de la policía en plazas y parques públicos y son a los que el Primer Ministro escoge constantemente para dar conferencias. Pero también son los que no experimentaron la derrota de 2015 de la misma manera que la sintieron las generaciones anteriores que lucharon durante muchos años antes del ascenso de SYRIZA al gobierno y se sintieron exhaustos y desmoralizados después de la traición.

Este estado de ánimo desafiante también está empezando a promover otras luchas. En la misma semana de la protesta en Nea Smyrni y las protestas locales, también fuimos testigos de la huelga feminista del 8 de marzo, una marcha estudiantil contra la nueva ley para las universidades, una protesta central que combinó la solidaridad con Dimitris Koufontinas y la lucha general contra el autoritarismo y la represión. Muchos miles de personas asistieron a estas movilizaciones. En los días posteriores a esto tuvieron lugar las movilizaciones de los trabajadores de la cultura que combinaban sus quejas por la falta de apoyo financiero durante el confinamiento con su rechazo a las tentativas de imponer la censura a las artes mediante el uso de una legislación «antiterrorista» (similar a la que llevó al rapero catalán Pablo Hasel a la cárcel) y el enfado desatado por el movimiento griego #MeToo en las artes. Luego, el 17 de marzo, una movilización de trabajadores de la salud que contó con la asistencia de muchas personas en solidaridad. En resumen, un gobierno que se embarcó en una campaña para restringir seriamente las protestas públicas, últimamente se enfrenta a movilizaciones casi a diario.

Este cambio en la situación tuvo otro efecto colateral. Se dice que las personas decididas y desesperadas en huelga de hambre necesitan algo en lo que esperar para cambiar de opinión y no sacrificarse. Mientras Nueva Democracia se negó a concederle a Koufontinas sus derechos hasta el final, contento o incluso dispuesto a verlo morir, la breve “primavera” de resistencia social le dio a Koufontinas razones para sentirse esperanzado por el futuro. Al final dio por terminada su huelga de hambre afirmando que «lo que está sucediendo allí fuera es mucho más importante que el problema que lo inició» y que la existencia de fuerzas sociales vibrantes que resisten el autoritarismo «es una nueva esperanza». Si bien el movimiento de masas no obligó al gobierno a retroceder, sí evitó la sombría perspectiva de una muerte trágica.

El gobierno está bajo presión y quedan atrás los días de arrogante autoconfianza que definieron los inicios de su mandato. Pero su destino no está determinado. La «guerra contra la izquierda» puede tener éxito para «cerrar las filas” del electorado conservador que está radicalizado. El principal partido de oposición, SYRIZA, difícilmente es una “oposición”, eligiendo el lenguaje conciliador de la política respetable, la unidad nacional, etc. La izquierda anticapitalista todavía está fragmentada, confundida y / o sanando de sus heridas de 2015. Los sindicatos han sido severamente debilitados y los “nuevos movimientos” carecen para ahora de las infraestructuras críticas .

Pero parece que estamos entrando en un nuevo terreno, con oportunidades para crear las condiciones para iniciar el proceso de revertir el impacto de la derrota política de 2015. La energía vibrante de las generaciones más jóvenes, combinada con una potencial reactivación del entorno experimentado de los activistas políticos que estaban dispersos en los últimos años pero que aún existen, pueden constituir la base para la apertura de un nuevo ciclo.

En estos días los comentaristas de los principales medios de comunicación mencionan la revuelta juvenil de 2008 y el «movimiento de las plazas» de 2011. Los optimistas aseguran a su audiencia que «no volverá a suceder». Los más cautelosos advierten que «debemos asegurarnos de que no vuelva a suceder». En cualquier caso, es revelador que los fantasmas de las luchas pasadas están regresando para atormentarles

* Panos Petrou es militante de DEA.

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