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¿Qué consecuencias puede tener en clave nacional la dimisión de Pablo Iglesias y su salida de la política española? Esta es una de las interrogantes que deja tras de sí  lo acontecido durante y tras las elecciones de la Comunidad de Madrid este mayo de 2021. Una posible respuesta es: nada va a pasar. Al menos no algo ineludible o demasiado traumático, en lo inmediato, sin omitir que algunas tendencias en política son contagiosas.

El primer motivo para concluir de ese modo se tiene a partir de la fragmentación existente entre y dentro de los partidos políticos ibéricos. Esas diferencias de enfoque se alimentan, tienen sitio por igual, en el conjunto de la sociedad que, como resulta sabidísimo, es una marcada pluralidad étnico-social. ¿Rasgo distintivo único?

No parece. La más simple revisión nuestra que no hay un conglomerado humano uniforme al 100% en ningún sitio. De todos modos, existen criterios atendibles cuando se buscan respuestas: “Muchas de estas preocupaciones sobre la diversidad étnica están basadas en el supuesto implícito de que las personas pertenecientes a un mismo grupo étnico comparten valores y normas sociales mientras que personas de distintos grupos étnicos difieren en dichos valores y normas” (Klaus Desmet).

“No hay etnias homogéneas, sino sociedades internamente plurales. El multiculturalismo implica una interpretación zoológica de la sociedad humana, al suponer erróneamente que las culturas particulares son como especies biológicas distintas. Pero son realizaciones históricas del mismo patrón cultural universal, abiertas al flujo intercultural. Por eso, debemos considerar el etnicismo, el nacionalismo y el multiculturalismo como tendencias patológicas hacia la balcanización del planeta y obstáculos para la emergencia de una sociedad mundial pluralista e integrada”. Esta otra visión, posiblemente, más exaltada, es del catedrático Pedro Gómez García, de la Universidad de Granada.

Como remate, valga por último lo recordado en un interesante estudio del profesor costarricense Roberto Marín Guzmán, a tener en cuenta si se habla de diversidad humana y sociológica: “La conquista islámica de Al-Ándalus se dio especialmente por razones económicas. Los musulmanes introdujeron cambios importantes en la sociedad de la península ibérica, entonces principalmente poblada por hispano-romanos y visigodos, y empezaron una nueva organización social, política y cultural en Al-Ándalus. Los musulmanes también llevaron a la península las tradiciones e instituciones del Medio Oriente, y con ellas las divisiones sociales, étnicas, tribales y religiosas”.

Este tipo de cosas se olvidan, pero siguen ahí, en la raíz de muchas cosas. Y por traído de los pelos que resulte, entre las muy diversas racionalizaciones sobre el tema, aparece la visión de Pablo Iglesias, cuando ante el auge del separatismo catalán a mediados de los 2000, propuso tratar estos asuntos e incluir en la Constitución la plurinacionalidad de España, con el correspondiente articulado para hacer más inclusivas y asociadas a las diferentes autonomías y su centro federal.

Que fuera valedor de ese tipo de pensamiento, provoca en algunos el temor a que la opción quede huérfana y aleje posibles soluciones. No faltan, sin embargo, quienes aleguen que el abandono de todos sus cargos y funciones (el de diputado incluido) le hace mucho bien a la nueva izquierda. El tiempo dirá, como suele, de qué bando está la razón. Por ahora, el panorama que dejaron estos acontecimientos no es despejado.

Aunque los vaticinios surgidos con el abandono por parte de Iglesias, quien dejó la vicepresidencia para participar en los comicios madrileños, en procura de apuntalar a Unidas Podemos, tiraban hacia fracaso, él se dice sorprendido por el magro resultado, luego de sufrir amenazas y traspiés diversos. En cuanto se conoció el resultado, con el apabullante triunfo de Isabel Ayuso, del Partido Popular, el participante del movimiento de los indignados anunció su retirada total, dicen que con bochorno y dolor ante tamaño fracaso.

Aunque imprescindible citarlo como elemento de esta historia, no es el suyo, el problema más notable, ni de mayor importancia, en lo acontecido. La otra pregunta sobre el por qué el PP duplicó el número de sus escaños en el parlamento local, eso sí lleva a la actualidad y al siempre inevitable después. ¿Habría ocurrido un triunfo tan sonado si Ciudadanos no estuviera a la baja, o si VOX no apoyara antes y durante al PP? Las tres formaciones son de derechas y tienen igual origen, y si no coinciden en sus metas sistémicas, tienen el mismo “enemigo” y se dirigen hacia perspectivas similares.

Pero veamos. En los 179 municipios de la Comunidad de Madrid, el PP tuvo mayoría de votos y en esa suma están barriadas obreras y ciudadanos tradicionalmente de izquierdas. Si bien Más Madrid obtuvo el segundo puesto en las elecciones y tiene 24 escaños, igual que el PSOE, de sumarse los votos logrados por esos dos partidos  y los de Unidas Podemos, resulta inferior a lo alcanzado por la Ayuso, quien, y he aquí una de las claves, empleó como arma movilizadora o decisoria el hartazgo e incertidumbres provocados por la COVID-19 y las limitantes para el movimiento humano y económico, decretadas por el Gobierno.

Sobre esas adhesiones que cambiaron de orilla, se debe estimar lo emprendido por Vox, ultraderecha vocinglera, al desplegar una maniobra muy propia de los oportunistas que ofrecen mucho y poco dan, pero, mientras tanto, logran adeptos. Visitaron los sitios apartados y desprotegidos de una autonomía donde la prosperidad no está –ni estará, por supuesto– repartida a partes iguales.

Otro elemento de mucho sustancia fue el manejo equívoco del concepto libertad, por parte de la Ayuso, como si la Administración Sánchez la hubiera usurpado y sus representantes se opusieran a eliminar las restricciones sanitarias. Tampoco perdió oportunidad de usar un eslogan engañoso: “Comunismo o Libertad”, tan parecido al “socialismo” que, según Donald Trump, traía consigo Joe Biden, como si este fuera un oponente y no un hombre del sistema.

Esa estrategia, como el resto de las armas de la derecha trumpista, así se está denominando al método para confundir a la gente con supuestas oponencias a lo establecido, y el uso de componentes léxicos de apariencia emancipadora, tal las practicadas por el expresidente norteamericano. Una noción de libertad dirigida sin mucho disimulo, contra la coalición PSOE-Unidas Podemos, culpando al Gobierno central de violar el libre albedrío al implantar las medidas para combatir la pandemia, y erigiéndose ella como salvadora de la perfidia oficial.

Lo ocurrido no solo lastima a la socialdemocracia española y a otros partidos progresistas, achacándoles culpas tramposas, sino que instala, al mismo tiempo, una visión individualista sin límites, como no sea la satisfacción inmediata de un deseo egoísta, carente de asideros válidos, sobre todo en términos futuros. ¿Podrá, acaso, mantener esa ficción de yo-hago-lo-que-quiero? Pudiera ser forzoso el aterrizaje en la verdad,  una vez esfumado el primer viento sin encierro, pues habrá recuperación, sin duda, pero no al ritmo deseado ni tampoco con satisfacción plena de deseos y necesidades para todos.

La derecha española quiere repetir en otras áreas la experiencia recién vivida en la Comunidad de Madrid. También se baraja que la Ayuso tiene aspiraciones a la presidencia del país y que este éxito impulsará su carrera. Camino espinoso el disputado por más de uno, y Pablo Casado, jefe del PP, tiene el mismo propósito y hasta se atribuye algo del resultado, como otra herramienta que catapulte su figura y el plan de provocar un adelanto de elecciones generales –quizás a través de una moción de censura– y desbancar a Pedro Sánchez del poder. Ambiciones de ese tenor suelen provocar cenagosas peripecias casi siempre.

Este tiempo y los asuntos capitales pendientes –así ocurre al cabo de toda crisis fuerte–,  están exigiendo a todos algo de decoro, sobriedad y avenencia, dignidades algo difíciles de unir actualmente.

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