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Desde hace varios años, desde que publicó No alimenten al troll (Ed. Tamarisco) —pero desde antes también—, Nicolás Mavrakis se convirtió uno de los escritores jóvenes más interesantes y provocadores para pensar los dilemas de la actualidad. En especial, cuando con sus textos hace foco en internet y el universo digital.

Autor de, entre otros títulos, Houellebecq. Una experiencia sensibleEl recurso humanoEn guerra con la piel y La utilidad del odio. Una pregunta sobre internet, ha publicado un reciente ensayo sobre el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, uno de los grandes críticos del devenir de la tecnología y las redes sociales: Byung-Chul Han y lo político, tal el nombre del ensayo, salió por la editorial Prometeo y puede leerse desde la plataforma Leamos.com.

Esta semana Nicolás Mavrakis participó de Experiencia Leamos, el ciclo que la plataforma Leamos.com organiza como beneficio exclusivo para sus suscriptores, y allí habló de la figura controversial y fascinante de Han y de las teorías que aquel ha elaborado a lo largo del tiempo. Aquí las partes más salientes del encuentro.

Si bien Byung-Chul Han escribe desde Berlín, ¿qué efectos provoca en los centros de legitimación que la filosofía hoy pase por figuras como él o como Zizek, por mencionar otro ejemplo de filósofo “marginal”?

—Él se fue muy joven a estudiar a Berlín, y seguramente más de la mitad de eso que llamamos “filosofía occidental” esté anclada en Alemania. En ese sentido, no me parece que Han añada nada demasiado extranjero. Más que de su propia genealogía oriental, Han es un filósofo formado como discípulo de Heidegger. No lo conoció, por supuesto, pero lo estudió, se formó y sigue las mismas ideas. Heidegger era un pensador de la técnica y Han traslada casi los mismos principios. A veces hace algo que también hacía Heidegger con la poesía, y los lleva a la poesía zen o a los aforismos. Siempre para hacer el juego de que, en realidad, Occidente aún no comprendió nada y que la verdad ya fue revelada por los orientales. Tal vez, lo que puede compartir con Zizek y con alguno más es el lugar periférico de obedecer a una carrera académica. No son filósofos del centro del poder institucional académico.

—Byung-Chul Han y lo político comienza con un acápite de Michel Houellebecq, de quien también escribiste un ensayo. ¿Qué relación hay entre ellos?

—Comparten el rasgo romántico. A qué me refiero con romántico: son personas que hacen una critica rabiosa del presente y lo cotejan con un pasado idealizado o un futuro inalcanzable. Houellebecq lo hace con la sociedad, la economía, el sexo, la técnica, la ciencia. Byung-Chul Han, por ser un discípulo de Heidegger, también tiene una raíz romántica. La crítica que hace es que no existe en el presente un equilibrio ideal armónico entre la naturaleza humana y la tecnología. Alude a lo que deberíamos hacer y en un momento éramos o a lo que deberíamos hacer en el futuro para reconstruir el equilibrio. Los dos comparten la sensación de malestar que, sin embargo, no propone nada concreto. No se trata de “A dónde voy”, sino de “Cómo desprenderme de lo que se me quiere imponer”.

Han pasa del entusiasmo a la decepción. Del proyecto de emancipación, de libertad, de conocimiento a lo que somos ahora: una sociedad de abúlicos, de gente que produce corazoncitos y pulgares sin pensar

Hace años, Alvin Toffler decía que la globalización iba a acentuar la individualidad y los deseos de cada uno. ¿Cuánto se opone Han a esta idea?

—Hay un libro viejo de Han que se llama Hiperculturalidad. Es uno de los más olvidables; no hay que empezar por ahí. Ese libro es una especie de elogio a lo Alvin Toffler de lo que pensaba que iba a ser el proyecto de globalización con Internet, un entusiasta de lo que iba a permitir internet en el encuentro de distintas comunidades. Pero ese proyecto —en el cual no solo Han creía sino también, sobre todo, los pioneros de internet— terminó siendo otra cosa y donde se proponía más individualidad terminó habiendo pura homogenización. Eso se ve de la mejor manera en las redes sociales.

¿Por qué?

—Porque lo que tenemos allí —y es lo que Han se dedicó a criticar profundamente como— es pura homogenización: todos tienen que pensar lo mismo, vender lo mismo, comunicar lo mismo. No se puede pensar nada, dice Han, no hay reflexiones, solo afecto. Cuento lo que siento y, como todo el mundo siente algo, no hay otra demanda necesaria para participar que contar lo que uno siente. Pero entonces, ¿dónde está la instancia de pensar, dónde está la instancia reflexiva? Eso lleva a un estado de pura positividad que borra lo negativo y, sin negatividad, dice, no se puede pensar nada. Es interesante la trayectoria de Han: en el mismo lapso en que aparece internet, se conforma el polo de Silicon Valley, se afianzan Facebook, Google y las redes sociales que están en manos de dos o tres empresas oligopólicas, Han pasa del entusiasmo a la decepción. Del proyecto de emancipación, de libertad, de conocimiento a lo que somos ahora: una sociedad de abúlicos, dice, de gente que produce corazoncitos y pulgares sin pensar, que comparte lo que no le interesa, que se exhibe para ensamblarse a lo que se supone que hay que hacer para no perder el tren de la permanencia, de la supuesta amistad, del supuesto diálogo, que no es tal porque al que no coincide se lo cancela, se lo bloquea, se lo suspende, se lo silencia.

¿Cómo deviene esa positividad y negatividad en “la sociedad de la ira”?

—Tal vez uno piensa que las redes sociales son un pasatiempo, pero creo que la pandemia ayudó a ver que no son ni accesorios ni laterales. Son constitutivas de nuestro trabajo: estamos en Zoom, después se hay una difusión en Instagram y en Twitter y en Facebook, y el trabajo de uno está ahí, acá y allá, en distintas pantallas. Por eso hay que pensarlo en cuestión de escalas: Han dice que es una forma según la cual se formatea nuestra subjetividad. Lo que somos, cómo pensamos, cómo entendemos el mundo. En redes sociales hay 2.400 millones de usuarios, es poco menos de la mitad del mundo. Y no es que la otra mitad no elija conectarse: no puede. No hay nada, no hay internet ni agua potable. Así se va formateando nuestra subjetividad, nuestro modo de ser, nuestro modo de entender al otro y eso está condicionado por reglas y normas de la pura positividad. Hay un acuerdo forzoso donde no puede haber antagonismos porque el que antagoniza daña mi figura, mi narcisismo, y por eso lo borro. A lo sumo, dice Han, lo único que aparenta ser negativo es la indignación. Hay algo malo y todos nos indignamos. Se incendia el Amazonas y todos estamos de acuerdo en que el incendio es algo que preferiríamos que no pasara. ¿Qué hacemos? Un change.org para que nadie prenda fuegos en el Amazonas. Pero no hay nada, dice Han, que termine de transformar esa indignación en un proceso institucional político concreto.

¿Falta el salto de lo digital a la realidad?

—Eso es interesante: ¿qué es la cibermilitancia? ¿Lo que pasa en Twitter, en Facebook? ¿Qué efecto tiene sobre la vida real, sobre la vida institucional política de un país? No tiene ninguno. Hay una fantasía con esto de que las redes sociales son el espacio de debate público y no es así. Por supuesto, las redes mismas favorecen la ilusión de que estamos discutiendo lo que pasa, pero no es un espacio público: es un espacio privado con reglas privadas. Y el mejor ejemplo es lo que pasó con Donald Trump. Cuando a Twitter no le pareció apropiado, sacó al presidente de Estados Unidos de ahí.

¿Qué es la cibermilitancia? ¿Lo que pasa en Twitter, en Facebook? ¿Qué efecto tiene sobre la vida real, sobre la vida institucional política de un país? No tiene ninguno

No deja de ser llamativo que el tipo que tenía el botón de la bomba atómica no pueda publicar un tuit.

—Ahí quedó claro donde está el verdadero poder. Han apela a otro filósofo alemán, Carl Schmitt, para preguntarse quién es el soberano, quiénes tienen el poder. Son los de Silicon Valley, los dueños de las redes, los dueños de las plataformas donde llevamos adelante nuestras vidas sociales, económicas, sexuales, creativas. Lo que dice Han es que falta una ira que pueda cantar un enojo mejor que esta indignación que inmediatamente cambia de motivo y sublima una rabia que no cambia nada.

Hay otro concepto de Han, que es el de la postpolítica. ¿Cómo impacta la política de las redes sociales en la política?

—Según Han, ese post es la marca de que ya no es más política: no impacta en nada, no provoca ningún cambio. Tal vez el mejor ejemplo que uno podría pensar en dónde termina la política invertida únicamente en lo digital sea lo que pasó con el macrismo. Jorge Asís se burlaba muy bien de eso: “Vamos a ganar las elecciones porque manejamos la Big Data, conocemos a los votantes, cómo buscarlos, qué necesitan”, y perdieron catastróficamente. La cibermilitancia no es nada más que la gratificación narcisista que nos convence de que nuestro camino es el correcto. Otro ejemplo de cómo funcionan la política y el narcisismo de las redes sociales es lo que pasó hace poco en España con Pablo Iglesias, el dirigente de Podemos que renunció después de perder las elecciones en Madrid. Sería: “Yo no fracasé en la elección, sino que el sistema es tan malo y los votantes son tan idiotas que debo retirarme de esto”. Ahí no hay forma de construir una experiencia que me permita saber qué salió mal para volver a otra elección y ganar. Han habla también de la psicopolítica: de cómo, sabiendo lo que la gente lee, consume, hace, mira, desea, compra, comparte y demás, se puede lograr un control sobre la mente y no ya sobre los cuerpos. Pero la experiencia argentina demuestra que sigue habiendo un sustrato de lo real en donde, en este caso, si la economía se derrumba, la política sigue apareciendo.

Un caso para analizar sería el de los feminismos y la ley de interrupción del embarazo.

—Con los feminismos es más complicado. La primera vez que se votó la ley, me acuerdo de la decepción que se percibía muy profunda porque cómo podía ser, si estaban todas las redes sociales signadas de verde, cómo pudo haber salido mal. Bueno, pasó que faltaba el trabajo político concreto institucional parlamentario para que se vehiculizara en algo real. Ahí hay un buen ejemplo de a qué se refiere Han con que la militancia digital no es la política real. Después, cuando la política se hizo un poco más concreta y fue por los canales adecuados además de los digitales, se logró el objetivo.

Si no hay posibilidad de un encuentro con el otro, dice Han, difícilmente haya posibilidad de amor

¿Qué le queda al amor y a la amistad si los sentimientos se miden con los me gusta?

—Eso está La agonía del Eros. La esencia de la idea de Han es que el narcisismo —si uno piensa que el narcisismo es la idea de que solamente me gusta aquello que piensa como yo, que opina como yo, que consume lo que yo consumo, que vota lo que yo voto— anula el encuentro con un otro. Y, dice Han, la verdadera experiencia amorosa es el encuentro con un otro distinto.

Es muy lacaniano eso.

—Pero ya estaba en Sócrates. Han dice: el átopos, el que se sale de lo igual. Si uno formatea su subjetividad bajo el mandato del narcisismo total en el cual todo lo que me molesta está mal, tiene que ser desplazado, silenciado, corrido o bloqueado porque daña a mi mercancía avatar, el amor se vuelve incompatible. Porque el encuentro con el otro siempre es más molesto, incómodo, incalculado de lo que uno querría. Y, si no hay posibilidad de un encuentro con el otro, dice Han, difícilmente haya posibilidad de amor. Además, la misma vara narcisista que me resguarda sentimentalmente rige para el cuerpo. La gratificación pasa por constatar que puedo seducir al otro. ¿Por qué pondría a mi cuerpo en riesgo si a mí, como narcisista, me es suficiente constatar que puedo seducir al otro —que es como yo— a través de su corazoncito en Instagram? ¿Por qué ponernos en riesgo si podemos resolver la vida a través de la pantalla?

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