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Los profesionales de la comunicación elogian al economista Karl Polanyi como un teórico del capitalismo brillante y como un pensador de nuestro tiempo. Sin embargo, para comprender bien las ideas de Polanyi debemos mostrarlo en el contexto de su propio tiempo: la “era de las catástrofes” de la Europa de principios del siglo XX.

El columnista del Financial Times Martin Wolf señaló hace poco la perdurable influencia política de dos libros publicados durante la Segunda Guerra Mundial y escritos por dos autores nacidos en Viena a finales del siglo XIX: Camino de servidumbre, de Friedrich Hayek y La gran transformación, de Karl Polanyi.

Hayek fue, naturalmente, uno de los padres del neoliberalismo, la filosofía económica dominante de nuestro tiempo. Aún así, y a pesar de sus propias —y arraigadas— inclinaciones neoliberales, para Wolf era Polanyi quien representaba “la mejor guía” para entender el presente. Su colega del Financial Times, Jonathan Derbyshire, propuso a Polanyi como invitado para una cena fantástica con los filósofos Michel de Montaigne y David Hume. A su vez, el New York Times publicó un comic inspirado en La gran transformación.

Sin embargo, Polanyi es algo más que una referencia de moda para los expertos liberales. Así, su nombre ha estado vinculado a un amplio número de proyectos socialistas. Recientemente —y con razón— los medios de comunicación lo han reconocido como un “socialista demócrata” precursor de Jeremy Corbin y Bernie Sanders. Pero mucho antes que esto, La gran transformación se había convertido ya en una piedra de toque para la crítica de izquierdas al neoliberalismo.

Parece haber un amplio consenso en que Polanyi es un pensador de nuestro tiempo. Pero si queremos apreciar al completo la fuerza y la debilidad de sus ideas, debemos mostrar a Polanyi en el contexto de su propio tiempo: ese periodo de la historia europea al que Eric Hobsbawn denominó “la era de las catástrofes”.

Un esfuerzo utópico

En La gran transformación, Polanyi argumentó que los acontecimientos que estaba viviendo su generación —dos guerras mundiales, el fascismo y la Gran Depresión— formaban un “cataclismo” interconectado cuyos orígenes podían remontarse al “esfuerzo utópico del liberalismo económico por establecer un sistema de mercado autorregulado”.

¿Pero por qué el sistema mercantil había llevado al mundo a la ruina? En el fondo —insistía Polanyi—, operaba el hecho de que el mercado autoregulado trata la tierra, el trabajo y el dinero como mercancías. Al subsumir estos elementos fundamentales de la vida humana, el mercado acaba sometiendo la sociedad a sus leyes anárquicas y perversas.

Sin embargo, este extremismo del mercado autorregulado implica que nunca puede reinar sin ser cuestionado y contestado. Esta era la segunda tesis de Polanyi, que establecía que la subordinación de la vida y la naturaleza al cálculo comercial tiene consecuencias tan graves que el clamor por la “protección social” acaba siendo inevitable.

El término que empleó para describir esta presión fue “contramovimiento” [“countermovement”]. En el siglo XIX, el contramovimiento operó en favor de la expansión del mercado mediante el control de sus tendencias destructivas; en el siguiente siglo, sin embargo, la compatibilidad entre la expansión del mercado y el contramovimiento se rompió.

En una sección importante de La gran transformación, Polanyi analizó las “tensiones destructivas” [“disruptive strains”] que llevaron al abismo al sistema de mercado a principios del siglo XX. Las medidas y las organizaciones proteccionistas, como las políticas arancelarias y los sindicatos, fueron necesarias para prevenir la destrucción de la sociedad por la “acción ciega” del mercado. Pero estas mismas medidas llevaron a que las recesiones económicas se intensificaran.

Polanyi compartía las creencias pre-keynesianas que sugerían que la intervención del estado provocaba fallos en los mercados, que los aumentos salariales llevaban a un descenso de las inversiones y que los movimientos obreros fuertes mermaban los poderes restauradores del capitalismo. Un capitalismo regulado con mercados inelásticos —argumentaba— era inherentemente inestable.

Década revolucionaria

A medida que el orden liberal global se derrumbara, pensaba Polanyi, la escisión entre la política y la economía se suturaría. Los Estados se estaban convirtiendo, en sus propias palabras, en unidades nacionales “más completas y coherentes”, ya fuera de manera fascista o progresista (los ejemplos más claros de esta última forma eran para Polanyi los regímenes de Roosevelt y Stalin en los EEUU y en la URSS)

Este fue el tema de la sección de La gran transformación titulada «los años veinte conservadores, los treinta revolucionarios», título que, para muchos lectores, parecía producto de un error editorial. ¿No querría decir en su lugar revolucionarios años veinte?

¿Acaso no comenzó esa década con una serie de revueltas que derrocaron viejos regímenes, desde Rusia hasta Renania, y a los que siguieron los levantamientos de Italia, España y Cuba y las luchas radicales de los estudiantes en China y en Latinoamérica? ¿Acaso no vieron los años 1930 la extinción de esos movimientos en las cámaras de tortura de Moscú y Berlín y en las calles de Viena, Barcelona, Pekín y demás?

Pero no se trataba de un desliz. La dicotomía que estableció Polanyi entre conservación y revolución hacía referencia no a la acción colectiva o a los movimientos obreros, sino a las instituciones liberales: ¿iban a ser restauradas, como en los años 1920, o iban a dar lugar a alternativas estatistas? Según su lectura, el régimen de Stalin fue un precursor claro de la “gran transformación”, mientras que el de Hitler simplemente “se subió a su ola”.  

Teoría de la crisis

La gran transformación se convirtió en un libro influyente entre los críticos del neoliberalismo a partir de la década de 1980, pues podían readaptar su crítica fulminante del fundamentalismo de mercado victoriano y emplearla contra el resurgimiento de esas ideas en Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Hoy, sin embargo, el despliegue del neoliberalismo ha superado su fase de vanguardia (1970-1980) y sus años de consolidación (1990-2000). A raíz de la Gran Recesión del 2008 y también ahora durante la crisis del COVID-19, el nacionalismo económico, las políticas industriales y el Keynesianismo han reaparecido parcialmente.

El neoliberalismo ha dado un giro zombie: si bien le falta coherencia, aún no tiene alternativas viables a las que enfrentarse (más allá de que cuando escuchamos a Jake Sullivan, Consejero de Seguridad Nacional de Joe Biden, reivindicar que EEUU “vaya más allá del neoliberalismo” podamos preguntarnos si se trata de un indicio positivo).

La repercusión de la crisis del 2008 ofreció algunas oportunidades para políticos de izquierdas como Bernie Sanders, pero también para Donald Trump y otros personajes macabros en otras partes del mundo. Así, con el paso del tiempo, Polanyi se lee cada vez más como un teórico de la política de las crisis capitalistas y en particular del auge de la extrema derecha.

Para Polanyi, el fascismo no era un enemigo lejano o abstracto: no pudo volver a Hungría cuando su gobernante protofascista, el almirante Miklós Horthy, desató un Terror Blanco tras la efímera república Soviética de 1919 y, después de que el clerofascismo llegara al poder en Austria, tuvo que huir a Gran Bretaña.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los embates contra las ciudades británicas por los bombarderos nazis eran ya un motivo para que Polanyi huyera a EEUU, pero los golpes verdaderamente horribles los estaban recibiendo su familia y amigos, que habían permanecido en Europa central. Su hermana más pequeña, el marido de esta y su sobrino fueron arrestados y asesinados por los Nazis. 

Después de la llegada de Polanyi a América, las autoridades estadounidenses impidieron constantemente que su mujer, Ilona Duczyńska, se reuniera con él. El contexto, una vez más, eran los efectos del fascismo, pero esta vez al estilo estadounidense. 

Fue la presión del Klan y de sus aliados políticos en 1924 lo que hizo que el Congreso aplicara cuotas anuales estrictas que limitaban la inmigración de Europa del Este. Las causas más inmediatas de su exclusión, sin embargo, fueron los decretos anticomunistas y algunos oficiales del gobierno estadounidense simpatizantes del fascismo, como el embajador de Roosevelt en Gran Bretaña, Joseph Kennedy, y el secretario de Estado adjunto, Breckinridge Long.

De Ricardo a Hitler

Incluso mientras sufría los estragos del fascismo, Polanyi intentaba darle sentidoLa gran transformación no debe leerse solamente como una crítica del “fundamentalismo de mercado”, sino como una teorización sobre la irrupción fascista en la Europa de entreguerras.

En su análisis, el fascismo era el último bastión rebelde de unas élites capitalistas asediadas por la confrontación con las revueltas de la clase obrera y por una serie de crisis que culminaron en la gran Depresión. Estas crisis, a su parecer, eran el resultado de una serie de tensiones destructivas, en particular de las que produjeron los esfuerzos de las economías capitalistas por mantener el patrón oro. Para Polanyi, el patrón oro era la expresión institucional a un nivel global de la utopía del libre mercado.

Por otra parte, localizó los orígenes de la utopía del libre mercado en los escritos de Thomas Robert Malthus y de David Ricardo. Para Ricardo en particular, el principio esencial del liberalismo económico era que la tierra, el trabajo y el dinero deberían ser tratados como mercancías. De ahí la famosa sentencia de Polanyi: “para comprender el fascismo alemán debemos volver a la Inglaterra de Ricardo” (asunto que desarrolla, por lo demás, en los principales capítulos de La gran transformación)

En este punto, debemos hacer notar la ambigüedad del razonamiento de Polanyi. A veces escribía como si la economía de mercado “autorregulada” ya existiera, al menos en Gran Bretaña. En otras ocasiones, la observa como una pura aspiración utópica, insistiendo en que una mercantilización absoluta de la tierra, la naturaleza y el dinero acabarían desestabilizando y desintegrando la sociedad humana.

El contramovimiento

En el esquema de Polanyi, el “contramovimiento” apareció inevitablemente para resistir ese rumbo destructivo, impidiendo que la economía y el Estado acabaran siendo totalmente liberales. Ricardo había asumido que si un Estado trataba de intervenir en el mercado autorregulado, las fuerzas sociales espontáneas se resistirían a ello. Polanyi invirtió los términos de la hipótesis y argumentó que la imposición de una competencia de mercado irrestricta sobre la sociedad provocaría espontáneamente un contramovimiento protector, cristalizado en algunos países en “un amplio número de funciones de gobierno” y en otros a través de “sindicatos, cooperativas o iglesias”.

El contramovimiento presionaría en favor de la intervención estatal a través de leyes fabriles, de legislación social, de aranceles, de los bancos centrales y de la gestión del sistema monetario para controlar los efectos destructivos del mercado. Esto facultaría al Estado como el garante del bienestar social básico y de cierta igualdad. Tal y como lo veía Polanyi, el Estado se convertiría así en el “principal órgano de la autoprotección social”.

El socialismo, según lo entendía Polanyi, era “la tendencia inherente a una civilización industrial de trascender el mercado autoregulado subordinándolo conscientemente a la sociedad democrática”. Es a partir de esta definición que Patrick Iber y Mike Konczal han descrito el socialismo de Bernie Sanders como “muy polanyiano”.

Como ha anotado Michael Burawoy, la definición contiene “algo más que un tufo a teleología”. Siendo estrictos, el advenimiento del socialismo puede no estar predestinado, pero si constituye “una tendencia inherente a la civilización industrial”, su victoria parece casi inevitable. Según anota Burawoy, hay un paralelo claro con la noción de Eduard Bernstein de un socialismo evolucionista, que imagina una “suerte de ley por la cual se expande la democracia desde el espacio político al económico”.

Para Bernstein, la expansión del proletariado en una democracia liberal tiende a traducirse en un aumento del poder político de los trabajadores, culminando en una transición gradual al socialismo. Hasta que se llegara a ese punto, el movimiento obrero podría aumentar su influencia formando coaliciones con la burguesía “progresista”. Su enemigo común no era ni el capitalismo en sí mismo ni el Estado capitalista, sino ese pequeño espacio de los intereses privados que, al evitar seguir la luz de la razón y de la justicia social, se resisten a la democratización.

Bernstein y Bauer

El comentario de Burawoy es inteligente, pues el joven Polanyi había sido inspirado por Bernstein y por el movimiento de los “socialistas liberales”, del cual era una voz destacada. En su etapa en Budapest, había pertenecido a un círculo de “burgueses radicales” para los cuales Bernstein era una autoridad intelectual. Su mentor, Oscar Jászi, era amigo personal del socialista alemán. Polanyi, igual que Bernstein, confiaba en que la democracia avanzaría hasta el socialismo.

Más tarde, tras mudarse a Viena en 1919, el entorno político de Polanyi viró hacia los austro-marxistas y en especial hacia Otto Bauer, un líder del Partido Social Demócrata Austriaco (SDAP). Se trataba de un momento critico en la historia del movimiento socialista europeo: las huelgas políticas de masas y las manifestaciones contra la guerra recorrían la región, los marines del ejército austrohúngaro se sublevaron y los socialistas revolucionarios constituyeron consejos republicanos en Bavaria y Hungría.

La experiencia de la guerra y la revolución cavaron una brecha entre el ala revolucionaria y el ala patriótica del socialismo europeo. Los primeros se opusieron a los esfuerzos de guerra de sus estados nacionales desde 1914; los últimos —incluyendo el SDAP de Bauer y el SPD en Alemania— los apoyaron; los primeros apoyaron un modelo de democracia soviética basado en los consejos obreros; los últimos, un sistema democrático-liberal basado en los parlamentos.

En 1919, Austria estaba en plena revuelta. Al año siguiente, Julius Braunthal, ministro del gobierno del SDAP aún podía afirmar que “la clase obrera austriaca ha tenido la habilidad desde noviembre de 1918 de establecer su propio poder, la dictadura de los consejos, en cualquier momento que ha deseado”. También Otto Bauer estaba convencido de que los consejos de los trabajadores y los soldados austriacos tenían la fuerza suficiente para provocar una situación de poder dual.

Una oportunidad perdida

Bauer adquirió una reputación de —en palabras de Peter Loewenberg— “teórico prudente, ponderado y obsesivo que usa la superioridad de su inteligencia para evitar tomar decisiones”. Como observó la mujer de Polanyi, Ilona Duczyńska, la “mente brillante” de Bauer y sus talentos retóricos sostuvieron su influencia en la izquierda socialista. Aún así, siempre que había que tomar una decisión, era “incapaz de actuar”. Según Duczyńska, Bauer enraizó su gradualismo y su pasividad en una concepción determinista del progreso social.

Sin embargo, Bauer era perfectamente capaz de actuar para apagar las llamas de la revuelta. Si bien los consejos de los trabajadores y los soldados le impresionaban, luchó sin descanso contra la formación de una república de consejos. Los consejos, comentó más tarde Bauer, podrían haber dado lugar a una república soviética en cualquier momento y “no había a la vista ningún poder que pudiera pararlos”. Sin embargo, el objetivo del liderazgo del SDAP se centraba en que la gente trabajadora se acomodara a la arquitectura política existente, no en demoler esa misma estructura.

Bauer justificó sus acciones e inacciones como episodios necesarios para prevenir la “catástrofe” de una reacción contrarrevolucionaria. Duczyńska, por el contrario, vio una oportunidad histórica perdida, una traición que marcó el rumbo hacia una serie de retrocesos que agotaron al espíritu y que culminaron en 1934 con “una guerra civil abierta y con el aplastamiento de la clase obrera”. Desde su perspectiva, el “rechazo a la revolución” por parte del SPAD en 1919 había inaugurado:

“…una larga secuencia de retiradas socialdemócratas, de combates nunca combatidos (…) Esforzándose por evitar una guerra civil en ese momento —sino directamente por huir de ella— el partido cedió paso a paso ante las fuerzas de la reacción y el fascismo”.

La estrategia de Bauer, diseñada para prevenir la contrarrevolución, había fallado. No había una lenta marcha por el puente de los compromisos hacia el socialismo. En su lugar, la clase dominante austriaca había prescindido —sin ceremonias— de la democracia.

Del equilibrio al impasse

Al reconsiderar los años de Polanyi en Austria y sus afinidades con Otto Bauer podemos ampliar (y mejorar) el alcance de su forma de entender el socialismo, de sus consideraciones sobre el auge del fascismo y del rol decisivo que juega en ambos la democracia.

Bauer compartía la creencia socialdemócrata de que la extensión de los derechos de voto a las masas había dispuesto, en sus palabras, un “camino seguro y sin dolor hacia el poder” para el proletariado. Pero fue más allá de esto. Para Bauer, la democracia no era solamente un mecanismo que ayudaría al avance del socialismo; el socialismo en sí mismo era una versión extendida de la democracia. Si bien la democracia, en esta concepción, podría servir como herramienta del poder de clase, entre los 1918-1920 en Austria las clases principales estaban equilibradas y esto, según Bauer, requería de un compromiso.

En la década de los 1920, creía en el progreso inevitable de la democracia y en su evolución hacia el socialismo. Sin embargo, cuando los acontecimientos políticos de la década siguiente invalidaron esa convicción, Bauer reelaboró su tesis previa del “equilibrio”. El auge del fascismo, argumentó, era el resultado de un estancamiento de las fuerzas de clase favorecido por la democratización: los trabajadores habían usado su voto para pedir concesiones, con el consiguiente debilitamiento de los beneficios de los capitalistas que, a cambio, habían respondido patrocinando el fascismo. 

Polanyi desarrolló su propia perspectiva de una manera muy próxima a la de Bauer. Su forma de entender el contramovimiento estaba vinculada al proceso de democratización: las clases desposeídas habrían usado sus votos para pedir protección frente a las fuerzas del mercado, pero el mecanismo de mercado limitó al máximo cualquier expresión de esos nuevos instrumentos políticos.

El resultado fue un impasse. Los trabajadores defendieron sus intereses eligiendo partidos que “interfirieron en el funcionamiento del mercado”. Esto evitó que las fuerzas del mercado funcionaran eficientemente, y los patrones de la industria reaccionaron intentando subordinar la democracia a sus intereses o abolirla por completo.

Democracia vs. Capitalismo

Un ejemplo iluminador de esta subordinación de la democracia fue la intervención en Austria de la Liga de Naciones a principios de los años 1920. Gran Bretaña, Francia, Italia y Japón encargaron a la liga que recaudara préstamos para el país afectado y la supervisión de sus pagos. Aparentemente su motivación era económica y técnica, pero tenían también un objetivo claramente político en mente: debilitar al SDAP.

Como sabían perfectamente los miembros de la liga, los intereses imperiales-financieros que representaban buscaban el debilitamiento de la administración de la “Viena Roja” dirigida por el SDAP, en colaboración con el gobierno nacional derechista de los Social Cristianos. El plan era implementar medidas de austeridad muy severas. El desempleo aumentó de forma predecible, minando la fuerza de la clase obrera de la cual dependía la socialdemocracia austriaca.

A mediados de los 40, Polanyi argumentó que estos acontecimientos —y otros similares en otras partes— habían inaugurado la muerte del orden liberal mundial. Desde la perspectiva privilegiada de hoy en día, podríamos verlos, de una manera más prosaica, como un preludio a los programas de estabilización del FMI.

La completa abolición de la democracia la encarnó el proyecto fascista. Según Polanyi, su pretensión fue superar una sociedad escindida en esferas económicas y políticas subordinando la política (la democracia) al mandato libre del capital. En un primer esbozo de las tesis de La gran transformación, al cual tituló “la transformación fascista”, Polanyi trazó un fuerte contraste entre el socialismo —“la democracia suprema frente al capitalismo”— y el fascismo, que representaba la restauración del poder capitalista mediante el sacrificio de la democracia.

En términos retóricos, Polanyi argumentó que la democracia no era el régimen político de la sociedad capitalista. Al contrario, democracia y capitalismo eran sistemas separados, cada uno tirando en direcciones opuestas. Su incompatibilidad —creía— era lo que había producido el cataclismo de principios del siglo XX.

Una espada sin filo

Aunque Polanyi le dio a esta tesis sobre el choque entre capitalismo y democracia sus propios matices, era un lugar común entre los socialistas europeos de entreguerras. Los socialdemócratas de izquierdas, como el político del labour británico Nye Bevan, veían la democracia como “una espada que apunta al corazón del poder fundando en la propiedad”. La tensión que habían identificado entre el capitalismo, con su brusca jerarquía socioeconómica, y la democracia, con su compromiso con la igualdad política y legal, sin duda sigue siendo relevante hoy en día.

Como análisis histórico, sin embargo, esta tesis no se sostiene en su versión fuerte, que argumentaba que la democracia y el capitalismo eran sistemas separados. La democracia liberal se adaptó exitosamente al capitalismo, tal y como pretendían las élites que habían elaborado sus propias normas. A pesar de todas las reformas llevadas a cabo por Franklin Roosevelt o por Clement Attle en Gran Bretaña con Bevan como uno de sus ministros, estos gobiernos dejaron intacto el poder consagrado de las élites empresariales capitalistas.

Un año antes de su muerte en 1964, Polanyi aplaudió la victoria de los socialdemócratas austriacos en las elecciones presidenciales de 1963, en las que su candidato Adolf Schärf recibió un 55% del voto. El viejo sueño socialdemócrata parecía haberse hecho realidad, pues más de la mitad del electorado austriaco votó por su partido.

Sin embargo, los representantes electos del partido prosiguieron en la construcción de instituciones corporativistas que mediaran entre el trabajo y el capital en lugar de instituciones socialistas. En una etapa posterior, llevarían a esas instituciones por caminos neoliberales, en gobiernos de coalición (1987-2000 y 2007-17) con los demócratas cristianos del Partido Popular Austriaco.

A las otras predicciones de Polanyi no les fue mucho mejor en la era de la posguerra. La Unión Soviética no se democratizó como él había creído. Ningún ave fénix surgió de las cenizas de la civilización liberal: no hubo una “gran transformación” desde la sociedad de mercado al socialismo democrático. Hubo procesos de desmercantilización parcial, como el servicio de salud pública de Gran Bretaña, pero los gobiernos podrían controlar tales procesos según los intereses del capital, reforzando en última instancia la lógica ampliada de la mercantilización. El capitalismo regulado no demostró ser inestable en la manera que había anticipado Polanyi; de hecho, experimentó un auge económico mundial sin precedentes.

Del capitalismo a la sociedad de mercado

Polanyi sabía que el sistema de libre mercado en el siglo XIX dependía, como él mismo dijo, de un “intervencionismo continuo, centralmente organizado y controlado” por parte de los estados. Sin embargo, no pudo llevar este argumento un paso más allá en el siglo XX, al ver que el capitalismo se había reformado siguiendo caminos burocrático-nacionalistas —que llegaron a ser etiquetados de diversas formas, como economía de guerra, “gran gobierno” keynesiano, industrialización vía sustitución de importaciones, y “socialismo” soviético.

Lo que lo detuvo fue la creencia de que la política y la economía se habían convertido en ensamblajes institucionales separados: el Estado por un lado, el “mercado autorregulado” por el otro. En relación con esto, Polanyi no tenía una concepción del capital como valor que se expande por sí mismo —siguiendo la tradición de Marx— o una teoría sistemática del capitalismo.

Esto obstruyó su análisis de algunos procesos capitalistas fundamentales como son la explotación, la acumulación, la concentración y centralización de capital y el desarrollo desigual. Su marco de sentido no era adecuado para explorar las dinámicas de poder, y tendía a tratar a los Estados (al menos en condiciones democráticas) como representantes de la nación, más que como cuerpos fundamentalmente capitalistas.

En la década de 1940, Polanyi abandonó el capitalismo como tema de análisis y la palabra “capitalismo” desapareció de su vocabulario. Lo reemplazó, en La gran transformación, por “economía de mercado” y “sistema de mercado”. Estos términos, como observó el economista J. K. Galbraith, son “sosos” e “insignificantes”, en el sentido de que dirigen la atención hacia las transacciones de intercambio en lugar de a las relaciones conflictivas del poder y de la explotación.

A partir de la década de 1950, Polanyi reorientó su trabajo y produjo una serie de estudios brillantes sobre las estructuras económicas en el Dahomey precolonial y en la antigua Mesopotamia, en la Atenas clásica y en el Egipto ptolemaico. La mayoría de estas sociedades tenían en común un dirigismo económico que había surgido de las exigencias de un entorno hostilmente securitario (como en la Rusia estalinista de su época).

En resumen, la crítica de Polanyi a la economía de mercado sigue siendo un cuerpo de trabajo inspirador, pero carece de una apreciación de las fuerzas motrices del sistema. Su importancia actual para la teoría socialista radica en su crítica del liberalismo económico, su amplia y a menudo brillante historiografía económica, y su defensa de utopías no mercantiles.

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