25 m luis

"Los bancos centrales frente al temor de la inflación". He ahí los titulares de la prensa mundial. Ahora bien, dice Luis Casado, haríamos bien enterándonos de qué es la inflación. Porque en el tema hay de dulce y de agraz. Y nos pueden pasar otro gol de media cancha

Familia pobre: Es aquella que dado su ingreso y el porcentaje de este que destina a alimentación no logra satisfacer esta necesidad. El ingreso familiar per-cápita se ubica entre el valor de una y dos canastas de alimentos.

Familia indigente: Es aquella que aunque gastara la totalidad de su ingreso en alimentación, no logra satisfacer esta necesidad. El ingreso familiar per-cápita es inferior al valor de una canasta de alimentos.

(Glosario económico. UC. Chile)

La prensa financiera internacional, comenzando por el Wall Street Journal de Rupert Murdoch, se inquieta de las señales que indican que el viejo demonio de la inflación está despertando de un largo sueño.

Los bancos centrales (BC) tienen un mandato que suele reducirse a la lucha contra la inflación, y durante las últimas décadas –por razones que no le deben nada a los BC– esta había desaparecido del mapa. Temiendo la deflación, flagelo aun peor, los BC se auto-fijaron un ‘objetivo de tasa de inflación anual’ del 2%, basados mayormente en el juicio del alquimista suizo Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim, más conocido como Paracelso (1493-1541), quien inventó eso de: un poquito de veneno no mata.

Ahora bien, ¿Por qué 2%? Buena pregunta a la cual cabe responder: ¿Porqué no?

En economía no hay ‘constantes universales’ invariantes en el espacio-tiempo, como las de Planck, de Boltzmann o de Avogadro. Las nociones arbitrarias, por el contrario, abundan. Su sustento científico es el conocido Principio de L’Oréal: Porque yo lo valgo.

La precisión no forma parte del mundo de la economía: a ningún economista se le ocurriría definir la velocidad de la luz como la distancia que recorre en el vacío durante el tiempo que determinan 9.192.631.770 oscilaciones de un átomo de cesio. Contar las oscilaciones, una por una, para estar seguros del cálculo…. aun menos.

La economía usa y abusa de los constructos, creaciones puras del pensamiento cuya existencia depende de la mente de un economista por muy chiflado que sea.

La pobreza, por ejemplo, es un constructo. Cada cual define la pobreza, o el umbral de pobreza, como le viene en gana. En Chile por ejemplo, definieron una Canasta básica de alimentos:

Tiene un valor de $19.103 para la zona urbana y $14.720 para la zona rural (Octubre del 2000). Esto significa que si una familia tiene un ingreso per cápita inferior al valor de una canasta básica, la familia es considerada indigente. Si el ingreso per cápita se encuentra entre el valor de una y dos canastas, la familia es considerada pobre. Si el ingreso per cápita es superior al valor de dos canastas básicas de alimentos, la familia es considerada no pobre.

¿No es bella la ciencia económica?

Con la inflación ocurre más o menos lo mismo. Antes de calcularla, admitiendo que eso sea posible, es necesario definirla. Ahí se lía el tema:

Inflación: Proceso económico provocado por el desequilibrio existente entre la producción y la demanda; causa una subida continuada de los precios de la mayor parte de los productos y servicios, y una pérdida del valor del dinero para poder adquirirlos o hacer uso de ellos.

Si esta definición te parece idiota, no te alarmes, hay peores:

La inflación, en economía, es el aumento generalizado y sostenido de los precios de los bienes y servicios existentes en el mercado durante un período de tiempo, generalmente un año. Cuando el nivel general de precios sube, con cada unidad de moneda se adquieren menos bienes y servicios.

Así, la inflación es un proceso que causa la subida de los precios. Tú, beocio en la materia, piensas que la subida de los precios ES la inflación… Así pues, la inflación provoca el aumento de algunos precios, o de todos los precios (eso es según…), una subida continuada o bien durante un período de tiempo (eso también es según…), cuidando, dice la segunda definición, que se trate de “bienes y servicios existentes en el mercado” visto que los que aún no existen no cuentan. Unos linces: estos tíos son unos linces.

Lo mejor de todo viene al final: la inflación produce “una pérdida del valor del dinero” o, –facilitando las cosas para no entrar en profundidades abisales–, una reducción de su poder adquisitivo.

El tema se lía, ya se dijo (plagio a Daniel Pizarro). No sabes a qué punto.

Pregunta: ¿es el precio de los productos el que aumenta, o el poder adquisitivo del dinero el que baja? ¿O ambos? Te dejo reflexionar sobre el tema algunos minutos. ¡Suerte! La moneda es, por decirlo de algún modo, el metro patrón. No puedes usar la moneda para evaluar la moneda. De tal modo que el ‘valor’ de la moneda se determina con relación a los productos que puede comprar, productos cuyo valor se mide con la moneda… (si te has mareado tómate un anticinetósico…).

¿Qué provoca la inflación? “el desequilibrio existente entre la producción y la demanda.” Ergo, la solución es fácil: hacer lo que el Gosudárstvenny Komitet po Planírovaniyu en la URSS: planificar la producción de un lado y la demanda del otro, para que haya equilibrio (el éxito del Gosplan es de todos conocido). Mas esto hiede a lo que los juristas llaman contradictio in terminis.

Todo el entarimado neoliberal –el liure mercao– reposa en el fascinante modelo de la oferta, que le permite a cada cual producir libremente cualquier vaina, cómo, cuánto y cuñándo quiera, asumiendo que la oferta crea la demanda. Esta última “Ley” se la debemos a mi compatriota Jean-Baptiste Say (1767-1832), y es conocida como la Loi des Débouchés, Ley de los Mercados o Ley de Say, según la cual no puede haber desequilibrio.

“En economía la Ley de Say es un principio atribuido a Jean-Baptiste Say que indica que la demanda está determinada por la producción, y que solo produciendo se puede generar demanda: Cuantos más bienes se produzcan, más bienes existirán que constituirán a su vez demanda para otros bienes.”

Visto lo cual… ¿el desequilibrio –o sea la inflación– viene de dónde, papi?

(habrás notado de paso que el ecolálico discurso sobre el crecimiento procede en línea directa de las geniales ideas de Jean-Baptiste Say…).

Durante la Revolución Francesa Say fue un girondino, o sea un negociante, una suerte de emprendedor busca-fortuna, en fin, un ‘progresista’, cualidad que le vale ser enseñado en los cenáculos de la economía hasta el día de hoy (si compras azúcar Beghin-Say, consumes un producto heredado de su familia).

En su Tratado de Economía Política (1803) Say expuso lo que ya he contado. Para Say el dinero no tiene ningún impacto en el nivel de producción, lo que para el ‘desequilibrio’ que supuestamente genera la inflación es mortal. Para Say la moneda es solo un velo tras el cual se ocultan las transacciones. El aumento del volumen de moneda en circulación, superior a lo estrictamente necesario para asegurar el intercambio de bienes y servicios, no influye en la economía: se limita a generar inflación.

Esto parece más sensato. Veamos. Si la producción global es de 100 unidades, y se emiten 100 unidades monetarias, cada unidad monetaria representará una unidad de producción. Si el BC emite 1.000 unidades monetarias… cada una de ellas representará solo 1/10 de una unidad de producción. Aritmética simple, segundo año de escuela primaria o doctorado en economía.

De ahí se agarraron los ‘monetaristas’ para inventar la pomada wirasacha que liquida la inflación: restringir ‘la oferta de moneda’, o el crédito que es lo mismo, reduciendo por ende la demanda. Por eso los BC aumentan las tasas de interés. Claro como el agua de roca.

¿Claro? Aumentar las tasas de interés equivale a aumentar el precio del dinero… o sea la definición misma de inflación. Para luchar contra la inflación los BC generan inflación. Cualquier economista te lo explica en 40 segundos cronometrados, pasándose los cimientos del neoliberalismo por las amígdalas del sur, ¡pobre Jean-Baptiste Say!

Que por años y años los BC hayan hecho exactamente lo contrario de lo que predican, que la FED y el BCE hayan mantenido las tasas de interés en 0% desde hace décadas, que ambos BC hayan emitido billones y billones de dólares y euros sin respaldo durante lustros sin que haya aparecido ni siquiera el principio del comienzo del inicio de las premisas que conducen a un indicio de lo que llaman inflación… hubiese intrigado a Jean-Baptiste Say. ¿A ti no?

Lo cierto es que para medir lo que no pueden definir, los economistas inventaron la noción de ‘tasa de inflación’. Luego, definieron la herramienta para medirla: un grupo de productos que supone representar el consumo tipo de los hogares. Otro constructo. Pero hay un detallito:

En el siglo XVIII el marqués de Condorcet (1743-1794) postuló que no existe una función de elección colectiva indiscutible que permita la traducción de las preferencias individuales en preferencias sociales. Luego, Kenneth Arrow (1921-2017), ‘premio Nobel de economía 1972’, aportó la prueba matemática en lo que conocemos como el Teorema de Imposibilidad de Arrow.

Arrow mostró que no existe absolutamente ningún sistema que asegure la coherencia de las preferencias, fuera de aquel en que la función de elección colectiva coincide con la elección de un único individuo, llamado dictador.

De modo que para medir la ‘tasa de inflación’, noción inventada, los economistas utilizan un instrumento inventado: el IPC, o índice de precios al consumidor. ¿Consumidor de qué? En Chile calculan la evolución del precio de una ‘canasta básica’, llena de productos que harían vomitar a una famélica familia hambreada del Sahel.

Qué quieres… no me gusta la nutella, no fumo, vomito los hot-dogs, el sucedáneo de café me la suda, el pollo plástico y el jurel en conserva me producen erisipela, el queso ‘tipo’ Gauda y aun el Gauda original me son septicémicos, etc. En cuanto al vino, bebo poco, evito el silbido de pitón y habría que ponerme si no un Don Melchor de Concha y Toro, al menos un Lapostolle Cuvée Alexandre de Colchagua.

Algún enterao te dirá que la ‘canasta básica’ NO, que hay otro grupo de productos y servicios más apañado, que incluye coches Lamborghini, vacaciones en la Riviera italiana, el Beluga a la cuchara, algunas noches en el Georges V en París, filete Angus, langosta a voluntad y dos o tres menudencias más, para el caso es lo mismo: no existe una función de elección colectiva indiscutible que permita la traducción de las preferencias individuales en preferencias sociales.

De modo que para saber qué es y cómo medir la inflación habrá que volver más tarde. Paciencia.

A menos que aceptemos que la tasa de inflación no existe. Existen las tasas de inflación, una para cada hogar, visto que no hay un referente universal. No te sorprendas: en Física sabemos desde 1905 que en el Universo no existe un único referente del tiempo “t” aplicable a todo. Lo mostró Einstein en su Relatividad Especial, que forma parte del modelo cosmológico estándar hasta hoy. Cada observador, cada objeto físico, tiene su propio tiempo. Si viste la peli Interstellar (2014), comprendiste porqué el astronauta, al regresar a la Tierra, es mucho más joven que la hija que dejó pequeñita y que ahora parece su abuela.

A estas alturas, un pelín cabreado, te dices que la inflación tú conoces: tu intuición y las cuentas que saca tu ama y señora muestran que el salario no alcanza y no alcanza cada vez menos, que los fines de mes son difíciles, sobre todo los últimos 30 días.

Es lo que un economista llamaría ‘una asimetría’ entre tus ingresos y tus hábitos de consumo, lo que aconseja comprar hoy lo que necesitas hoy con cargo a tus salarios futuros si de aquí a allí aún tienes laburo, úsease un salario. Eso se llama ‘crédito’, o sea emisión monetaria, y la volvimos a liar.

Porque el crédito tiene un costo que también sufre la inflación, las tasas a 0% son para los poderosos, tú, pobre pringao, no calificas. El poder adquisitivo de tu pinche salario se reduce aun más, no te quejes, eso es parte del negocio. Si te tragaste eso de “Pague en tres cuotas sin intereses” quiere decir que eres más asopado de lo que aparentas, pero no te inquietes, le pasa al más pintado.

La cuestión que tenemos ante nosotros puede ser planteada de otro modo, o si prefieres, en otros términos. Esa cuestión, esencial, reside en que junto a una fenomenal concentración de la riqueza en un puñado de codiciosas manitas, se acumuló una no menos fenomenal deuda cuya dimensión adquirió proporciones tan inverosímiles que John Mauldin, mi experto financiero preferido, asegura que provocará indefectiblemente lo que llama un Borrón y cuenta nueva.

Mauldin sabe, como sabemos –o debiésemos saber– todos que esa deuda es impagable. Me refiero a la deuda agregada, úsease la deuda sumada de los Estados, las empresas y los hogares o, dicho de otro modo, la deuda soberana + la deuda corporativa + la deuda de los hogares.

Para eliminar esa deuda no hay 40 soluciones, apenas tres:

• pasar siglos rembolsándola al precio de reducir nuestro nivel de vida al de la población más vulnerable de Burkina Fasso, lo que no augura de un futuro luminoso ni apetecible, o
• una buena guerra mundial como se pide, con decenas de millones de muertos, destrucciones sin fin y, eventualmente, la destrucción definitiva del planeta, o
• anular la deuda.

A estas alturas paraste las orejas, frunciste el ceño e hiciste aun más propincuos el texto y tus pepas, cuestión de no perderte lo que sigue.

Anular la deuda no es tan sencillo como pasar un estropajo en la barra, pero es posible. Mauldin prevé un periodo de varios años de oscuras turbulencias, comparado con el cual la Baja Edad Media parecería Eurodisney, sabiendo que el mundo de Mickey no tiene nada de envidiable (me refiero a los pringaos que hacen de Mickey, Daisy, Pluto y otros muñecos). Luego de lo cual, dice Mauldin, sería back to business, aquí no ha pasado nada, empezamos de nuevo, hagan juego señores…

Otro método, más sencillo y mejor conocido por haber sido practicado numerosas veces, consiste en organizar algunos años de fuerte inflación. Para ponerlo más claro: una devaluación programada del dinero. En el mundo real –que no se parece en nada a Chile– las deudas están expresadas en moneda de curso legal, no en Unidades de Fomento (UF). De modo que si logras una inflación del 7% anual, toda deuda se vería reducida a menos de la mitad al cabo de 10 años. Si al mismo tiempo los precios y los salarios son reajustados al mismo ritmo, doblarían en el mismo plazo.

La devaluación monetaria, practicada alegremente durante décadas, ¡qué digo! milenios, ha servido para reducir las deudas a nada, o a un residuo pagable cómodamente. De ese modo las deudas desaparecen sin traumas, sin guerras, sin dramas.

Otro método consiste en pasarle la deuda a los Bancos Centrales, ordenándoles inscribirla como pagadera al cabo de un siglo. Esto no alteraría tu tensión arterial sistólica, la diastólica aun menos. Diferentes países, confrontados a desastres financieros privados, crearon un llamado “banco malo” (bad bank) en el que se apozaron todas las pérdidas y todas las deudas, amortizadas luego en un plazo razonable con dinero público.

A estas alturas tu olfato infalible percibe hacia dónde van los tiros. ¿Y si el cuento de la inflación no fuese sino una faramalla trapacera que se aprestan a utilizar los EEUU para deshacerse de su megagaláctica deuda soberana?

No digo que los EEUU sean los únicos capaces de hacerlo (ya lo hicieron más de una vez), sino que la inflación anunciada puede ser el camino elegido para librarse del peso de una deuda impagable. De ese modo los acreedores de los EEUU (prácticamente todo el planeta) quedan prevenidos: lo que te adeudo lo puedes inscribir en las Escrituras de Inventario (Balance) que sirven para constatar las Pérdidas Excepcionales. Y que luego haya paz y después gloria.

Para el personal, por el contrario, la inflación es un desafío porque puede traducirse en otra vuelta de tuerca del garrote vil que lo oprime.

Si las políticas monetarias tienden a devaluar la moneda, los asalariados deben obtener reajustes tan frecuentes como sea posible. En Francia, hasta los años 1980, los salarios se reajustaban automáticamente gracias a la indexación salarial. Eso equivaldría en Chile a salarios pactados no en pesos sino en UF. Lo de la indexación salarial se explica porque en Francia se entendía que: “La inflación es la pérdida de poder adquisitivo de la moneda que se traduce en un aumento general y durable de los precios”.

Visto así, la inflación es un sostenido deterioro del poder adquisitivo de la moneda, en virtud de lo cual convenía restaurar el poder adquisitivo salarial mediante reajustes automáticos. Llegados a este punto, el economista de marras explicará: peor que la inflación… solo la inflación de segunda vuelta. Me explico: la inflación es buena. Así como lo lees. El aumento general de precios tiene virtudes testosterónicas de cara a los patrones: los incita a invertir y a producir más. Nunca olvides: si los precios aumentan, aumenta la oferta… (ley de la oferta y la demanda).

La inflación mala es la que los economistas llaman de segunda vuelta, es decir el efecto de la inflación en un eventual e indeseable aumento de los salarios. Esta última inflación es pérfida, vil, cruel, infame y perversa.

Afortunadamente para los destinos de la Humanidad, los socialistas franceses llegaron al gobierno en 1981, lo que les permitió eliminar la indexación salarial, reforma de la cual sería injusto no alabar las estimulantes virtudes hormonales en los empresarios.

Emulando ese luminoso ejemplo, los patrones del mundo entero se oponen a la inflación de segunda vuelta, y luchan denodadamente contra ella con la encomiable asistencia técnica de los economistas.

De ahora en adelante, cuando el Wall Street Journal cacaree a propósito del regreso de la inflación, intenta saber a qué se refiere. Sin perder de vista que el aumento de los precios estimula la libido patronal, al tiempo que el aumento de los salarios es lo que siempre ha sido: caca.

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