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Los medios de comunicación empresariales norteamericanos informan haitualmente de los ataques militares israelíes en la Palestina ocupada como si los Estados Unidos fueran parte neutral inocente en el conflicto. De hecho, hay una gran mayoría de norteamerianos que han declarado en las encuestas que desearían que los EE.UU. fueran neutrales en el conflicto israelí-palestino.

Pero los medios y los politicos norteamericanos delatan su falta de neutralidad culpando a los palestinos de casi toda la violencia y encuadrando los ataques israelíes flagrantemente desproporcionados, indiscriminados y por tanto ilegales, como una respuesta justificable a las acciones palestinas. La formulación clásica de funcionarios y comentaristas norteamericanos es que “Israel tiene derecho a defenderse”, nunca que “Los palestinos tienen derecho a defenderse”, aun cuando los israelíes masacren a centenarse de civiles palestinos, destruyan miles de viviendas palestinas y se apoderen cada vez más de tierras palestinas.

La disparidad en bajas en los ataques a Gaza habla por sí misma.

– En el momento de escribir esto, el actual ataque contra Gaza ha matado al menos a 200 personas, entre ellas 59 niños y 35 mujeres, mientras que los cohetes disparados desde Gaza han matado a a 10 personas en Israel, entre ellas 2 niños.

– En el ataque de 2008-9 a Gaza, Israel mató a 1,417 palestinos, mientras que los exiguous esfuerzos palestinos por defenderse mataron a 9 israelíes.

– En 2014, resultaron muertos 2.251 palestinos y 72 israelíes (en su mayor parte soldados que invadían Gaza), cuando los F-16s de fabricación norteamericana lanzaron al menos 5.000 bombas y misiles en Gaza, y los tanques y la artillería israelí dispararon 49.500 proyectiles, en su mayor parte proyectiles de 6 pulgadas desde obuses M-109 de fabricación norteamericana.

– En respuesta a las protestas, en su gran mayoría pacíficas, de la “Marcha del Retorno” en la frontera de Israel-Gaza en 2018, francotiradores israelíes mataron a 183 palestinos e hirieron a más de 6.100, entre ellos a 122 que requirieron amputaciones, 21 paralizados por lesiones en la médula espinal y 9 que quedaron ciegos de forma permanente.

Como sucede con la guerra que libran los saudíes contra Yemen y otros graves problemas de política exterior, la cobertura informativa de los medios empresariales norteamericanos, segada y distorsionada, deja a muchos norteamericanos sin saber qué pensar. Muchos dejan sencillamente de tratar de poner en claro los aciertos y los desaciertos de lo que está ocurriendo y culpan en cambio a ambos lados, centrando su atención en cosas más cercanas a casa, donde los problemas de la sociedad repercuten en ellos más directamente y son más fáciles de comprender y de abordar para hacer algo.

De modo que ¿cómo tendrían que responder a las horrendas imágenes de niños ensangrentados y agonizantes, y a las viviendas reducidas a escombros en Gaza? La trágica pertinencia de esta crisis para los norteamericanos se cifra en que, tras la niebla de la guerra, la propaganda y la cobertura mediática comercializada y sesgada, los EE.UU. tienen una abrumadora parte de responsabilidad en la carnicería que tiene lugar en Palestina.

La política norteamericana ha perpetuado la crisis y las atrocidades de la ocupación israelí al apoyar incondicionalmente a Israel de tres maneras diferenciadas: militar, diplomática y políticamente.

En el plano militar, desde la creación del Estado de Israel, los EE.UU. han proporcionado 146.00 millones de dólares en ayuda exterior, casi toda ella de carácter militar. Actualmente proporcionan 3.800 millones de dólares al año en ayuda militar a Israel.

Por añadidura, los Estados Unidos son los mayores vendedores de armas a Israel, cuyo arsenal militar incluye hoy 362 aviones de combate F-16 de fabricación norteamericana y otras 100 aeronaves militares, incluyendo una flota cada vez mayor de los nuevos F-35, al menos 45 helicópteros de ataque Apache, 600 obuses M-109 y 64 lanzacohetes M270. En este mismo momento, Israel está haciendo uso de muchas de estas armas suministradas por los EE.UU. en su demoledor bombardeo de Gaza.

La alianza militar norteamericana con Israel también entraña maniobras militares conjuntas, así como la producción conjunta de misiles Arrow y de otros sistemas de armas. Los EE.UU. y los militares israelíes han colaborado en tecnologías para drones probadas por los israelíes en Gaza. En 2004, los EE.UU. recurrieron a fuerzas israelíes con experiencia en los Territorios Ocupados para que instruyeran en entrenamiento táctico a las Fuerzas de Operaciones Especiales norteamericanas, al tener que enfrentarse a la resistencia popular a la ocupación militar hostil de Irak por los EE.UU.

El ejército norteamericano mantiene también un arsenal de armas por valor de 1.800 millones de dólares en seis emplazamientos de Israel, ya dispuestas para su uso en futuras guerras norteamericanas en Oriente Medio. Durante el ataque israelí a Gaza en 2014, aun cuando el Congreso norteamericano suspendió algunas entregas de armas a Israel, aprobó transferir suministros de proyectiles de mortero de 120 mm. y munición de lanzagranadas de 40 mm. del arsenal norteamericano a Israel para su uso contra los palestinos de Gaza.

Diplomáticamente, los EE.UU. han ejercido su veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas 82 veces, y 44 de esos vetos han estado destinados a proteger a Israel de la rendición de cuentas por crímenes de guerra o violaciones de derechos humanos. En cada uno de esos casos, los EE.UU. han supuesto el único voto contrario a la resolución, aunque algunos otros países se han abstenido ocasionalmente.

Solamente la privilegiada posición de los EE.UU. como Miembro Permanente del Consejo de Seguridad con derecho a veto, y su voluntad de abusar de ese privilegio para proteger a su aliado, Israel, es la que les otorga este poder único para sofocar los esfuerzos internacionales destinados a lograr que Israel rinda cuentas por sus acciones de acuerdo con el Derecho internacional.

El resultado de esta protección diplomática norteamericana incondicional de Israel ha supuesto alentar un tratamiento cada vez más bárbaro de los palestinos por parte israelí. Gracias a que los EE.UU. bloquean cualquier rendición de cuentas en el Consejo de Seguridad, Israel se ha apoderado cada vez más de tierras palestinas en Cisjordania y Jerusalén, ha desarraigado cada vez más a más palestinos de sus hogares y ha respondido a la resistencia de gente en gran medida desarmada con violencia, detenciones y restricciones cada vez mayores en la vida cotidiana.

En tercer lugar, en el frente politico, pese a que la mayoría de los norteamericanos apoya la neutralidad en el conflicto, el AIPAC [American-Israeli Public Affairs Committee] y otros grupos de presión proisraelíes han desempeñado un papel extraordinario a la hora de sobornar e intimidar a politicos norteamericanos para que proporcionen un apoyo incondicional a Israel.

El papel de contribuyentes a las campañas y el de cabilderos de grupos de presión en el corrupto sistema político norteamericano vuelven excepcionalmente vulnerables a los EE.UU. a este tipo de tráfico de influencias e intimidación, ya sea que provenga de grandes empresas monopolistas y grupos indistriales como el Complejo Militar-Industrial y las grandes farmacéuticas [Big Pharma], o de grupos bien financiados como la NRA [Asociación Nacional del Rifle], el AIPAC, y, en los últimos años, los cabilderos de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos.

El 22 de abril, sólo unas semanas antes de este último ataque a Gaza, una abrumadora mayoría de los congresistas, 330 de 435, firmó una carta dirigida a la presidencia y los líderes de los grupos del Comité de Asignaciones de la Cámara (House Appropriations Committee) oponiéndose a cualquier reducción o condicionamiento de los fondos norteamericanos para Israel. La carta representaba una demostración de fuerza del AIPAC y un repudio de los llamamientos de algunos progresistas en el Partido Demócrata a condicionar o restringir, si no, la ayuda a Israel.

El presidente Joe Biden, que tiene un largo historial de apoyo a los crímenes israelíes, respondió a la última matanza insistiendo en el “derecho a defenderse” de Israel y con la inane esperanza de que “esto concluirá más temprano que tarde”. Su embajador en las Naciones Unidas también bloqueó vergonzosamente un llamamiento al alto el fuego en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El silencio, y cosas peores, del presidente Biden y de la mayoría de nuestros representantes en el Congreso en la matanza de civiles y la destrucción masiva de Gaza, es incuestionable. Las voces independientes que hablan enérgicamente en favor de los palestinos, entre ellas la del senador Sanders y los representantes Tlaib, Omar y Ocasio-Cortez, muestran a qué se asemeja de verdad la democracia, como lo muestran las protestas masivas que han llenado las calles norteamericanas por todo el país.

Hay que darle la vuelta a la política norteamericana para que refleje el Derecho internacional y la cambiante opinión norteamericana en favor de los derechos palestinos. Hay que presionar a todos los miembros del Congreso para que firmen el proyecto de ley presentado por la representante Betty McCollum, que insiste en que los fondos norteamericanos destinados a Israel no se utilicen “para apoyar la detención militar de niños palestinos, la incautación, apropiación y destrucción de propiedades palestinas, así como el traslado forzoso de civiles en Cisjordania o una mayor anexión de tierras palestinas, que violan el Derecho internacional”.

Hay que presionar también al Congreso para que haga entrar en vigor la Ley de Control de Exportación de Armas (Arms Export Control Act) y las Leyes Leahy para dejar de suministrar armas a Israel hasta que deje de utilizarlas para atacar y matar civiles.

Los EE.UU. han desempeñado un papel vital e instrumental en la catástrofe, de decenas de años ya, que abruma al pueblo de Palestina. Los dirigentes y políticos norteamericanos deben hoy afrontar su país y, en muchos casos, su propia complicidad personal en esta catástrofe, y actuar de modo urgente y decidido para darle la vuelta a la política norteamericana a fin de apoyar unos derechos humanos plenos para todos los palestinos.

Medea Benjamin  cofundadora de CODEPINK for Peace, es autora de varios libros, entre ellos "Kingdom of the Unjust: Behind the US-Saudi Connection" sobre las relaciones entre los EE.UU. y Arabia Saudí.
 
Nicolas J. S. Davies redactor de Consortium News e investigador de CODEPINK, es autor de "Blood On Our Hands: the American Invasion and Destruction of Iraq".
 
 

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