articleImage full

La información que nos podría resultar amenazante, provocarnos inseguridades o forzarnos a tomar decisiones, la solemos pasar por alto. Para ello, utilizamos un amplio abanico de estrategias de evitación.

Ya que el querer saber se considera una disposición positiva, los investigadores tardaron mucho tiempo en reconocer la utilidad de la ignorancia voluntaria. Esta ayuda, por ejemplo, a regular emociones y a alcanzar objetivos.

Con frecuencia, el conocimiento supone costes y resulta frágil, por lo que debe sopesarse si conviene tener toda la información disponible. Esta decisión también depende de las preferencias y los recursos personales.

Solemos utilizar la palabra «ignorante» como improperio, para infravalorar a los demás. Una persona ignorante no solo no sabe nada (o muy poco), sino que tampoco quiere saber nada. En vez de valorar los hechos y los conocimientos, cultiva, por sobrexigencia o por comodidad, vagos prejuicios. De esa manera, se vuelve insensible a los argumentos, por lo que no se le puede enseñar más allá de lo que cree saber. En resumen: la ignorancia es mala, tonta y terca al mismo tiempo.

Hasta aquí, el empleo común del término. Sin embargo, los psicólogos y los científicos cognitivos acostumbran a usarlo solo con fines descriptivos. Según indican, existe ignorancia cuando las personas niegan datos, los reprimen, evitan, no los aceptan, los minimizan o se tapan los ojos ante ellos. Una actitud que puede resultar perjudicial, aunque no necesariamente.

Entre otras ventajas, puede ayudar a gestionar la sobrecarga de información diaria, a llevarse bien con otras personas o a no angustiarse demasiado. Así pues, un cierto arsenal de anteojeras mentales no solo parece humano, sino útil.

Hace unos años, el psicólogo Ralph Hertwig y el economista Christoph Engel se propusieron averiguar cuándo y con qué objetivo nos gusta estar desinformados. Su artículo titulado «Homo ignorans», de 2016, fue pionero en la investigación de la evitación. Estos investigadores distinguieron los siguientes seis campos en los que la «ignorancia voluntaria» (deliberate ignorance) daba resultados.

En primer lugar, la ignorancia voluntaria a menudo nos permite regular nuestras emociones. No preguntarnos qué tendríamos que haber previsto o hecho de otra manera nos evita el arrepentimiento y reduce las preocupaciones si se pasan por alto los posibles peligros. En un estudio, Lisa Bruttel y otros investigadores de la Universidad de Postdam confirmaron en 2020 que los voluntarios preferían no saber cuánto dinero recibían otros participantes por el mismo experimento si temían que podría darles envidia.

En segundo lugar, de manera similar, la ignorancia nos ayuda a conservar algunos momentos emocionantes de la vida: ¿quién quiere saber con antelación qué le regalarán por Navidad?

En tercer lugar, dominamos mejor muchas situaciones estresantes si no disponemos de toda la información. Conocer el resultado provisional en una competición o la retroalimentación de un examen puede ponernos más nerviosos o desanimarnos. No preocuparse por cómo nos ven los demás ha ayudado en más de una ocasión a un orador o al anfitrión de algún evento.

Fuente

 

Suscríbete para recibir las últimas noticias y novedades

Por favor, habilite el javascript para enviar este formulario