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A estas alturas quien más quien menos ha oído hablar de la renta básica en sus diversas variantes y acepciones. Pero apenas se analiza si este tipo de propuestas dirigidas a asegurar la cobertura mínima de las necesidades básicas de la ciudadanía, generalmente como complemento a los Servicios Básicos Universales que constituirían el Welfare State, siguen siendo viables desde el punto de vista de los metabolismos socioeconómicos de los países industrializados, abocados a un drástico descenso en los años venideros[1].

Algunas de las personas que apoyábamos este tipo de propuestas en los 80 y 90, al hacernos conscientes de lo insostenible del sistema en que se sustenta necesariamente (Estados complejos y sistemas financieros desconectados de la realidad biofísica), comenzamos a pensar en alternativas realmente sostenibles, más resilientes en un previsible panorama de colapso, y que estuviesen orientadas al mismo fin emancipador y distribuitivo. La idea la bautizamos en Galicia, medio en broma medio en serio, como la leira básica[2], que podríamos denominar también renta básica de la tierra. La idea incluso llegó a formar parte hace unos años del programa electoral del modesto Partido da Terra.

Repartir tierras en lugar de dinero

Básicamente lo que propone la renta basica de la tierra es sustituir la renta monetaria destinada a satisfacer las necesidades fundamentales por el usufructo de la tierra suficiente para satisfacer dichas necesidades. Es decir, en lugar de disponer de dinero oficial para pagar en el mercado capitalista por todo aquello que nos resulta imprescindible (alimento, agua, energía, vestimenta, vivienda), disponer de la tierra donde autoabastecernos por nuestros propios medios de dichos elementos básicos. Es una apuesta, por tanto, por el reparto de tierras, en la línea de las históricas demandas de las izquierdas españolas («La tierra para quien la trabaja», reforma agraria) y actualmente de la Vía Campesina o del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en Brasil, pero también es una fuerte apuesta por la autogestión.

Por supuesto, no implica que toda la población se dedique a la producción de alimentos en zonas agrícolas (aunque lo favorecería, sin duda, promoviendo un necesario retorno a nuestros vaciados campos), sino que contempla la posibilidad de que las personas que continúen residiendo en áreas urbanas dispongan de un mecanismo para disfrutar de los productos de dichos cultivos públicos (estatales o comunales). Dicho mecanismo podría ser tan sencillo como una moneda social, desvinculada de cualquier moneda del inviable sistema financiero oficial, y vinculada en su emisión a la capacidad de dichas áreas de generar riqueza anual en base a la productividad natural y de la labor humana. Pensamos en campos que se cultivarían en modo ecológico o tradicional con el mínimo uso de insumos de origen fósil para asegurar su sostenibilidad. Idealmente, estas áreas serían comunales y la gestión de la renta básica de la tierra, diversa y totalmente descentralizada. Así, por ejemplo, una comarca con varias poblaciones y una determinada área agrícola, podría calcular su productividad total anual y con ello emitir una cantidad máxima de dicha moneda de la tierra, a una parte de la cual tendría derecho cualquier persona, aunque muchas pudiesen disfrutar directamente de parte de la producción in situ y por tanto no necesitaría casi hacer uso de ella. La población urbana no implicada directamente en las tareas agrícolas sí que usaría dicha moneda de manera extensa para adquirir en economatos o en mercados agroecológicos locales los alimentos, las prendas de vestir elaboradas con tejidos naturales locales, etc. Es decir, se podría organizar una economía altamente relocalizada basada en pilares resilientes como la mano de obra, la tierra productiva y la energía renovable locales, dirigida por las necesidades de la población local.

Ventajas frente a la renta básica

En un escenario de decrecimiento forzado por el declive energético fósil, no sólo el sistema financiero internacional y sus diversas monedas están kaputt[3], sino que el propio Estado tal como lo conocemos, está abocado a decrecer, a colapsar —en el sentido que utiliza Joseph Tainter[4], es decir, a reducir bruscamente su complejidad— en un futuro más o menos cercano.

Es decir, el Estado necesita conseguir euros, normalmente mediante los impuestos o la deuda, porque no posee ya la capacidad de emitir moneda, y para mantener un determinado nivel de ingresos fiscales necesita que se mantenga un cierto nivel de actividad económica. La gente ha empezado a percibir este problema de sostenibilidad con los ERTE y el ingreso mínimo vital durante esta pandemia: ¿hasta cuándo podrá el Estado pagar sueldos, dar ayudas a todo tipo de sectores y además pagar esa pseudo-renta básica, si la actividad económica se mantiene bajo mínimos?[5] El déficit, es conocido, se ha disparado, y las deudas se multiplican de manera astronómica gracias al Next Generation EU. Pero eso convierte en insostenible el sistema, y con él, la propia posibilidad de que el Estado disponga de euros de manera masiva e indefinida. Una deuda que crece y una economía condenada a decrecer son una mala combinación, unos cimientos muy poco fiables para sostener algo una apuesta tan importante como la RB. De hecho, los propios servicios públicos corren peligro si no sabemos navegar con plena consciencia estas «aguas bravas» del descenso energético, como las suele denominar Luis González Reyes. El Síndic Major de Comptes valenciano, el economista Vicent Cucarella, ha advertido repetidamente: menos energía va a significar menos ingresos para el Estado. Por tanto, si queremos asegurar el alimento, la vivienda, energía para calentarnos y cocinar, más vale que no nos lo juguemos a una renta entregada por un Estado en declive y denominada en una moneda zombi.

Y es más: la transición energética implicará una caída en la tasa de retorno energético global, que es la que sostiene la complejidad civilizatoria (las fuentes de energía que nos dejan más energía neta, nos permiten hacer más cosas como sociedad). Podríamos decir, simplificando, que sin petróleo no hay renta básica, porque en buena medida es el subsidio energético que nos han venido proporcionando los combustibles fósiles lo que ha permitido un desarrollo de Estados muy potentes en sus capacidades, con amplios y generalizados servicios públicos y con fuentes de ingresos sólidas. Por tanto, la caída de la tasa de retorno global empuja a buscar soluciones más simples y más resilientes que las propuestas de RB que hemos venido conociendo. Porque siempre será más simple que cada quien disponga de su parcela de tierra donde vivir y alimentarse, que mantener un Estado complejo devorador de energía que obtenga dinero mediante impuestos para luego distribuirlo entre la ciudadanía para que esta a su vez lo gaste en el sistema agroalimentario privado, industrial y fosildependiente. Repartir la riqueza real de la tierra, en lugar de la efímera e inflada riqueza del dinero.

Aunque simple no significa, desde luego, necesariamente fácil de poner en marcha. Pero ya sabemos que todos los aspectos de esta transición/colapso en el que estamos, van a ser enormemente difíciles. Para empezar, podríamos comenzar a pensar en dotarnos de un gran banco de tierras públicas, quizás por medio de una Sociedad Estatal de Participaciones Agrícolas, análoga a la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI), o quizás mejor municipal o comarcal. Y en facilitar que toda persona que lo necesite, tenga acceso a dichas tierras para su usufructo familiar, formando parte de algún tipo de cooperativas poscapitalistas con respaldo del Estado, que podrían también servir de puente entre la ideas —habitualmente contrapuestas— de la renta basica y la del trabajo garantizado.

Notas

[1] Consúltese Petrocalipsis de Antonio Turiel, o la nueva edición de En la espiral de la energía de Durán & Reyes.

[2] La palabra gallega leira podría traducirse al castellano como «finca destinada al cultivo».

[3] Famosa expresión del economista ecológico Xoán R. Doldán, primer académico en advertir públicamente sobre el Peak Oil en Galicia.

[4] En su libro The Collapse of Complex Societies.

[5] Expliqué algunas de estas cuestiones en mi libro La izquierda ante el colapso de la civilización industrial.

Fuente

 

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