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Nadie daba crédito a lo que preguntaba aquel hombre chino. A través de un traductor, quería saber por qué todos los presentes llevaban mascarilla. Acababa de ser liberado por los Mossos d’Esquadra de una nave industrial en la que había permanecido encerrado a la fuerza durante un año y medio y no había oído hablar de la pandemia mundial de coronavirus. Tal era el grado de aislamiento que había sufrido, él y las otras nueve víctimas esclavizadas por una organización criminal de origen chino afincada en Catalunya y dedicada a la producción y exportación de marihuana. Con detalles como el de esa pregunta los policías comprendieron que era peor de lo que imaginaban y confirmaron que debían distinguir claramente entre traficantes y personas obligadas a traficar.

El juzgado de instrucción 32 de Barcelona, la fiscalía de extranjería y los investigadores de los Mossos han requerido casi dos años de trabajo para liberar a los explotados y apresar a sus ocho captores –un jefe originario de la región de Fujian y siete lugartenientes–. La mitad de los investigados ya ha ingresado en prisión.

Condiciones infrahumanas

 Las diez personas liberadas –ocho hombres y dos mujeres– malvivían en habitáculos arrinconados dentro de las propias naves, respirando el estomagante hedor de la marihuana durante las 24 horas del día. Eran condiciones "deplorables", subraya Salleras. La elevada inversión en materiales que había hecho la organización para optimizar la producción de droga contrastaba con el nivel de abandono que padecían los esclavos que la mantenían en funcionamiento. “Colchones hacinados, trozos de comida por el suelo, suciedad…”, enumera el inspector. Los diez habían llegado a Catalunya engañados y habían sido distribuidos en las plantaciones clandestinas de CentellesAbreraSanta Coloma de Cervelló y Sant Andreu de la Barca. Como ocurre casi siempre con el tráfico de seres humanos, procedían de zonas deprimidas y habían aceptado viajar a España creyendo que tendrían un trabajo digno. Los Mossos creen que sus captores usaban la violencia y la coacción para retenerlos dentro de las plantaciones.

Después de más de un año de aislamiento, "liberarlos y dejarlos a la intemperie hubiera sido casi como soltarlos en la luna", razona Salleras, que recuerda que a su experiencia traumática debe añadirse la enorme barrera cultural que separa China de España. Durante tres meses, en cumplimiento de la legalidad española para las víctimas de tráfico de seres humanos, estarán atendidos y podrán reflexionar qué hacer con su futuro. Habrá tiempo de aclarar por qué todos los ciudadanos ahora usan mascarilla.

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