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La pandemia ha empujado a las colas del hambre a un cuarto de millón de familias, que están necesitando ayuda para poder llenar su nevera y alimentarse ante la caída de las rentas por el parón de la actividad económica y la lentitud en su recuperación, que han intensificado los cuadros de pobreza que ya afectaban a amplias capas de la sociedad española y que, al mismo tiempo, se iban ampliando para atrapar a otras que hasta entonces habían podido eludir sus efectos.

Los datos proceden del Programa de Ayuda Alimentaria del FEGA (Fondo Español de Garantía Agraria), un organismo del Ministerio de Agricultura que lleva años canalizando a través de oenegés como los Bancos de Alimentos y la Cruz Roja comida, antes procedente de intervenciones de mercado y ahora adquirida mediante licitaciones que financia la UE en un 85%, para "individuos, familias, hogares o grupos que se encuentren en situación de pobreza económica, así como las personas sin hogar y otras personas en situación de especial vulnerabilidad social".

Los registros del año pasado recogen un notable aumento del número de beneficiarios, algo directamente relacionado con las estrecheces económicas que la crisis pandémica ha venido provocando en los sectores más vulnerables económica y socialmente del país: el hambre, que afloró ya en las primeras semanas de confinamiento y parón de la actividad, siguió aumentando conforme la pandemia y la crisis asociada a la misma se iban cronificando para derivar en la proliferación de las colas del hambre.

Las tres fases del programa desarrolladas el año pasado llegaron a un total de 4,48 millones de familias, con una horquilla de 1,46 a 1,51 que supera en alrededor de un cuarto de millón el número de beneficiarios del ejercicio anterior, que fue de 3,75 millones con la horquilla entre 1,23 y 1,26. La diferencia en términos de medias es de 245.323 por edición.

La intensidad de la crisis se mantiene un año después

El aumento coincide con el inicio de la pandemia. De hecho, ya entre la última fase de 2019, cerrada en febrero de 2020, y la primera de 2020, iniciada en junio, se registró un aumento de 225.000 familias al pasar de 1,23 a 1,46 millones de beneficiarios que después siguió creciendo.

Y todo apunta a que la tónica va a mantenerse, ya que la primera fase de 2021, iniciada a mediados de mayo, ha alcanzado a 1,49 millones de hogares pese a la reducción del volumen de comida que se van a mover (59,2 millones de kilos frente a los 88,4 de 2020 y los 96,5 de 2019) y al recorte en la cesta de alimentos, que pasa de quince a once productos.

Es decir, que en torno a un millón y medio de familias necesitan ayuda para poder llevar su nevera, lo que supone una de cada doce en un país con poco más de 18 millones de hogares, tras crecer con la pandemia en alrededor de 250.000. Eso, en cuanto al programa del FEGA y sin tener en cuenta la distribución de alimentos de otras oenegés y de las redes de apoyo de los barrios.

El inquietante avance del hambre donde cae el turismo

Los datos del FEGA, por otro lado, ponen de manifiesto cómo la crisis pandémica está teniendo una inquietante intensificación en los territorios cuyas economías tienen una mayor dependencia del turismo, un sector que atraviesa su segundo año de pinchazo por la escasa afluencia de visitantes de otros países.

Así, en Baleares se ha duplicado con la pandemia en número de usuarios del programa de reparto de alimentos, que pasó de los 23.079 del invierno de 2020 a los 46.884 de esta primavera, mientras el Canarias el incremento superaba el 50% al pasar de 59.310 a 90.247 en ese mismo periodo.

También llama la atención el aumento de beneficiarios del programa en los tres territorios más poblados, en cuyas economías prepandémicas también tenía un importante peso el sector turístico: se trata de Madrid, donde en un año se han visto empujadas a las colas del hambre casi 45.000 familias (de 150.400 a 194.249); Catalunya, donde la suma supera las 50.000 (de 199.233 a 250.052), y Andalucía, donde la diferencia se acerca a las 60.000 (de 306.669 a 364.984) tras haber alcanzado un pico de más de 80.000 el pasado invierno.

Las carencias materiales alcanzan niveles desconocidos

"En las clases populares los bienes y consumos básicos cada vez requieren mayores porcentajes de la renta como consecuencia de la caída de sus ingresos", explica David Pac, profesor de Sociología en la Universidad de Zaragoza, que diferencia esos gastos fundamentales como serían la alimentación, la energía o la vivienda de otros de carácter estético como los vinculados al ocio o la vestimenta.

"En época de crisis se mantienen los básicos en la medida de lo posible", anota el profesor, que señala cómo en esos gastos básicos es en los que se dan menores diferencias en función de los niveles de renta, al contrario de lo que ocurre con otros como los relacionados con la cultura.

Y todos los estudios apuntan a que eso está siendo cada vez más complicado para un mayor número de hogares en España, tal y como indica la Encuesta de Condiciones de Vida que el INE (Instituto Nacional de Estadística) ha hecho pública este jueves: más de la quinta parte de la población (21%) vive en la pobreza, lo que equivale disponer de menos de 9.626 euros para subsistir si se vive solo o de 20.214 en una familia de dos adultos y dos niños.

Esa situación, que se da con mayor frecuencia entre las mujeres (21,7%) que entre los hombres (20,2%) y que sigue creciendo entre ellas mientras la afección se frena entre ellos, ha situado las carencias materiales de las familias españolas en los niveles de mayor intensidad desde que hace 16 años, en 2004, el INE comenzó a recoger esta información: el 11,1% de los hogares, uno de cada nueve, sufre pobreza energética; un volumen similar (10,7), ha tenido en el último año "retrasos en el pago de gastos relacionados con la vivienda principal", ya sea la hipoteca, el alquiler o los recibos de gas o de la comunidad, y el 5,5% no puede incluir proteína animal en su dieta en días alternos.

Las familias se aprietan el cinturón

El volumen de hogares que sufren carencias materiales de algún tipo supera el 26%, lo que equivale a más de 4,8 millones de ellos, según los datos del INE.

Esas carencias se producen después de que las familias se hayan apretado el cinturón en algunas de las principales y más básicas facturas domésticas, como ocurrió con la de energética, que el año pasado se redujo en 369 millones de euros para quedarse en 21.708 pese al desmesurado incremento de su precio y a la mayor demanda por los confinamientos y el teletrabajo.

Ese ahorro, por el contrario, no se dio en términos globales en la faceta alimentaria al aumentar el consumo en el interior del hogar por esos mismos motivos, lo que elevó la factura en 5.623 millones (+7,5%).

Aunque esa tendencia tiene matices, según se desprende del Informe del Consumo Alimentario del Ministerio de Agricultura, que revela cómo, de hecho, los españoles ingirieron solo un 2,1% más de comida con respecto al año anterior pese al desplazamiento hacia los domicilios de consumos que en la hostelería superaban el 10% del total. En realidad, las familias comieron menos y más barato en el primer año pandémico.

"No cambian los grupos principales del consumo doméstico, sino que el aumento del volumen se debe al mayor número de momentos de consumo en el hogar", señala el documento, que junto con el incremento del consumo de alimentos básicos de la dieta mediterránea como legumbres y huevos y de otros vinculados al disfrute como los snacks destaca el notable avance de otros baratos y saciantes como las bases de pizzas y masas de hojaldres (28,1%), la pasta (9,6%) y el arroz (11,2%) mientras otras de mayor precio como la carne, los pescados frescos y algunos tipos de frutas y hortalizas frescas "crecieron por debajo del promedio de la alimentación".

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