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Las sanciones son una forma de hacer la guerra. Puede que no destrocen la carne al instante como lo hacen las bombas y las balas, pero no por ello dejan de matar y mutilar.

Someter a la gente a tales crueldades es indefendible en tiempos ordinarios: en el mundo anterior al COVID-19, la guerra económica de Estados Unidos estaba matando a pacientes de cáncer en Irán, impidiendo que los niños sirios recibieran las medicinas necesarias y, según una estimación de dos economistas estadounidenses, matando quizás a cuarenta mil venezolanos. Pero castigar colectivamente a poblaciones enteras durante una pandemia mundial es una forma aún más despiadada de barbarie.

El coronavirus está haciendo estragos en Irán, país que ha registrado más de veinte mil casos y más de 1500 muertes. Antes del COVID-19, las sanciones de EE. UU. golpeaban el sistema sanitario iraní, reduciendo el acceso a los productos farmacéuticos y a necesidades elementales como los marcapasos cardíacos. En diciembre de 2019, Eskandar Sadeghi-Boroujerdi describió las sanciones como «el castigo colectivo de más de ochenta y un millones de iraníes a través de uno de los regímenes de sanciones más completos e implacables de la historia moderna».

No se puede tomar en serio al secretario de Estado estadounidense, Mike Pompeo, cuando afirma que «la asistencia humanitaria a Irán está abierta de par en par, no está sancionada». Las sanciones han obstaculizado la capacidad de Irán para contener el brote saboteando el crecimiento económico, impidiendo que los iraníes accedan a la base de datos de coronavirus en tiempo real de la Universidad Johns Hopkins y llevando a Google a retirar la app de diagnóstico de coronavirus de Irán de su tienda online.

Aunque las sanciones no prohíben explícitamente los artículos humanitarios, el ataque financiero a Irán ha hecho que algunas empresas no estén dispuestas a exportar suministros críticos por temor a una reacción del gobierno estadounidense. En medio de la pandemia, Washington ha dicho que no proporcionará un alivio de las sanciones. De hecho está intensificando su ataque, añadiendo más sanciones como parte de su «campaña de máxima presión» para diezmar el sector petrolero iraní; y cualquier medida que empobrezca a un país lo deja en peor posición para responder a una pandemia.

Mientras tanto, Siria está mal posicionado para hacer frente a la pandemia, no solo por la guerra, que ya lleva nueve años, sino también porque las sanciones de Estados Unidos han tenido el efecto de hacer casi imposible la importación de instrumentos médicos y otros suministros. A pesar de las supuestas exenciones humanitarias, las sanciones han golpeado a la sanidad siria afectando la adquisición de medicamentos al impedir las transacciones con bancos extranjeros y que las empresas farmacéuticas internacionales traten con el país. La administración Trump había llegado a prohibir el paso de barcos de ayuda, y la Unión Europea y Canadá también han impuesto sanciones al país.

Estados Unidos también participa directamente en el asedio a Gaza al proporcionar a Israel las armas y el apoyo financiero y político que necesita para torturar a quienes viven allí. Washington ha impuesto sus propias sanciones al gobierno de Hamás desde que fue elegido por primera vez y ha aumentado continuamente el ataque.

Del mismo modo, en Yemen, mediante una combinación de participación directa y subcontratación —esta vez a través de sus socios saudíes y emiratíes— Estados Unidos ha aniquilado el sistema sanitario con una guerra militar y económica. Las cosas son igual de devastadoras en Corea del Norte. Las sanciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU) contra el Estado cubren aproximadamente el 90% de sus exportaciones comerciales, impidiéndole importar petróleo, gas y productos petrolíferos refinados. Las sanciones unilaterales adicionales de Estados Unidos son aún más amplias.

Las sanciones contra Corea del Norte han bloqueado las máquinas de anestesia utilizadas en las operaciones de emergencia al tiempo que dificultan la actuación de las agencias de ayuda en el país. Las medidas no le permiten importar ordenadores u objetos metálicos, lo que restringe su capacidad para reparar equipos médicos. La lista de artículos prohibidos del CSNU incluye «esterilizadores, lámparas ultravioletas para la desinfección, ambulancias, jeringuillas, agujas, catéteres, máquinas de rayos X y ultrasonidos [y] microscopios, así como maquinaria para filtrar o purificar el agua». Aunque el CSNU puede hacer exenciones caso por caso para la ayuda humanitaria, este mecanismo no permite a las organizaciones humanitarias entregar a tiempo los artículos necesarios, como los equipos para emergencias médicas.

Cuba, una nación que ha estado a la vanguardia de los esfuerzos de ayuda contra el coronavirus, también se ve afectada. Según las Naciones Unidas, el embargo estadounidense de casi sesenta años ha costado a la isla 130 mil millones de dólares. En los últimos años, Estados Unidos ha golpeado a Cuba con algunas de las medidas más duras de sus décadas de guerra, y en abril de 2019 Washington instituyó sanciones contra las compañías petroleras que suministran petróleo desde Venezuela, perjudicando gravemente al sector agrícola cubano.

Luego de las misiones de ayuda médica internacional (entre las que destacó el caso de la región de Lombardía, en Italia), Cuba comenzó a registrar sus primeros pacientes de coronavirus. Aunque cuenta con un sistema de salud de clase mundial, que incluso a pesar del bloqueo fue capaz de desarrollar dos vacunas propias, su capacidad para hacer frente a la enfermedad habría sido aún más fuerte si el embargo de Estados Unidos no la hubieran dejado más pobre.

Las sanciones de Estados Unidos también son una causa importante en la crisis de salud pública en Venezuela: aplastan la economía, bloquean a la nación para exportar petróleo, congelan sus activos financieros globales y le niegan el acceso a los sistemas financieros internacionales, contribuyendo a un déficit de 38 mil millones de dólares en los últimos tres años y «prohibiendo la importación de productos esenciales que salvan vidas». Las sanciones de Estados Unidos están arrasando con el gasto social y provocando la escasez de alimentos y medicinas.

En pocas palabras, el régimen de sanciones está condenando a miles de personas a la muerte. El levantamiento de las sanciones ante la pandemia debería ser un imperativo humanitario incuestionable.

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