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Ilustración en color que representa los Disturbios de la Ley del Timbre en Boston en 1765, publicada originalmente en el Historical Scrap Book (Cassell and Company, 1880).

La revolución de 1776 comenzó como una disputa baladí entre élites poderosas y despreciables. A pesar de ellas, pronto se convirtió en la estrella de los movimientos emancipadores de todo el mundo.

En el 4 de julio se celebra una declaración de guerra entre dos facciones de la clase dominante capitalista. En 1763, victorioso en su última guerra contra Francia, el Imperio Británico se encontraba ante un sinnúmero de posibilidades: ¿quién controlaría los beneficios de esta victoria, y cómo organizaría el Estado imperial tales recursos? El camino preferido por la coalición de plantadores, comerciantes y abogados que firmaron la Declaración de Independencia en 1776 era el de la inversión frente al recorte, el de la conquista frente a la paz y, en su mayor parte, el de la esclavitud frente a cualquier cosa que la amenazara. En el horizonte, oteaban una tierra que esperaba ser tomada, vendida y convertida en su propio “poderoso imperio”.

Pero la Revolución Estadounidense no podía ser sólo una guerra entre capitalistas. Huelga decir que la mayoría de los que lucharon y murieron (por no hablar de los que trabajaron para hacer posible la guerra) eran trabajadores y pequeños propietarios. Movilizar a estos hombres y mujeres, haciendo la guerra a una escala hasta entonces desconocida en las colonias, requería necesariamente la promulgación de ideas e instituciones de gran alcance, transformadoras. Dependía no sólo del consentimiento, sino también del compromiso activo, y a veces ferviente, de muchos colonos de a pie. Conseguir ese compromiso significaba ofrecer la promesa de un “nuevo orden que marcaría una época”, una república participativa en la que los derechos del “pueblo” (en la práctica, de los hombres blancos) estarían asegurados para siempre.

Una amarga guerra civil hizo estragos en las trece colonias y a lo largo de sus fronteras, despertando así ideas políticas de emancipación y autogobierno colectivo, y no sólo para los hombres blancos propietarios. Esta guerra creó las condiciones para un levantamiento masivo de los esclavizados y para nuevas alineaciones y coaliciones entre los pueblos nativos en el ámbito de la violencia imperial. Llevó a esposas, hijas, sirvientes y aprendices a cuestionar sus posiciones subordinadas en la sociedad colonial. A través de su participación en la acción colectiva, hombres y mujeres apuntalaron viejas relaciones y generaron nuevas identidades que resonaban con las promesas de libertad, dentro y fuera de los Estados Unidos. Por muy fracturadas y contradictorias que fueran, esas luchas de emancipación contribuyeron a dar forma a la nueva nación y a sus vecinos.

Por mucho que intentaran sofocar un sustrato tan pavorosamente radical, la nueva clase dirigente estadounidense se vio atrapada en la contradicción entre su llamamiento a la revolución y su necesidad de una jerarquía estable. Capitalistas refinados como Gouverneur Morris comprendieron desde el principio que el proceso de declaración de la independencia implicaría despertar a “la multitud”, como un reptil bajo el calor de una mañana de primavera; “antes del mediodía morderán”, advirtió en 1774, “no lo duden”. Sin duda, en Pensilvania y en otros lugares, los colonos de a pie estuvieron cerca de arrebatar el poder a las élites gobernantes. Hicieron uso de nuevas instituciones democráticas para redistribuir la riqueza allí donde pudieron y ejecutaron levantamientos armados contra gobernantes republicanos intransigentes.

La revolución avivó una tradición de disidencia rebelde que se remontaba al tumultuoso siglo XVII inglés, un legado que penetraría en la mitología fundacional de la flamante nación estadounidense. Inspiró a hombres como William Manning, un agricultor y tabernero que escribió su famoso libro Key of Liberty en 1799, en el que vislumbraba una contienda política de la mayoría que derrotaría “la astucia y la corrupción” de unos pocos, incluido “el adúltero Hamilton”. La Declaración de Jefferson llegó a ser un modelo para la expresión de demandas emancipatorias que él mismo despreciaba, incluyendo la más famosa, el llamamiento a la libertad de las mujeres realizado en Seneca Falls en 1848.

Al mismo tiempo, la revolución trajo consigo el establecimiento de un sistema estatal (tanto federal como local) que ayudó a los capitalistas estadounidenses a organizar la inversión, a explotar a los trabajadores y a expropiar tierras y recursos a una escala exorbitante. Durante las décadas de 1780 y 1790, los intereses mercantiles, terratenientes y esclavistas derrotaron a los incipientes movimientos democráticos, imponiendo una constitución diseñada para proteger su acceso privilegiado al poder, imposibilitando el potencial radical del momento revolucionario. En el plazo de una generación, expandieron drásticamente la economía dependiente de la esclavitud, afianzando aún más la supremacía blanca y haciendo retroceder los efímeros logros de las mujeres revolucionarias.

No es de extrañar que Frederick Douglass condenara la hipocresía de celebrar la libertad el 4 de julio, mientras que su antiguo colega William Lloyd Garrison declaraba que la Constitución era “un pacto con la muerte”. Sin embargo, su movimiento abolicionista también obtuvo el impulso de la tradición revolucionaria, que consideraba “más glorioso morir instantáneamente como hombres libres, que deseable vivir una hora como esclavos”. En la causa de la abolición de la esclavitud es sin duda donde se sintieron más agudamente las contradicciones de la revolución. Para poner fin a la esclavitud, el movimiento invocó los principios de esclavistas como Jefferson y Washington; para llevar a cabo una expropiación de la riqueza que marcó una época, movilizó a un Estado concebido y dedicado a la protección de la propiedad.

La promesa de la libertad en la igualdad sigue estando en el corazón de la Declaración, incluso cuando las celebraciones del 4 de julio de la nación estadounidense se vinculan cada vez más a un proyecto político totalmente incompatible. En el siglo XVIII, la lucha revolucionaria supuso la construcción de instituciones y alianzas que permitieron a un gran número de personas repudiar la legitimidad del orden jurídico existente. Un nuevo mundo nació dentro del viejo, moldeado y marcado de nacimiento por su lucha por emerger. No existe la pureza en la política, ni tampoco los movimientos sin contradicciones. Es bajo esa luz que debemos captar la tradición revolucionaria y brindar por el Día de la Independencia.

Tom Cutterham 

Fuente

 

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