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El alcance de la ruptura con el neoliberalismo iniciada por la administración Biden dependerá tanto del desarrollo de la política de Washington como del impacto de las movilizaciones por abajo. Sin embargo, en el fondo, fuerzas impersonales seguirán afectando a la metamorfosis del capitalismo a través de sus sucesivas etapas. Es a partir de estas limitaciones y oportunidades estructurales como se construye el tejido de la coyuntura actual.

¿Qué puede decirnos la economía política contemporánea sobre ellas? Más allá de la esfera del pensamiento liberal dominante, una serie de contribuciones teóricas recientes han intentado diagnosticar el momento actual situándolo en los ritmos a largo plazo del desarrollo capitalista. Ofrecen una nueva luz, si no una llave mágica, para entender el cambio sistémico que representa la política de Biden.

Estas fuerzas de cambio son ignoradas habitualmente por los economistas liberales. El intercambio de mercado se considera una esfera de actividad que depende únicamente de sí misma; la intervención colectiva consciente no debe interferir con la mano invisible o el orden espontáneo. Sin embargo, cada vez está más claro que esta fe en el ajuste autoequilibrado del mercado no puede proporcionar una teoría general del rápido cambio socioeconómico, ni una explicación específica de nuestras actuales turbulencias políticas. Reconociendo esta limitación, The Economist rechazó recientemente los modelos de equilibrio neoclásico y el instrumentalismo friedmaniano a favor de la economía evolutiva, que "trata de explicar los fenómenos del mundo real como el resultado de un proceso de cambio continuo". “El pasado informa al presente", manifestó. “Las decisiones económicas se toman dentro de contextos históricos, culturales e institucionales, y se basan en ellos".

Esta intervención muestra el debilitamiento de la economía neoclásica en el conjunto de la profesión. Sin embargo, el esquema evolutivo conserva una profunda lealtad a la ideología burguesa, basada en la creencia de que Natura non facit saltumla naturaleza no da saltos. Para esta escuela de pensamiento, la evolución es siempre gradual. Puede haber excepciones prácticas a esta regla, como cuando los neoliberales abrazan la terapia de choque para desmantelar los restos del antinatural orden socialista en Europa del Este, o lanzan una revolución contra el modelo social francés al estilo de Emmanuel Macron. Pero este voluntarismo oportunista se basa en el presupuesto de las virtudes transhistóricas del mercado; no se apoya en una teoría de los períodos de la historia capitalista, ni en una explicación de sus puntos de inflexión más allá de los argumentos ad hoc.

Hace cuatro décadas, John Elliott escribió en Quarter Journal of Economics que, a pesar de sus compromisos ideológicos opuestos, Marx y Schumpeter coincidían en las tres características más destacadas de la dinámica evolutiva del capitalismo: "Proviene del interior del sistema económico y no es una mera adaptación a los cambios exógenos. Se produce de forma discontinua y no con facilidad. Aporta cambios cualitativos o revoluciones, que desplazan fundamentalmente los antiguos equilibrios y crean condiciones radicalmente nuevas". Pierre Dockès delineó esta perspectiva cambiante en su monumental obra, Le Capitalisme et ses rythmes (2017): "la mutación no afecta a un aspecto o a un carácter del orden productivo, sino al propio sistema: un cambio de estado. A partir de un cierto umbral, se da una mutación: el cambio cuantitativo de los elementos cristaliza en un cambio cualitativo del estado del sistema".

Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿Qué impulsa esta mutación y cómo se cristaliza exactamente? Más concretamente, ¿qué tendencias a largo plazo están empujando la actual mutación más allá del neoliberalismo?

Para aclarar estas cuestiones, podemos recurrir en primer lugar a la rica tradición intelectual derivada de Schumpeter y Nikolai Kondratiev, que vincula el cambio tecnológico a olas de acumulación de capital de varias décadas. Para esta tradición, los grupos de innovación se despliegan durante la fase expansiva hasta el momento en que las vías más rentables se agotan. A continuación, una fase depresiva fomenta la búsqueda intensiva de nuevas oportunidades de negocio, sembrando las semillas de una nueva fase potencialmente expansiva. Estos cambios son ondas largas más que ciclos. Aunque las depresiones son un resultado ineludible del desarrollo capitalista, no es en absoluto inevitable que se desencadene una nueva fase de expansión.

Según la obra de Ernest Mandel Long waves of Capitalist Development (1980), "no es la innovación tecnológica per se la que desencadena una nueva expansión a largo plazo. Sólo cuando esta expansión ya ha comenzado pueden producirse innovaciones tecnológicas a gran escala". Esto requiere "tanto un fuerte aumento de la tasa de beneficio como una enorme ampliación del mercado". Como "la forma capitalista de asegurar la primera condición entra en conflicto con la forma capitalista de asegurar la segunda", Mandel sostiene que deben intervenir "cambios en el entorno social en el que opera el capitalismo". En resumen, mientras que los descensos son endógenos, los ascensos requieren "conmociones del sistema" exógenos -guerras, contrarrevoluciones, derrotas de la clase obrera, el descubrimiento de nuevos recursos- para permitir que la acumulación de capital despegue de nuevo.

Antes de su muerte en 1995, Mandel identificó la "integración total de la antigua URSS y de la República Popular China en el mercado mundial capitalista", junto con una "gran derrota de la clase obrera", como condiciones previas para un repunte. Este análisis se confirmó parcialmente: la expansión de las cadenas de valor mundiales y la creciente tasa de explotación resultante de las políticas neoliberales, además de la disponibilidad de una enorme fuerza de trabajo de reserva, fueron cambios decisivos que impulsaron el repunte de la economía mundial desde mediados de los años 90 hasta la crisis de 2008. Pero debido al creciente exceso de capacidad y a la anemia de la demanda, no se pudo materializar una fase expansiva completa liderada por la economía digital.

La teoría de Mandel apenas se menciona hoy en día, pero se pueden encontrar algunas de sus ideas en el influyente trabajo de Carlota Pérez y Mariana Mazzucato. En un documento conjunto de 2014 titulado "La innovación como política de crecimiento: el desafío para Europa", también intentaron describir las condiciones para una recuperación económica. “Los mercados por sí solos no pueden devolvernos la prosperidad", escribieron. “La inversión está impulsada por la innovación; concretamente, por la percepción de dónde se encuentran las nuevas oportunidades tecnológicas. La inversión privada sólo se pone en marcha cuando esas oportunidades están claras; la inversión pública debe dirigirse a crear esas oportunidades en todos los espacios políticos y afectar a toda la economía". Pérez y Mazzucato intentaron ir más allá de la confianza de Mandel en las "conmociones del sistema", otorgando al Estado la responsabilidad de los factores extraeconómicos necesarios para lanzar una expansión. La innovación deseable debe rentabilizarse a través de la política industrial - regulación financiera, gestión de la demanda, educación, etc. - mientras que unas políticas fiscales, tributarias y monetarias adecuadas deberían dotar a este Estado activo de los recursos necesarios.

Así, las fuerzas del cambio pueden situarse fuera de la esfera económica. Para Pérez y Mazzucato, los "problemas actuales son estructurales" (léase endógenos) y se remontan a décadas antes de la crisis de 2008. Pero, fundamentalmente, creen que las condiciones para superarlos residen en la autonomía de la política. La política puede cambiar las condiciones estructurales. Esta es una lección ineludible de la recuperación china liderada por el Partido Comunista, y la justificación básica del regreso a la fórmula del capitalismo de Estado.

Si se acepta este argumento, es tentador dar un paso más, explorando los factores que podrían fomentar el cambio institucional y replantear las condiciones de la acumulación de capital. Lo que inmediatamente viene a la mente es el doble movimiento de Karl Polanyi. En The great transformation (1944), escribe que " Mientras que la economía del librecambio constituía un producto de la acción deliberada del Estado, las restricciones posteriores surgieron de un modo espontáneo". Si la liberalización es un proyecto político, el impacto destructivo de las fuerzas del mercado es automáticamente "detenido por la autoprotección realista de la sociedad". Aunque Polanyi se centra en el cambio institucional y no en las oleadas de acumulación, su análisis establece una conexión ineludible entre ambos.

Una reciente contribución de la escuela postkeynesiana retoma el camino donde lo dejó Polanyi, proponiendo una elegante endogenización del conflicto de clases impulsado por las instituciones en la fluctuación económica a largo plazo. En el modelo de Michalis Nikiforos, "el aumento de la cuota de beneficios está relacionado con el dominio del mercado autorregulado y conduce inevitablemente a una crisis. La sociedad se movilizará para protegerse y habrá un contramovimiento, que... se manifestará como un aumento de la cuota salarial". Para Nikiforos, "este contramovimiento también puede conducir más tarde a una crisis que hará más atractiva la aparición del mercado autorregulador y conducirá a un cambio en la dirección de la distribución y a un aumento de la cuota de beneficios". Sostiene que la inestabilidad de la distribución de la renta se debe a la dinámica de la lucha de clases: cuanto más poder tiene una clase, mayor es su potencial para apropiarse de una mayor parte de la renta social. Pero el poder de cada clase se basa a su vez en "sus efectos potenciales sobre los resultados macroeconómicos de la economía". Cuando el exceso de beneficios empieza a perjudicar a la economía en general, aumenta la presión política para lograr un acuerdo más favorable a los salarios. Y viceversa.

Este marco permite una interpretación directa de la coyuntura actual: "La reciente crisis y el actual estancamiento son el resultado de los arreglos institucionales neoliberales, que surgieron como respuesta al profit-squeeze [reducción de beneficios] y a la crisis de los años 70... El súbito ascenso de fuerzas políticas igualitarias que hasta hace muy poco estaban al margen del sistema político, o la popularidad del libro de Piketty, son manifestaciones de la reacción de la sociedad contra los arreglos institucionales responsables de la crisis y el estancamiento". El enfoque unidimensional en la distribución de la renta es, por supuesto, una limitación del modelo de Nikiforos, pero la ventaja es que proporciona un mecanismo explicativo en ambos extremos de la fluctuación.

Los economistas influenciados por la llamada Escuela de la Regulación también han intentado explicar la recurrencia de las crisis estructurales que requieren una importante reestructuración institucional y producen un nuevo equilibrio de fuerzas de clase. En The Rise and Fall of Neoliberal Capitalism, publicado en 2015, David Kotz anticipó un movimiento hacia una forma más regulada de capitalismo, definida por un Estado más fuerte que influye y limita el mercado. Señala que "la crisis actual no es la primera sino la tercera crisis de una forma liberal de capitalismo en Estados Unidos. Cada una de las dos crisis anteriores fue seguida por una forma regulada de capitalismo. Las grandes empresas desempeñaron un papel importante en el cambio al capitalismo regulado tanto en 1900 como a finales de los años 40, con grandes movimientos sociales que crearon un contexto que llevó a los líderes de las grandes empresas a apoyar o consentir un papel más amplio del Estado".

Uno de los puntos fuertes de la Escuela de la Regulación, heredado de su ascendencia althusseriana, es que su teorización de la sucesión de regímenes de acumulación no se limita a la dicotomía regulado/liberal. Cada modo de regulación se organiza bajo la restricción de una forma institucional específica que pesa sobre los demás componentes del sistema. Esto permite un serio compromiso con la evolución cualitativa del capitalismo a través de sus sucesivas etapas. En este marco, la competencia, el nexo entre el capital y el trabajo y las finanzas han desempeñado un papel destacado en diferentes períodos históricos. De cara al futuro, Robert Boyer considera que la coyuntura actual está abierta a producir tres formas potenciales de capitalismo regulado: un biocapitalismo centrado en las actividades antropogénicas; un capitalismo de plataforma asociado al auge de las grandes empresas digitales; y un capitalismo de Estado neodirigido vinculado al modelo chino o a lo que él denomina "populismo democrático".

Sin embargo, el inconveniente de este enfoque de la Escuela de la Regulación es que se tiende a pasar por alto los mecanismos precisos del cambio. Mientras que las disfuncionalidades crecientes en el régimen de acumulación conducen a una crisis estructural, el proceso por el cual emerge un nuevo régimen es impredecible -dependiendo de trouvailles (descubrimientos fortuitos) racionalizados a posteriori por los responsables políticos, los teóricos y los actores sociales. La fascinación por la capacidad del capitalismo para resucitar tras las crisis se produce a costa de una imaginación política empobrecida.

La prolongación más prometedora de la Escuela de la Regulación -que se acerca más a la formulación de una teoría coherente del cambio institucional- se encuentra en The Last Neoliberal (2021) de Bruno Amable y Stefano Palombarini, un incisivo análisis de la Francia de Macron. Para Amable y Palombarini, la dinámica macroeconómica, las instituciones y las mediaciones políticas existen como una totalidad. La arquitectura institucional de la sociedad proviene de la sedimentación histórica de compromisos macrosociales que son el resultado de procesos políticos irreductiblemente conflictivos. Dichos procesos políticos están determinados a su vez por la dinámica económica a través de la evolución de las expectativas de los distintos grupos sociales. Siguiendo a Gramsci, el enfoque neorrealista pone un claro énfasis en la autonomía de la política. Las expectativas sociales no se fijan en una cruda expresión de intereses, sino que proceden de representaciones ideológicas en movimiento que responden a una elaboración política concreta.

Macron está nadando a contracorriente de la marea internacional, hacia una intensificación de la reestructuración neoliberal. La teoría de Amable y Palombarini ofrece una poderosa interpretación de este fenómeno. La desarticulación progresiva del modelo nacional fuertemente coordinado, que tuvo lugar a lo largo de cuatro décadas de reforma neoliberal gradual, decepcionó las expectativas de las clases populares. Esto condujo a una disgregación de los bloques tradicionales de derecha e izquierda, allanando el camino para un movimiento plenamente neoliberal-burgués encarnado por Macron. Sin embargo, la falta de apoyo popular a este movimiento dificulta su capacidad para llevar a cabo una neoliberalización radical. Esto lo demostraron con fuerza los chalecos amarrillos, incluso antes de que la crisis de la covid-19 dejara obsoleto el manual neoliberal.

Hay mucho que aprender de estas diversas aproximaciones -polanyianas, poskeynesianas, regulacionistas, gramscianas- en el estudio de las etapas históricas: la no linealidad del cambio, la contingencia de la expansión tecnológico-económica en los entornos institucionales adecuados, las reacciones sociopolíticas a las fuerzas destructivas de los mercados y los cambios cualitativos del sistema provocados por sus mutaciones. Estas percepciones nos ayudan a descifrar la coyuntura actual y a prever sus posibles direcciones. Sin embargo, también debemos tener en cuenta los efectos acumulativos de las sucesivas etapas de desarrollo. Las contradicciones no sólo existen dentro de cada fase; también se acumulan de una etapa a otra, ya que la dinámica de un régimen de acumulación entra en conflicto con sus predecesores. El capitalismo, como sistema, está envejeciendo.

Con la globalización de la manufactura, el exceso de capacidad sigue aumentando y las fijaciones espaciales continúan agotándose, haciendo que la contradicción interna del proceso de acumulación se manifieste a un nivel verdaderamente global. Sigue siendo dudoso que la industrialización de los servicios y su fragmentación internacional puedan crear oportunidades lo suficientemente grandes como para absorber esta masa de capital sobreacumulado. Mientras tanto, lo que James O'Connor describió como la segunda contradicción del capitalismo está ganando fuerza. Para O'Connor, un obstáculo clave para el desarrollo capitalista no surge dentro del proceso de acumulación en sí mismo, sino "entre las relaciones de producción capitalistas (y las fuerzas productivas) y las condiciones de producción capitalistas", debido a "la apropiación y el uso económicamente autodestructivo que hace el capitalismo de la fuerza de trabajo, la infraestructura y el espacio urbanos, y la naturaleza externa o el medio ambiente". La crisis ecológica, el encarecimiento de la sanidad y la educación, el deterioro de las infraestructuras físicas... todo ello indica unos costes crecientes por el lado de la oferta que podrían dificultar aún más el proceso de acumulación. La resolución de estos problemas no está en absoluto fuera del alcance de la acción humana. Pero sería insensato no preguntarse si la restricción sistémica adicional del ánimo de lucro puede haber puesto el listón demasiado alto.

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