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En lugar de luchar contra el terrorismo, la Guerra contra el Terrorismo no ha hecho más que alimentarlo. Es una cortina de humo para que Estados Unidos mantenga el dominio mundial, para mantener a China pequeña y una buena excusa para que el complejo industrial militar siga ganando dinero.

 El sabor de su propia medicina

La “guerra contra el terrorismo” comenzó hace veinte años tras los atentados del 11 de septiembre. El Pentágono entró en guerra contra al Qaeda y sus patrocinadores, los talibanes. Fue un poco extraño, porque al Qaeda era de cosecha propia. Nada menos que Hillary Clinton, entonces Secretaria de Estado, admitió que estaban luchando contra unos terroristas que ellos mismos habían creado, armado y financiado.

Afganistán resultó ser sólo un anticipo. Las intervenciones extranjeras de Occidente en Irak y Siria dieron origen a grupos terroristas como el ISIS y Jabhaat al-Nusra. La guerra contra Libia provocó el caos en toda la región y dio alas a numerosos grupos yihadistas. Saquearon los arsenales de armas de Libia y las usaron para lanzar sus guerras santas en numerosos países vecinos. En la actualidad hay grupos terroristas fundamentalistas activos en diez países africanos.

En 2009 el presidente Obama recibió el Premio Nobel de la Paz. Unos años más tarde estaba bombardeando siete países simultáneamente. Tanta guerra vuelve inevitablemente, como un boomerang, a su propia cara. A partir de 2015 nuestros países se vieron afectados por una ola de atentados terroristas. O, como dicen los yihadistas, “Occidente mata una oveja, pero no quiere mancharse de sangre”.

¿Quién se beneficia de todo eso?

La humillante derrota en Afganistán puede no ser el fin de la guerra contra el terrorismo. En lugar de luchar contra el terrorismo esta “guerra interminable” solo lo ha alimentado. Son los pirómanos que hacen de bomberos. En la actualidad el Pentágono lleva a cabo actividades antiterroristas en 85 países. Esto hace que la industria bélica funcione a toda velocidad y que los barones de la industria militar sigan cosechando megabeneficios.

El coste en términos de recursos y vidas humanas es increíblemente alto. Como resultado de la violencia bélica tras el 11-S han muerto más de 800.000 personas. Casi la mitad de ellas son civiles. El número de refugiados de guerra y desplazados a consecuencia de la guerra contra el terrorismo asciende a 37 millones.

Mientras tanto, el precio de las guerras de Estados Unidos tras el 11-S ya ha alcanzado la legendaria cifra de 6.4 billones de dólares. Esto supone 320.000 millones de dólares al año, es decir, ocho veces más de lo que la ONU calcula que se necesita para toda la ayuda humanitaria del mundo.

Petróleo y otros minerales

Hubo dos razones principales por las que Estados Unidos invadió Afganistán. La primero fue el petróleo y, más concretamente, la futura construcción de un gran oleoducto desde el Mar Caspio a través del país. Tanto el primer presidente afgano como el nuevo embajador de Estados Unidos en Afganistán después de 2001 habían trabajado anteriormente para Unocal, una importante empresa petrolera estadounidense que llevaba tiempo planeando un oleoducto a través de Afganistán. El primer contrato exterior firmado por el nuevo presidente afgano fue para construir un oleoducto desde Turkmenistán hasta un puerto en Pakistán, a través de Afganistán…

En 2010 el ejército estadounidense y los geólogos descubrieron que el subsuelo afgano contiene minerales preciosos por un valor de 1.000 billones de dólares. Entre ellos se encuentran el hierro, el cobre y el oro. Pero aún más importantes es el litio. Afganistán posiblemente tenga una de las mayores reservas de litio del mundo. El litio es un componente esencial de las baterías recargables y otras tecnologías vitales para afrontar la crisis climática, pero es escaso. Ahora sabemos que las reservas de litio en Bolivia fueron uno de los principales motivos del golpe de Estado contra Evo Morales en 2019.

Pivotar hacia China

Una segunda razón importante es el ascenso de China. Tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión Soviética, Estados Unidos se autodenominó líder indiscutible de la política mundial. “Nuestro primer objetivo”, dijo el Pentágono en 1992, “es impedir la aparición de un nuevo rival en la escena mundial. Debemos conservar los mecanismos de disuasión de los rivales potenciales, tanto si están tentados de desempeñar un papel regional más importante como un papel global» [la cursiva es nuestra]. Treinta años después China se ha convertido en el principal «rival» que hay que controlar.

Afganistán forma parte de esta historia. El país se encuentra cerca de la Nueva Ruta de la Seda y linda con la provincia occidental de Xinjiang, donde viven los uigures.

En un sincero discurso en 2018 Lawrence Wilkerson, exjefe de gabinete de Colin Powell (1), reveló las verdaderas razones de su presencia en Afganistán: “Estamos en Afganistán como lo estuvimos en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. […] No tiene nada que ver con Kabul y la construcción del Estado, nada que ver con la lucha contra los talibanes […] ni nada que ver con la lucha contra cualquier grupo terrorista. Todo tiene que ver con tres objetivos estratégicos principales”.

Además de mantener bajo control Pakistán, que tiene “el arsenal nuclear potencialmente más inestable del planeta”, el coronel retirado menciona dos razones directamente relacionadas con China.

“El [ejército estadounidense en Afganistán] es el único poder real que tiene Estados Unidos cerca de la iniciativa central de China Belt and Road [Nueva Ruta de la Seda], que atraviesa Asia Central. Si tuviéramos que influir en ese poder militar, estamos en condiciones de hacerlo en Afganistán.”

“La tercera razón por la que estamos allí es porque hay 20 millones de uigures (sic) (2). Si la CIA tiene que montar una operación utilizando a los uigures, como ha hecho Erdogan en Turquía contra Assad, […] bueno, [si] la CIA quisiera desestabilizar a China, esa sería la mejor manera de crear malestar y junto con esos uigures expulsar a los chinos han de Beijin desde dentro y no desde fuera.”

No a la Guerra Fría

Todo esto deja claro que la guerra contra el terrorismo no es más que un pretexto. Es una cortina de humo para que Estados Unidos mantenga su dominio mundial y una buena excusa para que el complejo militar industrial siga ganando dinero.

La guerra contra el terrorismo es un completo fiasco y una abominación. Por desgracia, Washington no tiene intención de parar, sino todo lo contrario. Hoy en día existe incluso la amenaza de un nuevo e importante frente: una nueva Guerra Fría contra China.

Esta nueva Guerra Fría podría tener consecuencias aún más desastrosas que la Guerra contra el Terrorismo. Una declaración de la iniciativa “No a la Guerra Fría” lo expresa de forma muy aguda: “Las declaraciones y acciones cada vez más agresivas del gobierno estadounidense respecto a China […] amenazan la paz mundial e impiden a la humanidad abordar con éxito los gravísimos problemas comunes a los que se enfrenta, como el cambio climático, la lucha contra las pandemias, la discriminación racial y el desarrollo económico.”

El movimiento por la paz tiene mucho trabajo que hacer.

Notas:

(1) Collin Powel fue ministro de Asuntos Exteriores de 2001 hasta 2005 bajo la presidencia de Bush Jr. Fue la época de la invasión de Irak.

(2) En realidad solo hay unos diez millones de uigures.

Fuente

 

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