Mariano González Mangada

Nací entre una España de postguerra cruel, hambienta, diezmada por la guerra y los fusilamientos posteriores, la España de los maquis y la España del desarrollismo proyanqui, del fomento del turismo y de la expansión tranquila del nacional-catolicismo. En una ciudad fuertemente militarizada desde la época de los fenicios, ya que se trata de un bastión fácil de defender y difícil de atacar, en una ciudad que fue y lamentablemente aún lo es, uno de los núcleos duros del nacional-catolicismo, Cartagena.

Fue una infancia pobre, la de los bocadillos de aceite con azúcar, ropa reciclada etc. Pero también una infancia en libertad, donde todos nos juntábamos en pandillas en la calle, donde aún existían las luciérnagas y jugábamos al churro, manga, mangotero, al gua, al wito, donde en verano recogíamos grillos para echarlos por las ventanas abiertas, donde los vecinos se reunían en la calle al fresco para jugar al parchise con bolsas de pipas para toda la noche.

La educación infantil hubo que sufrirla a golpe de formaciones con brazo en alto y canciones como “cara al sol”, o “Por Dios, Por La Patria y El Rey, con rezos diarios a María durante el mes de Mayo, recuerdo haber tenido algún desmayo tras estar en posición de firme esperando al director, lo cual venía bien a algunos ya que  acompañaban al desmayado al balcón, librándose así de estar en posición de firmes.

El instituto significó un cambio en la forma de percibir “el mundo exterior”, de adquirir conocimientos tanto curriculares como sociales, aunque la última etapa fue marcada por la forma de entender la política, por una parte en el instituto intentaron captarme para el OPUS DEI, cosa que no pudieron ya que me daba repelús que en el piso donde se reunían te llevaran a su capilla para rezar en latín, simultaneo a esto algún compañero pretendía recoger firmas para la liberación de Rudolf  Hess  o enseñarme la bondad de la reforma agraria Jose Antoniana. Contrastaba esto con la actitud de dos o tres profesores, profundamente demócratas con los que coincidí cuando la radio comunicaba la muerte del presidente de gobierno, Carrero Blanco, pude ver en sus caras una mezcla de alegría y miedo ante la certeza de la gravedad de la noticia.

A nivel de amigos, tomamos contacto con Paco el cura, él nos hizo leer y analizar la situación social, nos hablaba de las comunidades de base, con los principios básicos de “Comunidad de ideas”, ”Comunidad de vida” y “Comunidad de acción”, Paco nos puso en contacto con otros curas obreros, como el de las “seiscientas” albañil y activista, con éste estuvimos en navidades frente a la prisión de San Antón para pedir amnistía de los presos políticos hasta que la guardia civil nos echó de allí, también conocimos entre otros al cura de “Quitapellejos” que vivía en una chabola construida por los gitanos del barrio, nos habló de los libros de poesía que había publicado y nos leyó unos cuantos poemas.

Paco me llevó a una pequeña librería, la librería Espartaco  en la calle Serreta de Cartagena, allí conocí a Mariano González y a su gata, eso  me permitió tocar y leer en la trastienda, libros que a veces no encontrabas en la tienda, de política y sobretodo de poesía, allí conocí los poemas de Miguel Hernández y a Neruda, siempre mantuve un entrañable recuerdo de este hombre integral. Al cabo de los años, volví a Cartagena y comprobé con pena que la librería había cerrado, unos días más tarde y antes de abandonar Cartagena pude ver en otra zona no muy lejana el cartel de librería Espartaco, inmediatamente entré y me dijeron que Mariano había fallecido a causa de una infección contraída en un quirófano. Me hablaron de sus libros que compré y más tarde divulgué.

Tomo su nombre en su honor y sabiendo que Mariano no pondría ninguna objeción a ello.

El Cuervo ingenuo

 

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