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El veterano editor Gonzalo Pontón (Barcelona, 77 años) ha acabado literalmente enfermo tras redactar y publicar España. Historia de todos nosotros desde el neolítico hasta el coronavirus en el sello Pasado & Presente, que él mismo fundó con sus hijos. La culpa la tiene, seguramente, su reconstrucción del pasado partiendo del 95% de la población. “La historia tradicional solo habla de los reyes y los poderosos y sus epopeyas, las élites. A mí me interesaba la gente que está bajo el pie de esas clases dirigentes, su pathos”, explica.

Aunque el libro no es pesimista, al acabar sus documentadas 908 páginas es inevitable pensar que el de España es un problema irresoluble, si se repasa una historia marcada por prebendas y corruptelas, una ancestral mala organización territorial y un peor sistema educativo dejado en manos de una Iglesia poderosísima (”su desasosiego por el dinero es horroroso: bloqueó la creación de institutos públicos de enseñanza media hasta el extremo de que en 1956 solo quedaban en España 119, los mismos que en 1939″). Pero, sobre todo, porque “hemos sufrido las clases dirigentes más corruptas, reaccionarias e incompetentes de toda Europa; Rusia aparte, no creo que exista, en ese sentido, un pueblo más desgraciado en el continente que nosotros”, reflexiona el veterano editor y fundador del sello Crítica, tras el humo de un cigarrillo en el despacho de su casa, donde alberga algunos de los 449 títulos que referencia en su particular manual de una historia de España que bien podría ser un anexo de su elogiado La lucha por la desigualdad (2017, Premio Nacional de Ensayo). “Con este es imposible que gane nada porque muchos de los que mandan quedan fatal: he quemado todas las barcas”.

Reconquista y 1714, dos mitos desmitificados

Entre los muchos episodios a los que quita épica están la Reconquista cristiana y la carga simbólica catalana del asedio de Barcelona en 1714 por las tropas de Felipe V. “Lo importante de al-Ándalus es la pata africana de los árabes, que comportaba la llegada a la Península de oro del Sudán y que es el inicio de un incipiente capitalismo primitivo, vinculado por un lado a pagos por protección o, en el caso de los condes catalanes, a la venta de semiesclavos. Cuando esos equilibrios se rompen, empieza a caer todo, no hay otras razones”.

Más dura es la deconstrucción del “mito romántico” del 11 de septiembre catalán. “De los cerca de 40.000 habitantes de la ciudad, la defienden unos 5.000, de los cuales 4.000 son de la Coronela, la milicia que pagan los gremios. Es decir, defendiendo las murallas están los obreros, las mujeres y algún cura porque, mientras tanto, los mercaderes ricos negocian con las provisiones que traen de Mallorca en barcos que dejan en Castelldefels para especular con el precio, embarcaciones que acabarán en manos felipistas, con la consiguiente hambruna en la ciudad. Terminado el conflicto, familias pudientes como los Duran no tardarán ni semanas en ser ya proveedores de Felipe V…”, apunta. Y puestos a escoger un mito catalán que sirva de ariete contra Castilla, Pontón propone a Carlos I, quien, para hacerse con los servicios del genovés Andrea Doria, le regala la ruta catalana de comercio de esclavos del norte de África. “Eso sí dejó hundida a Cataluña durante más de un siglo”.

Vivir de las rentas

Un triste hilo conductor de la historia de España es, para Pontón, el compuesto por unas clases dirigentes “mezquinas y medrosas” que, ni en el campo ni en la ciudad, “han tenido necesidad alguna de invertir en tecnología o desarrollo porque han gozado de una mano de obra constante, abundante y barata; y porque su mentalidad ha sido vivir de rentas bajo la famosa premisa del ‘más vale poca renta y sin cuidado que muchos negocios sin complicaciones”.

La burguesía liberal del XIX “tampoco es la de la Revolución Francesa, también aspira a ser rentista: nunca entendieron la revolución industrial inglesa; nunca estas clases dirigentes han hecho inversiones industriales de futuro, pero tampoco lo han hecho en ciencia o educación…”, fija el historiador. “Todo se ha movido por pelotazos o a partir de estafar directamente al Estado, como el caso Matesa en pleno franquismo, en el marco de un Estado que ha pagado siempre por sus bonos los intereses más altos de Europa. ¿Para qué invertir si ya ingresas del erario por los juros o los vales reales?”.

Y la práctica viene de lejos: “El negocio de las Américas lo hará toda Europa menos nosotros; Carlos I y Felipe II vivirán del dinero que viene de Holanda y Carlos V acabará pagando intereses de capital al 50%...”. Ni coyunturas tan favorables como la neutralidad durante la I Guerra Mundial fueron aprovechadas porque “industrias como la textil no se desarrollaron estructuralmente, sino que se optó por hacer tres turnos de trabajo, subcontratar o tirar de economía sumergida. Finalizada la guerra, desaparecieron 6.000 empresas y la especulación en divisas acabó hundiendo hasta entidades financieras, como el Banco de Barcelona. Las clases populares no vieron nunca beneficio alguno cuando las bonanzas”. Su análisis de industrias mitificadas como la siderúrgica vasca y la textil catalana demuestra que se han sustentado en “un proteccionismo a ultranza del mercado interior y una represión policial de los obreros. El empresariado nunca ha querido arriesgar el capital, siempre ha esperado una coyuntura favorable que en las fases expansivas crea empleo y en las depresivas, lo destruye”, resume.

La situación ha ido a peor desde el último tercio del siglo XX, durante el cual, según Pontón, la economía española ha vivido “asistida desde el exterior por el capital extranjero, incapaz de generar una infraestructura sólida: se dice que no tuvimos un Plan Marshall, pero, desde un temprano 1949, Estados Unidos empieza a hacernos préstamos”. Esa ayuda económica será de 1.688 millones de dólares entre 1955 y 1964, casi 2.200 millones si se suman los 521 de apoyo militar. “El milagro español fue eso”, dice Pontón. Hasta 1973 hubo crecimientos anuales del 7,5%, junto a una pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores que venía desde 1959. Luego vinieron los beneficios fruto del ingreso en la Comunidad Económica Europea o la introducción del euro, pero “se sigue sin generar una estructura económica sólida, despilfarrando ese dinero en los Juegos Olímpicos y la Exposición Universal de Sevilla en 1992 o la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia o un aeropuerto en Ciudad Real, sinsentidos como la línea férrea Santander-Sagunto de cuando la dictadura de Primo de Rivera”.

Una Transición rosa y un PSOE neoliberal

El manual de Pontón califica la República de 1931 de “burguesa: solo arregló las desigualdades mínimas que impedían instaurar una sociedad capitalista”; el mismo presidente Alcalá Zamora era “un señorito cordobés que obstaculizó la reforma agraria”. Pocos paños calientes usa al abordar la controvertida Transición: “Fue una reforma que conservará lo esencial de la arquitectura del régimen franquista, a la vez que buscará proteger la impunidad personal y asegurar la pervivencia del poder”, escribe. “Tuvo mucho de novela rosa, no se hizo limpieza de nada de la estructura franquista: ni de la judicatura ni de los estamentos policiales y militares, a los que se hicieron concesiones para que no dieran un golpe de Estado, que acabarían dando igualmente en 1981, con un papel ambiguo del rey Juan Carlos″.

También apunta una posible manipulación de los resultados del referéndum constitucional de 1978, que habría tenido una participación inferior a la que se dijo, especialmente en Barcelona y Zaragoza. “No hubo un gran entusiasmo con la Constitución, demostración de que un tanto por ciento de los españoles cree que no están concernidos por la política, que están fuera de ella, y eso deja una democracia débil, cuando justamente se necesita una participación más directa de ese 95% de la población para cambiar las cosas”.

Santiago Carrillo y Felipe González no quedan demasiado bien parados. Lo de Carrillo cree que “es más grave por la historia de muertos y represaliados que arrastraba el propio PCE”, si bien se mostró “muy inteligente” cuando controló la reacción de los militantes tras la matanza de los abogados laboralistas de Atocha (1977). “Ahí se ganó la legalización del partido”, reflexiona. González sale tan trastabillado del libro como su partido, un PSOE que entra en el Consejo de Estado de la dictadura de Primo de Rivera (1924); pacta con la derecha de Gil Robles un apoyo a una futura reinstauración monárquica si salía la opción en un plebiscito (1948), o cuando en la Transición maniobra con un Manuel Fraga que permite mítines del partido aun cuando no está legalizado… “Se entrevistaron; creo que Fraga quería que fueran juntos a las elecciones. Esto no lo escribo porque no tengo pruebas: solo publico lo que es demostrable”, dice, con rigor de historiador.

Entre lo demostrable apunta el dato de que el Gobierno del PSOE de González fue el más privatizador de la historia de España: “Traspasó el doble de las empresas públicas que privatizarían luego los gobiernos del PP; y lo peor: se inventó las contrataciones temporales en 1984, creando la división entre los trabajadores”, resume, reproduciendo un texto del secretario de Estado de Economía de la época, uno de los casi 140 documentos que, irrevocables, pespuntean el libro. Las liberalizaciones del mercado laboral “para tener más mano de obra barata” se radicalizaron en 1994 (PSOE) y en 1997 (PP). “No hay ninguna diferencia en las políticas económicas que aplicaron UCD, PSOE y PP. Ese es el resumen”, concluye.

El ‘procés’

Pontón zanja el procés catalán: “Artur Mas es un neoliberal que recortó más de 5.500 millones de euros en gasto público antes de que empezara Rajoy. Todo ha sido un teatrillo… Para los catalanes de a pie, ser independientes no tendría ventaja alguna porque perderían el refugio de la UE. Los bancos fueron los primeros en ver eso y sacaron sus sedes centrales de Cataluña”, señala. “Estamos, como país, contra la pared”, añade con preocupación.

Pontón maneja, en un estilo que recuerda al de su “maestro de vida y profesional” Josep Fontana, cifras muy recientes: “Casi 100.000 personas se van de España cada año buscando trabajo, la natalidad está estancada y se suicidan 10 personas de media al día”, enumera. El libro está dedicado a sus hijos, pero piensa en sus nietos: “Está escrito para los jóvenes, para que abran sus mentes y digan: ‘Eso no me lo volverán a hacer’, y se movilicen, en la línea de lo que significaron las asociaciones de vecinos en el franquismo”. Cree, firmemente, que “la solución a la mala política es la política, no la revolución”. Es un error esperar que el capitalismo se autodestruya: “No implosionará, sino que se convertirá en una cosa peor: la privatización total del Estado, dejará de existir como tal el Estado del bienestar, precisamente cuando más lo necesitamos”.

Y lanza: “España es hoy uno de los países con más desigualdad de la Unión Europea y esta se ha ido construyendo lentamente a lo largo de la historia. Pero son las decisiones políticas las que la generan, no las divinas; cambiar la actitud de los votantes no es una utopía”. Por eso, dice, se hizo en su momento editor y ahora lanza una tirada de 5.000 ejemplares de su nuevo libro. “Soy editor porque no quiero que la gente sea ignorante; he publicado 2.500 títulos en mi vida no para convencer a los convencidos. Mala cosa si esta España solo la leen los que piensan como yo”. Se conformaría con que, tras su lectura, cale el mensaje de que “igual las clases dirigentes españolas deberían pedirnos perdón”.

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