He provocado y he hecho un poquito de ruido, pero soy más de paz, indudablemente. Viniendo del País Vasco, siempre he amado la vida, la paz, el entenderse y el respetarse. Ahora estoy echándole un vistazo a este libro sobre ¡Qué bello es vivir!, porque precisamente, durante esta terrible pandemia, todos hemos pensado en levantarnos al día siguiente y poder estar vivos. Acabamos de actuar en el Teatro La Latina y fue un gran bautismo de vida. El espectáculo Historias extraordinarias, que tiene mucho de teatral, habla de eso: versos y poemas que son un canto a la vida, aunque la muerte también está presente en el homenaje que le hacemos a Edgar Allan Poe y a El cuervo.

Un espectáculo más oscuro, reflejo de los tiempos, pero siempre en clave de humor.

Siempre he pensado en retratar la realidad con unas gafas diferentes. Es importante relativizarlo y mirarlo todo de otra manera, porque así la vida se vuelve más soportable. Sin humor, es una tragedia.

Pero con las gafas de sol que lleva puestas, lo ve todo más negro.

Y a veces con más colorines, porque nos ayudan a fantasear y a hacer los espectáculos. Así, la Orquesta Mondragón se aleja con esa fantasía de la cruda realidad de todos los días. Durante la pandemia hemos descubierto que algunos comportamientos del ser humano dejan muchísimo que desear. Mi refugio es cantar e interpretar.

¿Alguna vez se ha levantado pensando que vivir no era tan bello?

En la tierra de los ciegos el tuerto es el rey. Yo prefiero vivir y lucharlo, que no desaparecer y volver a la nada. Empecé a trabajar con catorce años y siempre he sido un luchador. No me quiero poner ninguna medallita, porque era un poco desastroso como botones de un banco, pero hay que perseguir los sueños. Quizá vivir no sea tan bello ni de color rosa, como lo pintan algunos, aunque desde niños ya vamos viendo esa realidad.

¿La Orquesta Mondragón es más familia, más zoológico, más sindiós…?

Es un invento mío en el que se implicaron grandes amigos y colaboradores que lo enriquecieron. Ha habido alter ego maravillosos, como nuestro querido Popocho, que se nos fue hace un año. La Orquesta Mondragón ha sido la historia de Javier Gurruchaga y de sus fantasías, con canciones mías y compuestas por otros autores.

Su afición a los trenes, tan presentes en su trabajo, le viene de su padre.

Mi padre era factor del ferrocarril del Urola y mi abuelo, jefe de estación. Les tocó el bando perdedor y fueron represaliados tras la guerra. Parece de un cuento de Stefan Zweig… Siempre he tenido una fijación por ese medio de transporte y mi primer regalo fantasioso, que duró cuatro horas escasas porque debía de ser de tercera mano y se quemó, fue un tren de juguete. Viajo mucho en él y me encanta Alfred Hitchcock, que tiene muchas películas ambientadas en trenes. Es un vehículo vital, con sus túneles, sus adversidades y sus oscuridades. Un poco la vida, ¿no?

Hoy me he comprado dos libros de Simenon, que también era muy fan de los trenes. En él he conocido a gente estupenda, porque en el avión no te da tiempo. Si es un viaje corto, no puedes conversar, y si es largo, la gente toma un Valium. En cambio, en el tren hasta puedes ir a la cafetería. Tiene otro ritual.

Y la ventanilla es una película, con sus fotogramas continuos.

Es muy cinematográfico. De hecho, en radio presenté los espacios El tren a Xanadú (Onda Cero) y El maquinista de la general (RNE); y en televisión, La cucaracha express (Localia), ambientado en un vagón, y Viaje con nosotros (TVE), donde también hacía entrevistas en un tren. Siempre me ha gustado la magia del compartimento. Es muy literario, ¿no? Me encanta la novela La bestia humana, de Émile Zola, adaptada al cine por Jean Renoir y por Fritz Lang. Y Extraños en un tren, de Hitchcock, es una de mis películas favoritas. Además, me gusta mucho Dostoyevski, a quien he leído con tranquilidad durante este tiempo.

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Antes hablaba de Stefan Zweig. ¿Entiende el final del escritor, quien se suicidó junto a su mujer cuando sintió que Europa se estaba destruyendo a sí misma y pensó que el nazismo se expandiría por todo el mundo?

Estando en Brasil, me compré un libro que aquí todavía no se había editado. La portada resultaba conmovedora. Al principio pensé que eran Hitler y Eva Braun tras suicidarse, pero como no existía una foto de ese momento y el bigote no era igual, me di cuenta de que se trataba de Stefan Zweig, alguien diametralmente contrario al dictador alemán: un señor maravilloso, no un monstruo. Se suicidó con su mujer porque le asfixiaba el clima de la época. Piensa que él era un judío destacado y en Brasil también había muchos espías nazis. Me impresionó mucho. Es un escritor fundamental, con una mirada muy actual. He visto un par de películas sobre el tema, pero los actores no se parecían nada a él.

¿Se ha sentido cómodo en el cine?

Algunos papeles han sido afinados y otros respondían al recurso del famoso televisivo. Personajes a veces malos y flojos, como todo el mundo tiene en su haber. Si me dan a elegir, me quedaría con los de El rey pasmadoTirano Banderas y Si te dicen que caí, basada en la novela estupenda de Juan Marsé y dirigida por Vicente Aranda, un cineasta maravilloso. Bueno, también sumaría París-Tombuctú, la última película de Berlanga, que se rodó muy cerca de aquí, en mi casa. Fue estupendo. La experiencia del cine me ha gustado, aunque ahora me llaman menos, será porque nos hacemos mayores. Por eso estoy más volcado en el teatro y en el espectáculo Historias extraordinarias, que queremos llevar a Argentina y a México. Todo depende de la mascarilla.

¿Echa de menos la televisión?

Me gustaría volver. Soy un animal de televisión y de radio: es lo mío. Lo que no sé es hacer bien una tortilla de patatas.

Habiendo sido su madre cocinera, ¿no se le pegó nada?

Un desastre… Como el sueldo de mi padre no llegaba a fin de mes, hacía sus horitas y yo la acompañaba en verano a las casas donde trabajaba. No me gusta ver los programas de cocina, porque quiero conservar ese recuerdo y esa mitificación del arte de la cocina. Lo único que sé hacer bastante bien son unos huevos fritos y calentar una fabada.

Una lata de fabada.

La lata, la lata… Vamos, un inútil.

De botones de un banco, cuando tenía catorce años, a los escenarios, con dieciocho. ¿Cómo se tomaron sus padres que su único hijo les saliese artista surrealista?

Mi madre me encauzó al solfeo y luego estudié saxofón. Mis primeros escarceos fueron con el acordeón, porque ella quería que tocara un instrumento próximo a la cultura musical vasca. En cambio, yo estaba pendiente de los negros que tocaban el saxofón en el Festival de Jazz de San Sebastián. Hice cuatro años y seguí en la mili, porque así evitaba las guardias. Mi madre pensaba que iba a tomar otros derroteros, no a dedicarme a cantar con esos maquillajes… Terminar en la tele imitándola ya fue el colmo y no le hizo mucha gracia.

Pero bueno, en el fondo estaban contentos de que su hijo tuviese reconocimiento y pudiese vivir de ello cómodamente. Les fallé un poquito, aunque me encuentro mejor cantando que a punto de jubilarme en un banco. O ya jubilado, porque ahora es un horror, con tantos despidos y atendiéndote fatal, con la pasta que se llevan…

Ha protagonizado Pluto, de Aristófanes. Siglos después, seguimos igual, que si la desigualdad económica, que si la corrupción.

Siempre me ha gustado el tema social y denunciar todo eso. El humor negro está muy presente en nuestras canciones. Si es lo que me has preguntado, porque tú eres muy respetuoso con la mascarilla puesta, pero te entiendo como a un murciano.

Después de Que viene Trump, ¿qué viene?

La tercera vacuna, cuanto antes. A ver si los negacionistas sientan la cabeza y se vacunan. Y si no pueden salir de casa, que no se quejen, porque son un peligro público. Dicho eso, tenemos un monstruo que se quitó la careta cuando incitó a la gente a asaltar el Capitolio, como hicieron Mussolini o Hitler en su día. Ese señor quiere volver, pero yo tengo guardada la peluca de Trump por si lo hace. ¡Qué espanto ese monstruo! Ese mal Elvis teñido al que le vuela el pelo cada vez que hay ventisca. Un horror, un fascista.

Usted imitó a Victoria Prego durante una entrevista al actor Hervé Villechaize, quien se puso en la piel de Felipe González en Viaje con nosotros. Felipe, el bueno, lo felicitó por la entrevista.

¿Por qué dices que es el bueno? Querrás decir el original [risas]. Siempre simpaticé con Felipe y ha sido un buen orador. El de verdad me felicitó por el de mentira. Y el de mentira, no sé si fue por culpa de la felicitación, se suicidó dos años después del sketch. Curiosamente, eran del mismo año, del 42. El sketch salió sobre ruedas y fue un escandalazo en positivo.

González se lo tomó muy bien, porque luego hubo muchos políticos sin el más mínimo sentido del humor. No los he parodiado porque no daban carnaza para hacerlo, de lo grises que eran. En cuanto a Hervé Villechaize, tuvo un final terrible, porque no lo mató la primera bala.

El Felipe original…

Felipe el Hermoso, quieres decir [risas].

¿Ese Felipe que dice usted puso el listón alto?

Alto, no, altísimo. Pero no a nivel nacional, sino mundial. Al margen de las ideologías, muchos políticos internacionales tenían como modelo a González. Ha sido un político de altura, aunque con los años puede que se haya asentado más. En todo caso, en España no ha habido políticos como él desde hace mucho tiempo. El nivel es muy flojo y mediocre.

¿Son malos actores?

No hablan ni comunican bien. No hay empatía y la gente no termina de creérselos. Son malos actores, sí. Leen y no saben lo que dicen. ¿Cómo te va a convencer sobre un tema vital un señor que no sabe leer ni improvisar? El nivel, en general, es muy aburrido y ahora que se va Merkel… Era conservadora, pero una gran persona con fuerza y arranque. Va a costar que haya otra política como ella. Ahora, el que no es terrible es dictador. Mira a Trump: el payaso de la tele convertido en presidente… Eso deja mucho que desear de los norteamericanos, tan fáciles de engatusar por un piernas como este señor tan peligroso.

Más de una década después de publicar su canción ¿Por qué no te callas?, el rey emérito sigue dando que hablar.

Sí, pero he pensado que era más interesante hablar de la vida, de la muerte y de lo que nos ha pasado durante este año y medio. Por eso he escogido a otros poetas, aparte de a mis queridos Luis Alberto de Cuenca, Joaquín Sabina, Moncho Alpuente o Eduardo Haro Ibars. He preferido coger a Poe como ejemplo y como inyección vital y terrorífica de lo que está sucediendo.

Lo del rey emérito no me interesa mucho, aunque ya le dedicaré tiempo, porque es un poquito heavy lo que está pasando con la connivencia y el blanqueo general del país, algo que la gente no entendería en cualquier otro Estado. Unas vacaciones tan largas, sin dar cuenta a nadie… Sin embargo, ahora no tengo ningún interés en cantar nada sobre el rey de las mil y una noches.

¿Nunca más a…?

El "nunca más" que más he gritado no fue acordándome de El cuervo, sino del chapapote de 2002, cuando salí de manifestación contra el disparate del Prestige. Ahora digo nunca más a la violencia, a la intolerancia y a la falta de democracia. Nevermore!

En los ochenta montó un buen pollo. Hoy es más difícil epatar.

Vamos a gran velocidad y lo que no nos entra por las redes, nos entra por otro sitio. Hay una saturación y la cabeza tiene que ordenarlo todo un poco… Al final te quedas con los Hermanos Marx, con Charlot, con el Saturday Night Life y con mucha otra gente genial. Hay que hincarle el diente a estos tiempos que han cambiado, aunque ahora no se hace una televisión entusiasmante. Corren tiempos difíciles para una lírica con humor.

Viaje con nosotros y el especial de Nochevieja de 1998 hoy serían impensables en televisión, ¿no?

El elemento escatológico, sí, aunque en el fondo era un homenaje a Marco Ferreri y a Federico Fellini. Lo que no se pueden hacer son programas para una edad cerebral bajo mínimos. Hay que ser más lanzado, sin llegar al extremo de la pedorrez. El nivel ahora es para cortos muy cortos.

¿Cree que el problema está en el público o en quien programa?

En quienes están controlando los medios, aunque no sé a quién o a qué criterios morales, autocríticos o censores responden. El público, desgraciadamente, a veces se queda con lo que le echen, pero en el fondo sabe discernir. Estamos volviendo a ciertos momentos inquisitoriales, incluso peores que en el peor franquismo. ¿Podría hacerse hoy Viaje con nosotros? Creo que sí y sería necesario, aunque a veces quienes llevan esto siguen teniendo ese chip conservador y reaccionario.

Y a la autocensura.

Si quieres trabajar, agradar y llegar al gran público, tratas de no molestar al otro.

Usted que es muy de Woody Allen...

¿Usted? Si acabo de cumplir 32 años. ¿Cómo te atreves? ¡Qué asqueroso!

¿Qué opina sobre lo que le ha pasado?

Es un señor que fue exonerado por la Justicia hace muchos años. Las rencillas shakespearianas familiares las tienen que resolver entre ellos, porque hay mucho amarillismo. Me gusta el Woody Allen actor, guionista y persona. Siempre he creído mucho en sus trabajos y me ha hecho mucha ilusión que grabase su última película, Rifkin's Festival, en mi ciudad, San Sebastián.

Allí estudió en un colegio de frailes. ¿Se le pegó algo a la sotana?

No. El ambiente familiar en casa era muy laico, si bien mi madre era un poquito más beata. Y eso que había dos frailes que, curiosamente, se apellidaban como mi padre. Él era anticlerical, aunque raspé y vi que eran parientes suyos, lo que no le hizo ninguna gracia. Le hubiese gustado más tener un pariente pelotari o jugador de la Real Sociedad. Pero que fueran frailes de La Salle, con ese babero y esas faldas tan grandes…

¿Su personaje ha llegado a comerse a la persona?

No. He sabido discernir claramente dónde está Javier y dónde están los personajes. Se llevan bien y en este tiempo los he echado de menos, aunque últimamente los he practicado con la ayuda del espejo. Cuando estás en casa tantos días encerrado, sin saber nada sobre qué pasará con nosotros, da tiempo a todo. La realidad es dura y te hace pisar la realidad. Hay que reinventarse cada día.

Pero el prójimo habrá confundido a la persona con el personaje.

Sí, aunque cuando interpreté a Nerón en Quo vadis?, al salir del teatro no iba incendiando ciudades. Los personajes confunden un poco, pero no…

Recapitulando, la Orquesta Mondragón fue un corte de mangas en el recibidor de la transición. ¿Qué es hoy?

Seguimos militando en esa misma frecuencia de humor y de sentido del espectáculo. No sé si ahora hay otras prioridades en el escenario o entre el público, pero nosotros somos unos veteranos y hemos constatado que la gente nos quiere y ha entendido Historias extraordinarias. Un espectáculo más maduro con el que queremos llegar a todos los teatros y auditorios de España. Bye, bye! I love you! I need you!

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