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Uno de los aspectos más valiosos del CIS es la continuidad de sus encuestas. Los investigadores llevan décadas preguntando las mismas cosas a los españoles, de tal modo que podemos evaluar hasta qué punto ha cambiado nuestra opinión sobre algunos fenómenos o nuestra percepción de las cosas. Lo que nos incluye a nosotros mismos. En sus barómetros, el CIS acostumbra a preguntar sobre nuestra “identificación subjetiva de clase”. Es decir, en qué escalafón social nos consideramos.

Uno cada vez más elevado.

Decreciente. La evolución de las respuestas muestra los cambios sociales que ha sufrido el país durante los últimos años y la nueva mentalidad que ha llegado con ellos. La posición de la “clase obrera” es el mejor ejemplo: si en 2001 el 50% de los encuestados se adscribía a la categoría, una suma de “obreros cualificados” y “obreros no cualificados”, en 2021 el porcentaje se había desplomado al 16%. La clase trabajadora, aquel viejo sujeto político, ha desaparecido de nuestra imaginación colectiva. Se ha relativizado en un periodo muy corto, de apenas veinte años.

No todas las encuestas se ocupan de los mismos ámbitos (las cifras de 2021 están centradas en Madrid de cara a las elecciones), pero el patrón es consistente.

¿Por qué? Hay muchos motivos. En sus últimas encuestas, el CIS cambió la denominación “obreros cualificados/no cualificados” por “clase trabajadora/obrera” o “clase baja/pobre”. Ambas tiene connotaciones discursivas distintas. El concepto “clase obrera”, por ejemplo, no es hoy tan descriptivo como ideológico, al menos en la percepción de una buena parte de la población. La pertenencia a la “clase baja/pobre” tiene aparejada evidentes connotaciones negativas de las que muchas personas, se encuentren en ella o no, desean huir.

Otro paradigma. Esto es algo que saben bien los partidos. El mantra más repetido durante los últimos años por Ciudadanos, pero también por el PSOE o el PP, es la “clase media trabajadora“. La categoría funciona como catch-all pero también como confirmación del sesgo. En España, un país donde el salario más común no supera los 19.000€ pero donde la mayoría de familias tienen algún piso en propiedad, la idea de “trabajador” y “clase media” es a un tiempo descriptiva y aspiracional.

Y por tanto popular. En este cambio de paradigma se cuela la etiqueta en la que todos desearíamos considerarnos, la “clase media-media”. A ella se suman el 52% de los encuestados por el CIS en sus últimas encuestas.

Los cambios. En este proceso hay mucho de relato (cómo queremos vernos) pero también de realidad. La economía y los roles laborales han cambiado. Lo hemos visto en más de una ocasión: el porcentaje de trabajadores de “cuello azul”, asociados históricamente a profesiones “obreras”, como el operario de fábrica, el estibador o el minero, ha menguado fruto de los avances tecnológicos y de la reconversión. España es hoy un país donde el sector servicios ocupa el 70% de la producción económica.

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Difuminados. Y es en los servicios donde el concepto “obrero” se difumina. ¿Qué es un rider, por ejemplo? Las ciudades se han convertido en espacios donde trabajadores no cualificados compiten por puestos de trabajos de escasa tradición “proletaria”, pero precarios. Muchos de ellos, empleados jóvenes y con estudios, provienen de familias de “clase media” pero disponen de salarios y roles laborales bajos. Otros disfrutaron antaño de salarios y comodidades “medias”, aunque en el camino de la larga crisis las perdieran. En ese magma brota la “clase media trabajadora”.

El futuro. La palabra que mejor define hoy a muchos trabajadores urbanos es “precariedad”, no “obrero”. No sólo se trata de que la movilidad social se haya difuminado y haya fusionado los límites antaño más claros de “clase media” y “clase trabajadora”, sino también de dinámicas culturales. En un contexto de polarización salarial, donde los puestos “medios” de antaño están desapareciendo y donde cada vez hay una brecha más clara entre “puestos cualificados” (bien pagados) y puestos precarios, que un 50% de los españoles se considere “clase media” podría parecer una paradoja.

Pero no lo es. Es una declaración de intenciones y, quién sabe, una medida desesperada para adscribirse a etiquetas en desaparición.

Fuente

 

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