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Trabajar menos horas y vivir mejor no es solo posible, si no que es deseable y necesario. Tras más de 100 años de existencia, la actual jornada laboral de 8 horas ha quedado obsoleta.

El tiempo que dedicamos al trabajo tiene unas consecuencias directas sobre nuestras vidas y salud. Falta de tiempo para desarrollar nuestras aficiones, aumento del estrés, ansiedad, la incapacidad de pasar tiempo con nuestros seres queridos o el cansancio acumulado tras jornadas laborales extenuantes. Se podría decir que el trabajo nos roba la vida, porque la vida es aquello que sucede cuando no estamos trabajando para otro.

Hoy sabemos que el cambio climático y la crisis ecológica son el gran reto de la humanidad. Una economía basada en el petróleo barato, la obtención de beneficios empresariales y el crecimiento económico, es una economía depredadora. Existe una relación directa entre este crecimiento, el consumo energético y la contaminación o destrucción medioambiental: A más consumo más destrucción, pues nuestro sistema productivo tiene los pies de petróleo. Debemos reducir nuestro consumo energético global para disminuir la degradación ecológica.

Frente a esta crisis socio-ecológica necesitamos cambiar de rumbo nuestra sociedad. Estamos en una cuenta atrás que nos lleva a puntos de no retorno ambientales, a la par que urge tomar medidas de calado y estructurales que mejoren la calidad de vida de las mayorías sociales. No es cuestión (solo) de cambiar hábitos de consumo. De nada nos sirve usar bolsas de tela al hacer la compra mientras importamos toneladas de alimentos cultivados a miles de kilómetros traídos en barcos con cámaras frigoríficas. Es el momento de pensar cuales son las medidas urgentes que a la vez que mejoran nuestra calidad de vida, tienen un gran impacto en la reducción del consumo energético. Nosotras lo tenemos claro: Queremos reducir la jornada laboral.

Los datos nos dicen que una reducción de la jornada laboral del 25 % supondría disminuir nuestra huella ecológica un 30 %, la huella de carbono un 36,6 % y una reducción del 10,5 % de las emisiones de dióxido de carbono. También sabemos que mientras la productividad ha aumentado linealmente, los salarios se han estancado desde la década de los 80. Además, en aquellos lugares donde las jornadas laborales son más cortas, los niveles de satisfacción vital son mayores. Hay margen para reducir sin salir perdiendo.

Queremos reducir para mejorar. No disminuir nuestros salarios, aumentar nuestros derechos laborales reales, favorecer la conciliación o acabar con las jornadas irregulares no es suficiente si luego tenemos dificultades para acceder a una vivienda, no tenemos escuela pública cerca de nuestros hogares o el centro de salud de nuestro barrio está colapsado. Queremos que menos horas de trabajo signifique más calidad de vida.

No creemos en los cantos de sirena de la digitalización del mundo laboral. Décadas de avances tecnológicos no han resultado en trabajar menos ni ha hecho desaparecer el desempleo forzado.  Necesitamos un cambio de modelo productivo orientado a satisfacer las necesidades colectivas, no a inundar de productos superficiales el mercado. Este modelo solo podrá ser democrático, ecológicamente responsable y que ponga en valor aquellos sectores que producen bienestar colectivo.

Trabajar menos para vivir mejor, para repartir el trabajo existente y que nadie se vea condenada al paro o la precariedad. Vamos a dar esta lucha con todos aquellos movimientos que deseen un futuro mejor y que quieran una Tierra en la que la vida no sea una mera lucha por la supervivencia. Nos va la vida en ello.

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