anti iglesia

Se dice que Nietzsche no fue el primero en utilizar la expresión “Dios ha muerto”. Su origen se encuentra en un texto de Lutero: “Cristo ha muerto / Cristo es Dios / Por eso Dios ha muerto”. En él se inspira Hegel en la Fenomenología del Espíritu, donde afirma que Dios mismo ha muerto como manifestación del sentimiento doloroso de la conciencia infeliz.

En La Gaya Ciencia Nietzsche relata la muerte de Dios a través de una parábola. Un hombre loco va corriendo a la plaza del mercado en pleno día con una linterna gritando sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”. El hombre se convierte en el hazmerreír de la gente allí reunida, que no se toma en serio la búsqueda angustiosa del loco y se mofa de él haciéndole preguntas en tono burlón: “¿Es que se ha perdido? […] ¿Es que se ha extraviado como un niño? […] ¿O se está escondiendo? ¿Es que nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Emigrado?”. A lo que el loco responde: “¡Lo hemos matado nosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!”. El loco, fuera de sí, entró en varias iglesias donde entonó su requiem aeternam deo. Cada vez que le expulsaban y le pedían explicación de su conducta, respondía: “¿Qué son estas iglesias sino las tumbas y los monumentos fúnebres de Dios?”. Nietzsche califica el anuncio de la muerte de Dios como “el más grande de los acontecimientos recientes”.

Para Nietzsche, la desaparición de Dios era el enfrentamiento del hombre con la divinidad y la victoria de aquél sobre ésta. Había en su mensaje una mezcla de pavor y de jactancia. La sombra imponente de Dios no obstruía más los horizontes. Estaba abierto el camino para el superhombre, futuro y único señor del mundo.

A mediados del siglo XVIII, Johan Joachim Winckelmann, historiador del arte antiguo y fundador de la arqueología, afirmaba en Roma que en el siglo XIX no existiría más el Papa ni quedaría un solo sacerdote católico en el mundo. Hace más de cien años, los positivistas franceses, consecuentes con las ideas que tenían sobre el desarrollo de la humanidad, pensaban que los progresos de la técnica y el creciente aumento del saber traerían de modo inevitable la desaparición de lo que ellos llamaban la mentalidad teológica. Según los positivistas, esa desaparición era cuestión de poco tiempo. Estaban ellos seguros de que en el siglo XX las religiones producto de un falso conocimiento, habrían dejado de existir en todas partes, extinguiéndose sin pena ni gloria, desplazadas por la ciencia y por la técnica. La idea de Dios se esfumaría en las penumbras de la historia junto con otros viejos engendros de la mente.

Por otra parte, Ludwig Feuerbach atacó las bases conceptuales de la teología y quería socavar la religión mediante la introducción de una nueva religión de la humanidad, creada mediante la reorientación de las preocupaciones humanas fundamentales de la dignidad, el sentido de la vida, la moral y el propósito de la existencia dentro de una religión atea, argumentando que no sostienen la creencia en algo sobrenatural, sino que serviría como una respuesta a estas preocupaciones. Feuerbach considera que la antítesis del ser humano y lo divino se basó en una antítesis entre la naturaleza humana en general, y los seres humanos individuales, y llegó a la conclusión de que la humanidad como especie (pero no como individuos) poseía dentro de sí todos los atributos que deseaban de adoración y que la gente había creado a Dios como un reflejo de estos atributos y escribió:

Pero la idea de una deidad coincide con la idea de humanidad. Todos los atributos divinos, todos los atributos que hacen de Dios a Dios, son atributos de la especie – atributos que en el individuo son limitados, pero los límites del mismo son abolidos en la esencia de la especie, e incluso en su existencia, en la medida en que tiene su existencia completa sólo si todos los hombres se unen”.

Feuerbach quería destruir todos los compromisos religiosos y fomentar un odio intenso hacia el antiguo Dios. Todas las instituciones religiosas debían ser erradicados de la Tierra y de la memoria de las generaciones venideras, para que nunca más volvieran a encontrar el poder sobre las mentes de la gente a través de su engaño y la promoción del miedo de las fuerzas místicas de Dios. Fue este pensamiento por el que el joven Karl Marx se sintió profundamente atraído, y Marx adoptó gran parte del pensamiento de Feuerbach en su propia cosmovisión filosófica. Marx considera que los objetivos superiores de la humanidad justificarían cualquier radicalismo, tanto así como el radicalismo socio-político-intelectual con el fin de alcanzar sus fines.

Por su parte, Marx considera que las contribuciones de la religión a través de los siglos no son relevantes para el futuro de la humanidad. La autonomía de la humanidad, del reino de las fuerzas sobrenaturales, fue considerada por Marx como una verdad ontológica que se había desarrollado desde la antigüedad. Argumentó que la creencia religiosa se había inventado como una reacción contra el sufrimiento y la injusticia del mundo. En opinión de Marx, los pobres y oprimidos eran los creadores originales de la religión, y la utilizaron como una manera de tranquilizarse a sí mismos ilusionándose que tendrían una vida mejor en el futuro, después de la muerte. La creación de la religión se debe a un analgésico social por vivir bajo la opresión. Por lo tanto, sirve como una especie de opio, o una manera de escapar de las duras realidades del mundo. El sufrimiento religioso es, a la vez, la expresión de sufrimiento real y una protesta contra ese sufrimiento. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de condiciones sin alma. Es el opio del pueblo.

Además, según Marx, la filosofía atea habría liberado a los seres humanos permitiendo que las personas se den cuenta de que, más que cualquier fuerza sobrenatural que requiere obediencia, ellos son los maestros de la realidad. La oposición de Marx a la religión se basaba sobre todo en que creía que la religión mantenía a los seres humanos alienados de la realidad, reteniendo su verdadero potencial. Por consiguiente, consideró que la religión tenía que ser eliminada de la sociedad.

La descomposición del hombre en judío y ciudadano, protestantes y ciudadano, hombre religioso y el ciudadano, no es ni un engaño dirigido contra la ciudadanía, ni es una elusión de la emancipación política, es en sí mismo la emancipación política, el método político de emanciparse de la religión. Por supuesto, en los períodos en que el Estado político como tal nace violentamente de la sociedad civil, cuando la liberación política es la forma en que los hombres se esfuerzan por lograr su liberación, el Estado puede y debe ir tan lejos como la abolición de la religión, la destrucción de la religión. Pero sólo puede hacerlo de la misma manera que se procede a la abolición de la propiedad privada, al máximo, a la confiscación, a los impuestos progresivos, como lo va tan lejos como la supresión de la vida, la guillotina. En momentos de confianza en sí mismo especial, la vida política busca suprimir su requisito previo, la sociedad civil y de los elementos que componen esta sociedad, y para constituirse en la vida de la especie real del hombre, carente de contradicciones. Pero, se puede lograr esto sólo por entrar en contradicción violenta con sus propias condiciones de vida, sólo declarando la revolución a ser permanente, y, por lo tanto, el drama político termina necesariamente con el restablecimiento de la religión, la propiedad privada, y todo elemento de la sociedad civil, al igual que la guerra termina con la paz”.

Marx llegó a ver que la religión se determinó por la superestructura económica y por lo tanto creía que la extinción de la sociedad de clases conduciría al fin, también, de la religión. Escribió mucho sobre estas cosas antes de que él se había desarrollado mucho sus ideas sobre la abolición de la propiedad privada y el comunismo. La abolición de la religión como felicidad ilusoria del pueblo es la demanda de su felicidad real.

El materialismo dialéctico tuvo la tarea de ser una alternativa al punto de vista religioso de la creación. Los seres humanos son los productos naturales de la interacción de las fuerzas materiales y no había espacio para la interferencia sobrenatural en el destino humano. La religión había llegado originalmente como una especie de fuga de las clases explotadas de las duras realidades de la existencia y una ilusión que consoló con la esperanza de una recompensa futura. Las clases dominantes habían tomado el control de la religión y la utilizaron como una herramienta de control emocional e intelectual de las masas.

Engels, por su lado, consideró que la religión era un fantástico reflejo en la mente de los poderes que causaron condiciones miserables en las etapas anteriores de la historia. Él cree que el aumento del control de la humanidad sobre su propia existencia, eliminaría estas fantasías que se produjeron como consecuencia de la desesperación de la humanidad con el mundo en que vivía. La creencia en Dios se produjo como resultado de una necesidad material de la sociedad, amén de que haya algún tipo de control social a cargo de las cúpulas dominantes, por lo tanto, razonó que al eliminar esta necesidad, la religión (el reflejo de esa necesidad) desaparecería gradualmente, y este acto se lograría solamente a través de la toma de posesión de todos los medios de producción y el uso de ellos de forma planificada.

Lo anterior podría resumirse en el concepto de falsa conciencia, que grosso modo se refiere a que los mecanismos ideológicos son parte del funcionamiento de una sociedad de clases, ya que contribuyen a ocultar a sus miembros cuáles serían sus verdaderos intereses. Frente a este papel mistificador de las formas mentales de las clases dominantes (impuestos como sentido común), Marx afirmó «es el ser social el que determina la conciencia, no la conciencia la que determina el ser social». Con esta afirmación buscaba desnudar la relación que existe entre las formas sociales de vida –relaciones de clase– y sus formas mentales y culturales –conciencia–.

Todos los mitos son “reales”, a su manera, y una de sus maneras es la fuerza que demuestran al movilizar multitudes para alinearse en procesiones a lugares sagrados. En principio, sus contenidos se presentan como relatos vacíos y fantasiosos para quienes no comparten la cultura en que han surgido. Kant se encargó de concebir que dios sería una especie de idea reguladora de la conducta, no susceptible de experiencia alguna. En general, el Iluminismo racionalista dieciochesco propagó una descalificación de las divinidades como mentiras de los sacerdotes para ejercer su poder sobre masas ignorantes. Luego, en la segunda mitad del siglo XIX se inicia en muchos países occidentales un proceso de separación entre el campo civil y el religioso que afecta a las comunidades y se refleja en una laicización de la vida cotidiana. Los hijos son entregados a la escuela antes que al templo y la educación queda reglamentada por la legislación estatal así como el registro de los nacimientos, de las uniones matrimoniales y de los fallecimientos, entre otras modificaciones normativas. Al mismo tiempo, la secularización como fenómeno político designa la creciente pérdida de influencia de las instituciones religiosas en las creencias y las prácticas cotidianas de los sujetos sociales. El carácter integrista de la religión –es decir, su capacidad de regir cada acto del creyente- se conservó en grupos cada vez más reducidos de acólitos, mientras que la regular asistencia a misa en religiones cristianas también declinó y aún continúa descendiendo.

En el último tercio del siglo XX principia la lógica del espectáculo, sin límites territoriales; su sujeto es el público entendido como consumidor voraz y sin límites.

Las sociedades más secularizadas han trocado la figura escatológica del Dios religioso en tres entidades, a saber y de acuerdo a Juan José Tamayo:

-El Dios del Mercado. El Mercado se ha convertido en una religión monoteísta. Ya lo advirtió Walter Benjamin en un artículo titulado El capitalismo como religión, donde afirma que el cristianismo, en tiempos de la Reforma, se convirtió en capitalismo y “este es un fenómeno esencialmente religioso”. Tocar el capitalismo o simplemente mencionarlo es como tocar o cuestionar los valores más sagrados. Lo que dice Benjamin del capitalismo es aplicable hoy al neoliberalismo, que se configura como un sistema rígido de creencias y funciona como religión del Dios-Mercado, que suplanta al Dios de las religiones monoteístas. Es un Dios celoso que no admite rival, proclama que fuera del Mercado no hay salvación y se apropia de los atributos del Dios de la teodicea: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia y providencia. El Dios-Mercado exige el sacrificio de seres humanos y de la naturaleza y ordena matar a cuantos se resistan a darle culto.

-El Dios del Patriarcado. Los atributos aplicados a Dios son en su mayoría varoniles, están vinculados a la masculinidad hegemónica y se relacionan con el poder. La masculinidad de Dios lleva derechamente a la divinización del varón. Así, el patriarcado religioso legitima el patriarcado político y social. La teóloga feminista alemana Dorothee Sölle critica las fantasías falocráticas proyectadas por los varones sobre Dios, cuestiona la adoración al poder convertido en Dios y se pregunta: “¿Por qué los seres humanos adoran a un Dios cuya cualidad más importante es el poder, cuyo interés es la sumisión, cuyo miedo es la igualdad de derechos? ¡Un Ser a quien se dirige la palabra llamándole ‘Señor’, más aún, para quien el poder no es suficiente, ¡y los teólogos tienen que asignarle la omnipotencia! ¿Por qué vamos a adorar y amar a un ser que no sobrepasa el nivel moral de la cultura actual determinada, sino que además la estabiliza?”. En nombre del Dios del patriarcado se practica la violencia de género, que en 2017 causó más de 60.000 feminicidios.

-El Dios de los Fundamentalismos. Los fundamentalismos religiosos desembocan con frecuencia en terrorismo, fenómeno que recorre la historia de la humanidad en la modalidad de guerras de religiones que se justifican apelando a un mandato divino.

Dios bajo el asedio del Mercado, bajo el poder del Patriarcado y bajo el fuego cruzado de los Fundamentalismos. El resultado es la violencia estructural del sistema, la violencia machista y la violencia religiosa, las tres ejercidas en nombre de Dios.

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