A Mons. Mario del Valle Moronta Rodríguez

Mientras la pepsicola, líquido prodigioso para los rituales mágicos o antioxidante para limpiar las bujías de los automóviles, se injerta, se confunde con la sabiduría de nuestro curandero; mientras los ingentes supermercados imperiales nos retan entre la oferta y la demanda o consumo faraónico, turbulento; mientras nos debatimos entre furiosas apetencias y carencias falsas; testigos del hijo que muere junto a sus padres, y el perro fiel, abrazados, envenenados a causa del estallido de una destartalada bombona de gas o bala loca, callejera; enclavados en la muerte cotidiana, en el naufragio diario, contemporáneo, en el colapso o eclipse de la vieja aldea; mientras la sangre encabritada agoniza en el láudano del fuego; mientras, católico, el pueblo ansioso espera a su Mayor Pastor digno de la cardenalicia misión, la “auctoritas” capaz de poner orden en el juego o fuego patrio; recomenzamos a sentir las inclemencias, los rigores de una especie de esquizofrenia tecnológica, cultural, de una como contaminación o atentado tecnológico que apenas empieza a mostrar las garras del más despampanante imperialismo, proveniente de la misma técnica y del mismo norteño lupanar. Pensamos esto, ante la escandalosa noticia del “Día negro para la industria automotriz norteamericana” a causa del gran número de accidentes y vidas perdidas por culpa ya de defectos de manufactura de los neumáticos, ya de problemas de seguridad en determinados vehículos, tales como desperfectos en el sistema de inyección, en el encendido de los motores.

Mientras la política y la justicia se ponen de acuerdo con la industria automotriz norteamericana, en esta hora negra del imperio, y a la luz de los innumerables casos de accidentes de tránsito registrados tanto en Colombia como en nuestra propia Venezuela, nos ha venido a la mente cierta hipótesis, en donde no se descartan las múltiples invasiones repentinas sobre las nóminas universitarias venezolanas por parte justamente de alguna que otra firma automotriz de marras. ¿Contaminación propiamente? ¿Atentado imperial? Al menos lo primero es reconocido por nuestro compatriota, el comunicólogo, investigador Antonio Pasquali, cuando nos corrobora cómo la clase dominante con la tecnología a su servicio, al servicio de la sociedad de consumo, dirige sus esfuerzos en forma ultraorganizada con la intención precisa de hipnotizar, deshumanizar, atentar contra las clases que explota económica, inmisericordemente. Es cuando Pasquali acuña y explica la “Ley de aceleración centrífuga”, según la cual en la periferia de los sistemas se acumulan las escorias de las metrópolis, es decir, que por una especie de principio pervertido parece darse una fuerte tendencia a acumular los deshechos de las zonas “altas” en las zonas de “baja” identidad cultural, tal como sucede con ciertos mecanismos industriales y comerciales, como es el caso del sofisticado escarabajo automovilístico de hoy, anteayer nomás peligroso y obsoleto automóvil popular alemán, fabricado solamente en el tercer mundo; del mismo modo que el habitante de Caracas recibe un 65% más de publicidad comercial que el newyorkino, y más telecine que el mismo norteamericano.

Confirmada como está la Ley en cuestión, la que nos explica el evidente proceso de aceleración centrífuga que tiende a acumular en la periferia marginal las escorias o elementos contaminantes de la producción imperial, metropolitana, con el apoyo del elemento colaboracionista local, cabe preguntarse, por vía de hipótesis al menos, si tales escorias o deshechos no pudieran constituir, venir a ser solapados atentados tecnológicos a lo largo y ancho de nuestras defectuosas vías nacionales, latinoamericanas, contra una y otra vida estorbosa, incómoda, perturbadora, inconveniente, de esta periferia, para ellos más que marginal, a la hora de la verdad o en la misma víspera de una secreta, misteriosa limpieza cultural o general.

De resultar la hipótesis cierta, delante de la desfachatez de la superpotencia central (USA) frente a la gran periferia desplegada al sur del Río Grande, a través de uno y otro intervencionismo o desembarco militar, económico y geopolítico, es cuando más se justificarían, en nuestro caso venezolano, figuras como la de un samán, roble, guayacán o activo Cardenal, quien en aras de la Justicia, la Tolerancia, la Equidad, la Paz Social, nos ayudara firmemente a ponerle coto a tanto “Capitalismo Salvaje”, desenfrenado, invasor. ¿Cuál es el árbol que nos dé la sombra?.

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