Llegamos a la vida tal vez una mañana arropada de neblina. Tal vez un mediodía de ajetreos cotidianos. O una tarde repleta de esplendores. Ligeros de equipaje, vamos o venimos. El entusiasmo va haciendo posible la faena, las jornadas. De repente el rocío mañanero bendice nuestra suerte. O la escarcha nos habla de sus cosas. Un ovillo, la nostalgia. Siempre el mismo hilo. Arte de esa madeja que tejemos entre los pares que encontramos en la vía. Aunque en todas partes sobra olvido, no hemos de tener derecho al miedo y menos ocultar lo que soñamos, fundamos, labramos y queremos. A tientas cada noche, en sueños o vigilias, reconoceremos nuestra casa, entre la luz de sus postigos. El tiempo develará bien la huella que dejemos.

 “El paso de una sombra es nuestra vida”. Soplo de aire apenas yendo cada día entre rastrojos, labranzas, vericuetos, hondonadas, lontananzas. A veces amanece. A veces creemos no ha de amanecer. Muchos días el sol se resiste a despuntar. De tarde no termina de irse  a su escondite. Entre el vaivén de nuestros días, vamos seguros de tropezarnos con la noche. La noche muchas veces se desvela con nosotros. Entonces, el relente persigue nuestro sueño. Una que otra luciérnaga alumbra la esperanza. Diminutas mariposas, desprendidas de no se sabe qué altar, ofician con nosotros sus liturgias.

 El viento envuelve la noche entre su mano y arroja tempestades. Se precipita saltando entre los montes y arrincona nuestras sombras. En su clarín desteje cortinajes de notas procelosas. Vive halando una mujer de verde cabellera que hechiza nuestras sienes. El cielo vuelto nube semeja un cerro entre la noche. La lluvia, cabalgando sobre el viento, apacienta nuestros sueños. El viento levanta en la  noche sombras rencorosas que se deslizan en la penumbra de callejones y barriadas. El viento irrumpe en sórdidos ruidos y cada uno se apresta a vigilar su sueño porque viene la lluvia en su caballo y se anuncia el piafar de su galope. El viento de los ríos empuja el corazón. La noche precipita estrellas indecibles. Sobre cenizas agrias el corazón se agita. Mientras el viento corre, galopa y se desborda, suspirados por la noche, con la luna, soñamos lejanías. Despierta la mañana en tus ojeras. Tus brazos abren el raudal del día. El aire bailotea en tu espesura mientras cubres de sol el mediodía y en la miel de tus ojos oscurece.

 Los gallos poco a poco se despiertan y echan al voleo su largo canto, concierto inundando madrugadas. Algún colegial abre el camino de la acera. Alguien de prisa nos saluda. Sin pensarlo, nos hallamos estrenando sueño, día, mes, año, siglo.

 Un día cualquiera descubrimos quiénes somos, qué hacemos y por qué. Caemos en cuenta de la razón de ser de nuestras vidas.   Confiamos o desconfiamos del papel cumplido. Y nos provoca hasta escoger de nuevo. Sea lo que sea, fuimos, somos, seremos. Seremos lo que fuimos, mientras somos.  Vamos, iremos siendo, llegaremos. Iremos siendo el paso de una sombra. “El paso de una sombra es nuestra vida”.

 Amplio solar de pena y amargura, recinto para el llanto y la alegría, larga tonada, larga travesía, viejo estribillo en clave de ternura. Duro aguijón para la suerte dura, ardua vereda la de cada día, ancho portón para la misma vía, hondo estallido en tiempo de premura. Ruta sin fondo en la lejana infancia, donde el azul peregrinaba un día, sin darnos cuenta de su gris fragancia. Lanza en ristre, con firme rebeldía, va nuestra vida en fúlgida arrogancia componiendo su propia sinfonía.

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