Vivos todavía. Bajo el granado trigal de la noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros. Vivos bajo la sombra de la noche, mensajera de misterios. Vivos cabe la lumbre de un amanecer repleto de luciérnagas. Vivos todavía en enero. Al pie de un fatídico diciembre. Al compás de un mismo sueño. Dispuestos a alcanzar el horizonte. Desde estas alboradas soñolientas. Desde el relente de este portachuelo. Vivos bajo el caudal enloquecido. Vivos bajo la lumbre agazapada, el cósmico pavor de la centella.

 Vivos todavía. Ante la huerta, jalonando soles, madrugadas, ventisqueros. Cruzando ríos en noches espantosas. Cruzando mares. Invocando orillas inasibles. Capeando turbias confusiones. Remando entre tifón o torbellino. Vivos. Después del vendaval, el cataclismo y la vorágine. Después del arrebato. Después del llanto, el miedo, el desespero. El hombre al desamparo de los dioses. A cielo descubierto, galopando tristumbres, soledades y esperanzas.

Vivos todavía. De mano del lucero. Junto al grano y la simiente. A la derecha de la sombra. Del remolino, el vórtice o corriente. Del lado acá del cielo navegamos. De la sombra a la pena. De la pena al sollozo. Del sollozo al sueño. Sobre las entrañas de la noche. Navega que navega. Rema y rema. Asombro el de los magmas furibundos. De cara hacia el misterio para siempre. La noche sepulcral donde morimos cuando a nacer apenas empezamos.

Vivos todavía. Huyéndole al buitre de las aguas. Huyéndole a las garras del barranco. Huyéndole a la furia, a la jauría. Huyendo de la tarde y de la nada. De la angustia crispada de la muerte. Al pie de algún diciembre sin enero. Vivos, en este mundo todavía. Sacando cuentas, esperando olvidos. Sintiendo las tinieblas y el relámpago. El ansia desgarrada de la luz. El canto, el rezo, el grito, el alarido. El coro, la canción, el griterío.  El aullido terrible de los hombres. En el lugar del hambre todavía. En el lugar del grito todavía.

 Vivos, en este mundo todavía. A la espera del juicio, la sentencia.  Frente a todos los triunfos y derrotas. Venimos de la muerte hacia la vida. Nos espera la sombra de la estrella. Lo saben las espumas de la mar. Lo saben las montañas diluviales. De donde brota – monstruo de la noche – y estalla de furor entre las cumbres la tormenta feroz del ventisquero. En este mundo, vivos todavía. Primero fue el barro. Y el barro se hizo llanto. Siempre fue el llanto y estamos en el llanto. Seguimos en las sombras todavía. Vivos, en este barro todavía.

Crujientes vendavales milenarios. Los pliegues de los siglos cabizbajos. Alarido crispado en huracán. El hombre a punta de hombre y tempestad. Semilla germinal a la intemperie. Entre noches de pálpito y conjura nos quedamos de pronto sin presente, sin futuro, sin fe, sin osadía. Desde el fugaz umbral de los fogones, crepitando en enigmas postergados, pregunta que pregunta por el hombre.

Somos sólo un sueño de la insomne lumbre que nos crea. Un asombro con ojos de venado que se lleva el tiempo. Asombro, sombra, sueño, soplo, polvo, polvillo, noche, alba. Gemido, fuga, ruina, el paso de los hombres que se esfuma.  Vaso de muerte, vuelo, humo, sueño, el aliento que nos cruza.  Orfandad, hilo, alianza, sol y sombra, exactamente enigma. Maíz, palma, hambre, arcilla, el olvidado asombro de estar vivos. En pasto, en noche, en cielo, en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Vamos de la Nada a la Vida, de la Vida a la Muerte y de la Muerte al Misterio. Nuestro llanto son los ríos que van a dar a la mar… Dios es el mar. Dios es el llanto de los hombres. Toda la luz de la tierra la verá un día el hombre por la ventana de una lágrima.

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