EL LUTO  humano anuncia grandes cementerios bajo la Luna. O bajo los soles de arena y viento, donde los seres de este mundo asistimos a un nuevo Apocalipsis.

Sombrío señorío sobre la vida y la ilusoria paz, el exterminio de todo lo que suspira y palpita, en soledad, en multitud, por mar, aire y polvo, en cita atroz. Ya no somos lo que somos. Ya no hablamos por nosotros mismos. Ya piensas como ellos. Tienes la libertad que ellos te permiten o te dan. En sus manos está el salvoconducto. Está la muerte, la bola negra. Tu palabra la detendrá la maquinaria de los imperios. Ya no somos lo que somos. Somos lo que ellos quieren que seamos. Desde las orillas del mundo, nuestra palabra corre el riesgo de no ser. El gran dilema, ser.

ESTAMOS EN LA CAVERNA   de los alfabetos. Los lenguajes se tornan más oscuros cada día. Se precisan corredores de muertos, cavernas purificadoras, para dar finalmente con jardines de cantos, hasta llegar al soplo de los vientos cósmicos. Muchas muertes serán necesarias antes que el hombre comprenda que nació para entenderse con los hombres. Morimos con el siglo y desconocemos nuestro propio lenguaje todavía. A menos que estemos de acuerdo en que nuestra mayor palabra sea guerra por ahora. No todos los hombres saben de la noche que los cruza. Los gigantes nos comprueban que su mirada es de túnel. Los David siempre darán con la frente del talón. Todo está en el interior de la mirada. El Cíclope no escapará. ¡Volved a la Infancia de la Escritura Humana ¡Luz, Luz, Luz. Fuera de la Luz, la Muerte! ¡Alfabetos, Lenguas de la Tierra, retornad a la luz! ¡La Luz, la Luz, sin la Luz, estamos condenados a morir!

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