Al cabo estábamos volando, conversando, furiosos, incorpóreos, dando vueltas en torno a la vida, alzando los brazos como relámpago, abriendo los cedros, los soles, las tardes, las noches, y desentrañándonos, desentrañándonos más allá de nosotros, buscándonos, Gentes del sueño y Gentes del viento, nubes con humo en cristal de poesía, en el patio de ladrillos y cielo, en el tiempo de las manos, siempre bajo el sol, bajo la noche. Del sueño y de los vientos, en errancia furibunda, a la ruta nos debemos. Atrás quedan las puertas quejándose en el viento. Atrás queda la angustia con espejos celestes. Atrás el tiempo queda como drama en el hombre: engendrador de vida, engendrador de muerte. El hombre siempre solo, con su mirada, suya, con sus recuerdos, suyos, y con sus manos, suyas. El hombre interrogando a sus calladas sombras, viajero, insomne, descontento, anónimo, oscuro, devorado, dormido bajo las estrellas de otro mundo, oyendo una campana de antiguos molineros. El hombre, ceniza de un constante fulgor, borrasca, grito y alborada, despeñadura enloquecida, locura en lucha con su pena, en indistinta celebración de vida, cuidando los helechos, la noche que roza los helechos, noche abajo, perdido entre las sombras y las nubes, celebrando vida, vivo todavía, bajo el granado trigal de la noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros. Nada tenemos contra la muerte. Pero nos hubiera gustado vivir la promesa de un paraíso donde el amor fuera posible sin la espina de su corona. Siempre la misma poesía. Nos deslumbra el goce imperfecto. Sin saber cuántas vidas hemos vivido,  hay cauces que aún no hemos alcanzado. Cauces que nos cubren, nos circundan, nos acusan, nos gritan, nos reclaman. Hay cajas de madera, ruinas circulares, objetos rescatados, palabra, imagen, reciclaje, poetas enfrascados. Dos poetas, cinco poetas, diez poetas, veinte poetas, gallos flacos, desgreñados, cantando juntos a la vez. Justo un toque de campanas para alborotar plumajes. El vientre, el útero cósmico, un modo de estar en sueño, de preservar los mil ojos de la memoria, el orden cósmico, el magma, la visión, el timbre, los arpegios. Porque venimos de la noche y hacia la noche vamos. Esta es la sombra repitiéndose, el hombre, pincelazo en el paisaje, ara de dolor, barro, claroscuro, como un faro en mitad de la noche,  ruido en el tifón de la noche, abandonado a las aguas, resistiendo, en la tierra de la noche, como un árbol después de la tormenta, ¡único huésped de la noche sola!   (Poesía, Sociedad Anónima).

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