¿Seremos víctimas de nuestros propios inventos? ¿Será la tierra víctima de sus propios hijos? ¿Habrá desembocadura posible? Ciertamente aquello que es imprevisible encierra siempre una amenaza latente y potencial. En este orden de ideas, se nos presentan tres alternativas. La primera consiste en creer que el destino del hombre está infaliblemente garantizado por la evolución cósmica o por el progreso tecnológico. Bergson sostenía que el mundo está construido como “una máquina para hacer dioses”. Teilhard de Chardin, que el hombre es como una flecha que indica la dirección inevitable de su desarrollo biológico hacia una Unidad de Pensamiento de Dimensiones Planetarias; es decir, una comunidad espiritual que acoja a todos los hombres de la tierra. Otros científicos creen que las máquinas mismas terminarán por ocuparse atentamente del hombre y harán para él toda clase de proyectos, hasta resolverle sus propios problemas.

La segunda alternativa es aquella de la protesta permanente o endémica, de la denuncia indiscriminada de todas las estructuras del saber y de la sociedad, y de la renuncia a todo proyecto o proyección, porque no se puede confiar en los datos existentes ni utilizar sus posibilidades efectivas a mediano ni largo plazo. La tercera, la de la responsabilidad. Así como el hombre ha creado técnicas instrumentales, mecánicas y organizativas, puede crear las que le permitan la previsión probable de los efectos colaterales o indirectos de todas sus iniciativas o proyecciones logradas en cualquier campo. A través de nuevas técnicas interdisciplinarias el hombre podría controlar su incesante proceso de proyección, pararlo en un momento dado, extenderlo en otro, coordinarlo de manera de poder evitar los peligros que representan para la supervivencia  o la dignidad humana. En este caso, sus selecciones —responsables—, en el campo del saber y de la actividad práctica, estarían preventivamente orientadas por el cálculo, al menos aproximado, de las ventajas y desventajas que ellas podrían ocasionar.

        Si se lograse disponer de tales técnicas, el futuro del hombre podría ser previsto a corto plazo con una cierta probabilidad, y los peligros más graves e inminentes no nos encontrarían desarmados o impreparados. Es de esperar que esta última postura, la única adaptada a las dimensiones humanas, acabe por prevalecer. Su predominio sobre las demás no puede ser producto de la autoridad o de la violencia, sino de la libre búsqueda y decisión de la gran mayoría de los hombres. Antes que esclavitud, hemos de exigir "un desarrollo ético y moral por encima de la innovación tecnológica"  (Davis, Gregory H.).  Con Ricardo Fernández Muñoz, Miguel Ángel Davara y tantos otros, compartimos “la esperanza de un humanismo tecnológico donde el hombre acierte a utilizar la técnica y la tecnología al servicio del hombre”; donde “el desarrollo tecnológico debe ir así avanzando, en paralelo, haciendo siempre referencia al bien del género humano.” Entonces, se podría hablar de una Democracia Universal a medida de hombre. De un Fondo Humanitario Internacional. Retomando el camino del humanismo, ante la desbocada violencia global.

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