Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre  y le dijo: "¡No mueras; te amo tanto!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Se le acercaron dos y repitiéronle: "¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!"  Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando: "¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!"  Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Le rodearon millones de individuos,     con un ruego común: "¡Quédate, hermano!" Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. Entonces, todos los hombres de la tierra le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre; echóse a andar...

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre aquel que amó, vivió, murió por dentro y un buen día bajó a la calle: entonces comprendió: y rompió todos sus versos. Así es, así fue. Salió una noche echando espuma por los ojos, ebrio de amor, huyendo sin saber adónde: adonde el aire no apestase a muerto. Tiendas de paz, brizados pabellones, eran sus brazos, como llama al viento; olas de sangre contra el pecho, enormes olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

Dadle, dadle mil, dadle mil golpes, dadle mil golpes al diamante. Siempre, siempre seguirá, siempre seguirá siendo, siempre seguirá siendo diamante. Dadle, dadle mil, dadle mil golpes, dadle mil golpes al pueblo. Siempre, siempre seguirá, siempre seguirá siendo, siempre seguirá siendo el pueblo. Porque el pueblo es como el diamante. Encerradlo, encerradlo bajo mil, encerradlo bajo mil candados, encerradlo bajo mil candados al aire; siempre, siempre permanecerá, siempre permanecerá siendo aire. Encerradlo, encerradlo bajo mil, encerradlo bajo mil candados, encerradlo bajo mil candados al pueblo. Siempre, siempre permanecerá, siempre permanecerá siendo el pueblo. Asesinad, fusilad, masacrad, ametrallad al pueblo, habrá siempre, siempre habrá pueblo. Porque el pueblo es como el aire. Asesinad, fusilad, masacrad, ametrallad la luz; siempre, habrá siempre, siempre habrá luz. Porque el pueblo es como la luz.

Lo harán volar con dinamita. En masa, lo cargarán, lo arrastrarán. A golpes le llenarán de pólvora la boca. Lo volarán: ¡y no podrán matarlo! Lo pondrán de cabeza. Arrancarán sus deseos, sus dientes y sus gritos. Lo patearán a toda furia. Luego lo sangrarán: ¡y no podrán matarlo! Coronarán con sangre su cabeza; sus pómulos, con golpes. Y con clavos sus costillas. Le harán morder el polvo. Lo golpearán: ¡y no podrán matarlo! Le sacarán los sueños y los ojos. Querrán descuartizarlo grito a grito. Lo escupirán. Y a golpe de matanza lo clavarán: ¡y no podrán matarlo! Lo pondrán en el centro de la plaza, boca arriba, mirando al infinito. Le amarrarán los miembros. A la mala tirarán: ¡y no podrán matarlo! Querrán volarlo y no podrán volarlo. Querrán romperlo y no podrán romperlo. Querrán matarlo y no podrán matarlo. Querrán descuartizarlo, triturarlo, mancharlo, pisotearlo, desalmarlo. Querrán volarlo y no podrán volarlo. Querrán romperlo y no podrán romperlo. Querrán matarlo y no podrán matarlo. Al tercer día de los sufrimientos, cuando se crea todo consumado, gritando ¡libertad! sobre la tierra, ha de volver. Y no podrán matarlo.

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