En ocasión de la Exposición Individual "Ouroboros" de Santiago Sarmiento, Viernes 22 de Febrero de 2002,

en la Galería  "Edeberto Barboza", Fundación Banfoandes, San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela.


Serpiente alada, mordiéndose la cola en actitud de devorarse a sí misma. Autoconsumo. Círculo. Lo primigenio. La fuente del origen. Los principios vitales. Las fuerzas de la naturaleza. La esencia del reino subterráneo. La transmutación. Lo sempiterno. Movimiento continuo de los ciclos y esquemas evolutivos. El pasaje del tiempo. La rotación y forma del mundo y los astros. La armonía y unidad celestial y terrena. Totalidad. Perfección. Eternidad. Circunferencia. Esfera. Rueda. Eterno Retorno. Autofecundación. Reproducción. Renovación del universo. Renovación de la existencia. La perpetuidad. El permanente movimiento. Los altos y bajos de la vida. Volver a ser comienzo. Extensión. Voracidad. Autorreciclaje voraz. La muerte imprescindible, para que pueda existir la vida. Dominio de la inteligencia sobre los instintos. La victoria del espíritu sobre la materia. Conexión de polos, de mundos diferentes: el humano y el divino, el superior y el inferior, el cielo y el infierno. Imagen, sonido de la aurora boreal. Comienzo. Recomienzo. Disolución y unión. Ser alado. Volátil. Oro alquímico. Lo total, perfecto. Mundo inferior que debe ser superado por el espíritu y el alma. Disolvente universal. La base común que liga todo.

Símbolo unificador. El Uno. El Todo. Todo proviene de  un todo y vuelve al mismo todo. La Unidad Cósmica. El principio, el centro y el fin. Nacimiento, plenitud y muerte. Clausura del secreto hermético. Principio y Fin. Cierre y Totalidad. Todo y Nada. Movimiento espiralado ascendiente al que el óvalo alude. Macro y microcosmos. Ser puro en reencuentro con la Totalidad. La gran corona de laureles. La danza, el sigilo del infinito. Hacia la perfección, la sabiduría. Mundo terrestre. Mundo celeste. Recrearse y regenerarse eternamente. Autofecundarse sin cesar. Equilibrio sin límite. El tres que es uno. La muerte indispensable para la vida.

Por eso Ouroboros se muerde la cola. Es necesario que la paloma atraviese la oscuridad de la noche para poder llegar a la luz. Es preciso hacer silencio para dar paso a la luz. Por eso las culebras mueren por la noche y renacen al amanecer, por los siglos de los siglos. Errabundo, el hombre, en el círculo de su cuerpo terrenal. En perfecta redondez. En movimiento perfecto. De ahí Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola. Los cuatro puntos cardinales. Los cuatro vientos principales. Círculo rotante. La esfera donde gira una gran rueda movida en círculo por el amor. Cuando el cuadrado se halle inscrito en el círculo se habrá encontrado el secreto. Se sabrá, entonces, por qué Ouroboros, la serpiente, se muerde la cola. Universalidad y equilibrio. Creación, sustentación y destrucción. Intercambio entre lo que es y lo que no es. Mundos de la luz y las tinieblas. Para que exista el uno, necesario es el otro. La materia, luz condensada.  Misma cosa lo vivo y lo muerto, lo despierto y lo dormido, lo joven y lo viejo. Voluntas y noluntas, Apolo y Dionisios, Osiris y Set, fundamento y abismo insondable. La obra divina y la humana, lo sutil y lo denso en solutio perfecta. Todo viene del uno, todo tiende al uno. Ouroboros constantemente nos conduce al origen, al comienzo del opus, construyendo el mundo visible con luz y tinieblas, o en ellas disolviéndolo.

Santiago, joven pintor, en pos de una quimera, de un tesoro, en su segunda salida, de mano de Ouroboros, enfrentándose a  legiones de demonios, camino de la aurora. Consciente del eterno retorno de lo mismo. Del eterno reloj de arena de la existencia. Del símbolo de lo eterno, de la circulación. Unidad de la materia. Desde el uno hacia el uno. Materia sin forma, fuerza desencadenante. Serpiente que se muerde la cola. Destruye, diluye, funde. Ni principio ni fin. Círculo del cosmos. Santiago acompañado de Ouroboros, con Diana y Apolo, aún lidia con sus Dioses a través de miradas, cabezas y asombros congelados, en dubitación solemne, en extrañamiento desolado, nocturnal —interrogación noctívaga—, en demoníaca fijación tras el infinito, eterno.

Santiago desplaza rostros, leños tangenciales; se sumerge, sumergiéndonos, en secos tatuajes por donde serpentean sus sueños. Perfectamente reconoce que los impotentes no saben que el coito mayor se hace con el alma como los ouroboros cuando se desguazan a sí mismos con el alba.  Sabe que estamos en la caverna de los alfabetos, donde los lenguajes se tornan más oscuros cada día; mientras se precisan corredores de muertos, cavernas purificadoras, para dar finalmente con jardines de cantos, hasta llegar al soplo de los vientos cósmicos. Sabe, con Hermes Trismegisto, que "lo que está abajo es como lo que está arriba; y lo que está arriba es como lo que está abajo para realizar los milagros de una cosa única".  Con  Nietzsche, entiende que "nuestra vida debe ser una ascensión de meseta en meseta, y no un vuelo ni una caída; pero esto último es el ideal de los hombres de fantasía." Santiago Ouroboros con las culebras que mueren por la noche y renacen al amanecer, por los siglos de los siglos.

Suscríbete para recibir las últimas noticias y novedades

Por favor, habilite el javascript para enviar este formulario