El hombre, a quien gratuitamente como a San Agustín se le diera el libro de la naturaleza bajo el imperativo de tolle, lege —toma, lee—, ha de hacerlo suyo, mirarlo, ojearlo y hojearlo, pulsarlo, vivirlo, analizarlo, interpelarlo —olerlo como hace García Márquez con todo libro nuevo— hasta que, habiéndolo leído de tomo a lomo, sea capaz de legar la mejor lectura a la posteridad como relevo existencial de su presencia, peregrinaje y acción en el mundo. Él que vio, anduvo y leyó, posesionado del tesoro del espíritu universal, deberá —testigo en mano—, traspasarlo a las generaciones de relevo que lo esperan en el camino.

La palabra —la lectura— es acto de fe, profesión de fe, búsqueda de luz, fototropismo ascendente positivo —zetesis poiesológica—, extensión de la conciencia. Toma, lee, se nos dijo. Hecha nuestra lectura, un día delegamos nuestro asombro, nuestra cosecha, nuestra poesía —creación— y así al infinito, todos, lectores, creadores, recreadores, poetas en plan de permanente elección, hijos del mañana con nostalgia de paz y de futuro, en sueño eterno, en teleescritura - teleliteratura eternas.

Arquitecto de su propio destino —artifex vitae artifex sui— artífice de sí mismo, de su destino, el hombre, mientras va siendo, en vida, no debería estar sino en permanente función de lectura, de vigilancia, de lección, de elección. Empezando por la lectura de su madre: Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem. Comenzando, tierno niño, a conocerla por su sonrisa como lo soñara el pastoril Virgilio. Y, así, camino adelante, camino arriba, lluvia, noche, sol arriba, en su ”largo rodeo“ —nocte dieque incubando—, dándole vueltas al alma, siguiendo, prosiguiendo la lectura de su experiencia vital o erlebnis. Con la lectura de su tiempo, hilvanando sus mejores Hojas de Vida.

De lectura en lectura, entre sucesivas lecturas, entre primeras y segundas, nuevas lecturas; leyendo entre líneas; entre la lectura biopsicosocial, política, económica, cultural, mística, espiritual; va configurando la lectura arquitectónica del mundo, del espacio —físico y espiritual— y del tiempo histórico, la territorialidad en la que le correspondió vivir, leer, edificar, hasta dar con la mejor lectura individual inserta en la grupal, colectiva —glocal — la que a su vez le irá revelando sus experiencias, en una palabra, los carriles, los durmientes, los cimientos o fundaciones por los que ha de fluir el hormigón de su conciencia social, de su obrar colectivo, de su impulso creador, co-creador, socio-creador, re-creador.

Buen capeador de tempestades, entre el mar turbulento de la vida, irá leyendo los signos, el espíritu del tiempo, los presagios de los días como otrora el guerrero los leyera en el vuelo de la corneja izquierda agazapada en los árboles del camino.

Lectura vital

Dejando sus propias lecturas al vuelo de los días, haciéndose más legible para sí y para los suyos, va el hombre descifrando las huellas de sus antepasados: sus testimonios, herencias, mensajes; sus lecturas, bibliotecas, acopios, enciclopedias  o reservas. Igual hará con  las partituras de los himnos de los pájaros y su gente; con los herbajes, papiros y rastrojos de sus campos, urbanizaciones y barriadas, hasta ir fraguando, haciendo más legibles su morada, su bagaje, su mirada; su aldea, su ciudad, sus lugares, sus parajes. A poco andar, entre sus años, insomnios, rebeldías, el cúmulo de lecturas efectuadas le permitirá trazarse su Proyecto de Vida, su Proyecto Creador, su Vocación para la Vida, como testimonio irreversible de la solución que dio al problema de los problemas, a ese conflicto o ese centro de un conflicto que es el hombre.

Con nuestro propio lápiz, habremos escrito nuestra historia en las Hojas de Vida  de nuestro propio Libro de Vida. El tiempo y quienes nos sucedan se encargarán de evaluar finalmente nuestros escritos o legados. Allí quedarán referencias de ese campo espiritual, de ese espacio cultural, de esa tonalidad de humor que coloreó las experiencias anímico-espirituales de nuestra época junto a nuestro “yo”.  Allí retumbará la entonación que dimos a nuestro aliento, a nuestro élan vital, a nuestra energía creadora, a nuestro impulso creador o energía espiritual, resonancia acumulada que acompañó nuestros trasnochos mientras de madrugada, en penumbra vigilante, a coro en el asombro, cabeceábamos, sobre nuestras mesas de diseño, nuestra sed de sueño, nuestras ansias de vivir.

A pesar de la fuerza divina que apenas el hombre puede resistir, la que hace inseguros sus esfuerzos, con la que a veces los dioses ciegan a quienes quieren perder, a pesar de la moira griega, de la tragedia, el hombre puede y debe ser autor, co-autor de su destino a través de la libertad de opción, de su decisión interior vital, de su selección, de su elección, de su lección, de su lectura vital,  de su mirada espiritual. Duro y peligroso para todos elegir el destino de vida, leer su propia vida, su forma de vida, su ideal de vida, en marcha adelante. Por eso, sólo agudeza, comprensión, tenacidad, preocupación y responsabilidad, harán posible al hombre la dialéctica sinopsis, la definición global, sintética, de sus virtudes, de la virtud, esa esencia común del espíritu, ese órgano ecuménico, cósmico, ese fuego o logos  propio-universal del hombre. Lectura vital en cuanto imperativo vital en el sentido orteguiano de que la vida verdadera es inexorablemente invención. Imperativo de invención en cuanto faena poética. Invención, aceptación del personaje que cada circunstancia, cada época reclaman. Llenándose de claridad y llenando de claridad lo que haga falta. Esclareciendo. Bebiendo del pozo y dejando el puesto a otro. Yendo, siendo, viviendo, creciendo, vigilando, aconteciendo, compartiendo, comprendiendo, conviviendo, inventando nuestra propia existencia, nuestra propia patria, nuestra propia fe  o nuestra propia lid.

Leer es elegir

Conscientes de “la problemática que supone la plasmación del pensamiento por medio de la palabra escrita”, reconociendo sus límites, hemos de confiar en el “mundo del alma humana, en todas sus emociones y en todas sus fuerzas”, en volvernos hacia la luz “con toda el alma”, en hacer girar “toda el alma” hacia la luz de la idea del bien, origen de todo, convencidos de que “el alma del hombre es como el ojo, el más solar de nuestros sentidos, el más noble”.

Hemos de reconocer también que, a partir de la percepción, suma selectiva de sensaciones, por ensayo y error, por tanteo, el hombre va desde una sensibilidad externa a una interna, alcanzando una genérica-sintética, gracias a su tacto personal, tacto seguro (aiestesis)  del que depende que podamos fijar la sensación de nuestra existencia, la radiografía de nuestra humanidad, en búsqueda de estrategias vitales de auto-realización, dentro del mejor auto-diagnóstico existencial, en comunión con los demás hombres. En pro del llamado personal, vocacional, sociogénico, con miras a un sinérgico desarrollo societal específico.

Sin pretender fundamentar nuestra vida sólo en el pensamiento, en sus limitaciones, pensamos con San Agustín que, antes que acudir al ámbito meramente social, hemos de regresar a nosotros mismos, pues, sin tener que ir fuera, es en el  interior del hombre donde habita, reside la verdad: Noli foras ire, in te redi, in interiore homine habitat veritas  (Aurelius Augustinus: De Vera Religione). En verdad, “todas las rutas van hacia la morada de los hombres”. Nos lo dice Horacio: Est modus in rebus, sunt certi denique fines, quos ultra citraque nequit consistere rectum. (Hay en las cosas medida y ciertos límites prescriptos, de los cuales jamás puede la virtud ir atrás ni ir adelante.) “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. Lo más importante es invisible.”

Antes que leer por leer, Gibbon nos recuerda que debemos ejercitarnos en pensar y, mejor, en saber elegir. Por ello, nos complace sobre manera coincidir plenamente con J. Guitton en que “leer es escoger, o, si preferís, con una palabra que se grabará:   leer es elegir... y es elegir en todos los grados”, formas y sentidos.

Leer es pasar la vista por o a lo largo de, pasar lista o revista, ver, observar, ojear, mirar, admirar, recorrer con la mirada, contemplar, otear, examinar, considerar, discernir, descifrar, analizar, razonar, reunir, relacionar, entresacar, reconocer, clasificar, distinguir, interpretar, juzgar, comprender, asimilar, explicar, tomar, coger, recoger, escoger, seleccionar, nombrar, apropiarse, seguir, amainar, devanar, costear, levar anclas, hacerse a la vela, cargar las velas, amainar las velas, recorrer, construir, reconstruir, aproximarse, rastrear, explorar, penetrar, interrogar, investigar, escuchar, enterarse, estudiar, profundizar, descubrir, percibir, acertar, atinar, adivinar, transmitir, discutir, crecer, rebelarse, crear, re-crear, inventar, gustar, saborear, cultivarse, ilustrarse, asombrarse, entusiasmarse, interactuar, vivir, legar, delegar... es decir, captar, asir, prender, aprender, aprehender, pensar, entender (intellegere = intus-legere), elegir (legere) y elegir lo mejor (intellegentia - elegantia).

Lectura de la patria

Si importante es volver a la infancia, reconstruir lecturas, tornar al fuego interior de la morada humana, al hombre que con nosotros va, a nosotros mismos, más importante y difícil elegir el destino colectivo:  leer el mundo, configurar el destino de la propia patria, su mejor proyecto o porvenir. Saber leer el mundo es impostergable, indispensable, una necesidad. A partir de la lectura de nuestra aldea, de nuestra localidad, alcanzaremos la del mundo. Desde el cimiento de nuestra propia lectura y la de nuestras circunstancias, lograremos leer el mundo, el que nos correspondió, contribuyendo así a entender y salvar a la humanidad misma.

“No hay otra manera de alcanzar la eternidad que ahondando en el instante, ni otra forma de llegar a la universalidad que a través de la propia circunstancia: el hoy y el aquí... Sólo universaliza quien ahonda en su aldea.” (Ernesto Sábato).

Apenas ojeado el panorama de violencia permanente, de incertidumbre, de turbulencia, atrocidad y angustia, pudiera sostenerse que, hoy, entre  nosotros, en nuestra patria, nadie lee, nadie estudia y menos, investiga. Ni está en condiciones de hacerlo. Nadie puede leer, ni estudiar, ni investigar holgada, cómoda, sistemática, metódicamente, como convendría, debido al clima reinante de zozobra, desasosiego e intranquilidad, con las concomitantes secuelas negativas para nuestro desarrollo intelectual, técnico y científico.

En un como secuestro histórico cotidiano, nuestra identidad aparece descaradamente incautada, retenida, confiscada. Ante el vacío de la norma y los valores, las alternativas para definir una ubicación, un  despegue, se oscurecen. Somos más  capaces de identificarnos con una estación radial o televisiva, nacional o local, con un órgano periodístico o una ventana virtual,  que con nosotros mismos y con nuestra propia patria, sus intereses, aspiraciones, utopías. Menos, somos capaces de dar con la entonación, el humor, con la tendencia, con el perfil que pudiera determinar una salida definitiva para nuestro entorno personal-social-colectivo, glocalizante.

Y menos con un Estado Social Naciente amparado en una lealtad social, fundada en el valor universal de la persona en su doble dimensión individual y social, dispuesto a resolver los problemas sociales, en la amplia perspectiva de un mundo glocalizado, dentro de los fraternos lindes geopolíticos, mediante nueva visión, nuevos instrumentos, nuevas leyes, nuevos métodos, nuevas creaciones. (F. Alberoni). Mediante otro modo de ver el mundo, de leerlo, de vivir o sobrevivir, en cuanto construcción histórica, donde la verdad y el saber social sean normas de ser en concomitancia con una real praxis liberadora, razón de ser de nuestra más legítima elección.

 

Ante el homo ciberneticus

Leer es captar, asir, prender, aprender, aprehender, pensar, entender. Es saber elegir. Elegir en todos los grados, formas y sentidos. Es la capacidad de asombro del homo sapiens. Logro fantástico en el mundo antiguo. Forma de alentar el espíritu y llevar el alma de paseo. Desarrollo, energía espiritual, resonancia acumulada.  Diferenciación, abstracción y ordenamiento. Inferencia, generalización. Identificación, comparación, síntesis, interpretación. Novedad, continuidad. Estabilidad, cambio. Asimilación, acomodación. Maduración, experiencia, interacción. Es empezar a conocer a la madre por su sonrisa. Lluvia, noche, sol arriba —nocte dieque incubando— dándole vueltas al alma, oír el aplauso de los pájaros. Descifrar a tiempo el vientre de la noche larga y oscura en la que la luna canjeó su puesto con la muerte. La vida, ejercicio de lectura. El hombre requiere una lectura evaluativa de sí mismo. Hemos de leer la patria. Indispensable, una necesidad, leer el mundo. Urge una lectura de América. De nuestra América. Como nunca nuestra orgánica y subterránea unidad vital ha de afianzarse en nuestras ideas, enunciados, principios, graneros, horizontes, clarores, llagaduras, siembras, signos, señas para retomar el discurso de nuestra Liberación Continental, conscientes de que nuestra mejor defensa, el conocimiento de nuestros propios sueños, creaciones y vigilias. Indefensos ante el cotidiano bombardeamiento visual, televisivo, hemos de dar con el perfil que pueda determinar una salida definitiva para nuestro entorno personal, social, colectivo, glocalizante. Dar con un Estado Social Naciente. Convencidos de que la paz pasa a través de la revolución. De que sólo una tierra, una democracia distintas hará menos imposible el cielo.

Telever, en cambio, es cegarse, oscurecer, nublarse, ofuscarse, atrofiar, ponerse telarañas, desconocer, desinteresarse, doblar la cabeza, claudicar, plegarse, fingir, burlar, mentir, desfigurar, estar en manos de, pender, apocarse, someterse, deteriorarse, debilitarse, alienarse, enajenarse. Telever es el acto que ha provocado un cambio en la naturaleza del hombre: el homo sapiens se apaga y aparece, prevalece el homo videns. Destronada la palabra, sometida a la primacía de la imagen, la sociedad está condenada a “ver sin entender”, a ver sin analizar ni comprender, sustituyendo el lenguaje conceptual (abstracto) por el perceptivo (concreto), prevaleciendo lo visible sobre lo inteligible. El telever deteriora nuestro capital intelectual humano, nuestra capacidad de manejar conceptos, abstracciones, ideas no visibles. El hombre que se alimenta de telever el homo videns— deja de pensar bien. Los niños crecen en el universo del telever y se convierten  en video-niños camino a su etapa de video-adultos, siempre dependientes de la imagen, con una particular videológica que no les permite entender, expresándose en un lenguaje insustancial, inconexo, que los llevará a un yo desintegrado, que puede ser explicado mediante una videopaideia(Giovanni Sartori.).

Incapaz  el homo insipiens de sostener el mundo creado por el homo sapiens, dentro de una videocracia en la que aparece aminorada la capacidad de gestionar la vida en sociedaddebilitado el ciudadano y la democracia, resulta imposible entender lo que ocurre alrededor. El pensamiento insípido lo promueve una televisión que premia la extravagancia, la insensatez, el absurdo. Esta revolución multimedia con el común denominador: el telever, nos confirma que video-vivimos en  una sociedad teledirigida con una marcada influencia de la televisión y de la cibernética, donde predomina una “multitud solitaria”, incomunicada, dentro de una “soledad electrónica”, con escasa formación, resultando la televisión creadora de las diferentes corrientes de opinión, induciendo. teledirigiendo la opinión pública. Mediante una “subinformación”, en tanto que los mensajes son extremadamente resumidos, simplistas, insuficientes; y una “desinformación” amañada en función de quienes ostentan el poder (videopolítica). A la larga, la televisión fragmenta, multiplica la estupidez y mata la capacidad de abstracción, los procesos racionales. El homo videns no ve cosas concretas sino imágenes de la realidad fabricadas por la televisión. Ésta muestra al pobre desocupado que tiene hambre, pero no explica por qué está desocupado o cómo se resuelve el problema. Siendo así, aun las cosas que se ven no las puede comprender. La información se nos da descontextualizada. (G. Sartori).

Frente a las limitaciones del analfabetismo gráfico, el analfabetismo audiovisual deja al telespectador en una precaria situación de indefensión ante los mensajes televisivos. La falta de conciencia de los consumidores sobre los intereses y mecanismos de seducción y manipulación de los mensajes audiovisuales facilita esta tarea. Saber leer los medios y escribir, realizar producciones audiovisuales, utilizar los propios medios, constituye el punto de partida de la práctica pedagógica que tiene como objetivo conseguir un receptor / emisor crítico, una alfabetización audiovisual capaz de decodificar, analizar, evaluar y comunicarse en una variedad apropiada de formas. (Marisol Yánez et alii).

El papel hegemónico incontestable de la tv, la indefensión ante los mensajes, el analfabetismo audiovisual, la manipulación social de los medios, el imperio del plano o la violencia visual, demandan, entonces,  una respectiva alfabetización, un rescate de la cultura escrita, una pedagogía de la lectura audiovisiva, que atienda al nuevo homo ciberneticus, al neolenguaje neolectura: la hipertextual. Pedagogía que ha de contar con un enfoque cibernético, con un docente cibernetizado al interior de una convivialidad virtual. Sería referirse al modelo curricular cibernético propuesto por Marcelo Careaga Butter, sustentado en el desarrollo creciente de una conciencia cibernética intuitiva.

Sin embargo, el homo audiovisualis contemporáneo, paradójicamente partícipe de una audiovisualidad traducida en omnicontemporaneidad histórica, instantaneidad y ubiquidad,  dispone de una omnicomprensividad a modo de motivación glocalizada, en la que el nuevo “sistema nervioso” comunicacional, sumido en un como agabillamiento videocrático, a gritos reclama prestar atención a las líneas maestras para el futuro ecuménico planetario: interactividad, movilidad, convertibilidad, conectabilidad.

Llegando a ser el conocimiento, en nuestro siglo XXI, la más básica de todas las materias primas; constituyendo la escritura y la lectura parámetros que miden el desarrollo cultural y económico de un pueblo; siendo que de la lectura depende la libertad del hombre y que el progreso consiste en que la gente pueda leer y lea, he aquí el dilema: Poder leer y leer. O no poder, no saber leer. No leer. Impotencia, indefensión suprema, indefensos quienes no saben o desconocen las letras (Nescio litteras). Las letras, la lectura: el misterio, la incógnita, el enigma; el costo, el valor, el tanto, el precio o sobreprecio; el pago, la comisión, la recompensa. Éste, el problema, el asunto, el caso. That is the question. Opresión, sumisión, dominación, hegemonía, soberanía, libertad. El hombre vale lo que sabe.  El hombre vale lo que lee. Importa emplear el pensamiento —la lectura— para cambiar el mundo, respetando, valorizando la naturaleza del hombre.

“Las capacidades de la lectura deberán superar los obstáculos que la reducen a ser un mero reconocimiento de signos y una actividad banalizada por las ofertas impresas, audiovisuales y digitales que empobrecen los contenidos, a la vez que deterioran los procesos cognitivos.” ( Elsa M. Ramírez Leyva).

En definitiva, los nuevos medios en tanto productores de conocimiento obligan a estudiar y garantizar el nuevo aprendizaje humano, la nueva lectura hipertextual.  Nos hallamos delante del nacimiento de un nuevo espacio de elaboración de conocimiento con la particular participación del cerebro-computador, desembocando todo en un aprendizaje cooperativo signado por modalidades cognitivas estructurantes del nuevo acto de la lectura. Lo que obliga a ir definiendo la nueva inteligencia colectiva derivada de las recientes tecnologías, de los tantos multimedios o complementos educativos, de los novedosos procesos cognitivos, de las múltiples interconexiones de nodos multimediales.

En cuanto real constructo textual, el hipertexto supone un nuevo rol en el lector hipertextual a partir de la plurivocidad de la experiencia gozosa o fruitiva: la nueva exploración, el nuevo tanteo, descubrimiento, que hacen de la navegación virtual un efectivo encuentro dispuesto a fundamentar al máximo el Proyecto Cultural del siglo que comienza. (Gianfranco Bettetini).

“Leer, leer, leer. Escribir, amar, leer, fumar, leer. Escribir, amar, amar, leer, fumar, leer. Escribir, amar y luego morir”. (Ednodio Quintero).

Suscríbete para recibir las últimas noticias y novedades

Por favor, habilite el javascript para enviar este formulario