Para saber que está completamente prohibido llorar sobre los vivos y menos aún sobre los muertos.

Para abrazarnos a la Paz desde las barricadas de la guerra. Para prestarle al Comandante su montaña, su sierra, sus morteros; su soledad, su naufragio, sus planos, sus trincheras, sus secretos; su escondite, sus manos y portentos; para empuñar fusiles nuevamente.

Para prestarle su mochila, su escopeta, su carabina, su boina, su barba, su estrella, su bandera o arrechera; su revólver, su camisa, guayabera y documentos.

Sus  botas, su pistola, su dolor, su ternura, su sonrisa, su tormento y recovecos; su frente, su fusil y sus morteros; su fuerza, su foco, su asma, su garganta y su pañuelo.

Su morral, su memoria, sus veredas; su nobleza, su magia y suerte y comunión y poesía y espera; el tiempo que le falte para una Nueva Era.

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