Inventémosle  al mundo una lógica poética. A las piedras enarbolemos el horizonte. Siempre habrá un camino, una trocha, un cauce. Compartamos una reverencia por la vida. Cada quien en su trinchera, avance en sueños, aspiraciones. Luchadores de una causa común, un mismo verdor, como el que anhelamos para una tierra poblada de una humanidad de verdad, sembremos semillitas en alguna parte; otros las recolectarán y esparcirán otra vez, con nuestras voces, con las suyas, con las de tantos, con el canto anónimo y colectivo del que hablan León Felipe, Gabriel Celaya y el viejo Walt, en Poesía, Sociedad Anónima, victoriosa, galopante por el orbe. Tomemos al vuelo las palabras que nos salgan al paso. Celebrémoslas. Enhebrémoslas. Hagamos el mejor tejido, el mejor bordado. Ni mías, ni tuyas, de nadie, sino de todos, en marcial convivialidad creadora. El insomnio en vez de convertirse en espejo de nosotros mismos, sea caja de resonancia de un canto por inventar. Celebremos la Poesía, desde las rosas pestañas de la aurora, nuestra primera camarada, hasta darle un viraje a tanta sombra, puesta la mano en los arietes, para seguirle el paso a la batalla y emprender las que falten todavía.

Corredores de relevo en una pista por construir, hacia una meta que aún no vislumbramos, a sabiendas de que la vamos construyendo cada vez que pasamos al otro nuestro equipaje frugal, para que se haga más leve el esfuerzo, y más luminoso el incendio solar de las luciérnagas. Nada más ni nada menos. Ésa, nuestra función; ése, nuestro oficio. ¿Cómo cultivarlo sin parecer sospechosos? ¿Cómo dejar que los pastos inunden los cielos, sin creer que por ello podemos cercarlos? No hay más cuándos, ni mientras, ni cercas. Todos los seres deberíamos cultivar relaciones de azulejos, nutrirnos cada mañana de pomarrosas, volar cometas con palabras incandescentes que vayan a llevar la luz donde sólo hay tinieblas. Pero allí no se queda nuestro oficio, ni nuestra tarea. Debemos indagar en la oscuridad, escudriñar en los pozos, bajar a las profundidades de las sombras, para entender, comprender, aprehender cuáles serán los caminos más expeditos para la luz, en un planeta, un mundo y una vida, que se han definido por la muerte reiterada. Allí debemos encontrarnos, en ese punto, para ver hacia dónde vamos, hacia dónde va esta dolida humanidad.

No queda sino aliarnos. Cómplices de un mismo sueño, para una causa común. Tras el alimón que alguna vez tendrá que sumar millones de cantos en una canción  múltiple y única que refiera el dulzor de pomarrosa que está en el corazón de cada quien. Si no somos aspirantes a alquimistas, ¿de qué nos servirá la palabra? Debemos desmontar mentiras, no asustarnos de verdades que duelen, seguir siempre los caminos que sean fieles a nuestra concepción de la vida y a nuestro sueño de futuro. Por más solos que nos quedemos. Por más que el suspiro venga de las honduras de un pozo. Tras una palabra que en vez de confinar, libere. Trataremos de ir más acá del horizonte, a los pozos donde se esconde la angustia para llevarla lejos, lejos de la Tierra. Llegar a ser capaces de convertir los cascajos en gajitos, desde el territorio de los sueños, de los suspiros, del porvenir. Tendremos la alegría de encontrarnos con nuestros versos y extenderlos: en esa capacidad de leer en los charcos los conciertos que nos regalan los sapitos. Haremos de nuestros días no un cascajo de horas, sino un gajito de ilusión.

Si inventamos desde ya el futuro, lo estaremos atrayendo, convocando, haciendo posible. Hablamos del propio oficio de la palabra, de la poesía, del hombre que tratamos de ser. De nuestro trabajo aquí en la tierra, y en los delirios de un cielo poblado de azulejos. Estamos poniendo la atención en los más grandes retos que tenemos como pensadores, aspirantes a creadores, sembradores siempre de árbolas. No lo dejemos a un lado,  hurguemos en él, a ver cómo nos ayuda a clarificar nuestros propios deslaves. Para las abrilerías, un tiempo azul de azulejos, que vista de lumbre las mañanas, un gajito de río que haga retoñar los guijarros y un bosque  de árbolas, decididas a ser nube y aguacero en el pastizal de los cielos.

Resistir, pronunciarse, rebelarse, es necesario. Hacer volar los sueños. Hacer mover la Tierra. Lograr morir de pie. Pertenecer a una obra común, a un hombre común, a una hora y un ahora cósmico, común. Que nunca se nos nuble el horizonte. Que no crezcan los cráteres del miedo. Que no se empequeñezca la esperanza. Que el entusiasmo sea fe, energía; creencia, riesgo, fuerza, madrugada; la festiva grandeza del preámbulo, un desgarre de luces torrentosas, un mirar hacia dentro de nosotros, una crisis fulgiendo en fogarada; resistir el milagro de la vida, el abrazo del hombre que florece, la grieta que nos lleve al alumbraje.

Sin que nadie nos haya conferido el derecho de hablar por el otro, y ni siquiera por lo que creemos que somos, enfrentemos como altavoces los problemas circundantes. Sigamos encontrando en los abriles y en los mayos y en los inviernos las claves que la vida nos da, para que seamos portadores de linternitas de agua y de lámparas de tierra. Y hagámoslo con espontaneidad y regocijo. Desfacedores de agravios y sinrazones, de claro en claro y de turbio en turbio, enderezando entuertos, velando a pensamientos desatados

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