“A un sueño no se le puede escribir un prólogo, tampoco un epílogo.” Ciertamente. Secundamos este lúcido pensamiento, cuando, echando la mirada atrás, oteamos nuestros sueños juveniles, rodeados de una utopía en la que anhelábamos una patria libre. Eran los días de la naciente liberación de la isla caribeña. Al compás del “aggiornamento” lanzado como pauta fundamental al orbe, América Latina, entre trinchera, barricada, canción, protesta y sierra, comenzaba a abrirse paso en medio de la retrógrada vorágine que desde años la había diezmado. Aires nuevos se irguieron sobre este Continente de esperanza. A cuatro largas décadas de aquella auroral simiente, incólume, persiste, galopante, el sueño de un estado naciente por hacerse.

Entre el desbarajuste y las múltiples apetencias de una y otra índole, los recursos humanos y minerales fueron despilfarrándose al garete. La nave nacional, cargada de riqueza, nunca alcanzó el mejor puerto. Por el contrario, un fatuo enriquecimiento entenebreció todo liderazgo. Dio al traste con los pocos logros. Las arcas patrias dieron para todo. El neorriquismo inundó la nave a plenitud. Nadie supo enarbolar bandera alguna. Nadie por nada respondió. El caos, el descontento, el desconcierto hicieron de las suyas. La penumbra cubrió fauna, flora, planes, dolo, fraude. Antes que oírse el grito de la belleza en la montaña, el silencio de la floresta, la selva y la sabana tornóse alarido, desesperación, reclamo.

De pronto, en sana justa, el pueblo optó por recuperar el sueño del estado naciente a la altura de una utopía con alas de concreción.    Surgieron nuevos hombres, concepciones, virajes y esperanzas. Ahora está por ponderarse la obra, el temple de ese sueño. Prácticamente, a alguien le dio por poner a prueba milicia-pueblo, juventud y humanismo, encarnados en una misma figura. La milicia-pueblo está de pie. Igual, la juventud. ¿Habrá el humanismo dado el justo fruto? El día del cónclave se sabrá. Lo cierto es que, entre tanto, se encauza, se encamina una patria bisagra —se mueve y la empujamos—, de la que pende la esperanza de un manojo de pueblos, al sur, al norte y sus costados.

Se dice Venezuela y tiembla el mundo. Se nos oye. Se nos sigue. Observa. Estudia. Se siente nuestra voz. Los credos religiosos defienden, protegen a su Dios. En tanto el imperio irrespeta nuestro plan. De la ponderación que hagamos dependerá la fortaleza de esta bisagra, en la que el Continente afianza su destino. Privilegiado nuestro suelo, de cara al mar, interoceánicamente establecido, ha de responder por sí y por los suyos, sus hermanos.    Frente a una despiadada globalización, a toda costa ha de velar por las especificidades que signan nuestra identidad, nuestra esperanza, nuestro sueño.   Nacidos para la Libertad, hemos de hacer honor a ella.    Nuestra conciencia —esencia y presencia— sueño en fin, no puede contar con prólogo y menos con epílogo alguno. Hemos de convencernos que movimiento somos tras la utopía concreta en que todo estado naciente fija su porvenir. Capaces de fraguar la nueva aurora, la patria que nos falta hacer, salgamos a  liberar más patrias, así tengamos que retar a Dios con tal de no seguir arando el mar.

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