Toma y lee —se nos dijo—. Y de mano de la naturaleza, aprendimos el misterio de los trabajos, las sombras y los días. Reflexionamos con Sócrates. Con Homero, viajamos, supimos de la guerra, las pasiones; de nuestra tragedia y condición. Dante nos mostró el Infierno, el Purgatorio, el Paraíso. Vallejo estremece con sus trenos, su escalofriante lenguaje, sus visiones apocalípticamente humanas. Miguel Hernández, con su voz de ultratumba, opaca, sincera, implacablemente recia, habla del amor de los anafres. Bergson dice que somos lo que hacemos. La Biblia nos enseña a hablar a Dios y a cantarle de mañana. Cervantes nos somete a la locura más cuerda, por el hombre conocidaGoethe nos enfrasca en un pacto de sangre. Hamsun explica la rebeldía humana fincada en el pan, el hambre, los frutos de la tierra. Juan Ramón Jiménez como nadie demuestra los intríngulis del amor humano. Haeckel refiere los enigmas del universo. Juan de la Cruz, entre bosques y espesuras, nos lleva a amar a Dios. Kempis, tras la alegría de la buena conciencia, señala que la tentación descubre lo que somos. Montaigne, en un compendio nada torpe, nos conduce desde la tristeza y la soledad hasta la codicia de la gloria.

Heidegger insiste: Yerra y pregunta a lo largo de tu único desfiladero. Nietzsche nos invita a inventar, cribar, rechazar, modificar, arreglar. Ortega y Gasset nos aconseja la rebelión contra el destino. Pascal, en cambio, nos convence de la miseria del hombre sin Dios. Renán, dentro de contradicciones e incongruencias, nos presenta un Jesús humanizado. Agustín —lo olvidábamos— con rebosante corazón de místico, nos describe la voz misteriosa que le repetía: “¡Toma, y lee; toma, y lee!” Poe, el más genial fisiólogo del miedo, nos dejó su poema cosmogónico Eureka, clave de todos los secretos que el origen del cosmos ha ofrecido a la mente humana. La argentina Futoransky exclama a media noche: Los recuerdos maúllan hasta el amanecer. Muy cerca de nosotros, Eugenio Montejo, nos recalca que a la tierra se vino a estar de guardia. De repente, José Barroeta nos increpa: Necesito que vengas esta noche porque llego desde la lluvia huyendo.

Y, así, día a día, vamos de lectura en lectura, recorriendo siglos y continentes, la vida trepidante y la silenciosa contemplación del humano acervo de los libros y los hombres. “Un libro abierto es un sabio que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora.“ “Pero el hombre prudente —ha dicho Pedro A. de Alarcón— es aquel que, después de haber leído muchos libros, empieza a leer en la vida misma. Pues la vida es un libro inmenso, eterno, inacabado e inacabable, escrito en cada segundo por millones de manos tiernas, apasionadas, comprensivas, dóciles; un libro en el que se reflejan las enseñanzas, no de un solo hombre sino de la humanidad entera en su fecundo y persistente intento de perfección y ansia. Si el libro es reflejo de vida, la vida es compendio y exaltación de todos los libros escritos y por escribir. La vida es el libro de los libros.” La vida, un inmenso libro escrito baja la luz de la esperanza.

Sea un sueño o el sueño de una sombra; el ensayo de un camino, el boceto de un sendero; un libro, un frenesí, una ficción; un rincón donde se siembra olvido; escrita por Dios o por el destino del hombre, “la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir.” Una ocasión para crear, crecer, resistir, enfrentarse, edificarse. Una oportunidad para hacerse, recuperarse, ir hacia delante. Capacidad para desarrollarse de cara al porvenir. Para sobrellevar, sobreponerse, echar adelante a pesar de todo acoso, aprieto, tempestad. Reanudar cada amanecer el viaje. Asumir el riego, el futuro, la esperanza, la libertad. Construir, reconstruir, reconstruirse cada día. Discernir, discrepar, confiar. Analizar, detectar, movilizar. Animar. Reajustar. Promover. Desaprobar. Aprobar. Aportar. Apostar. Despertar. Esperar. Verter y revertir. Sostener. Recuperar. Empujar. Ahondar. Seguir. Proseguir. Alcanzar el día, el pan, la eternidad.

Se nace para vivir. Nuestra tarea: vivir. Vivir como si nunca hubiéramos de morir. Bajo el granado trigal de la noche insomne, rumorosa de viento alto y de luceros. Asistir a la farsa equinoccial del tiempo. Templándole la cuerda a la esperanza, buscando un pedacito más de vida. Engarrotados de imprevistos, cuerda, torpemente, pisoteando días. Barajando los días de la suerte, apuntalar el sueño, el instante, el alumbraje. Madrugar a ponerse los dolores. Irse con el día tras los paisajes que encandilan el alma. Sentir pasar el tiempo. Ver las estrellas titilantes. Advertir el polvo que seremos. Entre las sombras inconexas, columpiar los rasguños de luces agrisadas que queden de la infancia.

Dialogar con la brisa que calma la furia de las horas. Saber de las colinas soñolientas que cobijan la ciudad. De los árboles que dormitan en la acera. De los copos de las flores navegando por las calles. De las ráfagas de sol que gatean tras la noche. Disponerse cada tarde a conquistar el mundo de las sombras. Redimidos por el tiempo, navegar sin prisa y sin remedio. Adivinar a qué vinimos a este mundo. Tras la borrasca de la noche, en medio de la infamia cotidiana, enroscados en la pena, saber que la belleza —antes y después de la miseria— es la única verdad del hombre, del hombre que apretuja su esperanza.

Cifrar la forma de las cosas. Alimentar los sueños. Dibujar auroras. A punta de herejías, fabricar el mundo. Tener una idea del hambre que cotidianamente el pobre aguanta, embrutecido de publicidad y novedades callejeras, drogado sistemáticamente por el orden. Tratar de dar con un lugar para recostar los sueños, la arrechera. Ensayar el milagro de la harina ahora que todavía tanto hambriento pulula por las calles. Fuera de la vida, fuera de vivir a medias no queda sino el sueño, aunque a veces el sueño sea la única muestra de la vida.

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