Toda palabra es como el hilo de un telar

que a cada quien toca enhebrar

para que no se detenga el oficio de tejedor

y por eso en esta alta hora del dolor humano

hay que organizar las tinturas que nos regalan

las flores para dibujar las ramas de los árboles

el ropaje de la noche y la luz girasol de los mediodías

con el violetamor de un amanecer humanecido

                                mery sananes

Y vino la palabra. Tal vez de un tiempo móvil, volátil, espiralado, el que quizás nunca tuvo aurora. De no se sabe qué alba, qué noche, qué incendio o llamarada. Ya se podrá saber qué antorcha la inflamó. Y desde entonces anda con el hombre. Sabe de su llanto, su alegría. De su pena, su gloria, su desmayo. Sabe cada paso de los hombres; nada, de su espera, su intento, su inocencia. Con el hombre, va a la huerta, a la vereda, al mercado, al griterío. Con la mujer, al parto, a la alacena. Amamanta, acuna y llora. Reza y canta, cantinela, centinela, cantío y dulzura de cielos arrullados. Siempre en rebeldía, bandera enarbolada en el balcón embravecido. La vida se encabrita hasta llegar al nochero bravío de los cantos del sol oscurecido. Desde un principio, la verba creadora de la ciela y de la tierra.

Aliento, impulso, asomo, asombro. La que anima, infunde vida. Madre gaia, está en todas las instancias de la vida. Combate el frío de la muerte. Da vida, alumbra, revive, reanima. Inspira y brinda sueño. En la trinchera, vigila y combate con el hombre. La que enciende la luz en las ventanas de la oscuridad. La partera del renacimiento diario. La mujer, la vida, la dadora de  vida. La del héroe resurrecto. La de la visión, la libertad, el canto. La hija, la hermana, la nieta, la abuela del multiverso. Emancipadora, combatiente, se asoma al horizonte, resplandece. Descifra enigma, enfado, encono, enredo, entuerto. Muy honda, la palabra anduvo y anda. Camina junto al hombre. Lugar común para llegar al hombre. Al pie del hombre siempre.

Hembra, madre, verba del viento, del carrillón que suena en sus entrañas; del hijo que late hasta vivir en un azul de  tiempo inexplorado. Encrespada la violencia, en oleada siniestra, vence, sobrevive. Cuando la muerte acecha, acurrucada, agazapada, la palabra afronta el sueño, horada el muro, lanza el grito. Salta, auxilia, corre, va. Apuesta, revela, adivina. Cavila, tienta, intenta, arriesga, profundiza, infine. Se devuelve, convoca, increpa, aviva. Solo verdad, vivifica, resucita, empuja el corazón.

Levantó su voz y clamó, herida. Se arrodilló ante lo eterno. Bebió la copa de lo efímero. Y el hombre, necio, de mentiras se embriagó. La palabra asedió los campos y sembró promesas en la arena del desierto. Cavó tumbas y arremetió contra los muertos, fantasmas indiferentes que se pasean por las calles malditas y les dejó en la boca la huella del beso. La palabra se calló y lloró ante la lengua infame de los días. Quiso redimir los labios al tiempo. Bohemia, viajó desnuda ante la incredulidad del  silencio. Se hizo sombra y viento enfurecido con milenarias historias desde el principio hasta el fin de las edades y los días.

También la palabra se vuelve honda y disparo, grieta y sepultura, muro y barrera, pozo hondo y oscuro que dibuja mares, distancias y linderos. Un día, sin saberlo, se quebró en tantos pedazos como hombres aventó a la tierra. Diáspora, desprendimiento, fractura y lejanía. Ráfaga, fogonazo, grito, lampo. Hay que ir por ella, para reconstruir las sonoridades infinitas de su vuelo, trazando elipses de amor sobre los cielos de la vida de los hombres. Del lado acá del canto. Del lado allá del vuelo. Del lado acá del tiempo.

Suscríbete para recibir las últimas noticias y novedades

Por favor, habilite el javascript para enviar este formulario