Jugar es descubrir el secreto de los vinos mojados por el tiempo o el vientre de las flores anunciando el suspiro de los dioses. Jugar es darle rienda suelta al niño que se esconde en nuestros sueños. Jugar es sentir que el viento nos acerca a los difuntos o nos hace volver a las espigas o al fondo más lejano de los vasos. Jugar es destejerle al herbaje sus clinejas, no olvidarse de darle de beber a las botellas. Jugar es celebrar el cumpleaños de los árboles. Jugar es escuchar el aplauso de los pájaros cuando revienta en diapasón el día a pesar del estruendo de las hambres. Jugar es desarmar como un niño la osamenta y dejar el juguete de nuestra estatura abandonado en un rincón. Jugar es echar una canción en la mirada para dar con el canto del asombro.

Jugar es hacer caber a Dios en un dedal, al Sol en el ojo de una hormiga, al mar en los labios de una perla. Jugar es disfrutar de que el hombre juegue con el sol y más de que el sol juegue con el niño. Jugar es apiadarse de una pomarrosa engrifada entre la lluvia. Jugar es quedarse de pronto sin presente, sin futuro, sin fe, sin osadía. Jugar es crepitar en enigmas tenebrosos pregunta que pregunta por el hombre; es querer partir al infinito de cara hacia el misterio para siempre. Jugar es saber del hospedaje del silencio mientras la muerte nos espera un rato; es saber del viento y su camino largo, del sol y su trajín sagrado, del niño y su cocuyo insomne, del mar y de sus islas claras. Jugar es ir de contragolpe hacia la muerte cantando entre los pinos asombrados. Jugar es comprobar que la alegría existe todavía, auténtico gol, tal como la tristeza no otra cosa que autogol.

Jugar es defendernos de la infinita goleada de la muerte, la más eterna de todas las goleadas, desde esta inmortalidad que somos a sabiendas de que el jaque final estará siempre en otras manos. Jugar es encontrarse con la muerte, fijarle a los sueños su pisada, andar de tempestad en tempestad, ser. Jugar es dejar pasar la noche por encima de nosotros. Jugar es inventar ratos, penas, alegrías y tardanzas. Jugar es oír el clamor, el griterío, al hambre en su galope. Jugar es sentir el sollozo del alma de la piedra. Jugar es medir la larga soledad de los caminos. Jugar es alcanzarle el vuelo a la alborada. Jugar es dar nuestra vida por un arma en paz. Jugar es desenterrar el mal y sus secuaces. Jugar es desentrañar los secretos al asombro.

Jugar es grabar el sueño entre los árboles. Jugar es detenerse a la orilla de una lágrima. Jugar es correr el peligro de la vida. Jugar es saber del diapasón del pobre. Jugar es abrir el atajo que nos lleve al hombre. Jugar es llegar vivos a la muerte. Jugar es llevar a peso la palabra. Jugar es mantener abierta la esperanza. Jugar es limpiar al poder cuando corrompa. Jugar es sentarse en el lugar del hambre. Jugar es dar con la antigua trocha de la paz. Jugar es dar con la definitiva claridad del hombre. Jugar es esconderle los dados a los dioses. Jugar es convencerse del viaje sin regreso, del viaje hacia la sombra. Jugar es echar un vistazo al mundo, quedarse en medio de la tierra, ponerle trampas a la muerte.

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