Sabe que la noche en ella no entra, de ella sale, como lo refleja la enigmática gruta pavorosamente tierna de sus ojos, donde el sol parece ahogarse. Sabe que Dios está en todas partes, también en el plato de cebollas que llorar nos hace; que este hambre (sic) propio existe, es la gana del alma que es el cuerpo. Teme que el infierno sea tan largo como el silencio de Dios, / que su tiempo esté habitado por el frío de los templos. / Teme que el silencio sea silencio afuera de la muerte, / que luego del tiempo aún conservemos la memoria. / Teme no dormir tampoco en ese sueño eterno / y que hasta allí nos siga la desesperación de los relojes.

Sabe de cuando aún no tenía miedo: Madre, / recógeme el sonido de la lluvia en el tejado del abuelo / cuéntame de las noches en que descubrí la sed por los acantilados / y de cómo desprendiste el fuego de la luz / para permitirnos el  encuentro con nuestros primeros demonios. / Recuerda nuestra estancia eterna en los rincones de la casa / cuando aún llovían tardes grises en la arena / y la lluvia mohosa venía con Abril / y todavía no tenía miedo.

Conoce de memoria el río que corre y que es como nosotros, / o como todo lo que tarde o temprano / tiene que hundirse en la tierra… yo alguna vez lo he visto —exclama— / hace parte de las cosas / que cuando se están yendo / parece que se quedan. Convencida de que el paisaje es todo lo que ves, / pero no sabe que existes. / así como estas cosas que nada contarán de ti, / de tus heridas... // y que la infancia  es territorio / en que el espanto anhela / no sé qué oscuro rincón para quedarse.

En todas las cuatro de la tarde se acuerda, con su hermana, de su puerto calcinado, del suelo encendido, rascando el lomo de la tierra como para desterrar el verde prado… para hacer de nuestro pan el hambre de todos nuestros días. Nuestro puerto / que era más bien una hoguera encallada / o un yermo / o un relámpago. Presagia que la muerte es un juego que perdemos. / Es preciso, en tanto / no agotarse / arrancarse el pecho del pecho, / escondérsele para siempre a la sombra, / no dejar aroma en los cuartos, / no abarrotar el olvido. / De todas formas / uno se va a la muerte con hambre. 

Ésta, muestra del repertorio poético existencial de Andrea Cote (Barrancabermeja, 1981), autora del poemario Puerto calcinado —Premio Nacional de Poesía de la Universidad Externado de Colombia— donde es catedrática de la facultad de Comunicación Social, al tiempo que del departamento de Humanidades y Literatura de la prestigiosa Universidad de Los Andes de Bogotá. Puerto calcinado, merecedor del premio que otorga la UNESCO en cooperación con el Festival de Poesía Puentes de Struga, Macedonia, “define con una voz propia y singular una geografía intensa, donde el hombre está unido al paisaje, alcanzando una atmósfera muy personal y al mismo tiempo universal.”  “Andrea Cote es una de las voces más interesantes de nuestra poesía… Es la suya una poesía reflexiva que busca la expresión de una paisaje calcinado en imágenes justas, en ritmos diversos.”

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